Llevo varias semanas tratando de explicarme la pieza que Kara Walker creó para exhibirse en lo que fuera la Domino Sugar Factory, en la costa más sureña de Williamsburg en Brooklyn. Nueva York es, por supuesto, una ciudad donde el arte se concentra, se busca, y crea riqueza. Es una ciudad en la que hay un flujo constante de dinero público y privado que financia arte vanguardista en los espacios públicos, arte al que la audiencia está ya plenamente sensibilizada. Sin embargo, cuando como público uno está acostumbrado a asombrarse, es difícil distinguir el arte verdaderamente importante del que sólo es espectacular. La escultura monumental de Walker es muy importante.

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De unos años para acá, decir “Brooklyn” ha servido como atajo para referirse a varios temas. El término puede utilizarse bien para hablar de una estética nostálgico-irónica,  o de una estrategia comercial que hace énfasis en la producción local, o de un proceso de desarrollo urbano en el que algunas zonas de la ciudad se recuperan para uso comercial y residencial y en el camino, se aburguesan. Estos tres tipo de mediación (la nostalgia, el hiperlocalismo y el aburguesamiento) coinciden en oscurecer el pasado industrial de Nueva York  del que todavía quedan restos visibles esparcidos donde antes estuvieron sus puertos. Sobra decir que fue la industria la que durante el siglo XIX permitió la aparición de fortunas familiares extraordinarias, la que requirió de un enorme flujo de inmigrantes, y la que en un momento organizó espacial y socialmente los cinco boroughs de Nueva York.

El puente de Williamsburg en Nueva York conecta al barrio del mismo nombre con el Lower East Side en Manhattan. Todavía funcionan sus vías ferroviarias (hoy las utiliza el metro), que en su momento conectaron dos zonas altamente industrializadas de la ciudad. Al atravesar el puente se puede ver junto al East River la fábrica de azúcar Domino que cerró definitivamente apenas en 2004. En Manhattan y otras zonas más norteñas de Brooklyn las fábricas se convirtieron hace tiempo en restaurantes y edificios de lofts, en los que su estética “industrial” aumenta el valor. La Domino permanece abandonada: una visión inverosímil en una ciudad donde el mercado inmobiliario no se da el lujo de permitir la existencia de ruinas.

La fábrica de azúcar (o más precisamente, la planta refinadora) está en la esquina de Kent Avenue y South 3rd Street, es decir, una cuadra o dos afuera del perímetro del “Williamsburg” ideal. La vista de calle en Google Maps todavía muestra el edificio abandonado y la calle casi vacía a no ser por algunas camionetas de carga bloqueando visualmente el carril-bici (acaso primer síntoma del aburguesamiento inminente). Desde que se inauguró la pieza en mayo de este año hay una valla improvisada que obstruye la vista hacia uno de los edificios de la fábrica y de la que cuelga una manta que anuncia en letras mayúsculas “Kara Walker”.

Cuando voy a visitarla un domingo en la mañana hay una fila que se extiende por varios metros y supone una espera de casi 45 minutos. Ya dentro del terreno industrial en la fachada de la nave está inscrito el panegírico que es también el largo título de la escultura (mayúsculas y tipografía, según indicación de la artista):

At the behest of Creative Time Kara E. Walker has confected:
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or the Marvelous Sugar Baby
an Homage to the unpaid and overworked Artisans who have refined our Sweet tastes from the cane fields to the Kitchens of the New World on the Occasion of the demolition of the Domino Sugar Refining Plant

A finales del siglo XIX y principios del XX la producción de azúcar era la industria más importante en Brooklyn y la fábrica (más bien, la planta refinadora) Domino, el más grande empleador. En el momento de su construcción su torre –hoy todavía en pie– fue  el edificio más alta de la costa. Su enorme capacidad productiva permitió a los dueños de la compañía, la familia Havemayer, monopolizar el mercado del azúcar que gracias a la modernización industrial dejó de ser un producto de lujo para convertirse en un bien de consumo masivo. Con la construcción de la planta se puso mayor distancia al proceso de producción de la materia prima (que se hacía en el Caribe) de su refinamiento, obscureciendo de manera definitiva la dependencia de esta industria neoyorquina del trabajo forzado realizado en el tercer mundo. Las credenciales progresistas de la ciudad que eligió a Havemayer hijo como alcalde tres veces se mantuvieron casi intactas.

