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No hay muchos filmes que puedan delinear tan vívidamente los contornos de una época. En el caso italiano, si La dolce vita (Federico Fellini; 1960) dejaba ver una doble moral en la sociedad romana que yuxtaponía escenas sobre temas religiosos con el nuevo estilo de vida licencioso que trajo el boom de posguerra —para muestra la primera escena: la estatua de Cristo bendice a toda Roma para luego ser reemplazada por la nueva capital de los multifamiliares, la de mujeres que se asolean en la azotea y los clubes nocturnos donde se baila al son de Pérez Prado; o la inocencia de la aparición de la Madonna frente a decenas de reporteros imprudentes—, La grande bellezza (Paolo Sorrentino; 2013) representaría el agotamiento de ese modelo en la Italia posberlusconiana: un clamor desesperado de una sociedad exhausta, que busca nuevas expresiones y confiere legitimidad a una creatividad igualmente decadente, donde la simpleza y la belleza reales pasan desapercibidas.

La cinta de Sorrentino muestra, como la de Fellini —a la que hace enormes referencias, y a la cual se le ha comparado en otras reseñas—, dos Romas. Una es la de los excesos y fariseísmos, la berlusconización en tiempos de escasez: una pareja de ancianos harapientos que vive de hacerse pasar por nobles, un cardenal que desvía preguntas sobre espiritualidad hacia cómo preparar un buen filete, una pseudointelectual que “intenta ser moderna” saliendo en televisión y presumiendo que ha escrito 7 libros, el joven desequilibrado quien se ha tomado en serio el existencialismo y se termina matando, el Mesías que inyecta bótox y cumple deseos (como “el fin de la guerras en Medio Oriente”) a cambio de 1200 euros o la solterona en cuya fiesta de divorcio habrá bailarines de burlesque.

En contraposición hay otra Roma, minoritaria, “culta” y que no va más allá de un puñado de intelectuales reunidos en una terraza —referencia, sin duda, a La terrazza de Ettore Scola (1980). Se trata del círculo de amigos de Jep Gambardella, compuesto por otros personajes, distintos de los anteriores pero decadentes al fin: una mujer viuda que presume a diario de no tener televisión, el poeta incomprendido que nunca habla porque “escucha”, los departamentos con hamaca frente al Coliseo, el manual oral sobre cómo comportarse en un funeral —sin llorar, para no robar cámara al doliente—, una editora de revista enana que bromea sobre su “estatura moral”, frases de Céline; en pocas palabras, un enorme esnobismo histriónico.

Jep —una versión avejentada de Marcello Rubini—, escritor de una sola novela, es el nexo perfecto entre ambos mundos, entre ambas Romas: además de ser un intelectual cultísimo, se autodefine como “un misántropo” que siempre quiso ser “el rey de los mundanos” y organiza fiestas masivas en su terraza hasta el amanecer. Sin embargo, permanece fiel a sus origen culto en su trabajo: realiza entrevistas a los personajes más fantoches de la contemporaneidad para desacreditarlos sarcásticamente en sus columnas de revista, a “artistas” cuyos “performances” no deben cuestionarse, sino “entenderse” —es decir entender nada. En una ocasión, por ejemplo, Jep pregunta a una gitana qué son las “vibraciones” que dice sentir, algo que ella no puede explicar con palabras, porque si lo explicara perdería el sentido “místico”. La mujer suelta a llorar tras repetirse la pregunta cinco veces y termina diciendo “no lo sé”.

Al cumplir 65 años y, tras enterarse de que su amor de juventud ha muerto, Jep dejará de hacer las cosas que no quiere hacer en su vida, escapando de las nimiedades: desaparecerá del lecho de una mujer luego de un encuentro furtivo cuando ella quiere mostrarle en su Facebook las fotos que se toma “todo el día, para conocerme mejor, con el teléfono”.  Huirá, también, de las fiestas ambientadas por cuartetos de cuerda junto con mezclas de Macintosh, de los “artistas” que ganan millones por aventar pintura a una pared gritando de rabia.

Jep caminará por Roma intentando llenar la vacuidad de la vida que lo rodea, en búsqueda de ese algo más que no trae ni el mundillo intelectual ni el consumismo incansable. Finalmente, descubrirá que lo que busca siempre ha estado ahí, bajo una mar de hiperbólica falsedad. Se trata de las grandes bellezas de la vida: niños correteando monjas en un orfanato, el Tíber al amanecer, el amor de juventud, el hombre que posee las llaves de “todos los palacios de Roma”, el arroz recalentado —“siempre mejor que el recién cocinado”—, una santa de 104 años que sube de rodillas la Sancta Scala del Palacio Laterano, la exposición de 14,000 fotografías tomadas a un hombre cada día de su vida desde el nacimiento.

No quiero que este recuento parezca abigarrado, pero la naturaleza del filme me obliga. No hay secuencia lineal, y de no ser así la película sería otra cosa, tendiendo a las teleologías ordinarias con desarrollos, clímax y desenlaces que buscarían explicar otras cosas. La grande bellezza es una cosa y la otra, esta escena y aquélla: ora es Fanny Ardant (en cameo) bajando una escalera, ora la fracción de segundo en que un hombre pasea al perro. Quizás allí reside su fortaleza. Lo muestra todo sin dar suficiente espacio para que algún elemento sobresalga. Es la suma de esas aparentes pequeñeces y accidentes de la vida lo que constituye La Gran Belleza, que Jep buscará con la sensibilidad para ser un escritor de la que suele presumir: “Mis amigos siempre respondían «el coño»; yo, «el olor de las casas de los viejos». La pregunta era «¿Qué cosa te gusta más en la vida?»”.

Como no hay un trazo lineal, citar la última frase de la película no echaría a perder nada, sino que, quiero creer, contribuye a despertar la curiosidad por la misma, al tiempo que sintetiza su esencia: “La vida está siempre debajo del bla, bla, bla. Se encuentra cimentada bajo el parloteo y la estridencia. Es silencio y sentimiento. La emoción y el miedo. Son destellos demacrados e inconstantes de belleza. Y después, la desdichada suciedad y miseria del hombre. Todo enterrado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo. Bla, bla, bla, bla. En otra parte estará lo demás. Yo no me ocupo de la otra parte. Así, pues, que esta novela tenga inicio. En el fondo, es sólo un truco. Sí: es sólo un truco.”

 

Rainer Matos Franco. Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México.