Personas In Utero

El 5 de abril de 1994, día en el que se suicidó Kurt Cobain, yo tenía 14 años. Entonces vivía en el Distrito Federal y batallaba para comprender mi entorno, mi vida, a mí misma y a las personas que me rodeaban. Desprendida de un mundo infantil que se quebró sin aviso, me hallé en un limbo singular de formas en bucle: mentiras, confusiones, dudas, especulaciones, peligros, nuevos placeres. El mundo era un constante adolecer. Situados entre los niños y los adultos, los adolescentes son ‘pobres’ y ‘poderosas’ criaturas solitarias que experimentan la transición con dolor, ocio y rebeldía. La belleza de su metamorfosis es su falta de angustiosa definición y su crueldad es una tímida defensa ante la indiferencia del mundo adulto.

El adolescente trata de desprenderse del universo de los padres y experimenta un proceso complejo (“segundo proceso de individuación”) que evoca Peter Blos en On Adolescence. Recuerdo aquella época como una nebulosa pesada y muy lejana de momentos gloriosos y dolencias absurdas. Incomprensión por doquier, falta de ganas; ese año fue, quizás, el de mi mayor abulia. Dejé de estudiar, aunque asistía religiosamente a la escuela; pocas cosas me interesaban de verdad y estoy segura de que lo que aprendía no estaba dentro del aula. Resulta difícil recordar qué pasaba por mi mente aquellos días en los que el levantamiento del EZLN había dejado su impronta social unos meses atrás, pero tengo por seguro que la muerte de Cobain grabó también su emblema.

Desde luego que la voz rasposa de Cobain nos había acompañado con insistencia; nos identificaba, tal vez todos teníamos ganas de morir. Hijos de una fluidez “montessori”, nos preparábamos para grandes cambios: el futuro se había comido a Berlín y a la Europa Oriental y el progreso sólo nos dejaba ver migajas. Durante aquellos años el mundo se alistaba para cambiar de manera radical con la llegada de los dosmiles, pero nadie lo sabía. Crecíamos viendo a personas inyectarse con heroína y el dolor de ser era duro e insoportable, casi lo único que admirar.

En mi memoria hay más espacio para el olvido, quizá porque el olvido es, paradójicamente, la mejor forma de honrar a los muertos. Pero aquel día, 5 de abril, sí que ocupa su espacio y es sombra. Nada es tan terrible como la muerte del suicida. Lo es porque de forma fatal y terrible, todos sabemos, en el fondo, que su muerte ocurrirá. La muerte de Cobain fue un salto de tigre, es decir, el parpadeo de un gato: la eternidad del segundo esperado. Y el suicidio, en cierta forma, es la culminación de la enfermedad mental cuando no está bien tratada. La pregunta no es si el hecho pudo impedirse, sino si la función del arte en la mente bipolar tiene un papel estratégico en la contención de la enfermedad.

En los casos más graves (y Cobain era uno de éstos) parece que el arte es tan sólo una forma de desahogo, la simple posibilidad de expulsar algo sin alcanzar simbolización. Cobain tenía, además del trastorno bipolar, una sintomatología psicosomática intestinal difícil de destrabar en el terreno representacional (lo psicosomático ya no permite la mediación entre el síntoma y su expresión, por lo que el sujeto no puede representar sus dolencias y angustias). Como consecuencia y tratando de paliar su malestar manifestó un problema grave de adicción a la heroína, producto de una intensa angustia por deshacerse del dolor, lo que lo sumergía en círculos interminables de malestar.

 Como tantos creadores que sucumben a la enfermedad mental, las preguntas importantes tienen que ver con los procesos sublimatorios —en el sentido de Freud y no de Kant, es decir, como “mecanismos de defensa” y no como “soluciones estéticas”—, y su función reguladora. En el caso de la bipolaridad —el diagnóstico, además, no es del todo fidedigno en el caso de Cobain—, parecen no bastar las cualidades del arte para simbolizar y así calmar los complejos procesos de la actividad maníaca y los descensos depresivos que orillan a los sujetos al suicidio. Ocurrió lo mismo, aparentemente, con Virginia Woolf.

 Sean cuales sean las posibles respuestas, quizá sólo resten más preguntas. Lo interesante es disertar en torno al último disco de Nirvana: In Utero, que es, en cierta forma, el testamento creativo de un joven tremendamente talentoso y único. Y es que en Cobain es muy evidente que el talento musical se mostraba en toda su singularidad y potencia. Como los grandes músicos (incluida también Amy Winehouse), la voz y la argucia musical es incomparable: no existen dos voces iguales, pero sí dos o más voces parecidas; dos o más esencias símiles y compatibles. Y los dioses son generosos con artistas como Cobain, cuya singularidad traspasa tiempos: se trata de músicos fundadores y reformadores del gusto. El destino de In Utero es aleccionador en ese sentido.

 Es un disco de virajes, es decir, un álbum que no quería continuar la trayectoria esperada de Nevermind; no deseaba complacer, sino que buscó incomodar. Aún lo consigue. Su perturbación atraviesa múltiples niveles: lo musical (convirtiéndose en un monumento disonante para el rock, el punk y el pop), pero también a nivel poético; las líricas de In Utero son escamosas y ásperas; golpes contra lo establecido y políticamente correcto; frente al comercio de los mensajes vacíos, la fragmentariedad onírica y violenta de estas canciones, continúa provocando repudio y fascinado rechazo: escúchese “Rape me o “Milk It”, en cuya estrofa nos perdemos en la ensoñación de estos pensamientos raros y necrófilos, anuncios de la enfermedad en los ojos que miran:

 Look on the bright side, suicide

Lost eyesight I’m on your side

Angel left wing, right wing, broken wing

Lack of iron and / or sleeping

 ¿Qué hace el arte? Incomoda. Nos sitúa frente al conflicto y nos obliga a pensar. In Utero no es un disco de fácil asimilación. Canciones como “Tourette’s” —que es desarticulación y grito—, o “Radio Friendly Unit Shifter” lanzan increpaciones de confusión y preguntas dolorosas concernientes a un individuo fragmentado como la música misma que expresa:      What’s wrong with me? Las canciones encubren guitarras disonantes, sonidos raspados, “fuera de la norma”; sellos convertidos en paisajes sonoros que el productor Steve Albini imprimió como parte de la búsqueda expresiva del disco.

