Sobre La soledad de los animales de Daniel Rodríguez Barrón

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Franco Basaglia, el psiquiatra italiano que propuso abolir el manicomio como institución e instaló la terapia a puertas abiertas en los hospitales psiquiátricos, antes de graduarse, estuvo en la cárcel. Siendo estudiante de medicina fue arrestado por luchar contra el fascismo, y alguna vez describió las terribles condiciones de su encarcelamiento al recordar “el terrible olor, un olor a muerte. Recuerdo el sentimiento de estar como dentro de un cuarto donde se hacen autopsias a cadáveres”. Cuatro o cinco años después de graduarse, nombraron al joven médico director de un hospital psiquiátrico en la provincia italiana. “Cuando entré a ese lugar por primera vez”, dice Basaglia, “tuve la misma sensación. Estaba el olor a mierda, pero también había un olor a mierda simbólico”. La soledad de los animales, primera novela de Daniel Rodríguez Barrón, comienza con ese mismo olor a excremento, a miedo y a encierro.

El reencuentro con el hedor produjo en Basaglia “una firme intención de querer destruir esa institución”, y dos de los personajes principales de la novela de Rodríguez Barrón, Laura y Pedro, comparten el impulso de Basaglia cada vez que se enfrentan a ese olor a mierda, a muerte, y a miedo. Ese olor es producto del encierro de animales: en el caso de la cárcel, se trata del encierro de animales humanos (porque, por supuesto, los humanos somos también  animales); pero en el segundo caso, el de Laura y Pedro, se trata del encierro de animales no-humanos en laboratorios, aduanas, tiendas de mascotas y fábricas.

Este dúo de activistas que luchan insistentemente por los derechos de los animales hará todo por cambiar las circunstancias que permiten la existencia de la crueldad que deriva en ese olor. Desde bombardear con pintura tiendas de charcutería y pieles, hasta liberar animales de laboratorios médicos, sus intentos de resistencia se vuelven cada vez más radicales. De sus acciones va dejando testimonio Felipe Nerva, un periodista que termina luchando por ideales que no son los suyos. A través de la relación entre estos y otros personajes, la novela de Rodríguez Barrón teje, a la par de una anécdota, una brevísima historia crítica de la normalización y la industrialización de la crueldad hacia los animales, a la par de un conciso catálogo de las formas de resistencia que esos pequeños grupos de defensa han desarrollado para intentar cambiar la realidad, desde las orillas de la sociedad.

En sus aristas más detalladas, el tema se elabora a través de una multiplicidad de vertientes que se desprenden del tema principal: el vegetarianismo, el rescatismo, la eutanasia, la industrialización de la comida de origen animal, la experimentación con fines médicos, la lucha por los derechos de los animales, y el activismo en general. A la vez, la novela cuestiona hasta dónde están dispuestos a llegar, tanto activistas como humanos en general, con tal de lograr que se escuche su mensaje.

En el proceso, La soledad de los animales detona más preguntas que respuestas. ¿Es posible vencer la crueldad, aparentemente natural, del humano? ¿Acaso vale la pena seguir luchando por los ideales que uno sostiene, en un  mundo donde las protestas son ya más ignoradas que reprimidas? ¿Valdrá la pena, incluso a sabiendas de que la lucha no será fructífera, pues el sistema monstruo siempre parece encontrar la manera de salir victorioso?

El tema de fondo es el “uso” de los animales por parte de los humanos. En un guiño, que con ironía crítica se desarrolla por medio de la estructura de la novela, se presentan dos modelos de “utilización” de animales no-humanos por parte del animal humano: El primer modelo, que llamaré de explotación, se centra en la experimentación con animales en laboratorios para el desarrollo de nuevos medicamentos, pero también toca a la industrialización de animales para producir comida, el “uso” de mascotas como accesorios de vida, el tráfico de especies exóticas, así como otras vertientes del tema. En segundo lugar, está el modelo de “uso” de animales, que llamaré mutualismo. En él, los mismos personajes que luchan en contra del “uso” institucionalizado y cruel de los animales para beneficio de los humanos, “utilizan” a los animales para curar a los enfermos a través de la zooterapia. Un hurón puede curar la leucemia, un canario cura la depresión, y el ronroneo de una camada de gatitos ayuda a soldar huesos rotos.

La novela problematiza, sin explicitarlo, el paralelo entre estos dos “usos” de animales para beneficio de los humanos. En ambos polos, los humanos “usan” a los animales, ya sea explotándolos o en una relación de mutualismo, con objetivos de supervivencia. La cuestión es, ¿de qué manera son distintos estos dos tipos de “uso”? Por medio de los matices y subjetividades que separan a estos dos extremos queda claro que la cuestión no es únicamente el uso, sino la naturaleza de la relación que se establece entre seres, y si esta relación es de igualdad o de superioridad. El humano, por supuesto, no sólo mata para su beneficio y supervivencia, como lo hacen la mayoría de los animales para alimentarse, sino que ha institucionalizado la crueldad hacia otros seres vivos. Es decir, no sólo comemos animales, sino que los torturamos en el proceso.

