Hay un video que no existe más en YouTube. Un entrevistador francés que habla en un inglés roto le pregunta a una bella y elegante Charlotte Rampling qué opina del festival de Cannes y de la fama. Rampling se echa a reír y se burla de las actrices que dicen que las tratan como ganado. Menciona, además, que “la fama siempre será algo banal, que es como un juego y hay que aprender a jugarlo, las cosas importantes las guarda en su corazón y no están al alcance de nadie”. Así se entendía la fama entonces, o al menos así se hablaba de ella, con despreocupación.
Mucho ha cambiado desde esa entrevista. En el siglo XXI hay una fama triste y famosos tristes de serlo. Las sensibilidades son otras, y si en décadas pasadas lo que predominaba era la ironía, la reticencia a la introspección, y la privacidad; hoy reina la necesidad de que cada quien cuente su historia, que se psicoanalice y transite esa mezcla de exposición y autocompasión. El algoritmo (que parece adivinar lo que escribo) muestra a Kylie Jenner llorando porque el Internet critica cómo se ve. Kylie, con lágrimas en los ojos, dice “creo que sí me afecta” y Kendall, su hermana, responde con gran sabiduría: “le afectaría a cualquiera”.
En enero de este año se estrenó The Moment, una película de Charli XCX sobre el lado oscuro de la industria y las desventajas de ser famosa. En 2020, fue This Is Paris, un documental de Paris Hilton en el que, a diferencia de lo que la gente cree, deja ver que su historia no es una comedia sino que tiene tonos más bien trágicos. Los famosos ya no pretenden ser felices; hoy quieren que el mundo sepa su miseria.

Quizá no podría haber mejor ejemplo de este fenómeno que las memorias de Lena Dunham, publicadas el mes pasado. Famesick: A Memoir (Penguin Random House, 2026) es un título revelador que hace un paralelismo entre la fama y la enfermedad. El libro repasa un poco más de diez años en la vida de Dunham, de 2008 a 2020. Y la autora lo advierte desde el inicio: “Cuando eres famosa, nadie siente lástima por ti. La fama se percibe, en general, como un privilegio que una misma se ha buscado. Es tu culpa, y a la vez es algo bueno: incluso los aspectos negativos parecen, para quienes no viven esa experiencia, compensados por las ventajas”.
He buscado otras palabras pero el libro de Dunham es triste, neurótico y brillante, aunque esencialmente triste. Una joven que no tenía otra cosa más que un impulso de trascender y eso la llevó a grabar corto tras corto, todos con ayuda de amigos y sin casi nada de presupuesto. En 2009 hizo Tiny Furniture, una película filmada de manera artesanal que ganó Best Narrative Feature en South by Southwest. El premio condujo a otras cosas: reconocimiento, un manager, una entrevista con HBO, el pitch de una serie, eso llevó al piloto y el resto es historia. Girls (2012-2017) nació de forma azarosa y con mucho trabajo detrás. En la primera parte del libro, Dunham registra de manera metódica y burocrática que nadie le regaló nada. Fueron muchas juntas, noches sin dormir, estancias en departamentos rascuachos y una chica que terminó al frente de una producción, sin nunca haberlo hecho antes en su vida.
La genialidad de Dunham es que relata todo como si fuese una persona normal, como si no fuese brillante, y todo le hubiera pasado por casualidad, y así como le pasó a ella le pudiese pasar a cualquiera. No es el caso: Lena Dunham tenía 24 años cuando creó y escribió una de las mejores series de televisión en la historia. Sin embargo, el precio de haber logrado eso es que su vida empezó a desmoronarse de otras maneras. Su salud mental colapsó; luego, su cuerpo.
Dunham reprimía sus necesidades físicas porque no quería decepcionar a nadie. Ignoraba las señales de su cuerpo cuando estaba al borde del colapso. A pesar de intentar complacer a todos, los comentarios de los otros eran crueles. Cualquier tuit que apenas mencione a Lena Dunham tendrá cientos de respuestas llamándola gorda, antipática, privilegiada, monstruosa, fea. Sobre esto escribe: “—¿No lo entiendes? —dijo mi padre al tercer día que me negué a levantarme de la cama—. Has ganado. Sólo tienes veintiocho años y te han llamado racista, gorda, niña rica ignorante y pedófila. ¿Qué más queda? Nada. Has ganado”.
Habrá quien lea el libro por los chismes que hay en él: Adam Driver aventaba sillas en el set de Girls; Lorde parece ser una de las (muchas) razones por las que Lena Dunham y Jack Antonoff se separaron; Dunham era amiga de los hermanos Safdie y conocida de Greta Gerwig. A lo largo de los años Dunham tuvo relaciones tormentosas y encuentros sexuales degradantes que sí narra a detalle en el libro. Pero para otros, será más interesante saber cómo fue la creación y producción de Girls, la participación —no siempre positiva— que tuvieron Jenni Konner y Judd Apatow. Por ejemplo, un momento devastador: cuando Jenni Konner le avisa a Dunham que se ve demasiado bonita en el primer episodio, que tiene que subir de peso porque esto no es Sex and the City 2, HBO aprobó que hubiera una gorda y si quiere que se haga la serie tiene que empezar a comer “de verdad”.
