“Hágase el arte, perezca el mundo”
Walter Benjamin
Recuerdo un seminario de historia de las exhibiciones en la UNAM. Recuerdo que para comprender el tránsito de las Ferias Universales del siglo XIX a la era de las bienales internacionales y la cumbre de la globalización durante la Guerra Fría nos dijeron que había que entender el futbol. Que tanto en las bienales, pero más en el Mundial de futbol, late el pulso de la geopolítica, los deseos y obsesiones del mundo.
El pasado 28 de marzo inauguró Arte y futbol: esa misma emoción en el Museo Jumex con la curaduría de Guillermo Santamarina. Aunque discrepo que la equivalencia sea emocional, pues son procesos cognitivos distintos y escasamente nos acercamos al arte contemporáneo desde la emoción edificante y catártica de la colectividad en el estadio, creo que hay más de un vaso comunicante entre la producción artística y el futbol.
Dejando de lado el autoreconocimiento con el que solemos emitir un juicio estético sobre si una muestra nos gustó o no, la experiencia de Arte y futbol: esa misma emoción es sumamente satisfactoria.

Una muestra como ésta por principio polariza. De más está decir que el público del arte no es el del futbol y se sustenta en discordancias que atraviesan asuntos de clase. Pese a mi propio gusto sentí profundo entusiasmo con los cruces que la muestra expone. Subí al tercer piso, donde comienza la muestra, con todas las sospechas. Justo cuando la puerta del elevador se abre el espacio se inunda del sonido de euforia de los gritos, cantos de aficionados, cornetas y música en el estadio durante algún partido clásico. La fuerza auditiva que atraviesa tu cuerpo te sensibiliza.
Ya sensibilizado notas que estás en una cancha de futbol de tierra, obra de Mauricio Rocha. Comienzas a imaginar cuánto costó esa pieza de sitio específico, luego ves las fotografías de Pablo López Luz, Mauricio Limón, Adam Wiseman, Graciela Iturbide o Francisco Mata Rosas sobre cómo pese a todas las adversidades las personas siguen jugando balompié en terrenos baldíos, cómo hay una tensión entre política y el afecto en el juego. La muestra produce un encantamiento en la psique que te lleva a creer que en verdad es en el futbol donde suceden los afectos globales: la universalización de la experiencia.

Luego te acercas a un dibujo de un balón y es un Jeff Koons sutil: un mero dibujo que destaca por los trazos matemáticos. Resulta interesante que en una muestra tan costosa y bien financiada como ésta se den el lujo de no hacer espectáculo. O los tenis de fut hechos cemento por Sarah Lucas que cuelgan a la mitad de la sala. En México colgar tenis de los cables es un aviso de que ahí hay un punto para comprar droga. Intencional o no, es una muestra con licencias juguetonas. El segundo piso está estructurado como vestidores, lo que hace que la experiencia juegue entre lo íntimo y el voyeurismo. La mirada de campo del tercer piso pasa al backstage. Piezas más críticas y atemporales: una serie de pinturas de Ángel Zárraga o un collage de Johnatan Hernández sobre Maradona.
Guillermo Santamarina quizá sería el único que podría haber vislumbrado que en el arte producido desde la pasión del futbol había una universalización de las estéticas y la sociedad a la manera de Rufino Tamayo: formas que en su neutralidad sintética tocan lo universal. La muestra parte de cuatro ejes: género, comunidad, identidad y globalidad. Todas construcciones de la representación. La muestra es entonces sobre la permanencia de la figuración de personas junto a una pelota a través de los estilos y las épocas. Revisar estos principios le sirven al curador Santamarina de llegar a un lugar de pureza.

La reconversión del museo en cancha informal de barrio sostiene un principio posminimalista del arte: el espacio diagrama potencias creadoras. La muestra construye todo un escenario afectivo para establecer una serie de variaciones sobre la libertad y posibilidades de las formas estéticas. El fut como pretexto de un geometrismo puro en relación a la necesidad del goce que produce lo común disolviendo la diferencia de clase. Pese a que hay de canchas a canchas y de juegos a juegos, el afecto que produce la pelota es el mismo y desde ahí se desarrolla un sentido extenso de sociedad. Hay un punto en que la muestra realiza lo que el romanticismo buscó y Schiller expresó: “La contemplación de las obras de arte acaba con la diferencia de clases y con las inseguridades personales”.
Hace tiempo que no sentía un equilibrio entre buen arte y consciencia curatorial. Las muestras colectivas suelen ser temáticas de los problemas filosóficos o intentan ser una cuota generacional y de políticas de la identidad. Aunque esta exposición es temática, el asunto es específico, hay un despliegue muy genuino de sus formas de abordaje, como si trascendiera el conflictivo tema y se volviera una muestra de arte puro. Un arte sin las pretensiones del mundo del arte y fuera un despliegue libre de formas y afectos en materialidades que obsesionan a cada artista. Como si sólo saliéndose del mundo del arte se pudiera volver a crear, como quien decide echar una cascarita… porque sí, porque la soledad, porque el olvido.
M. S. Yániz
Crítico y curador de arte