En la nota final de la reseña que escribí sobre el último libro de Enrique Krauze (De héroes y mitos, Tusquets, 2010), que apareció en Nexos (núm. 401, mayo 2011, pp. 114-117), expresé que una de las cosas que más echo de menos en el medio historiográfico mexicano son intercambios que sean, al mismo tiempo, más argumentados, más incisivos y de más “largo aliento”.
La réplica que Krauze publicó en la revista Letras Libres de este mes de junio (pp. 101-102) hace casi imposible un intercambio con estas características. Creo que la réplica en cuestión refleja desprecio por el intercambio de ideas y desinterés en responder a los argumentos con argumentos; incluye, además, algunas palmarias faltas a la verdad.
Toda la réplica de Krauze gira en torno a un presupuesto sobre la “guerra entre dos mundos” que, como intentaré poner de manifiesto en estas líneas, es insostenible. Como corolario del presupuesto aludido, en la réplica en cuestión impera un discurso autoelogioso y maniqueo, por completo refractario al debate intelectual.
El “argumento” de Enrique Krauze para negar que la “Historia de Bronce” ha sido superada es que el gobierno federal propició un festín de esta historia “a través de toda suerte de videoclips, anuncios y proyectos en los medios masivos”. El hecho de que en buena parte de la academia mexicana la Historia de Bronce haya quedado atrás no significa nada para él. La razón la encontramos en el presupuesto central que subyace en toda su réplica: la existencia de dos mundos antagónicos. Por un lado, el de la academia endogámica y, por otro, el de la historia crítica, autocrítica, clara y, por supuesto, exogámica; una historia que, a diferencia de la académica, cree en la historia “tal como realmente ocurrió” (la frase la tomo de la réplica de Krauze). Según él, cada uno de estos dos mundos se rige por valores muy distintos, contrapuestos, de hecho; esto provoca su constante e irremediable lucha.
Si aplicamos este esquema a la Historia de Bronce, a Krauze no tiene por qué importarle que la academia mexicana haya superado esta historia en muchos aspectos; lo que le importa es que todavía existen mexicanos que siguen pensando en términos broncíneos y, mientras éste sea el caso, él asume que tiene una misión que cumplir. Ahora bien, si el criterio para evaluar si la Historia de Bronce ha sido o no superada es el carácter de los festejos conmemorativos del Estado mexicano relativos al bicentenario, es evidente que dicha historia no será superada jamás, pues los gobiernos, todos, conmemoran los acontecimientos históricos por motivos que no tienen nada que ver con el estudio riguroso del pasado.
En su réplica Krauze ha decidido instalarse plenamente en el mundo de “acá”, en el mundo de “fuera de la academia”, en el mundo de los “simples lectores” (los términos son de Krauze), un mundo que él ubica en las antípodas del mundo académico.
El esquema dualista que acabo de referir, con el que Krauze pretende entender y ordenar el mundo real, requiere de un gigantesco ejercicio de imaginación. Krauze no carece de ella y eso es lo que le permite plantear, por ejemplo, que mi reseña está dirigida única y exclusivamente a “lectores académicos”; o que en uno de los dos mundos (el de la academia) existe la “servidumbre burocrática”, mientras que en el otro (el de Krauze y su manera de historiar) se despliega la “libertad intelectual” (en forma de ensayos); o que los académicos escribimos reseñas (“desplantes” llama él a la mía en concreto) para cosechar “aplausos en las aulas y puntos en el SNI [!]”.
Para cualquiera que tenga contacto directo con la vida académica mexicana en el campo de la historia resulta obvio que los dos mundos de Krauze no existen tal como él los imagina; no sólo porque se pueden dar decenas de ejemplos de académicos que participan en labores de divulgación de muy diverso tipo, sino también porque, a pesar de lo expresado por Krauze, el ámbito divulgativo no necesariamente se guía por valores opuestos a los que imperan en el ámbito académico (otra cosa es que las formas expositivas sean distintas).
