Y al mismo tiempo todas lo son.
The Office (2005-2013, Estados Unidos) es quizá una de las series más populares en lo que va del siglo XXI. Ésta tardó un par de temporadas en encontrar su propio ritmo y su tono, perdida un poco entre mantener el humor seco de la versión original o adaptarse a la irreverencia estadunidense que permeaba sitios como Funny or Die o sketches en YouTube a inicios de los dosmiles. Después de dos temporadas, el resultado fue algo mucho más potente y que encajó aún más con las audiencias globales, en donde el humor iba de lo más simple a humor fìsico y, a veces, más meta, incluso cringe, pero con una pizca de “wholesomeness”, viendo la dinámica dentro y fuera del espacio de trabajo y desarrollando mucho más las relaciones personales de los personajes. No en vano fue super popular (casi) hasta su final y además semillero de talentos cómicos.
Una vez que The Office despegó, era más que evidente que iba a intentar replicarse en diferentes países. Sin embargo, a pesar de una fórmula ya comprobada, sólo Alemania pudo hacerlo con éxito: duró más de un par de temporadas. En 2024, Australia lanzó su propia versión de The Office, pero con un giro: los personajes de Michael y Dwight eran mujeres… manteniendo varios rasgos, incluso la ocasional misoginia de los personajes originales. Viendo lo difícil que es replicar de manera efectiva la fórmula de The Office y, sobre todo, reconociendo el cariño que mucha gente en México le tiene a la serie original, era inevitable cierto escepticismo cuando a finales de 2024 se anunció que habría una versión mexicana de la serie y que sería producida por Gaz Alazraki.
Con dos éxitos no menores bajo el brazo, Club de Cuervos y Nosotros los Nobles, Alazraki era una apuesta casi segura para llevar a la vida La Oficina, pero el verdadero reto estaba en descifrar cómo adaptar la serie a México, a nuestro contexto específico y partir de la pregunta ¿cómo sería Michael Scott si viviera acá?

Quizás el primer acierto de La Oficina fue sacarla de la CDMX y ubicarla en Aguascalientes, contextualizarla en un negocio “de familia” en donde la oveja negra, Jero, es la cabeza de la filial de esa ciudad. Sin decirnos mucho, ya la serie da a entender desde el primer momento quién es Jerónimo Ponce III, porque a diferencia de Michael Scott —quien está en su puesto porque ha sabido sortear el mundo laboral gracias a su carisma y sus zalamerías, incluso a pesar de su incompetencia—, Jerónimo está ahí por ser el hijo del dueño de la empresa. Así conocemos a muchos.
El segundo atino es el cast. La salida fácil hubiera sido tomar algunos nombres conocidos en el mainstream de la comedia en México, pero Alazraki tenía en mente una búsqueda más minuciosa para que el reparto se sintiera como gente que trabajaría en un “godinato” en México. Entra aquí Rafael Bonilla (Jerónimo, el jefe), también conocido como el Diente de Oro, o Alexa Zuart (Mine), quienes ya tenían cierto renombre en plataformas como YouTube y TikTok, o Alejandra Ley (Abi, su neni de confianza), quien desde niña ha aparecido en pantalla. Pero más allá de ellos, hay un grupo de talentos de distintas disciplinas como teatro, stand up, improv. Cada uno con sus particularidades, tanto en personalidad como en el “delivery” de sus diálogos, cada uno con naturalidad y sin dejar de lado el aporte en tono, en la intención y la gracia que cada actor puede darle a su personaje.
El tercer éxito es el entendimiento del contexto mexicano. Es decir, en este país podemos entender a la perfección qué es ser un “godínez”. Ya sea que lo hayamos vivido en algún trabajo o que lo hayamos visto en algún trámite, o a través de nuestras familias o amigos. Es un entorno que no nos es ajeno y forma parte intrínseca de la cultura mexicana. Porque el humor viene de nuestra idiosincrasia, de los chistes cotidianos que pasan en cualquier lugar y también de lo políticamente incorrecto. En la serie la incorrección política no es una muletilla o algo a cumplir “sólo por que sí”, sino que a través de los personajes de La Oficina y de las cosas que dicen o hacen (en su mayoría Jero), se convierte en una herramienta para satirizar la misoginia, el nepotismo, la discriminación, la homofobia, la precariedad laboral y hasta el nacionalismo. Así es como encuentra su propio tono: no es igual al de los programas de comedia de Televisa, ni tampoco como Backdoor. Es un poco como Nelson Rufino, que a la vez que se ríe de algo, lo señala. Nos reímos, pero también podemos poner atención y criticar lo señalado.
Lo que más puedo aplaudirle al programa es que las risas no surgen a costa de burlarse de “la godiniza”, como ha pasado con otros productos culturales (como Mirreyes vs Godínez o La Rebelión de los Godínez), sino de entenderlos, de conectar con los personajes porque sabemos lo que es que no te alcance para terminar la quincena, o no querer salir con el jefe después de cumplir el horario laboral o el miedo de estar atorado en una chamba que no te gusta porque no hay de otra. Y es que también, la oficina como espacio de trabajo se siente real, sentimos que estamos ahí o que ya hemos pasado por eso. La oficina se siente como un lugar que habita la gente, como lo analiza Lucero Ardila en su TikTok.
En los viejos tiempos, cuando la televisión de cadenas regía, era fácil entender el éxito de una serie: todo se medía en ratings que se hacían públicos y pasar de la 5ª temporada era un logro significativo porque implicaba obtener más dinero de repeticiones de la serie. Ahora, en los tiempos del streaming, es más complejo entender el éxito, ya que cada servicio tiene sus propios parámetros o métricas para medir un programa. Sin embargo, hay una cosa que puede medirse en cualquier momento de la TV y es la relevancia cultural. La Oficina sólo ha ido creciendo en popularidad. La gente habla de ella en fiestas, en el trabajo, cada día hay un nuevo meme o un nuevo “¿qué personaje de La Oficina eres según tu signo zodiacal?”.
No todas las oficinas son iguales, pero a la vez todas lo son. Por eso nos vemos ahí reflejados en La Oficina, sin importar en dónde trabajamos o a qué nos dediquemos, o la ciudad en la que vivimos; aquí, hemos hallado un pequeño refugio a las vicisitudes de la vida godín en apenas ocho capítulos. Todos nos hemos tenido que soplar los chistes incómodos del jefe o hemos tenido un crush en el trabajo, pero también todos podemos reconocernos en esa precariedad laboral, en tener un jefe que no tiene idea de qué hace ahí, en tener un trabajo que nos hace miserables. Y es una serie como La Oficina la que nos ayuda a reírnos de eso porque, como mexicanos, si no nos reímos de nuestras desgracias; entonces, ¿quién lo hará?
Andrea López Estrada
Estudió Lengua y Literatura Modernas Inglesas en la UNAM. Ha sido editora y colaboradora de diferentes medios digitales escribiendo sobre música y cultura pop.