Y pensar que voy a morir pronto

Pensar que voy a morir pronto, se dijo mientras agradecía haber contratado la suscripción prime que permitía envíos al instante por sólo 199 pesos al mes. Carmela dio vueltas por la casa sosteniendo la cajita, buscando con qué abrirla. Encontró una navaja medio oxidada en un resquicio del cajón de tiliches en la cocina. Tomó la caja y la destripó para extraer el sobre esponjoso y brillante, garigoleado con dibujitos festivos. Abrió la solapa cuidando no llevarse, entre el tire y arranca, algún elemento irremplazable. 

El interior contenía una botellita envuelta en papel burbuja y un extraño polvo en un sobre hermético. Ni agujas ni ligas ni algodones. Esos se vendían por separado o como parte de un set más caro. Por los 15 mil pesos desembolsados le correspondía el paquete de muerte simple que incluía el servicio de recolección de cuerpos —una solución y negocio extraordinario para las funerarias afiliadas. 

Carmela sabía que una vez inyectado el mix en su brazo, tendría entre quince y veinte minutos para llamar a los recolectores. De otro modo, el cuerpo quedaría olvidado en su departamento de solterona. 

Patricio Betteo

A sus 80 años su neurosis no se había calmado. Al contrario, andaba cada vez más inquieta. Casi efervescente. Con meridiana lucidez había decidido morir, pero no de la forma dramática y precaria sino de la otra: la costosa y formal, un lujo de la clase media que se le negaba a los pobres. 

La vieja se había despedido de todos los que conocía y quería, una bola de ancianos cansados de vivir aunque unos más necios y suertudos que otros. Incluso, Carmela había celebrado la ya tradicional fiesta del adiós, una moda que había relegado los XV años y los bautizos. Los festejos de adiós contaban con un público más ancho, menos voluble a las modas. 

Nadie había intentado convencerla de no usar la inyección. No le vendieron la idea de la existencia como un gozo, ni derramaron lágrimas de dolor luctuoso para que eligiera abrazar la vida con ganas. En cambio le dieron sentidos y cariñosos abrazos, colmándola de regalos con caducidad próxima. Su hermana menor, María, fue quien le prestó el dinero para completar la dosis letal y la mentada fiestecita. 

La anciana ya tenía todos los instrumentos restantes para colocarse la inyección, misma que la esperaba en un cajoncito del baño junto a sus vitaminas. Los ordenó frente a ella en la mesa que alguna vez sostuvo tazas de café y que ahora era un aserradero de chunches sin sitio. Se sentó en el sillón, cerca de la puerta, y leyó con detenimiento el instructivo. “Si ha tomado la opción voluntaria de partir de este mundo terrenal, sepa que cuenta con el apoyo de sus gobernantes y la Compañía. La iniciativa privada y la Nación unen sus esfuerzos para garantizar una muerte digna, al alcance de todos. En este paquete podrá encontrar…”. 

La lista de ingredientes ocupaba la mitad del papel. Carmela no se molestó en leerla: quería llegar a la parte de mezclar, agitar y aplicar, aunque no la encontraba entre tanta palabrería. En la última página, unas ilustraciones mostraban el procedimiento de manera clara. 

  • Paso 1: Combinar las sustancias del bote número 1 y 2; dejar reposar por 10 minutos
  • Paso 2: Agitar vigorosamente hasta obtener un líquido homogéneo
  • Paso 3: Inyectar en la vena cefálica
  • Paso 4: Esperar
  • Paso 5: Morir 

Cumplió con el primer paso y puso el temporizador que usaba para medir el tiempo de cocción de los huevos. Aprovechó para destrabar la puerta, abrir ventanas y echar una última chis, pues si algo había aprendido de su madre era que nunca debía salir de casa sin haber orinado antes. Además, había escuchado que a los muertos les daba por relajar los esfínteres y terminar en sus jugos. 

La alarma sonó. La mezcla se había pintado de un extraño rojo bifásico. La agitó con fuerza, unas treinta veces, hasta que la notó uniforme en color y viscosidad. Se colocó el torniquete, apretó el puño para revelar la vena y se inyectó. Sintió el coctel recorriendo el interior de su brazo. Tenía unos minutos para arrepentirse y llamar a emergencias o asistir al punto de resucitación más cercano. 

Sólo le quedaba hablar al servicio de recolección de cuerpos, y marcarle a sus familiares y amigos para el ultimísimo adiós. Primero llamó a María. Se despidieron de manera breve y sin lloriqueos; ya habían tenido muchas despedidas. Carmela le insistió en que se diera una vuelta por el departamento en unas horas, por si acaso los de recolección se habían olvidado de ella. No quería que su casa se apestara. Después llamó al servicio, dio su dirección, ofreció minuciosas indicaciones sobre su cuerpo e insistió en que no deseaba ningún servicio extra. Antes de colgar sintió un jaloneo en los pies y en el estómago. Sabía que se le hundían los ojos y su respiración era, conforme pasaba el rato, más pesada. 