Si, como intenté mostrar en mi reseña, Krauze tiene una concepción de la historia que tiende a ser simplista y que es resueltamente pragmática (en el sentido de que la “teoría”, en cualquiera de sus facetas, no tiene nada que hacer en la disciplina histórica), esto no significa que la divulgación tenga que ser simplista y pragmática. En relación con este punto, cabe apuntar que en su réplica Krauze ignora por completo los argumentos críticos que presenté en mi reseña sobre lo que yo considero el importante papel de la teoría en el quehacer histórico y sobre sus aportaciones a la disciplina de la historia (no digamos al debate historiográfico).
Antes de mencionar algunos de los proyectos y de las publicaciones de historia de los últimos años que apoyan mi aserto sobre la participación de académicos en labores divulgativas, debo señalar que en la mayoría de los casos las historiadoras e historiadores que están detrás de dichos proyectos y dichas publicaciones son académicos de tiempo completo y que muchos de ellos son jóvenes (o relativamente jóvenes). Además, para la mayoría al menos, la “teoría” es parte integral de la disciplina de la historia; como lo es, por lo demás, para casi todos los historiadores en la academia occidental contemporánea (otra cosa es que la historiografía no sea el área de especialización de prácticamente ninguno de ellos; algo que, por cierto, valdría la pena debatir en otro lugar).
Apunto, antes de pasar a la nómina anunciada, que no haré distinciones de ningún tipo, aunque se trate de proyectos de naturaleza muy diversa (tanto en los participantes en cada uno de ellos, como en su concepción, sus objetivos y sus alcances).
Después de tanto preámbulo, va la lista: la Olimpiada de la Historia (en la que se inscribieron 160 mil alumnos a nivel nacional, sobre todo de entre 14 y 16 años), la publicación mensual Relatos e historias de México (que se encuentra en puestos de periódicos en todo el país), el libro Actores y escenarios de la Independencia, algunos títulos de la colección “Déjame que te cuente” de la UAM, el proyecto editorial 20/10 Memoria de las revoluciones de México (un proyecto que, cabe apuntar, surgió de la iniciativa privada mexicana), el libro Arma la Historia (no estoy pensando solamente a la versión que se puede encontrar en miles de librerías en todo el país, sino en los millones de ejemplares de las distintas adaptaciones que se hicieron de este libro para estudiantes y profesores, de primaria y secundaria), los blogs de no pocos historiadores (cuyos fines divulgativos son muy evidentes en algunos casos), la revista BiCentenario del Instituto Mora, varios de los libros de historia aprobados por la SEP durante los últimos años para su uso en las secundarias y preparatorias de todo el país, el CD-ROM ¿Quieres repensar la historia?, el libro Lo que queda y lo que cambia, nuestros pasos por la escuela (que es una historia de la escuela en México para preadolescentes) y, para terminar este listado, que no pretende ser exhaustivo, la serie televisiva Gritos de muerte y libertad (en la que se involucraron, como asesores históricos, académicos de la UNAM, de El Colegio de México, del CIDE, del Colegio de Michoacán y de la Universidad Veracruzana).
A esta lista cabe añadir la serie de programas de televisión titulada Discutamos México (de calidad desigual, sin duda, pero eso es inevitable en un proyecto en el que participaron muchísimos académicos, de disciplinas muy variadas por lo demás), los programas de radio en los que reconocidos historiadores son los responsables o coordinadores (programas a los que con frecuencia acuden como invitados historiadores igualmente reconocidos) y, por último, las miles de conferencias que incontables académicos (entre los que me incluyo) impartieron desde 2008 en foros no académicos (pienso, sobre todo, en el contexto de las conmemoraciones bicentenarias).
En cuanto a las faltas a la verdad de Krauze, baste mencionar dos. En la tercera columna de la p. 102 afirma que yo omito su elogio “a muchos colegas mexicanos”. En la p. 116 de mi reseña se puede leer: “En las primeras páginas de ‘Desvaríos académicos’ Krauze habla elogiosamente de varios textos (entre ellos, los de Taylor, Connaughton, Brading, Tortolero, Garciadiego, Marichal, Vázquez y Terrazas)”. En esta lista, si no me fallan los cálculos, aparecen cinco académicos mexicanos.
