A simple vista, parece que para poder escribir un buen ensayo, columna o incluso una crónica, es necesario vivir un “eureka” como por el que pasara Arquímedes remojándose en la tina. Pareciera también que se necesita tener un momento de lucidez inédito en el día a día para que caiga alguna expresión de creatividad y poder externarla hasta en una sobremesa. Sin embargo, también es bien sabido que la mayoría de las ideas, y con ello la creatividad, pueden trabajarse y pulirse como el carbón que se convierte en diamante.

La creatividad es un proceso donde la abstracción de una idea se baja –como quien baja un balón en el área chica rival— a un mundo tangible en el que ésta se convierte en posible coherencia. Una forma milenaria de hacer esto es caminando. Aparte de pensar la idea misma, al caminar uno puede darle forma a la abstracción de su pensamiento.

No soy un conocedor de los estudios que seguramente se han realizado en más de alguna universidad en Estados Unidos sobre los beneficios de caminar para aclarar una idea. Sin embargo grandes músicos, escritores, historiadores y amigos, todos admirados personajes de mi vida cotidiana, comparten la afición de caminar y también de caminar para pensar o trabajar una idea.

3494363947_942a7aed45_zBeethoven y Mahler solían destinar un espacio en específico de su día para tomar una caminata –en el caso de Beethoven siempre terminando de comer—en donde tomaban papel y pluma para aclarar y digerir sus ideas. En el segundo movimiento de la Quinta Sinfonía en Do mayor de Beethoven, cualquier escucha sin necesidad de tener mayor conocimiento musical, podría percibir e imaginar perfectamente bien cómo el maestro alemán nacido en Bonn camina en la soledad de una idea que poco a poco, y conforme avanza el movimiento, se convierte en la perfección musical. Son los violines que al principio parecen pasos, con un ritmo aún discreto, los que van encontrando el ritmo sincopado con tintes a veces coquetos del recorrido, acompañados por los metales que se suman a su caminata. Uno puede escuchar en este movimiento la caminata en donde toda nimiedad toma un valor emocional para el que la está escuchando. El sigilo del principio se transforma en picardía y posteriormente, en la grandeza de todos los posibles sonidos. Lo mismo parece suceder con Mahler, que en el Adagietto de su propia Quinta Sinfonía logra plasmar un paseo que destila romance en los cuartos, octavos y dieciseisavos que caminan por el pentagrama de la partitura.

Otra anécdota, más cercana, se refiere al historiador mexicano Luis González y González quien preguntaba a sus alumnos (entre ellos Jean Meyer, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín y Jorge F. Hernández) los avances sobre sus respectivos proyectos de investigación, añadiendo en la mayoría de las ocasiones: “lo que usted tiene es una idea, vamos a caminar para que me la cuente”. Dependiendo de la idea, Don Luis proponía un pequeño paseo, una caminata o un recorrido mucho más largo, alrededor de San José de Gracia, para que entre maestro y alumno se le pudiera dar a esta idea cuerpo, y evidentemente piernas. Con ello, Don Luis lograba que la idea de su alumno no sólo saliera del vado existencial de donde éstas parecen emerger, sino que también la bautizaba (ya como semilla de ensayo, campo para teoría, vereda de texto, e incluso, novela) y, como labor de parto generaba una mayéutica con su alumno, en la que la idea tomaba una forma coherente y se plasmaba en la realidad.

El mismo Aristóteles, padre del pensamiento clásico griego, fundó en Grecia la Escuela Peripatética alrededor del 335 a. C. Esta escuela –cuyo nombre puede derivarse de la costumbre que tenía Aristóteles de caminar (peripatein en griego) mientras hablaba e impartía cátedra—ha quedado definida a través del tiempo como sinónimo de todo pensamiento andante. A pesar de que la definición o etimología no necesariamente concuerdan con el concepto, es común suponer que un diálogo entre discípulo y maestro que se realiza andando, como conversación en paseo, es herencia de aquella escuela fundada por Aristóteles.

Siglos después, William Hazlitt y Robert Louis Stevenson –dos grandes ensayistas decimonónicos—ahondaron en varios trabajos en la importancia de caminar para pensar, y por ende, escribir como resultado de la travesía de aclaración de los conceptos, explicación de los puntos de reflexión y, conforme avanzan los párrafos, poner en tinta lo que uno quiere decir. Es bien sabido que el ensayo es un género abierto, donde es preferible el uso del gerundio al abuso del verbo llano: caminando mejor que caminado, amando que amé, pensando por encima de lo pensado. La caminata no necesariamente está predeterminada, sino que uno va decidiendo su camino al andarlo. El ensayo se va escribiendo conforme su autor lo camina pensando.

