La conspiración de la fortuna es, vista desde un microscopio, una narración del poder; vista desde una mapa, una historia de las pérdidas. Más que una novela de la autoridad, el dominio o el imperio, es un texto que gravita alrededor de las ausencias. Si bien es cierto que la política es el pretexto de sus páginas, la novela de Héctor Aguilar Camín (1946) parece tensar ciertos ejes que la política mexicana no ha logrado siquiera atisbar: el pacto con el silencio y la sombra que debe hacerse después de que se deja la silla, el anhelo siempre presente de regresar al pasado, la lección tan aprendida que en política solamente se dejan adversarios. El poder trastorna a sus huéspedes. La conspiración de la fortuna indaga las formas de obsesión política y sus retornos en forma de huesos: el cadáver después del poder que descansa en repisas de nostalgia y álbumes del pasado.

La novela narra la historia de Santos Rodríguez, un hombre pragmático, dueño de una seguridad y una retórica poderosas que a la par de una ambición desenfrenada logran purificarlo de cualquier vislumbre que no sea la toma del poder. Asistiremos así a tocarle la puerta a una narración musculosa, certera y aleccionadora. La conspiración de la fortuna tiene muchas ganas de contar una historia. Hay un esfuerzo bien logrado por comprimir lo importante sin dejar a un lado los murmullos: la modernización de la clase política cuya pugna está en abrazar el pasado y aferrarse a él, o darle la vuelta y convertir el futuro en un aliado que a muchos molesta y que a pocos importa; la frontera entre la familia y los caminos propios; la gran pregunta de si el destino se impone o se compone.

Hay una perentoriedad en la trama que provoca que se rompan los límites de velocidad en la narración: así como somos testigos del amor entre Inés y Salomón envueltos en una burbuja y en donde el autor impone la calma propia de la contemplación en un amor ajeno, también nos vemos inmersos en las cruentas batallas políticas de los concursantes en las cuales es sintomático encontrar el empuje de la ambición.

Conforme la historia avanza, la narración comienza a desdoblarse hasta alcanzar una urdimbre tan recta que la trama, a pesar de las muchas voces, admite solamente dos posibles salidas: el exilio o la victoria momentánea. 

La constelación de personajes que la novela nos presenta sugiere un universo contemplado exclusivamente desde los intereses. Las formas que adoptan los conflictos dotan a la narración de una diversidad que se traduce en un muestrario de la acción humana. Martiniano Agüeros, el capo del narcotráfico que no entiende de pactos; Inés y Salomón cuya historia de amor busca penetrar las duras escamas del poder; Rutilio Domínguez, aliado ambiguo de quien pueda ofrecerle algo; El Duque, un poder tras el trono: las fauces que todo conocen y que todo indagan.

A nivel microscópico los protagonistas parecen obsesionados con el poder; a nivel astronómico el lector advierte que el compromiso de la historia no depende de lo que sus personajes deseen pero de lo que ellos mismos evitan perder. La política no es la cosecha de las trampas sino una barrera contra los vencedores. Esa historia secundaria empapa a Santos Rodríguez que ve en la política una llamarada que lo busca proteger de fechorías –inventadas o no- de sus contrincantes. Es interesante cómo la figura de Santos Rodríguez parece adquirir patologías compensatorias que lo llevan a transformarse: el hombre pragmático se transforma ahora en un hombre compasivo. 

¿Se puede disfrutar la contemplación del poder desde las simas? Indagar las transformaciones de la política requiere más que poner la vista sobre sus cumbres. La conspiración de la fortuna pone sobre la mesa la tesis de que en política duelen igual las pérdidas y las victorias. La bifurcación que se abre en sus páginas toma aliento con la visión de Adelaida –esposa del protagonista- y la de Santos Rodríguez: mientras que la primera se lamenta de los triunfos de Sebastián, el hijo dedicado a la política y también candidato a la Presidencia de la República, Santos Rodríguez alienta la carrera de su hijo con el izamiento de la bandera de guerra que al final acaba por doblarlo. Después de todo, Santos Rodríguez busca paliar sin ambages las ausencias que la vida le dejó.

A la vez que la novela ocurre en un presente determinado, el protagonista vive en un pasado mejor. Lo que se deja cuando se despide del poder pesa más que lo que se espera obtener de él. La ecuación que Santos Rodríguez traza a lo largo del libro no es otra más que la esperanza del retorno, vengarse de sus vengadores, traer al presente lo que el pasado le negó. En política, cuando se pierde es mejor convertirse en estatua: mover los hilos puede salir demasiado caro para quien pretende restañar las heridas que los votos le propinaron. El pasadizo de las sombras y de los pactos que en política busca la noche, adquiere en La conspiración de la fortuna un escenario solar en donde se advierte, a flor de piel, lo que los personajes esperan.

Los aforismos son parte viva de la política y de la negociación. Héctor Aguilar Camín lo entiende así, y desde las primeras páginas se abre una síntesis elocuente de la brevedad que implica el poder pero también de la extensión que abarca una orden. En la novela se puede rastrear un pequeño manual de sabiduría política, que bien puede ser un resumen de experiencia humana. Dice el autor: “La política siempre tiene prisa, hace ver todo urgente, turbio o claro, pero inaplazable”.  También: “Los políticos son seres normales que se proponen cosas anormales”. Luego: “Gobierno sin dinero, pobre gobierno. Dinero sin gobierno, pobre dinero”.

Imposible no ver en La conspiración de la fortuna un glosa ficcional del poder en México. Por sus páginas identificaremos el retrato de una era que cambió al país, modificó las expectativas de las élites y renovó las catedrales del poder. La novela de Aguilar Camín no pretende enjuiciar los hechos sino presentarlos en láminas que testifiquen lo que los personajes confirman: que así como el poder mistifica a quien lo posee, la idea de su reproducción consume a quien la desea.

Vista desde abajo, La conspiración de la fortuna es un ejemplo de cómo el poder ordena, propone y aniquila; vista desde arriba, estamos ante una novela que reparte los males y muestra cómo es que, en política, la ruleta a veces parece conspirar.


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Héctor Aguilar Camín,La Conspiración de la fortuna, Cal y arena, México, D.F., 2005.