El tipo de discusiones que puede llegar a suscitar este tipo de temas es difícil que lleguen a un consenso. Los argumentos terminan mordiéndose la cola, de la misma manera en que la novela lo hace, a través de una estructura circular, donde el comienzo es final, y el final es el comienzo.

Además de esta estructura que emula conceptualmente la naturaleza del tema, la novela logra manejar una gran cantidad de información documental en torno a la explotación de los animales, datos históricos, y referencias a temas diversos que se vinculan de manera insólita, no sólo con la acción de los personajes, sino con los complejos matices de la relación entre humanos y animales. Se trata del despliegue de información a través de la acción. Así, durante el paseo de dos personajes por un parque, nos terminaremos enterando de la utopía campesina que imaginara Ignacio Comonfort, de las ideas de Kropotkin en torno al carácter de los animales, y la introducción del anarco-socialismo en México a través de las ideas de Plotino Rhodakanaty.

Otro recurso técnico interesante es el uso del suspenso y la construcción del absurdo a lo largo del texto. Especialmente al inicio de cada apartado, se lanza al lector al centro de una escena cuyos elementos se presentan de manera desarticulada y absurda. Por ejemplo, la segunda sección de la primera parte comienza: “Catorce indígenas se bajan los pantalones y se estiran el escroto […] Muchos flashazos […] Una chica ofrece a todo el que lo pide un dossier con la información”. Conforme el lector continúa, estos trozos desarticulados de escena se van ligando, y se revela que lo que observamos es una conferencia de prensa donde los indígenas denuncian que han sido esterilizados sin su consentimiento por autoridades del sistema de salud pública. Pero incluso cuando la escena se ha clarificado, el sentimiento de lo absurdo persiste, casi como una denuncia. En el absurdo mundo donde vivimos, lo absurdo es la realidad. Aquí la verdad es la que ha terminado por quedar desarticulada. Porque en efecto, un gobierno que esteriliza sin consentimiento a sus ciudadanos parece una idea de ciencia ficción, y sin embargo, se trata de una realidad de lo más contundente.

De todas las vertientes del “uso” que hacemos los humanos de los animales hubo uno, que se toca brevemente, y que me detonó una pregunta: ¿Por qué los personajes no tienen mascotas? Ninguno tiene una relación íntima y emocional con un animal. Dejando de lado la crueldad hacia los animales, y abriendo el tema hacia la empatía que podemos llegar a tener con ellos, resalta que la manera como tratamos a nuestras mascotas en ocasiones supera en bondad al trato que damos a otros seres humanos, en particular en el momento de la muerte. El anverso de la crueldad que somos capaces de ejercer contra los animales es el hecho de que con ellos sí podemos ejercer la compasión última, y con los humanos no. Surgen aquí dos paradójicas preguntas: ¿cómo es posible que en nuestra sociedad esté normalizada la eutanasia en los animales, y no en los humanos? Y, ¿cómo es posible que tengamos la madurez social para saber que es importante darle una muerte rápida y poco dolorosa a los animales que amamos, pero por otro lado, dictemos una condena tan lenta y tortuosa a animales con los que no estamos vinculados emocionalmente?

El 22 de febrero de 1953, Ernest Hemingway le escribió una carta a su amigo Gianfranco Ivancich. En ella le contaba que uno de sus múltiples gatos había llegado ese día con dos patas rotas tras haber sido atropellado. La carta describe cómo el gato utilizó sus últimas fuerzas para volver a casa, y dice Hemingway: “Era una fractura compuesta múltiple con mucha tierra en la herida y fragmentos protuberantes. Pero él ronroneaba y parecía seguro de que yo podría arreglarlo. Le pedí a René que le trajera un plato de leche, y lo sostuvo y lo acarició, y Willie estaba bebiendo la leche mientras yo le disparé en la cabeza […] He tenido que dispararle a personas, pero nunca a alguien a quien yo haya conocido y amado por once años. Ni a alguien que ronroneara con dos piernas rotas”.  

Desde cierto punto de vista, el mundo podría dividirse entre aquellas personas que tienen la fortaleza y sabiduría necesaria para poder matar a un gato herido, y los que no. Los que entienden que la muerte puede ser una forma de compasión, aunque nos duela aplicarla; y los que se aferran a la vida, aunque esto signifique extender el sufrimiento del otro. Esta postura, en el mundo real, resulta, por supuesto, controvertible, pero en el mundo de La soledad de los animales, sí termina por dividirse así, pues se trata de una novela que plantea si es posible o no actuar moralmente en un mundo cuya base misma resulta inmoral. Si la empatía es, de cierta manera, el concepto opuesto a la cobardía, en esta novela la soledad de los animales termina por construirse tan sólo a la luz de  la cobardía humana.