Un poco más adelante, Krauze afirma que no se sorprende de que yo me refiera a los escritos incluidos en De héroes y mitos como “textos de divulgación”, pues ello denota el desprecio que “la mentalidad académica” manifiesta tradicionalmente por ese tipo de textos. Si hubiera leído la primera nota de mi reseña, se habría topado con lo siguiente: “Uso el término ‘divulgación’ sin adjudicarle connotación peyorativa alguna (como se hace con relativa frecuencia en el medio académico mexicano). Como lo he expresado en otras ocasiones, nunca se insistirá lo suficiente en la necesidad e importancia de la divulgación histórica en nuestro país…”.
La réplica de Krauze inicia mostrando una manifiesta incomodidad porque publiqué mi reseña (tan académica a sus ojos) no en una revista académica (como Historia Mexicana), sino en Nexos. Esta incomodidad presupone, una vez más, los dos mundos de Krauze ya esbozados y, sin embargo, muestra la inexistencia de una brecha insalvable entre ambos.
La contradicción más flagrante de la réplica de Krauze, no obstante, es que después de haberse declarado el más ferviente partidario y el más resuelto adalid de la antiacademia y, en buena lógica, haberse referido peyorativamente a la academia mexicana en general (no a “cuatro historiadores” como él afirma en su réplica), Krauze termine afirmando que él es “un historiador formado en la academia —y miembro de la Academia Mexicana de la Historia…”.
Se trata de la misma persona que no sólo en la réplica que nos ocupa, sino en múltiples ocasiones, ha declarado ser orgullosamente antiacadémico y cuya pretensión, afirma ingenuamente en el cierre de aquélla, es enseñarnos a nosotros, “los profesores que viven del Estado mexicano (no de los lectores)”, a ser menos académicos y más “occidentales”.
Es un cierre de naturaleza eminentemente efectista (un hábito editorial al que Krauze es muy proclive), en el que su autor manifiesta una preocupante incapacidad para concebir que existan investigadores que se sienten a gusto en sus cubículos haciendo lo que, para él, es una monótona labor cotidiana, y a quienes los reflectores les tienen sin cuidado (entre otros motivos porque el Estado mexicano no nos paga por la cantidad de luz que logremos concentrar sobre nuestras escasamente mediáticas personas). Se trata de un cierre que, por otra parte, dejará perplejos, cuando no completamente desorientados, a todos (académicos, no académicos, pro académicos y antiacadémicos) en cuanto al significado de la “occidentalidad”.
Además de la búsqueda de la “verdad” (con todas las comillas que cada lector quiera añadir a las ya empleadas) y de lo que podríamos denominar “sentido crítico”, posiblemente no exista valor más académico que la disposición a plantear y escuchar argumentos, es decir, al debate de ideas, al debate intelectual.
Que ante una reseña que planteaba argumentos (buenos o malos, cada quien decidirá), nuestro Premio Nacional de Historia 2010 (quien, por cierto, en innúmeras ocasiones ha reivindicado su “temple liberal”), haya respondido como lo hizo, colocándose complacientemente en un lugar que imagina inexpugnable y descalificando a los que ven la historia, el quehacer historiográfico y el debate histórico de un modo distinto al suyo, obstruye cualquier debate de ideas.
Si nosotros los académicos no somos capaces de plantear, construir y fomentar debates de este tipo en el mundo académico-divulgativo que he intentado bosquejar en esta contrarréplica, es imposible sorprenderse de que intercambios de esta naturaleza estén completamente ausentes de la vida pública nacional en su conjunto.
Roberto Breña. Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Es autor del libro El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824 y editor de En el umbral de las revoluciones hispánicas: el bienio 1808-1810.
Desde luego no soy académico y estoy lejísimos de serlo. Soy, tomando la definición del Sr. Krauze, un habitante más del mundo de los simples lectores.
Establecido lo anterior, creo que el Sr. Krauze tiene razón en algo. Los académicos tienden a escribir solo para los habitantes del mundo de la academia, utilizando una gran cantidad de términos con los que solo entre ellos se entienden, como si el objetivo fuera volver ininteligibles los textos para los humildes mortales en vez de compartir y divulgar conocimiento.
