“El feminismo te salva”, leí en un cartel el 8 de marzo de 2020. Y me salvó a mí. Salvó a mis amigas, hermanas, a mi mamá. Fue como ver el mundo de frente por primera vez. Verlo todo —lo cruel y lo reparador. Como cuando una persona puede poner en palabras eso que llevabas sintiendo mucho tiempo. Asumise feminista es abrir los ojos para nunca más poder cerrarlos. Nada vuelve a ser igual. Nada parece aislado: cada pequeña acción forma parte de un todo.
Miranda Fricker conceptualiza la injusticia hermenéutica como la que se genera cuando existe una asimetría en el lenguaje y las formas de entender que tiene una colectividad. La consecuencia: las personas se quedan sin herramientas para comprender y expresar sus propias vivencias. ¿Qué pasa cuando lo que vivimos no tiene nombre? ¿Cuando las palabras no alcanzan, porque no existen? Recurrimos a las palabras que sí tenemos, esas que no terminan de encajar.
Pero el lenguaje también es patriarcal. A las mujeres también se les excluye en la producción de significados y estilos “legítimos” de expresión. ¿Qué hizo el feminismo? Inventó palabras, unas que no quedaran chicas. Cargas mentales. Acoso sexual. Patriarcado. Misoginia. Feminicidio. Cosificación. Hipersexualización. Revictimización. Las violencias: de género, sexual, doméstica, vicaria, obstétrica, patrimonial, económica. Y muchas más. De repente, lo que no tenía nombre se nombró. Esas palabras que no sólo permitieron entender y comunicar sino responsabilizar. El acoso no es coqueteo. La violencia doméstica no es un asunto privado. El control no es protección. Los celos no son amor. El techo de cristal no es falta de ambición. El feminicidio no es un crimen pasional.
Ese feminismo tan satanizado me ha demostrado que la organización de la vida cotidiana es desigual: las cargas mentales, de cuidado, la desvalorización del trabajo no remunerado. Y ojalá no me tuviera que enseñar tantas cosas, pero aprendí que hay estructuras que sostienen y amplifican esa violencia. La familia. La comunidad. El trabajo. La calle. El crimen organizado. La distribución del territorio. La militarización. Me mostró que hay voces que no se escuchan, no tan fuerte, no tan alto. Mujeres trans. Empleadas domésticas. Mujeres indígenas. Y la de aquellas que ni siquiera saben que pueden alzar la voz.
Las cosas no salen de la nada: se producen, se incuban, se cultivan. Y nuestro país es un productor mundial de machistas, violadores y feminicidas. No empieza en el feminicidio. Empieza antes, mucho antes. En el tiempo que se les arranca a las mujeres: 39.7 horas semanales de trabajo no remunerado, gratis. En esa frase que muchos pronuncian sin consecuencia, “las mujeres a la cocina”: en ese 16.8 % que todavía cree que los quehaceres del hogar son deber de las mujeres. En la brecha salarial: por cada cien pesos por hora que ganan los hombres, las mujeres ganan 88.2. En la dependencia económica: sólo 46 de cada 100 mujeres son económicamente activas, frente a 75 de cada 100 hombres. En la violencia vuelta norma: 70.1 % ha sido víctima de violencia a lo largo de su vida y 39.9 % la ha sufrido dentro de la pareja. En la violencia sobre los cuerpos: 12.6 % padeció violencia sexual en la infancia y 31.4 % sufrió maltrato obstétrico en su último parto o cesárea.
En el silencio que el sistema produce: entre 78.3 y 94.7 % de las mujeres que sufrieron violencia física o sexual a lo largo de la vida, no denunciaron ni buscaron ayuda, según el ámbito. En la cifra negra: 92.9 % de los delitos en México no se denuncia o no deriva en una carpeta de investigación. En la casi total inutilidad del sistema de justicia: sólo en 1.2 % de los delitos la denuncia produjo algún resultado. Y, aunque no empieza ahí, a veces termina ahí: en 2024 hubo 3 427 muertes violentas de mujeres, nueve al día. No sale de la nada. En México se matan mujeres porque se puede, porque la violencia se tolera, se normaliza y se administra. Y sobre todo, porque —con una frecuencia insoportable— a quien viola, golpea o mata no le pasa nada.
Hoy sé, gracias al feminismo, que el Estado dice encargarse del problema mediante reformas legales, políticas públicas y acciones afirmativas que dibujan un país igualitario. Las buenas intenciones institucionalizadas. Que el gobierno aprende “palabras feministas”, pero en un intento de traducirlas al lenguaje oficial, las vacía de contenido. Le gusta más la retórica que la transformación —verdadera y estructural. Es más rentable políticamente lanzar campañas que voltear a ver a esas instituciones que continúan revictimizando, llegando tarde, están saturadas o ausentes. “Somos la Ciudad Feminista” se lee debajo de los puentes de la Ciudad de México. “Somos la ciudad de las mujeres libres y seguras”.
