Narcocultura: malestar y exceso

La escena habría parecido inverosímil si no hubiera quedado tan bien documentada. Tras la muerte de “El Mencho”, las imágenes de su funeral circularon con una insistencia que parecía buscar algo más que informar. Medios de todo el mundo dieron cuenta de un féretro dorado de veinticuatro quilates, de coronas florales que llegaban por camiones —algunas dispuestas con la solemnidad casi heráldica de un emblema— y de un cortejo donde el estruendo de la música de banda acompañaba el tránsito final. Bajo ese desmedido registro, el duelo parecía menos un acto íntimo que una escenografía compuesta con cuidado. Incluso la muerte —que en otras circunstancias vuelve discreta la memoria— parecía convocar aquí lo contrario: una última exhibición del exceso.

Conviene mirar esa escena con un poco más de atención. Reducirla a una extravagancia pintoresca sería tranquilizador. Sin embargo, lo que permite entrever es algo que resulta aún más inquietante: la manera en que ciertos signos de poder y pertenencia han encontrado en la cultura del narco un lenguaje eficaz para hacerse visibles. El exceso —las miles de flores, el féretro dorado, más cercano a la escenificación del lujo que a su materialidad, la incesante música que acompaña el cortejo— no aparece ahí como un simple detalle ornamental dentro de aquella escenografía. Por el contrario, forma parte de una gramática simbólica donde la visibilidad se convierte en reconocimiento. Más que riqueza exhibida o violencia convertida en espectáculo, lo que emerge es una estética que organiza la manera en que el poder se imagina y se representa.

Algo semejante aparecía en las imágenes de la casa de campo donde el capo fue detenido y abatido. En medio de aquél paisaje rural, también surgían los signos ya conocidos de ese imaginario: camionetas de lujo estacionadas junto a objetos de devoción, decoraciones donde lo religioso convivía con lo suntuario y naturalidad desconcertante. La escena tenía algo de collage cultural: lo sagrado junto a lo espectacular, lo doméstico junto a lo ostentoso. Más que un conjunto de objetos, esos elementos componían una iconografía reconocible, un repertorio visual donde la afirmación del poder adopta la forma de un lujo desbordado, a medio camino entre la aspiración social y el kitsch.

Raquel Moreno

Lo que esas escenas revelan, más allá de su extravagancia, es la persistencia de un imaginario que ha encontrado en la narcocultura una de sus formas más visibles de expresión. Lo que aparece es una manera de dramatizar el poder y de organizar la pertenencia a través de símbolos. En ese registro, el exceso no es un accidente ni una simple provocación estética: funciona como una manera de afirmación, tal como se advierte en los circuitos que articulan el lenguaje de la narcocultura, donde esa lógica se vuelve visible en el despliegue ritual de la música, los cortejos y la circulación de imágenes cargadas de exhibición. Allí donde otros lenguajes de reconocimiento —el mérito, la movilidad social, la legitimidad institucional— comienzan a perder fuerza, la visibilidad inmediata adquiere, como puede imaginarse, una seducción particular.

Ese atractivo, desde luego, no surge en el vacío. Cada sociedad dispone de ciertos relatos que prometen, primero, reconocimiento y, después, ascenso: la educación, el esfuerzo, la movilidad social. Mientras esos lenguajes conservan credibilidad, funcionan como mediaciones relativamente estables entre el deseo individual y el orden colectivo. Pero cuando empiezan a desgastarse —cuando la promesa se repite más de lo que se cumple— otros relatos ocupan su lugar. La narcocultura aparece ahí menos como una anomalía que como una forma visible de ese desplazamiento: un imaginario donde la afirmación inmediata del poder sustituye a la espera prolongada, algo que se confirma en ciertos entornos donde estos códigos circulan sin resistencia, ajenos ya a cualquier cuestionamiento moral, en la rapidez con que, apenas un capo es puesto bajo tierra, la red se reacomoda y otro ocupa su lugar como parte de una lógica que no se detiene, que avanza “sin miedo” —dirían ellos— y “hasta donde tope”.

La cultura de “lo narco” no surge de la violencia que la sostiene. También expresa una manera de tramitar ciertas tensiones de la vida social en países con las características socioculturales del México contemporáneo. Al convertir el poder en espectáculo —ya sea en un funeral ostentoso, en la iconografía doméstica del lujo o en ciertos narcocorridos cuya recepción ha contribuido a borrar, bajo un mismo estigma, los matices propios de la música norteña— ese imaginario vuelve visible algo que, de otro modo, permanecería difuso: el deseo de reconocimiento inmediato. Lo que parece resolverse en la superficie a través de relatos musicales, símbolos y ceremonias, es también aquello que retorna bajo otra forma, donde la tensión no desaparece; sólo cambia de registro.

Tal vez por eso ese imaginario ejerce una fascinación que desborda la simple curiosidad morbosa. En él se condensa una promesa de afirmación inmediata que resulta poderosa cuando otras mediaciones comienzan a perder eficacia. Freud observó que las culturas no suprimen las tensiones que las habitan: las desplazan, las transforman, las hacen reaparecer bajo nuevas máscaras. Algo de esa lógica parece insinuarse aquí. La narcocultura convierte en espectáculo aquello que en otros registros permanece reprimido: la tentación de una afirmación sin demora, la fantasía —tan antigua como persistente— de un poder que no necesita justificarse.

Ahí asoma, quizá, uno de los rasgos más inquietantes del fenómeno: la violencia del crimen organizado y las fracturas que deja a su paso —comunidades atravesadas por desapariciones, vínculos que se deshacen, un miedo que deja de ser episodio para volverse atmósfera— no sólo persisten, sino que encuentran en la narcocultura, en su propio despliegue, una forma de reorganizarse como relato: la misma violencia que irrumpe en lo real reaparece entonces codificada en formas que la narran y la celebran, volviéndose legible como poder; de modo que, pese a ellas —o acaso junto a ellas—, no se impone la condena moral, sino la naturalidad con que ese relato se instala. Así, la narcocultura deja de ser sólo una estética del exceso y empieza a insinuarse como un horizonte posible de identificación.

El punto final del fenómeno se vuelve entonces más difícil de delimitar. Lo que termina naturalizándose no es la presencia de figuras criminales, sino la circulación de su relato como posibilidad cultural. Poco a poco, ese imaginario deja de percibirse como anomalía y comienza a insinuarse como forma de pertenencia.

El límite sigue ahí, pero algo en su autoridad parece haberse adelgazado. No desaparece: pierde espesor simbólico, como una ley que conserva el gesto pero ya no la convicción. La tensión que atraviesa el tejido social tampoco se disuelve; se desplaza hacia otras escenas donde la narcocultura deja de ser acompañamiento y empieza a volverse pedagogía: en los palenques que estallan cuando se retira una canción, en las pantallas que devuelven el rostro del capo como emblema, en esas letras que convierten la violencia en hazaña y la impunidad en una forma torcida de prestigio. Es ahí donde lo que parecía excepción comienza a instalarse —casi sin advertirlo— en el territorio ambiguo de la norma.

Víctor Olivares

Periodista y editor. Maestro en Psicoanálisis y Teoría de la Cultura por la Universidad Complutense de Madrid. Ha cubierto conflictos y eventos internacionales, entre ellos la guerra en Ucrania.


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