Uno puede llegar a un viaje sin pasta de dientes, jabón, calcetines o cinturón y realmente no pasa nada. El problema serio, para muchas personas una cuestión de vida o muerte, es llegar al destino sin una cámara. Todo parece indicar que vemos el mundo como un panorama potencialmente fotografiable.
Según Susan Sontag, la omnipresencia que la cámara fotográfica ha adquirido ha hecho que, por ejemplo, las imágenes de una boda sean una parte tan indispensable del evento como las propias fórmulas verbales pronunciadas en la ceremonia. Hay un mimetismo entre el acontecimiento y la fotografía en el que ésta última se convierte en el testimonio que valida que efectivamente ocurrieron tales y cuales cosas. La foto se convierte en una prueba infalible de algo que existió y que no necesita recurrir a la memoria considerada en este caso y frente al realismo de una fotografía, como una fuente muy poco fiable.
Al momento de aprehender el mundo de esta manera uno reduce implícitamente una experiencia a un instante. Siguiendo el ejemplo de Sontag, la fotografía de unos novios perfectamente dispuestos el día de su boda no pretende aludir a lo que se puede observar en la imagen -dos personas elegantemente vestidas, sonriendo y seguramente tomados de las manos-, sino que refiere a una infinidad de pequeñas historias. La primera probablemente narre algunos de los detalles sobre el compromiso adquirido en una relación que después de un tiempo decide formalizarse; otra quizá hable sobre la fiesta que hubo para celebrar el acontecimiento; seguramente no faltarán anécdotas sobre algún imprevisto relacionado con las dos personas retratadas. Sin embargo, lo interesante del asunto no son el tipo de historias que el objeto suscita sino la capacidad que un simple pedazo de papel tiene para (re)producir lecturas, evocaciones, memorias y recuerdos.
La omnipresencia de la cámara, como la llama Sontag, nos lleva a definir al tiempo como una sucesión de instantes fotografiables que se materializan en un objeto físico. “A slice of time, not of flow”, dice la escritora norteamericana. Un trozo de tiempo que permite referirnos a dos ideas que implícitamente están presentes en esta actividad.
La primera de ellas es la más simple, la de la congelación. Con un solo clik se encuadra un instante atrapado en el tiempo que se presume como inmortal pues se pretende preservar para toda la vida. No en vano la mayoría de los eventos más importantes de nuestras biografías han sido fotografiados. La costumbre de llenar las casas con estas imágenes de acontecimientos significativos resulta ser en ese sentido una especie de afinidad vampiresca obsesionada por lo eterno. Aunque el tiempo siga transcurriendo y el cambio sea lo único constante en el mundo, la foto permanece ahí como un instante encapsulado y extraído de nuestro propio devenir histórico.
La segunda idea, completamente opuesta y complementaria, remite a la mortalidad de las cosas retratadas y no al objeto en sí mismo. Al momento de captar en una imagen toda una experiencia pasada también se evoca a la vulnerabilidad y mutabilidad de las personas que aparecen en el encuadre. “Qué joven me veía.” “Todavía no eras calvo.” “Qué chiquitos estaban tus hijos.” La comparación entre el pasado y el presente es inevitable y al momento de hacerlo se hace explícita nuestra propia finitud. No en vano en 1830 William H. Fox Talbot, un pionero en este campo, definió a la fotografía como una manera a través de la cual se podían grabar las “heridas del tiempo.”

Con lo dicho hasta el momento valdría la pena preguntarnos qué es lo que se pretende conocer cuando se toma una foto. Si pudiéramos entablar un diálogo hipotético seguramente el primer gran detractor de nuestro cuestionamiento sería Platón. Si seguimos lo expuesto en el mito de la caverna se podría decir que él argumentaría que las fotografías no son propiamente dichas una fuente de conocimiento. Las imágenes que nosotros vemos enmarcadas a la entrada de una casa son sólo una especie de sombra similar a la que aparece proyectada en la pared de la caverna. A esa realidad tenemos acceso sólo a través del mundo sensible pero nunca a través del mundo inteligible y de la razón.
Frente la postura de Platón se levanta la de Émile Zola quien en 1901, cuando la fotografía apenas empezaba a hacer sus pininos, dijo que uno no podía pretender realmente haber visto algo hasta que ese algo no fuera fotografiado. Todo parece indicar que en la actualidad el debate lo ha ganado el escritor francés. Tal vez hemos dejado de buscar fervientemente el mundo de la razón y hemos optado por el mundo sensible. Quizá hemos aceptado implícitamente aquel slogan que dice que una imagen dice más que mil palabras y así hemos terminado por coronar a las fotografías como los dignos certificados de nuestros instantes vivid