Me dio mucho gusto leer esta excelente réplica del Dr. Breña al arrogante Krauze.
Crecí en México y en la escuela me contaron la historia de bronce. Cuando salí de la preparatoria me topé con “Siglo de Caudillos” de Enrique Krauze. Aunque yo sospechaba que algo andaba mal con las historias que me habían contado mis maestros, fue este libro el que me abrió los ojos. Aprecio, entonces, el trabajo de Krauze y por eso mismo me siento tan decepcionada como Breña por la respuesta de nuestro Premio Nacional de Historia.
Breña fue muy crítico pero también lo sabe ser Krauze y de eso se trata. La reseña de Breña podría haber abierto varios debates interesantes que Krauze ignora en su réplica para centrarse en la descalificación de los académicos.
Krauze parece creer que la historia de bronce sigue incólume (lo cual al parecer es culpa de la academia aislada en su torre de marfil), pero si hubiese seguido los comentarios de los jóvenes (no estudiantes de historia) en los blogs de historiadores académicos y en las redes sociales en 2010 (muchos de ellos en torno a “Gritos de muerte y libertad” de Televisa -serie realizada con asesoría académica), hubiera encontrado un sano escepticismo al menos entre un sector de internautas.
Krauze también parece muy preocupado por el servilismo burocrático de los historiadores que trabajamos en instituciones públicas, quienes al parecer solo pensamos en juntar puntos para el SNI (sistema que remunera con fondos públicos la investigación científica en nuestro país). A él no le preocupa juntar puntos porque se debe a sus lectores, no al SNI, pero tampoco parece darle ningún remordimiento de conciencia publicar textos antes aparecidos en Letras Libres (y en otras publicaciones) en un libro de Tusquets, sin siquiera reconocer la fuente original.
Krauze tenía razón cuando criticó la falta de cuidado editorial de un libro publicado por la UNAM en 2007. Breña estuvo de acuerdo en que al libro le faltaba articulación. Me adhiero a las críticas añadiendo que éste es un problema tristemente común en la academia. Pero no es siguiendo el ejemplo de “De héroes y mitos” como podremos mejorar: el haber reunido en un solo volumen este tutti-frutti de ensayos escritos en distintos momentos y con distintos objetivos para publicaciones periódicas no está justificado más que por un prólogo de cuatro páginas del autor. No es suficiente para darle articulación. Pero era 2010, momento propicio para las ventas de libros de historia, y a Tusquets y Krauze no les preocupó. Los puntos no importan, la decepción que se puedan llevar los lectores que esperan una nueva reflexión al hilo del Bicentenario y el Centenario tampoco, ¿pero qué tal el dinero?
En la academia no estamos libres de pecado pero en el mercado tampoco lo están.
Quizá sería mejor que dejáramos de tirarnos piedras y empezáramos a mejorar.
Un debate de ideas, no de descalificaciones, no nos caería nada mal.
Ariadna Acevedo.
Departamento de Investigaciones Educativas, Cinvestav.
Bueno, yo pertenezco al mundo de los simples no-lectores, y no encuentro nada de malo que los académicos usen las herramientas que deben utilizar para escudriñar, en este caso, la historia. Y aunque las ideas del señor Krauze tienen cierta valía, cuando imagina a los investigadores como rémoras incrustadas en el adolescente cuerpo de la República Mexicana, lo cierto es que nuestro académico favorito (Sr. Breña) tiene más razón que vísceras al exponer su tema.