Acercarse a la fábrica es olerla. Para refinar el azúcar la materia prima, morena, se mezcla con agua y carbón y se filtra para hacerse blanca. El subproducto de este proceso es la melaza que tiñe rojas y negras las paredes y el suelo de la planta. La nave, enorme, está saturada de su olor fermentado, dulce y ahumado. Apenas cruzando el umbral uno se da cuenta del tamaño de la planta. Esa vastedad, vacía, conmueve. El espacio es sorprendentemente luminoso y la luz es homogénea, blanca. Se ilumina desde arriba gracias a las ventanas alineadas casi a la altura del techo en ambos costados. Hay metal, cemento, y ladrillo: todos los marcadores de la estética industrial chic tan valorada en esta ciudad. Pero este espacio abandonado, dulzón, blanco y manchado hoy parece más un templo que un loft.

Al fondo, ineludible, está la esfinge de Kara Walker. La artista escogió ese símbolo para evidenciar el paralelismo entre la explotación en la antigüedad y en la era industrial. La escultura es una mujer apoyada sobre sus espinillas, antebrazos y manos, con el pecho abierto y la cabeza erguida. Lleva una pañoleta sobre la cabeza, igual que las caricaturas de la Mammy, como se referían en el sur de Estados Unidos a la esclava que se ocupaban de las familias blancas, especialmente de sus hijos. Sus manos están cerradas, tensas, como puños. No es posible saber si mira hacia arriba, al infinito, o hacia abajo, a nosotros. Gracias a su escala, pero también a su postura (casi de afrenta), la esfinge se apropia del espacio: el edificio deja de ser una fábrica abandonada para parecer un santuario  construido con el propósito de acogerla a ella.

Como con el resto de su obra, Walker asocia la explotación con el abuso sexual y el racismo. También como en el resto de su trabajo (en el que nunca había hecho una escultura) Walker trata estos temas desde un sitio en el que coinciden el humor y la crueldad: su trabajo prospera en la tensión.

Con más de diez metros de altura y casi treinta de largo la escultura ciertamente es monumental, pero no es posible interpretarla como un monumento (¿es que celebra algo?). En tanto desvela la conflictos raciales, laborales, y de género enterrados en la fábrica la esfinge opera como un testimonial, pero no como un memorial. Es testigo y vehículo de una historia de opresión, pero ella se mantiene digna, dominante. Cubierta enteramente de azúcar, la escultura es indudablemente negra. Parece de mármol pero es toda carne: toda senos, toda boca, todo sexo.

La lectura del espacio se complica porque en las fases posteriores de su proceso artístico Walker decidió poblar la fábrica con otras piezas: quince niños de caramelo macizo, tamaño natural. Están dispersos pero se dirigen hacia la esfinge, algunos cargando canastas, como tributos. Los niños se derriten, y varios de ellos se sostienen sobre un charco negro de su propia azúcar. En una conversación que sostuvo en la New York Public Library unas semanas después de la inauguración, Walker contó que produjo varias más de estas esculturas infantiles pero algunas se destruyeron en el montaje: sus restos están guardados en las canastas que cargan las esculturas sobrevivientes.

Si la esfinge, espectral, está más allá del tiempo, los niños lo materializan. Cargan a sus compañeros caídos, un retrato de su propio futuro. Los niños anulan la posibilidad de que el público (el día que asistí, en su mayoría era blanco) caiga en la tentación de leer a la esfinge y su espacio como una narración triunfalista sobre la supervivencia de los oprimidos. En la suma de sus partes la obra es tanto una afirmación (racial, de género) como una denuncia, es atemporal pero también apunta el dedo hacia las consecuencias todavía vigentes de la opresión. La Sutileza de Kara Walker no es sólo una esfinge blanca, sino el elefante blanco de la inequidad en Estados Unidos.

 

 

3 comentarios en “Una sutileza

  1. Digno homenaje a la sangre que propicio a base de su esfuerzo la fortuna y la fortuna y burguesia blanca

  2. El orgullo de las razas de alguna forma siempre se manifiesta y eleva. Que grato leer en nexos este sensible e inteligente relato que me ha hecho sentir que estoy ahí, en ese nostálgico lugar descrito con tal elocuencia y riqueza que aunque no quisiera, ha hecho trabajar a
    imaginación; felicitaciones Alina, realmente buena.