Famesick es un relato brutal de la industria del entretenimiento. Para muchos hacer una serie suena como un sueño, Dunham desentraña ese sueño y parece concluir que el precio de llevarlo a cabo es la locura. Incluso si lo haces con la mejor disposición, hay un sacrificio que nunca termina: de tiempo, libertad, o de sacrificar tu imagen al mundo para que otros la tomen y la desechen si quieren. Dunham navega por el estrés de la serie, los premios, las entrevistas, un noviazgo, su relación con su hermano y sus padres, sus emociones y su cuerpo, que casi de forma literal colapsa hacia la temporada final de Girls.
Dunham menciona que no importa qué tan dura se había puesto la vida, su show siempre fue una fuente de ligereza y felicidad. Hasta que su endometriosis empeoró al grado que, tras varias tortuosas cirugías, y de años de vivir con dolor, tomó la difícil decisión de hacerse una histerectomía a los 31 años. Cuando terminó Girls, Dunham tuvo la cirugía, terminó su relación, fue diagnosticada con síndrome de Ehlers-Danlos y desarrolló una adicción a las pastillas, todo en cuestión de meses.
Un libro agotador, con sumo detalle, las páginas están repletas de adjetivos encadenados, nombres, referencias, del lenguaje neurótico que caracteriza a los personajes de Dunham que no pueden quedarse quietos ni estar en silencio aunque sea un minuto. La primera parte es mucho más estructurada que el resto, que parece salirse fuera de control, un poco como sucedió en la vida de Dunham. No obstante, Famesick tiene momentos conmovedores: la relación con sus padres es de lo más interesante del libro, una familia judía de artistas neoyorquinos, unida y en ocasiones patológicamente cercana, pero es claro que si Dunham pudo navegar todo lo que la vida le puso enfrente fue en gran medida gracias a su núcleo familiar.
Casi al inicio del libro, Dunham se reunió con un entrevistador veterano que le advirtió de los peligros de la fama. Le dijo que vio a la gente en sus inicios con toda la esperanza del mundo, y amargarse después de haberlo ganado todo. Por ello, la autora menciona que muchas de sus predicciones se volvieron ciertas. En los últimos años, la autora y guionista se recluyó antes de volver con este tell-all. Se mudó a Londres, estuvo inactiva en redes sociales, daba escasas entrevistas. Es como si la fama la hubiera drenado hasta que necesitara del aislamiento de irse a vivir a otro continente.
Si bien la historia de Lena Dunham no es replicable porque ella es excepcional, hay algo universal en su desenlace. Es la ambición —o el narcisismo— lo que empuja a querer ser visto, a querer ser famoso. Y una sociedad que refuerza ese impulso, que premia la visibilidad como si fuera la única medida de valor.
Desde que existen las redes sociales, ya no hay mediación entre ser visto y quedar expuesto a la opinión de millones. El verdugo ya no es la prensa: puede ser cualquiera, en cualquier momento. No hemos terminado de entender lo que eso hace con la forma en que alguien se percibe a sí mismo. El privilegio no protege de la humillación pública; nadie está a salvo de un ecosistema que, por diseño, es violento.
De forma paradójica, en los últimos años se promueve un discurso de aceptación, de bondad, de ser más tolerantes con otros y nosotros mismos; sin embargo, esto contrasta con una tecnología que está hecha para el odio. Así como la civilización sólo fue posible tras años de represión colectiva de pulsiones violentas, este experimento llamado internet está en sus primeros años de vida, y la interacción con el otro parece tener una cualidad violenta y primitiva. Los famosos que se sienten víctimas no son necesariamente débiles o necesitados de atención, están expresando un sentimiento real que es el de sentirse agredidos o atacados. Y en consecuencia viene la necesidad de explicarse o justificarse frente a ese público sediento de sangre que busca la crítica a la menor provocación.
Cuando Kendall consuela a Kylie y le dice “eso afectaría a cualquiera”, está expresando una verdad imposible de escapar. Nadie es inmune a menos que esté fuera del ojo público, pero ¿qué pasa si, como Lena Dunham, hay gente que nació para estar ahí? Antes, “estar ahí” implicaba habitar un espacio con reglas claras: promoción, prensa, cierta opacidad. Hoy, “estar ahí” es exponerse a una intemperie permanente donde no hay pausa ni jerarquías. El talento que antes llevaba a alguien a la fama ya no incluye la capacidad de soportar ese entorno. No es que algunas personas “no estén hechas” para la fama; es que la fama contemporánea no está hecha para nadie.
María Guillén
Editora en nexos