
¿Cómo es capaz de responder un individuo ante un sistema social cuyos avasalladores efectos lo sobrepasan? Resistencia o rendición. Uno de los ejes de la llamada “trilogía pinochetista” del chileno Pablo Larraín es precisamente el papel del sujeto frente a la marea institucional que lo ahoga, en el caso de los tres filmes la dictadura que acabó con el democrático régimen de Salvador Allende. En Tony Manero (2008), la primera de la serie, el protagonista es un sociópata dedicado al pillaje y a la vez un homicida sin escrúpulos cuyo único alivio existencial parece ser convertirse en la encarnación del también odioso personaje de John Travolta en Fiebre de sábado por la noche: el baile disco hace las veces de trance con el cual olvidar un entorno de persecución política y terror de Estado, trance que permite escapar del vacío interior en el que la amoralidad del personaje principal florece.
Post mortem (2010), la segunda entrega, ocurre cronológicamente antes que su antecesora, justo en los primeros días del golpe pinochetista. Mario (protagonista nuevamente interpretado por un inescrutable Alfredo Castro), es también un ser sin convicciones que sin saber bien cómo, termina al servicio del ejército cubriendo como parte de un equipo forense los asesinatos perpetrados desde el recién ascendido poder, cómplice en su indiferencia y su silencio (en contraposición, por ejemplo, vemos a una de sus compañeras estallar en gritos y reclamos ante la imagen de una pila de cadáveres) y al final despojado de humanidad al decidir el destino de un par de vecinos.
En un tono mucho menos sórdido, No (2012), la última de las tres, refleja las campañas televisivas en torno al plebiscito de 1988 que desembocó en la retirada de Pinochet; aunque el personaje interpretado por Gael García Bernal está muy lejos de cometer las atrocidades de sus predecesores, comparte con ellos un cinismo que permite presumir que su rol como jefe de la campaña anti-oficial no es sino otra faceta (competitiva y llena de dificultades, eso sí) de su práctica mercadotécnica: sabe bien cómo vender un producto y si ello incluye un régimen democrático, pues que así sea. Un cliente más.
Acostumbrados como estamos a que una trilogía comparta personajes y posea una continuidad narrativa, la propuesta de Larraín nos recuerda que una obra que se asume como un todo puede encontrar su identidad en ambientes, en temas o en el modo en que es capaz de generar sensaciones en el espectador (recuérdese, por ejemplo, la trilogía de los colores de Kieslowski). En las tres cintas la presencia del ejército se hace visible, patente: ya sea atestiguando un rondín, acompañando el andar de un tanque o advirtiendo las galas militares, los espectadores podemos percatarnos de la dominancia militar. Esa obviedad, sin embargo, da paso (y es aquí donde podemos encontrar uno de los mayores aciertos del autor) a algo más complicado, quizá inasible: el modo errático y confuso en que las personas responden a la dictadura. ¿No podría ser, acaso, la mímesis con el régimen el único modo “sensato” de sobrevivir? Cuando poco sitio hay para las virtudes ciudadanas, ¿resulta cuerdo tratar de ejercerlas? Particularmente pesimistas (asfixiadas las imágenes por una paleta en donde imperan grises, azules, tonos oscuros), las dos primeras películas destierran casi toda respuesta afín a la esperanza; en la tercera, si bien el sátrapa es derrotado en las urnas, resulta incierto qué puede fungir como proyecto común para una sociedad movilizada en torno a un rechazo (el NO a la continuidad de Pinochet) pero poco clara en otros objetivos. La indiferencia o el vil aniquilamiento del prójimo que permean en las dos primeras partes se convierten en un panorama menos sombrío en la tercera (desde el mismo logo de la campaña y del título –un arcoíris- se anuncia un viraje cromático), aunque sea en la superficie: los votos han de derrocar al monstruo pero el Mercado se asoma con su vacua publicidad y lo único free en el film es la marca de un refresco.
La destrucción del individuo como ente moral durante la dictadura y las dudas que se insinúan en su postura frente a un sistema (el de libre mercado) en apariencia menos opresivo pero igual de inclemente son canalizadas a través de la figura del ya citado Alfredo Castro: mientras los personajes por él interpretados como protagonistas (el émulo de Tony Manero y Mario de Post Mortem) hacen gala de un nihilismo que pareciera servirles de trasfondo para sus tendencias homicidas, el antagonista que encarna en No es el líder de una agencia que brinda sus servicios al régimen: un mero fenicio publicitario, aborrecible en su cínico actuar. Encarnaciones del envilecimiento, todos los papeles de Castro parecen aspirar a la preservación individual sin importar nada mas.
Las imágenes finales de las películas se encuentran hermanadas: en la primera, Tony Manero aborda el mismo autobús que el rival que lo derrotó en la pista frente a las cámaras de televisión, iniciando así un acechamiento que previamente ha concluido con la vida de otras personas; en la segunda, el involuntario miembro del ejército (Mario) empareda a su vecina, antiguo objeto de su fijación “amorosa” que lo rechazó; finalmente, el publicista avanza con la mirada perdida entre la muchedumbre que festeja la caída del general: no el Ideal sino el Mercado lo espera. Los tres han sobrevivido a momentos y circunstancias críticas a pesar de haber caído; es probable que ninguno de ellos pueda, sin embargo, levantarse.
Buen artículo, no he visto ninguno de los 3 filmes que refieres, y sin embargo de tu narrativa percibo la trama.