Pues como decían en un cuadro de la película “cero y van cuatro” dirigida por alejandro gamboa..”¡¡uta!! que atascado señor breña…” se lo comió todo del recetario krause para inocentes. Al despedazar a una vaca sagrada como usted lo hizo, nos informa del destino que usted quiere reproducir cuando si gaste mas luz por los reflectores de televisa de lo que ha gastado el deslumbrante director de la famosa revista NEXOS, que por sus aportaciones a una historia alternativa a la convencional academia de la história mundial. Este showscrip que nos han brindado no tiene nada que pedirle a la señorita laura para que los anuncie en nuestra puerta de internet como twitter, donde veo ahora el eslabón cibernético de los antiguos teleavisos -ahora- de los famosos escritores. No veo porque molestarse por los desplantes de los y las vedettes de alto rango como el señor krause en la medida de lo que simplemente son, desplantes para vender y vendar mas la cara al sistema, burlarse de sí y sacudirse su apolillado cuero mental, si la señorita laura (equivalente fotogénico de aguilar camín)intermediara en la pelea de perros de la misma casa, lograría lo mismo que la casa editorial nexos, llamar la atención de la masa del pueblo con fines electoreros.
Ciertamente usted cumplión con la famosa predicción de otro notable antepasado de los historiadores contemporáneos, nostradamus: el leon joven mata al leon viejo. Y bueno, de la revolquiza que usted tuvo a bien propinarle, krause ya no se recupera ni yendo a bailar a chalma. Felicidades y felices pascuas académicas en las que un cordero de dios se mata para salvar al sistema.
Y luego no sabemos porque los adolescentes de secundaria o prepa preguntan ¿y, para que me sirve saber historia?
Perdón, pero yo, desde mi tribuna de simple lector enamorado de la historia, prefiero ensayos (con libertad intelectual) que pongan en duda la “historia”, que permitan plantearse el: ¿y si hubiera…, entonces hoy…? y, en consecuencia, contribuyan a corregir el rumbo de la nación, ahí donde hace falta.
En la reseña de mayo, Breña citó a Krauze en relación con la intolerancia de liberales y conservadores. La intolerancia a la libertad dice Krauze que es uno de los mayores misterios de la historia mexicana, pregunto a Breña, no hubiera (me encantan los supuestos históricos) más enriquecedor opinar sobre la intolerancia en la formación del estado nacional mexicano, que el regaño a Krauze por no recordar, siendo historiador, que en historia algunos tipos de prueba no existen?
Toma de lugar aparte, creo que es la llaga en que pretende poner el dedo Krauze. Discutamos la historia, no nos sirve sólo conocerla.
Me quedo con la sensación, en ambos lados, y de verdad que es una lástima, de un mucho de esa intolerancia a las ideas, a lo diferente, al otro, que poco a poco va matando a esta nación y su idea.
El problema está, al parecer, en que los Premios Nacionales de Historia no quieren rebajarse a dialogar con simples académicos. ¿De qué sirve escribir un libro si no se desea defenderlo?
Amigos mexicanos, una pregunta no académica: ¿a qué llaman la Historia de Bronce? Gracias de un cuate peruano, medio “occidental” u occidental extremo como decía el gran Octavio Paz.
Jorge Bruce
Jorge Bruce, #dicen los que saben que la Historia de Bronce, es la ‘versión que les gusta a los gobiernos’ porque simplemente divide en buenos y malos, los buenos no tienen defectos, ni partes oscuras, sus intenciones siempre son claras y se les pueden hacer estatuas de ¡bronce! claro, de ahi el nombre, en cambio los malos, vaya, de traidores no pasan, de enemigos públicos y no, ni merecen siquiera nombres de calles.
Excelente reseña de Roberto Breña sobre un historiador qiue miente con descaro. ¡Siglo de caudillos, Adriana? Sólo quien no conozca en serio, ni entienda el siglo XIX mexicano ni lo que un caudillo es, puede decir semejante barbaridad… y sólo para empezar.
Salud.
Considero necesaria y clara la crítica que hace Breña, por otra parte para quien comenta que los historiadores sólo escribimos con términos académicos, te comento que en la escuela nos piden cada vez con mayor insistencia que expliquemos los términos a los que te refieres, siempre con la simple pero ilustrativa recomendación: “el lector no es experto en el tema” por lo que pienso que la académia no está peleada con la divulgación aunque a Krauze le parezca lo contrario.
ezta chido haha,, me sirvio demaciado000!!!!!!!!!!! xD 😀 😛
kizz love