Vivo contemplando el algoritmo.
Vivo mirando el espejo oscuro.
Vivo mirando oscuramente el espejo.
El espejo de la mente nos mira.
La gente sostiene el teléfono a cuarenta centímetros del rostro.
De treinta a cuarenta centímetros del rostro.
En promedio, me gustan las cifras extendidas por las letras.
Los ancianos quizá.
Los ancianos quizá a cuarenta y cinco centímetros del rostro.
Una aplicación mide y controla mi distancia.
La nueva luz me advierte.
Una aplicación me advierte que el teléfono está.
Muy cerca.
En la pantalla, desciendo con el pulgar al inframundo.
Con mi pulgar como un monópodo desciendo.
El infierno está compuesto de recámaras.
Una aplicación me advierte y mide la distancia entre las horas.
Mide las horas entre el rostro y la pantalla.
Con mi pulgar como un monópodo desciendo.
Los niños quizá.
Mientras el espejo de la mente nos mira.
El infierno está compuesto de recámaras.
Con su cámara frontal con su cámara en el lomo el espejo nos mira.
A mí también me gusta abrir la aplicación de cámara.
Y ver el mundo tras el mundo triplicado.
Me gusta capturar el mundo frente al mundo como ciervo.
Me gustan y me gustan los gatillos.
Recuerdo el temporizador.
Tan frío al tacto.
El infierno está hecho de recámaras.
Ocupa veintidós grados del campo de visión.
El campo humano de visión horizontal.
El campo humano de visión tiene doscientos grados y no centígrados.
La nueva luz me advierte.
Con su cámara frontal el animal me mira soy yo y me captura.
El campo humano está hecho de visión.
Los grados se extinguen a cuarenta centímetros del cielo.
Con un pie dáctilo desciendo al inframundo.
En el aire reina mi alrededor.
Al interior, una pequeña nieve evoluciona.
Hecha de suaves copos negros.
La historia no admite adjetivos.
Ni siquiera los días se encabalgan.
A cierta hora de la noche llega el sueño con su frontispicio.
Con mi índice desciendo de un salto al inframundo.
El organismo reconoce imágenes extrañas en las letras.
El organismo aprende a leer.
¿Por qué siento mis manos cada vez más lejos?
Estoy a cuarenta centímetros de aquí.

Una niña en Gaza me pide que no me mueva.
Hay flores raras en el cielo, incendiándose.
Hay aves raras en el cielo.
Son niños.
En mi mente una nube se ilumina.
La distancia entre mi voz y el espejo es la distancia entre mis ojos y las horas.
Todo ocurre a cuarenta centímetros de aquí.
Porque los vi volar en parábolas.
Brazos y piernas haciendo un solo rehilete.
Brillante contra el sol.
Porque una vez mientras tomaban una foto panorámica.
Corrí de sur a norte y me alcancé a mí misma en el futuro.
En la foto panorámica salgo y salgo dos veces.
Un lago al fondo es una foto familiar.
De sur a norte un lago al fondo se evapora.
Escucho otra vez la grabación.
Una niña respira al fondo de mi cuerpo de agua.
Estoy alejando el teléfono de mi rostro.
Este mundo me roza con su fuego intermitente.
Entre dos guerras entre dos aguas.
Hay flores raras en el cielo.
El cielo huele a cabello quemado.
Del cielo la fruta no deja de caer.
Porque a tientas bajé al inframundo y comí bajo ese sol una granada.
La historia no borra el historial.
Pero el día se cubre de algodón.
Azul cielo esta flama que respiro.
Escucha.
Todo el desierto está cubierto de granadas.
Entre dos aguas entre dos guerras.
Las granadas tienen forma de juguetes.
Escucha, el zumbido al fondo.
Es sólo el Edén, incendiándose.
Se apaga el rumbo de esa grabación.
Se extingue el este de esa grabación bajo la nieve.
Y si supieran que las pantallas sólo vienen de las zanahorias.
Las pantallas vienen de las zanahorias no sorprende.
Que entre dos vidrios sigan creciendo los tubérculos.
Entre dos vidrios bajo tierra.
El infierno está hecho de recámaras.
En las raíces hay semillas de granada como dientes que perdió una niña.
No la conozco.
Está a cuarenta centímetros de aquí.
El teléfono pesa como un tabique negro en mi mano.
El teléfono posa su tabique negro en mi mano.
Debo usar el meñique para sostenerlo.
En mi mente un nuevo hueso evoluciona.
Con todos los tabiques negros de la Tierra el hombre logró hacer.
Un gran muro.
El teléfono entre nosotros respira.
Una aplicación mide y controla mi distancia.
La nueva luz me advierte.
El infierno me pide que seleccione todas las recámaras con coches.
El infierno me pide que seleccione los semáforos.
¿Es el manubrio una bicicleta?
El organismo puede ver.
Este nuevo órgano que soy.
Al interior el animal mismo se propaga.
Puede leer el paisaje.
Sin profundidad estereoscópicos.
Mis ojos cabalgan hasta el fondo del paisaje.
Había olvidado que puedo ver.
Tan lejos.
Vi a los aviones internarse.
En el cielo nocturno de Caracas.
Los vi volar como las moscas que nacían del pelo enredado en la coladera.
De niña y volaban en rectángulos.
En el mosaico parecían un corazón a lápiz.
Sin miedo aún las aplasté.
Y vi que estaban hechas de copos de ceniza.
Ya para siempre mis ojos.
Tienen la estampa curva del teléfono.
Como fruta importada.
Como fruta importada tienen.
La estampa luminosa.
Si supieran que fue salvaje.
La pantalla un tigre veloz hecho de luz.
Todavía siento el calor de las butacas.
Y no esta lluvia doméstica.
El campo humano está hecho de visión.
Mi mano se cansa de sostener al organismo.
He escuchado en cientos de ciclos estos quince.
Segundos de canción.
Jamás la escucharé completa.
Jamás la escucharé.
¿Por qué estoy tan sola?
Jamás la escucharé con un pulgar.
Como un monópodo desciendo.
El mundo está cada vez más cerca.
El teléfono entre mí respira.
Una aplicación mide y controla la distancia.
Una niña muerde los ojos de la fruta.
El mundo me roza con su fuego intermitente.
Cuento y cuento las recámaras.
A veces vivo.
A veces enciendo el espejo oscuro.
María Gómez de León
Poeta