También me enseñó que la representación no basta. Por primera vez en la historia, tenemos Presidenta. Con “a”. Nos habla, nos dice que “llegamos todas”, se viste de morado y se ofrece como símbolo de las mujeres. Tenemos también jefa de gobierno. Una que, como su antecesora, mandó blindar los monumentos en la marcha del 8M. ¿Por qué a los monumentos sí los protegen y a nosotras no? La misma prisa con la que protegen los monumentos aparece después para desaparecer las marcas de nuestra protesta. ¿Por qué nos borran? Ese mismo día, Paseo de la Reforma se llena de trabajadores de limpieza, pintores y lo que haga falta. Trabajan a la velocidad de la luz. Como si lo urgente no fuera la violencia, sino eliminar el rastro de la protesta. El feminismo no es el marketing del oficialismo. No se vale abrazar lo conveniente y rechazar lo incómodo. No podemos hablar de “época de mujeres” en una época en la que a las mujeres las siguen violando, desapareciendo y matando.

Puedo detectar tonos de emociones que no conocía: enojo, frustración, resentimiento. Otro feminicidio. Fátima. Le arrancaron la vida. Días después, su cuerpo apareció a pocos kilómetros, dentro de bolsas de basura y con huellas de violencia sexual y tortura. Tenía sólo siete años. Una más. Aunque nunca es sólo una más. Una persona, un mundo. La frustración se volvió gasolina. El enojo, impulso. El resentimiento, motor. Organicé eventos, foros, debates. Leí. Quería hacer algo. Algo. Lo que fuera. Porque hacer nada no era opción. No en México. No en un país donde el machismo se hereda y la justicia llega casi siempre demasiado tarde.
Conocí al feminismo a través del enojo. El enojo de ponerle nombre a lo que le hicieron a mi cuerpo cuando yo no quería. El enojo de saber, por fin, que no había sido mi culpa. El enojo hacia fuera. Hacia cada persona que lo tocó sin preguntar. Hacia quien lo usó para ejercer poder. Hacia un sistema que no sólo lo permitía, sino que lo disfrazaba de normalidad. Como si por haber nacido mujeres mereciéramos ser violadas. Y estuviéramos obligadas a callarnos. Cada una de mis amigas tiene una historia parecida. Cambian los nombres, las edades, las circunstancias. Lo que no cambia es el recorrido mental: debí haber dicho algo. O gritado. O resistido más. Luego, llega la claridad: yo no lo hice, me lo hicieron. Alguien logró convertir lo propio en ajeno. Como si de repente, dejáramos de pertenecernos. Después viene una lista de cosas que hacemos o dejamos de hacer, todas con el mismo fin: regresar, recuperarnos, sentirnos nuestras. Algunas más brutales que otras.
El enojo sirve para abrir los ojos, pero no para quedarse a vivir ahí. Confieso que a veces siento culpa. Ese enojo —que alguna vez me sostuvo— ya no me visita con la misma frecuencia. Y este feminismo —que me ha salvado tantas veces— se alimenta de eso: enojos, dolores e impotencias. Algunos pequeños, otros devastadores. Hasta que el enojo se fue. Ahora quiero seguir luchando. Quizá existe otro camino, uno menos incendiario, pero no menos político.
Y cuando pensaba que el feminismo había terminado con sus lecciones, me sorprendió por la espalda para enseñarme la más dura de todas: la constante lucha conmigo misma. Porque sí, ser feminista también es confrontarse a diario. Porque la deconstrucción es un proceso de autodestrucción. Fricker habla de la “interiorización residual”, mediante la cual una persona que pertenece a un grupo oprimido sigue incubando, dentro de sí, una “semivida” de la narrativa dominante. En nosotras sobrevive —terco— el discurso que queremos borrar.
El feminismo me enseñó que, en cada mujer, el patriarcado crió una sierva. Un soldado en cada hija te dio. Acomodamos nuestra ropa para no provocar. Nos culpamos a nosotras mismas cuando nos violan. Bajamos la voz para no incomodar. Contamos calorías para caber, no en nuestra ropa, sino en el molde patriarcal. Atribuimos todos nuestros logros a la suerte. Nos acostumbramos a vivir calculando y le llamamos “precaución”. Nos sentimos culpables por sentir placer, y culpables también por no sentirlo. El patriarcado está afuera, pero está tan dentro. Somos contradictorias y a la vez, profundamente feministas.