Carmela se sumergió en un descanso profundo y psicodélico, rodeada de figuras revueltas entre sueños y realidades. Caminó por espacios que conocía, se cayó una infinidad de veces y estuvo quieta por minutos, días y años —todos contenidos en un segundo— en lo que supuso que era la antesala de la muerte. Se dio cuenta que había unos dedos hundiéndose en su carne como si alguien la estuviera sosteniendo con firmeza. Después sufrió un frío profundo y la rigidez de una superficie bajo su espalda. No detectó nada, pero escuchaba todo. Por el ruido supo que estaba en la calle, ¿era ésa la muerte? No. Estaba viva. Intentó mover los pies, las manos. Abrió los ojos desesperada. Gritó pero nadie la escuchó. Como cuando se te sube el muerto. Pero lo que le hacía falta a ella era eso: la muerte. 

Los recolectores bajaron a Carmela de la camioneta sin cuidado. Que los fallecidos tuvieran los ojos abiertos era de lo más común. Ella seguía aprisionada en su propio cuerpo. No le salían palabras. Sentía y veía todo. 

Ya en la camilla de disecciones, logró mover un dedo. Después, la rodilla, un brazo y, por último, la cabeza. Se incorporó de a poco sobre la plancha. La tanatoestética designada para maquillarla la encontró sentada, quietísima. Con una ternura que le pareció alucinante, tomó la cabeza de la anciana y la forzó a recostarse mientras le hablaba quedito, pidiéndole que se dejara hacer, que todo iba a estar bien y la pondría guapa para su última fiesta. 

Se resistió como pudo. Quería aventar manotazos y reírse de aquello tan absurdo, pero no podía. La maquilladora le untó rubores de tres rosas diferentes, le aplicó un delineado gatuno y una discreta sombra color champaña. Carmela lo sintió todo y volvió a abrir los ojos que le había cerrado la empleada para un mejor aplique de la sombra. La mujer la miró, le sonrió y le acarició las mejillas mientras canturreaba una canción de cuna, repitiéndole: “Ya, madre, ya está en un lugar mejor, déjese hacer para que la vean guapa”.

Le enervaba que la llamaran “madrecita” o “abuelita”. Mientras la empleada maquillaba a otros cadáveres y les hablaba bonito, se preguntó si llegaría a poder bajarse de esa camilla o tendría que sentir las llamas cuando decidieran cremarla. Para ella, la peor muerte era la de los quemados. 

Ya menos drogada, Carmela se sentó con sus músculos temblorosos. Luego se puso de pie, observando el cadáver de un joven. Según dijeron, había muerto de causas naturales. Como pudo, caminó por entre los muertos hasta el recibidor donde se celebraban las velaciones. Buscó al encargado; tenía ganas de gritarle y de golpear algo, lo que fuera. En el lobby encontró a un señorcito de corbata y desgastadísimo traje gris que le daba la bienvenida a los dolientes. La observó y, antes de que pudiera decirle algo, éste le pidió que esperara un momento, que ahora resolvían el asunto. 

***

Regresó a su casa exhausta. Apenas podía mantenerse despierta, tenía secos los ojos, los labios y la boca. Le urgía darse un baño y hablarle a su hermana, decirle que la maldita caja salió defectuosa. Adentro, la escena de su muerte seguía intacta: agujas, botes vacíos, el sobre y la lista de instrucciones. Lo único que faltaba era la cinta torniquete con la que se había apretujado el brazo. 

La ira que contuvo durante horas salió de su cuerpo a gritos. Gritos que, de a poco, iban convirtiéndose en carcajadas desvencijadas. No le quedaba más que pedir un reembolso y una nueva caja de eutanasia. 

En el anverso del folleto encontró el apartado de levantamiento de quejas: había que llenar un formulario, presentar por teléfono una queja formal que le arrojaría una clave alfanumérica. Después, había que apersonarse en las oficinas de la Compañía junto con las evidencias que permitieran comprobar que la inyección contaba con algún fallo. 

Carmela marcó al número de la caja unas veinte veces hasta que logró conectarse con un humano. La mandaron, con exasperante amabilidad, de un operador a otro con frases como “muchas gracias por su tiempo de espera” y “en un momento regreso con usted”. Cada uno le explicaba lo mismo: era una situación extraordinaria. Le preguntaron si estaba segura de que la inyección había fallado. La obviedad se les escapaba a las docenas de empleados que hablaron con ella. 

El asunto terminó por escalar hasta un gerente de voz temblorosa y un acento marcado por eses silentes. La escuchó sin interrumpir mientras Carmela narraba su historia por enésima vez. La entiendo, siento mucho la situación, señora, claro, seguro. Cuando al fin terminó la narración, el trabajador –sin dejar el tono dulce y amable– le recordó que, para hacer válida la devolución, era imprescindible realizar el trámite de no-defunción: un papel expedido por el Gobierno que estipula que los ciudadanos siguen con vida. Posterior a eso, Carmela tendría que iniciar un litigio para dictaminar las causas de la no-muerte para entonces devolver el dinero o proceder a reemplazar el producto. Dicho trámite le llevaría de 100 a 250 días hábiles. Pero si por algún motivo moría antes, la devolución sería improcedente. 

Carmela sonrió, se tumbó en su sillón y colgó el teléfono. Calculaba si la cuerda del tendedero aguantaría su peso y entonces se rió.

Olaya Parcero

Guionista formada en el Centro de Capacitación Cinematográfica.

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Publicado en: Ficción

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