A pesar de la cuantiosa ganancia obtenida por Godzilla (reboot del filme Gojira de Ishiro Honda, 1954) en su fin de semana de estreno -en EEUU recaudó 93 MDD- la cinta producida por Gareth Edwards ha resultado un distanciamiento de lo que el espectador promedio esperaba presenciar en la pantalla grande: Godzilla, el rey de los monstruos.

No es sólo el hecho de que el personaje emblemático de la película aparezca hasta pasados los primeros 60 minutos, es también el guión (Max Borenstein) que parece perdido entre pretensiones inacabadas y un gran elenco tanto técnico como actoral que se difuminan brindando una cinta muy mediana, que ante los grandes espectaculares que atiborraron las ciudades y los trailers transmitidos supo a decepción.
En esta cinta el abordaje de ese temible monstruo, que originalmente es creado en un momento difícil en Japón y que por obviedad recuerda el trauma social sufrido luego de las bombas atómicas (Hiroshima y Nagasaki), se da desde un papel amigable que omite cualquier contexto que permita generar simpatía por este kaiju –criatura extraña, en japonés- como figura de héroe (antihéroe). Nuevamente Godzilla es representado desde un ramplón e ideológico evolucionismo que muestra a este ser como defensor del hombre, ajeno a cualquier instinto destructivo propio de su historia y que al ser plantado en batalla en San Francisco emula a cualquier película catastrófica producida en Hollywood. En esta versión dirigida por Edwards no hay un verdadero progreso ni proceso de acercamiento al monstruo a la Frankenstein que nos permite comprender que detrás de esa figura horrible se encuentra un ente amistoso que no ha sido comprendido o escuchado. Aquí todo parece instantáneo a pesar del metraje, tanto que la aparición de Juliette Binoche y Bryan Cranston deja mal sabor de boca. Un desperdicio actoral.
La aparición de dos MUTO (Massive Unidentified Terrestrial Organism, Organismos masivos terrestres no identificados) que asemejan bichos gigantes y que se alimentan de energía nuclear es el pretexto para el despertar de Godzilla. Frente al panorama, tres colosos están por tener una batalla en medio de una ciudad, el arquetípico ejercito que el cine se ha empeñado en vender, emprende una misión para derrotar a todos los monstruos por igual, nada importa si las intenciones del corpulento reptil son buenas, dentro de la lógica militar: el otro es el enemigo. Ante tal propósito el Dr. Serizawa (Ken Watanabe), quien es el único que parece entender lo que está sucediendo, insiste en que se debe dejar pelear a Godzilla con los MUTOs antes que atacarlo. (Claro, mejor eso que intentar derrotar con armas nucleares a seres que se alimentan de esa energía) Para él, Gojira es casi un dios capaz de regular el orden de la naturaleza y es evidente que para el rey de los monstruos los demás kaijus son sus enemigos; por supuesto el humano que se ha impuesto vorazmente sobre la tierra y que incluso ha intentado aniquilarlo, es su amigo. Egoísmo absurdo, capitalismo descarado o monoteísmo simplón, da igual.
Las propiedades cinematográficas que en los primeros minutos recordaban a Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993), son rebasadas por el planteamiento de la historia y laceradas por escenas de peleas cortadas con tal de dar espacio a un argumento forzado con tufos románticos donde lo importante será tener a cuadro a la joven pareja protagónica: Aaron Taylor-Johnson y Elizabeth Olsen. Godzilla, como personaje de la cultura japonesa, es un síntoma caricaturizado, algo irreal que causa conflicto y que no puede asimilarse; es decir, su historia no requiere un tratamiento complejo, es sencilla en sí. La película de Gareth Edwards es un relato demasiado adornado.