“…un ser excéntrico y nocturno: Salvador Elizondo”
Carlos Fuentes, Tiempo mexicano

 

Éste es el año de Farabeuf y por tanto de Salvador Elizondo. Evoquemos al escritor aquí en  Coyoacán, recorriendo sus calles, elegantemente vestido siempre, tal vez coincidiendo en Francisco Sosa  con Jorge Ibargüengoitia, caminante infatigable como él y que también residía en este bello barrio de la Ciudad de México (inmortalizado en La ley de Herodes). Evoquemos a Elizondo feliz y sonriente de la mano de su joven esposa, Paulina Lavista, una de las mejores fotógrafas de México, caminando  por las calles de Coyoacán, comiendo en alguno de sus restaurantes (quizás en Los Geraniosdel recordado Alfonso Vadillo).

Salvador Elizondo y Paulina Lavista pronto se convirtieron en una pareja icónica de Coyoacán (pienso en otra: Frida Kahlo y Diego Rivera), en miembros muy queridos de la comunidad de artistas, intelectuales y escritores que hacen única a esta  zona de la Ciudad de México desde las primeras décadas del siglo XX (hecha de Historia desde siglos antes: Hernán Cortés vivió en Coyoacán, al parecer por La Conchita, no en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento fundado siglos después). Éste es el año de Salvador Elizondo por el cumpleaños 61 de su novela insólita, Farabeuf.

Fotografía de Paulina Lavista

También es el año de Paulina Lavista. Es imprescindible mencionarla en un homenaje a Salvador Elizondo y a Farabeuf porque escritora ella misma, también es quien más conoce la obra de Elizondo en su totalidad, aun lo no publicado. Su mejor lectora. Paulina Lavista, depositaria del legado de Elizondo, de un modo muy profesional ha mantenido viva su presencia, con reediciones bellas, la más reciente de Farabeuf, o con ediciones de la obra que ha estado rescatando: los Diarios. Es la editora más profesional que Elizondo pudo haber soñado. 

El escritor,  esteta,  estaría sorprendido y encantado si pudiera ver que siguen apareciendo libros suyos formados profesionalmente por la editora Paulina Lavista. Sus ediciones son perfectas, con el cuidado meticuloso, obsesivo, idéntico al de Salvador Elizondo (eran el complemento perfecto uno del otro). Si no me equivoco son más numerosos los libros de Elizondo publicados post mortem por ella que los que salieron en vida del escritor. Está por valorarse el papel de Paulina Lavista en el rescate de la obra de Elizondo y por darle el crédito que merece como su editora. 2026 es el año que celebra su exitoso regreso a un primer plano (merecidísimos los recientes homenajes). 

Fotógrafa y escritora, con una vida profesional muy activa, y excepcionales  fotografías concebidas como arte, escritos muy leídos, ha conseguido un sitio independiente de las responsabilidades de ser depositaria del legado de Salvador Elizondo (y  del de su papá, el músico Raul Lavista, que también vivió en Coyoacán). Creó un tesoro fotográfico que sigue dando a conocer. Ella y Salvador Elizondo formaron una pareja de artistas que coincidían en que la novela y la fotografía deben ser artísticas, no meras representaciones sin arte. Las teorías implícitas en sus respectivas disciplinas, que hace compatibles y hasta complementarias sus estéticas, se centran en la imagen. Los dos teorizan sobre ella, desarrollan el interés en captarla desde diversos puntos de vista, lo mismo que en explorarla en el tiempo. La mirada. La fotografía y el cine. Narrar.

Fotografía de Paulina Lavista

Farabeuf impactó desde que fue publicada en 1965  (Joaquín Mortiz, El Volador) como Farabeuf o la crónica de un instante. Inquietante como su creador y su creador  inquietante como ella. Sobresalía aún en la década de los años sesenta, en pleno auge de la novela, de la experimentación novelesca, del boom de la novela latinoamericana. La fotografía del hombre chino torturado, inseparable del texto literario, ya que es elemento constitutivo de Farabeuf, la estética y la poética de la novela que recurre a  la imagen fotográfica de un instante que es un momento límite, fijo en el tiempo en una foto, para completar la significación novelesca, refuerzan la leyenda de Salvador Elizondo. Una leyenda negra si se quiere. 

La fotografía impacta por el instante fotografiado, ¿el de la muerte?, y por la imagen misma del destazado. Farabeuf despierta preguntas  acerca de  porqué se incluyó una fotografía así, por qué China, Francia, y no México, por qué no narra de un modo convencional pues omite el transcurrir… Todo contribuía al misterio y expectación alrededor del  mexicano de 33 años y de Farabeuf. Primera novela y novelista atraían la curiosidad y la atención. Salvador Elizondo era un dandy, elegante, bien vestido según la ocasión, que usaba  trajes impecables  que hacían pensar por su corte  y factura en Savile Row, Londres, o por los tweeds maravillosos de sus sacos, tal vez irlandeses, en Irlanda (Joyce…). Poseedor de un atractivo físico  fuera de lo común, también inusual hasta en eso, propone otras reglas para  la novela, arte ante todo. Impresionó a lectores cultos, a sus colegas escritores, al público en general.