Ahora sé que mi valor no venía de los hombres, ni de su mirada, ni de su aprobación. Y, entonces, ¿por qué sigo llevando la cuenta? Aunque no me gusten. Aunque no me importen. Ahí está: mi inventario de miradas. Se cuelgan como medallas. Tengo una nueva. Un poquito de valor. Un poquito de validación. Un poquito de amor prestado. ¿Por qué? Nos entrenaron para vernos desde afuera. Desde esa mirada que se aprende a necesitar. La que endereza nuestra postura, baja nuestra voz, corrige nuestras expresiones, escoge nuestra ropa, afina nuestras palabras. Nos moldea. El mandato es claro: gustar. Ser atractivas. Deseadas. Y así, vivimos una doble vida: la propia y la recortada. Mudamos la piel, de la auténtica a la ensayada. Margaret Atwood lo dice: “Eres una mujer con un hombre dentro que te observa”. La vigilancia ya no necesita venir de afuera.
El feminismo me enseñó la sororidad. Y es que el patriarcado nos organizó a su conveniencia: una mujer ocupada en vigilar a otra es una mujer distraída de la estructura que la oprime. Nos “domesticó”. Nos puso en contra. Nos presentó la envidia y el chisme: trampas que dispersan nuestra energía. Nos hundimos entre nosotras para hacerle el trabajo al patriarcado. Y, de repente, aparece algo raro y precioso. Cuando dejamos de pelear entre nosotras, algo se acomoda: la otra deja de ser amenaza y se vuelve aliada. Nace el amor sin jerarquías. Pero saberlo no siempre basta. El patriarcado no sólo nos enfrenta: nos recompensa por hacerlo. Y de vez en cuando, me doy permiso de hablar mal de otras mujeres. El círculo es cerrado y la satisfacción inmediata. Entre más detalles, entre más morbo, mejor sabe la conversación. Las opiniones atraviesan el cuarto. Las risas se contagian como canciones pegajosas. Caigo en juegos patriarcales. Compro mi pertenencia con conversaciones fugaces.
¿Por qué nos exigimos un feminismo sin contradicciones? Quizá porque en este país al feminismo nunca se le ha permitido ser sólo una lucha: se le exige pureza. Se le abuchea, se le minimiza, se le reduce a caricatura. La marcha del 8M de 2020 desató una oleada de incomodidad, escándalo moral y condena pública que no hizo más que exhibir lo que ya sabíamos: en México indigna más un vidrio roto que una mujer asesinada. “Nuestros monumentos”, “No me representan”, “La violencia no está justificada”. Como si no lleváramos siglos tratando de explicar que la violencia empezó antes —muchísimo antes— de que las feministas tomaran las calles. Y las reacciones no venían sólo de gente incómoda con el ruido. También venían del poder. Del Estado que minimiza la causa, que protege primero la piedra y después, tal vez, la vida. Del gobierno que levanta vallas y con ellas transmite un mensaje viejo y reconocible: aquí no cabes, aquí no pasas, aquí tu rabia estorba.
Pero esa no es la única forma de deslegitimar lo que hemos sembrado. Hay otra, más silenciosa y a veces más eficaz: dejar de hablar del patriarcado como sistema para empezar a hablar de las mujeres como individuos. De pronto ya no importa la estructura que nos oprime, sino qué tan bien o qué tan mal conseguimos sobrevivir. Si escuchas reggaetón, no eres feminista. Si te haces una cirugía plástica, si consumes pornografía, si eliges dedicarte a tu casa, si no usas el lenguaje “correcto”, no eres feminista. Si te enamoras, si perdonas, estás mal. Si eres amante, tampoco tienes derecho a opinar. Si te cuesta irte. Si vuelves con tu agresor. Si no denuncias una violación. La responsabilidad se mueve de lugar: del sistema a la oprimida. Se nos pide que nos saquemos solas de una opresión que no construimos solas. Y esa lógica nos resulta familiar porque este país lleva demasiado tiempo perfeccionando el arte de culpar a la víctima. También por eso nos exigimos un feminismo impecable: porque a las mujeres siempre se nos ha exigido ser perfectas. Para trabajar, para cuidar, para amar, para resistir, para no equivocarnos. Perfectas, incluso, para rebelarnos.
Si de algo estoy convencida, es de que el feminismo no fue creado para ser otro látigo con el que flagelarnos. No exige perfección. Exige ojos abiertos. Honestidad. Exige el valor de mirar de frente lo que nos hicieron, lo que nos hacemos y lo que todavía nos falta desmontar. A lo mejor el significado de salvar no era eso que yo creía. A lo mejor era otra cosa: tener palabras, tener conciencia, tener a otras. Arruinar la mentira. Y desde ahí, seguir. Deconstruirnos más. Educar. Concientizar. Frenar un comentario o dos o tres o diez.
Construir —pese a todo— el mundo en el que nos hubiera gustado crecer.
Inés Camacho
Estudiante de Derecho de la Universidad Panamericana