Yo hace algunos años tuve la oportunidad de vivir un tiempo con mis tíos Ángel y Adriana en Washington. Ángel es un gran conversador, sobre todo cuando camina. Además, es director de la Orquesta Filarmónica de la Universidad de Georgetown, una orquesta en donde no toca ningún músico –es decir, donde ninguno de sus integrantes estudie música, sino que son estudiantes de otras disciplinas, ciencias y artes que son músicos por gusto y amor a la música misma. En más de una ocasión, caminamos varias cuadras para platicar sobre una pregunta en específico: desde cómo se dirige una orquesta hasta sus opiniones sobre política. A lo largo de todos nuestros paseos, aprendí mucho más que cualquier clase de alguna licenciatura (yo estaba viviendo con él después de no haber podido entrar a la UNAM para estudiar Relaciones Internacionales) y fue justamente caminando que el Arcángel de la música en Georgetown me enseñó a trabajar y dirigir la orquesta de mis ideas.

Aunque los “eurekas” no son sólo cosa que ocurra con Arquímedes, sino que se nos pueden presentar a todos, se les tiene que dar cuerpo y forma para que funcionen o fructifiquen, lo cual en muchos casos resulta mejor… caminando. La caminata aclara las ideas y los pensamientos que uno le quiere externar a la persona amada. Caminando, cualquiera puede idear la mejor manera para resolver un conflicto, superar un enojo o enfrentar la siguiente batalla. Las ideas que se pasean no necesariamente merman la pasión del instante en que ocurren, sino que adquieren el sosiego de la reflexión y todo ello para escribir un ensayo que se vuelve en posible conversación, la caminata compartida y ya plural que nos recuerda que en realidad no vamos solos.

 

 

 

 

 

6 comentarios en “Pasear las ideas

  1. Trato de leer el texto de mi amigo Santiago a la luz de la relectura de un ensayo delirante, venenosísimo pero valiosísimo si se lee bien, de Julián Meza, que sencillamente tituló “Ciudad y cultura”. Aunque bien me emociona la idea de caminar como experiencia pensante, no canjeo una conclusión personal: no es lo mismo caminar —imaginemos esta claustrofobia de novela— en un pasillo, angosto, sin ventanas, sin luz, un túnel de filosos silencios, a caminar en una avenida culta, con amplias banquetas, seguridad, luz, buena arquitectura, buenos monumentos, olor a tronco sano. La inseguridad, los cláxones, los camiones son lo de menos, unos simples pecados de la ciudad: lo que me lastima es el saludo de terribles monumentos —el simplón y aburrido y nada armónico caballo de Sebastián, en la glorieta, por ejemplo—, la invasión de bicicletas que conquistan, no sé con qué engreimiento, el dominio del peatón y la fractura de todas las banquetas, tomado con tanta naturalidad por los capitalinos. ¿Por qué esto no causa molestias? Es obvio: porque no caminan, o no le dan la importancia a caminar como actividad pensante, pertinente, públicamente necesaria. Lo que sugiere Julián en su ensayo es que existen dos acepciones de la palabra cultura, digamos, la vulgar —todo es cultura, de los Choco Krispis a la corrupción— y la alta, de minorías, la pensada. Cuando la segunda acepción de la palabra se integra con la ciudad nace Florencia y París —intento seguirlo—, ciudades humanas, es decir, diseñadas para ser caminadas. En México convive en el mismo espacio el edificio Balmorí, el rostro demoniaco del pórtico del Paseo Comercial Parián, que no sé si me aterra o me seduce, la casa de la delegación de Quintana Roo y un horroroso monumento a Cantinflas, que gira, da vueltas si lo mueves con la mano: a nadie le importa.

    En fin, este es un simple saludo literario para el autor.

  2. Genial!
    Gracias por la contribución al buen flujo mental, mi Santy. Sin lugar a dudas, para esos laberintos complicados de la inteligencia creativa, donde de pronto puede uno extraviarse o quedarse inmóvil, más vale tener siempre presente este tipo de estrategias.
    Está súper chido, hermano. Saludos!!

    • Vetore, todo el cariño. muchas gracias. Todo el amor. Habrá que caminar juntos pronto.

  3. Existe una pieza de Silvestre Revueltas -creo que de 1940- que se llama “caminando”. Otro ejemplo como la música plasma el paso inspirador.