En los sesentas, efervescentes de artes y letras, había figuras que atraían a los medios de comunicación como Carlos Fuentes, líder del boom de la novela latinoamericana, promotor de la nueva novela, innovador del género novelesco, y José Luis Cuevas, polemista, pintor innovador, abiertamente en contra de la Escuela Mexicana de Pintura. El lanzamiento de su mural efímero fue un manifiesto divertido  contra el Muralismo y una burla contra Diego Rivera y  los muralistas. Figuras públicas que  eran tanto o más discutidas que sus obras innovadoras. Salvador Elizondo y Farabeuf, atractivos, singulares, ocupan un lugar  especial en la dinámica de los cambios artísticos y novelescos muy profundos  que caracterizaron la década de los sesenta. 

Su personaje público atraía igual que el de Fuentes y el de Cuevas, pero en su caso particular, inseparable de Farabeuf, ¿no leída pero comentada?, además del morbo, de quizás horrorizar, autor y novela despertaban la imaginación. Las fotografías que le tomó Paulina Lavista contribuyeron a inscribir la imagen del escritor en la memoria colectiva. Evoquemos a Salvador Elizondo en atuendo de  detective cinematográfico, en la fotografía que hace pensar en Humphrey Bogart en El halcón maltés. ¿Sam Spade en Coyoacán? Cine, fotografía. El año de Salvador Elizondo y de Paulina Lavista.

Carlos Fuentes recuerda que en su juventud  a los estudiantes de derecho en la UNAM: “se unieron otros estudiantes con vocación literaria —Marco Antonio Montes de Oca, Rafael Ruiz Harrell, Sergio Pitol, Luis Prieto Reyes—, preparatorianos muy jóvenes —Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco— y un ser excéntrico y nocturno: Salvador Elizondo”.

Fuentes y Salvador Elizondo fueron amigos con numerosos puntos en común: pasado diplomático de sus familias, amigas, niñez en el extranjero, vínculos familiares con el cine mexicano. Jóvenes cosmopolitas, hablaban otras lenguas,  con visión amplia del mundo y  genialidad para modificar de forma creativa la literatura: concebían a la novela como arte. Amigueros y noctámbulos. Fuentes recuerda sus años juveniles en la Ciudad de México (época recreada en La región más transparente), que convivió con Salvador Elizondo y otros amigos mal portados, cuando él mismo fue un joven descarriado:

Vivíamos en una ciudad de seducciones inocentes, donde las vedas apocalípticas de los hermanos maristas en el viejo colegio Morelos habían sido estímulo suficiente para probar la fuerza del anatema en el Teatro Apolo, en los palacios quejumbrosos del Buen Tono y Meave, en los escenarios que entonces dominaban Gema y Tongolele, Su-Muy-Key y Kalantán, las orquestas de Luis Arcaraz y Pérez Prado. Hasta la extinción una ciudad de violentas seducciones emocionales, fortunas rápidas, clase media en ascenso, inmigraciones campesinas. Era, todavía, la ciudad de Orozco y aún no la de Cuevas; un México de burdeles olorosos a desinfectante y, en el caso de la calle de Aranda, a pescadería: allí oficiaba, antes de llevarlos  a las páginas de Farabeuf, sus rituales sadistas Elizondo, quien además alquilaba un apartamiento vampírico en un viejo palacio colonial de la calle de Tacuba.

 El recuerdo festivo, lleno de humorismo, se enmarca en la crítica, expresada en su narrativa y artículos. Fuentes siempre se quejó de las limitaciones de la crítica literaria  para comprender la propuesta  de la nueva novela y de  la ceguera  de los  fariseos que censuraban “moralmente” todo lo que no coincidiera con sus prejuicios. La moralina persistía  en la mitad  de los años sesenta, pese a la revolución sexual, la píldora, la liberación de las mujeres, los cambios en la moral. En ese contexto surge y se afianza la leyenda de Salvador Elizondo. Farabeuf , con la fotografía del chino descuartizado, provocaba morbo a la par que fascinación por sus enigmas, por incorporar el I Ching y la guija.  La leyenda se refuerza porque entonces  se confundía al escritor real con los personajes  de su obra o lo que contaba su narrativa se creía relato literal de su vida. En la cita, Fuentes alude con ironía socarrona  a la “leyenda negra” de Salvador Elizondo (legó páginas inolvidables sobre Elizondo, igual que Elizondo sobre Fuentes).

Fotografía de Paulina Lavista

Elizondo llega a verdaderos descubrimientos de perspectiva, del manejo de la imagen, de temas, de cómo desmontar un género literario, por no mencionar su increíble sentido del humor. Lúdico, cerebral, sensible y erudito, descubre lo propio de México, su cultura y naturaleza (el ajolote). Farabeuf inaugura la aproximación en la literatura a China y Francia, tal cual, en un fin de era de Europa y del lejano oriente. Del mundo, al borde de los cambios del siglo XX. La novela muestra a China, no la de Confucio, sino la que tortura, que descuartiza (castigo a punto de desaparecer); muestra a Francia, no la de la Belle Époque y la novísima Tour Eiffel, sino la de la decadencia de un tiempo a punto de morir (con progresos en el instrumental  médico, espeluznante, para descuartizar el cuerpo vivo o muerto). 

Cierra estas líneas el fragmento de El grafógrafo, dedicado a otro gran amigo suyo: “A Octavio Paz”. El texto vanguardista, experimental, teórico sobre la escritura, sintetiza la poética  de Salvador Elizondo: “Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía […]”.

 

FIL, Coyoacán, 2026 

 

Georgina García Gutiérrez Vélez

Investigadora del IIFL de la UNAM


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