 Las canciones se suceden unas a otras mostrando a los seres destartalados que las habitan sin concesiones, de forma descarnada y explícitas en su intención: “Rape Me” y “Dumb”, señalan víctimas y victimarios en un universo psíquico en el que la depresión, la conducta límite y el sadomasoquismo imperan en la compleja urdimbre psicoafectiva de las voces disparatadas que son, tal cual, un reflejo de su tiempo y del nuestro. Ya se ha hecho referencia al hecho significativo de que todas las canciones refieran a enfermedades. Es cierto que una época es, en parte, las enfermedades que la aquejan; otrora la peste, la melancolía. In Utero se caracteriza por ser el reflejo de las enfermedades mentales imperantes a partir del siglo XX y de sus ostentosas consecuencias interiores y psicoafectivas en la sociedad.

 El cuerpo humano se encuentra atravesado por la enfermedad que es la identidad de quien la padece: un cuerpo enfermo no puede desprenderse de sus síntomas que son la posibilidad con la que, paradójicamente, la vida misma se expresa. Y es verdad que cada sociedad representa sus malestares de muy particulares formas, pero el desasosiego que manifiesta In Utero se amalgama a un mundo globalizado, consumista y mercantil; la hiedra del abandono, la huella de la violencia. En él, el terror nihilista traspasa el interior de la juventud que no sabe cómo definir su propio malestar interior ni cómo sanar.

 Es el adolecer de un joven sin miras al futuro. Las adicciones son, por ello, una “herramienta” que simplifica el lento y poroso trabajo del lenguaje, del pensamiento, del sueño y del arte… Es así que la fragilidad evocada In Utero es, en cierta forma, la misma que las jóvenes de finales del siglo XX como yo contemplábamos en Kurt Cobain, pero no en la imagen que creíamos aprehender de él, sino en la proyección personal de nosotras mismas que, por fin, vimos televisadas nuestras manías, depresiones, e incertidumbres.

 “All Apologies” se convierte, de esta forma, en un himno que cobra sentido con el suicidio de Cobain, una canción que continúa evocando, con dolor, lo que no se puede expresar en voz alta. Y es que el suicidio poco tiene que ver con la valentía o la cobardía; más que ser un acto moral, es el resultado de una enfermedad sin atención médica. Y la atención médica no sólo es una retahíla de fármacos que taponan las conflictivas profundas de los seres humanos; la atención médica debiera ser integral: farmacológica y psicoterapéutica, quizás en una comunión inesperada; eso es lo que muestra el emblemático caso de Cobain que es uno entre miles.

 Kurt Cobain sentía el peso de “ser el portavoz de una generación” como una losa. No es para menos, hacer de la enfermedad mental un espectáculo es una iatrogenia del entretenimiento del siglo XX. De ahí la puesta en escena borderline con Jackass, el voyeurismo especular de Big Brother, la explosividad recurrente de las adicciones en un MTV absorto en la “caída” de los grandes músicos y sumido en el regodeo de expectación de las masas ávidas de monstruos. La vida televisada también se convierte en un síntoma. La pregunta es, por tanto, ¿qué sucede con la música, con el arte? Si la enfermedad mental se encuentra generalizada y el arte es la mera expulsión inducida por la manía, ¿es el arte un espacio genuino, se le puede concebir como un acto de verdadera sublimación? ¿Por qué el arte no es suficiente para salvar a los más talentosos espíritus, reflejos de nuestro tiempo?

 A diferencia del siglo XIX, el arte en el siglo XX es un espacio de contención; así que sí, sí es un acto sublimatorio, no lo es de esa forma “lógica” y “plácida” con la que los espíritus proustianos disertaron en torno a las desavenencias con la madre, pero sí lo es en cuanto a que es un mecanismo de fuga de la manía, un espacio que permite sacar lo que la depresión necesita expresar. Y si bien no salva porque el arte ha perdido su cualidad sagrada, al menos, sí es una posibilidad de generar miradas distintas en un entorno hostil que no sugiere salidas; es una ruta hacia un mundo diferente, de creaciones y esperanzas, más brillante y posible en el que tal vez haya futuro. El arte no salvó a Kurt Cobain, pero sí le dio alas y un útero en el que pasar los últimos días.

 No es casualidad el título del álbum, personas in utero hace alusión a un estado paradisíaco: el que experimentamos antes de nacer en el útero de nuestra madre. Allí nada nos falta. Al nacer, en cambio, ingresamos en territorio de amenazas, peligros y dificultades. Algunos aprenden a sobrevivir y a adaptarse. Otros deciden morir. Otros más, y quizá ésta sería la meta, aprenden a estar en un útero imaginario: allí nada falta y alcanzamos la plenitud, lo hacemos a voluntad disfrutando lo más posible de la difícil vida y, para lograrlo, nos proveemos de salud, autocuidado y arte.

Ingrid Solana

Escritora. Doctora en Letras por la UNAM y psicoterapeuta por la UIC. Ha publicado los libros Notas inauditas, Memorias tullidas del paraíso y El teatro manifiesto. Fue integrante del SNCA y becaria de la FLM.

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Publicado en: Música

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