En la República de Zubrowka, se sabe, no existe competencia para la repostería de Mendl’s. Sus elaborados postres, de todos los colores y texturas, son una muestra de creatividad y barroca manufactura; hay en ellos un cuidado, podría pensarse, casi obsesivo. Lo mismo podría decirse de las cintas de Wes Anderson, y no es casualidad: la República imaginaria de Zubrowka es el telón de fondo para su más reciente película El Gran Hotel Budapest.

La comparación, sin embargo, no es del todo un halago. En sus últimas cintas – Moonrise Kingdom particularmente y, de manera más justificada, Fantastic Mr. Fox– pareciera que exhibir un particular y distintivo diseño de producción se ha vuelto la prioridad de Anderson. Pasteles, como los de Mendl’s, bellos y elaborados –de los que sólo podemos imaginar el sabor. De los memorables personajes de Los Excéntricos Tenembaum quedaron sólo caricaturas de complejos y particularidades. Wes Anderson parecía atrapado en la espiral de autoplagio de la que realizadores como Emir Kusturica nunca pudieron escapar.
Con El Gran Hotel Budapest, Anderson finalmente alcanza un equilibrio. Por un lado, es visualmente su cinta más ambiciosa, y en ese aspecto también la mejor lograda. Su particular estética se extiende, en esta ocasión, a reimaginar no sólo un lugar, sino un tiempo: la Europa de entreguerras. Una época en donde coexisten la nostalgia imperial y el ascenso de los regímenes totalitarios. Una sofisticada Europa que se dirige, de nueva cuenta, al desastre.
El contrapeso de la ambición visual de Anderson es Monsieur Gustav H. –Ralph Fiennes, extraordinario– el primer personaje memorable que Anderson nos da desde Viaje a Darjeeling. El protagonista es la encarnación misma de la época y el hotel que administra, el Budapest del título, su mayor símbolo.
Muchos años después, en la década de los 80, un hombre solitario cena con un escritor: quiere compartirle la historia de cómo se volvió propietario de esas “encantadoras ruinas ” que ahora son el Hotel Budapest. El propietario, se enterará el espectador, es Zero Mustafá, un migrante que, siendo adolescente, fue acogido bajo la protección y tutela de Monsieur Gustav. Juntos buscarán salvar el preciado cuadro Niño con manzana, heredado a Gustav H. por una de sus (múltiples) amantes, una envejecida Tilda Swinton –mientras las divisiones panzer se preparan para cruzar la frontera.
En la travesía por salvar el cuadro, aparece un desfile de rostros conocidos en la obra de Anderson: Adrien Brody como el hijo de difunta aristócrata y Willem Dafoe como su matón personal; un irreconocible Jeff Goldblum como el abogado familiar; Edward Norton como un miembro de las SS –o, en la Europa de Anderson, las ZZ–, y Bill Murray en el infaltable papel de Bill Murray.
Sobresalen, también, las distintas facetas de Anderson, hasta ahora desconocidas, que aparecen en el Hotel Budapest. Por primera vez dirige secuencias de suspenso y de acción –pienso particularmente en el Kuntsmuseum y en la excelente secuencia de la prisión– al mismo tiempo que mantiene un tono cómico. Sin embargo, también tiene fallas que vale la pena subrayar: la subtrama del amor infantil de Zero, por ejemplo, nunca termina de cuajar; el personaje de su amada pastelera (Saoirse Ronan) aporta poco más que un lunar facial con la particular forma de la República Mexicana, y el formato en el que se presenta el grueso de la película se antoja caprichoso y no del todo justificado.
No obstante, al terminar la película hay una referencia con la que todo cobra más sentido. Anderson le dedica El Gran Hotel Budapest a Stefan Zweig. Y entonces uno cae en cuenta de que el confidente de Zero es el escritor de entreguerras. El escritor que, acaso después de escuchar a Zero, escribirá en un barco rumbo a Sudamérica su Novela de ajedrez.
Zweig fue uno de los autores más representativos del fin de siecle, de esa Europa imperial que se condensa en el Hotel Budapest enmarcado por los Alpes. Horrorizado por el ascenso del nacionalsocialismo, Zweig partió al exilio en Brasil, donde se quitaría la vida. Había muerto la Europa en la que había vivido, su Europa –y no pensaba vivir en un mundo en el que esa Europa no existiera.
Es esta capa, la de las ideas, la que hace que el Gran Hotel Budapest sea algo más que un barroco pastel de Mendl’s. Es el homenaje de Anderson a Zweig, y un viaje a su Europa –un mundo del que hoy sólo conocemos “encantadoras ruinas”.
Excelente