La nueva película de Diego Luna puede ser definida con una sola palabra: hagiografía. En español significa “historia de la vida de los santos”; en inglés tiene el mismo significado y dos más: “una biografía que idealiza a su sujeto”, y en peyorativo “un escrito que adula a otra persona”. Si bien es cierto que César Chávez no llega a la tercera definición (pero estuvo cerca, el título provisional durante el rodaje era César Chávez: An American Hero), sí cae dentro de la segunda, y lo hace de tal forma que casi se convence de la primera.
A través de una serie de viñetas atadas a manera de historia –como sucede en este tipo de películas– César Chávez busca narrar la biografía de un mexicano-estadounidense, hijo de migrantes, y su lucha por defender los derechos de los campesinos que trabajan en las granjas de California a mediados del siglo pasado.

Chávez y su familia, como nos explica en un rápido voice over el actor que lo encarna –el también hijo de migrantes Michael Peña–, llegaron a tener un rancho y algo de dinero, pero la Depresión les quitó todo, y los obligó a regresar al campo. Nada de esto ve el espectador: para cuando Peña aparece en pantalla, su personaje ya cuenta con todos los dotes que lo harán una especie de Gandhi latino. Tiene una gran habilidad para organizar grupos, sabe negociar y cuenta con una base suficiente para poder llevar a cabo la lucha. Al menos en las múltiples versiones de Superman supimos cómo obtuvo sus poderes.
El grueso de César Chávez transcurre en la década de los sesenta, cuando –sin mayor explicación, al menos aquí–, los agricultores dueños de los campos de uvas le cercenan el sueldo a sus trabajadores y los dejan con poco menos de la mitad de lo que ganaban. La película nos cuenta que durante las reformas laborales en Estados Unidos el único gremio no incluido en el derecho a sindicalización fueron los trabajadores del campo, aquellos que menos ganan.
Chávez, en una mesa de negociaciones –o quizá sólo una oficina, tampoco queda claro– se declara harto de no poder ayudar a la causa –cuánto tiempo lleva así, y qué ha estado haciendo, un misterio–. De la noche a la mañana empaca sus maletas, a su esposa y a sus ocho hijos en un coche compacto y se los lleva a Delano, donde se recoge uva, para intentar movilizar a los trabajadores.
Es en los viñedos donde comienza el montaje de viñetas. Con música de alientos a todo volumen –la clásica señal de que estamos frente a la lucha, al sufrimiento, y más importante, frente a un héroe–, Chávez va convenciendo a los trabajadores. Pero no al público. Su habilidad como orador es pobre –trastabilla al hablar, el contenido de sus discursos no es memorable–, y más allá de varias secuencias en las que reparte volantes, jamás entendemos cómo es que se vuelve un ícono de lucha, un santo en los ojos de de los campesinos y del guionista Keir Pearson (también responsable de Hotel Ruanda, famosa por la sobre-simplificación de uno de los mayores genocidios de la historia).
En la apoteosis de esa santidad, Chávez ayuna por casi un mes. El motivo, una vez más, es confuso. Parecería que el movimiento se le ha salido de las manos; sus compañeros dudan entre seguir la lucha pacífica que predica Chávez, o acercarse al conflicto –tal vez armado–, y el guión lo ejemplifica de una forma un tanto prosaica: el que se pelee con el otro ya no juega. “You´re out of the movement!”, le grita Chávez con ojos desorbitados a alguien que empuja a un gringo. Ese empellón es suficiente para que el héroe deje de comer casi un mes. Más que santo, se asemeja a un fanático. (En la atropellada narración de Diego Luna tampoco queda claro cómo levanta la huelga de hambre y qué logra.)
Salvo en este caso, y en las tres escenas en las que abandona a sus hijos –la película sugiere que con el que peor le va es con Fernando, el mayor, a quien siempre le da sermones, no apoyo; pero en realidad Chávez llegó a fugarse de la boda de su hija por su adicción al sindicato– nunca vemos más que un esbozo de las múltiples facetas del personaje.
Lo cual es una pena. En un muy buen ensayo titulado “Hunger Artist”, Michael Keller, crítico de The New Yorker nos cuenta todo lo que la película no osa: Chávez era sumamente reservado, sufría de paranoia sistemática, y era miembro de un culto similar a la Cienciología, llamado Synanon, que entre otras cosas, enseñaba a sus feligreses técnicas de “control de mentes”.
Pero, más importante aún Chávez luchó gran parte de su vida contra el programa de braceros, que llevó a trabajadores mexicanos, de forma legal, a los campos estadounidenses desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1964. Su organización, la UFW (United Farm Workers) incluso llegó a denunciar ante Migración a los campesinos indocumentados que fueron contratados durante las múltiples huelgas de la UFW. El argumento era que los braceros y la migración indocumentada afectaban a los trabajadores del sindicato, y existe gran posibilidad de que haya sido cierto; el problema es que la película tendría que replantearse casi desde un inicio para poder incluir la otra cara de la verdad: en más de una ocasión el personaje principal de Chávez hace referencia orgullosa a sí mismo como mexicano, y alguien que lucha por los derechos de los suyos. O Chávez miente o la película se toma una libertad muy grande con la identidad de su propio santo.
Pero, como en toda canonización, los detalles escabrosos siempre se barren debajo del tapete.