El maestro Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) no escribe poemas sobre hojas de papel, los graba en mármol; no declama, dicta; no posa, pesa. Del churrigueresco verbal de Sublime solarium (Azur, 1971), su primera obra, al tono lapidario de Miserable vejez (Visor, 2025), ha cumplido el ciclo del artista que va del virtuosismo –por lo que la juventud tiene de presumida– a la sobriedad de la expresión. A un “despojamiento”, acorde ya con la autoridad del veterano.
Elegías crepusculares, lamentos en sordina y ausencias que habitan en el poeta anciano. Miserable vejez, este libro de tapas negras se desliza sobre el escritorio como una suerte de mortaja que envolviera los secretos del marchitar. Todo un ramillete disecado de delicados aromas y pétalos inertes.

Suena la hora del último desengaño. Aquí ya no hay “decadentismo” –escuela de quincalla lacada–, sino mera decadencia: del cuerpo ante todo, pero también del mundo. El poeta odia. Y este odio vale más que mil concesiones y medianías. Odia su ocaso, él que tanto amó el cenit de la juventud, y odia este tiempo, él que fue un enamorado de Bizancio, de Bagdad o de aquella Castilla por donde pasó la corte de Leonor de Aquitania, a quien llama “Minerva blanca en dulce armiño”, protectora de artistas y poetas. Rabioso e indignado, noble y vencido, de Villena odia. Lo que lo roe y lo rodea, pasionalmente odia como otros remojan en la indiferencia y el conformismo. Bendita la ira del poeta en este mundo de falsos amores, de comida congelada, de pasiones hechizas, de tolerancia con la cobardía y del “todo se vale” en los sentimientos. Su mundo es uno desaparecido, sepultado en menos de un siglo, pero tal es el orden de las cosas. Por eso dice:
Ambrosio, obispo al fin de la Milán norteña,
sabía que el futuro se abre derribando puertas…
En el gozne de otro Tiempo aúlla el “homo novus”.
Todo se va volviendo bruto y necio y los obispos
(clérigos o civiles) vocean felicidad en sus psalmos.
(Rugir de la marabunta)
Porque es riguroso en su aventura, porque hasta el desenfreno puede ser más puro que las convenciones tibias y porque su cálamo vacilante sabe plantar verdades que no se cimbran, diremos de este volumen de Luis Antonio de Villena que la vida le regaló un don raro que ha sabido aprovechar para su arte: el de lograr ver las cosas con distancia. Esta perspectiva hace de él un vidente de la existencia, de la vanidad y justa medida del hombre, hormiga ante el espectáculo de los caudales perennes como “el gran Magdalena contra el Océano enorme”. Esta visión de la lejanía, desesperante sin duda, hace que el poeta dude entre la maldición, el desdén y el recurso irónico. Pero otra lectura es posible: este regalo que es la Comprensión de las edades largas, con su consecuente acicate para gozar del instante, le fue concedido por la Muerte misma, que se le aparece en “Imagen de Véspero”:
Casi invisible, como una bruma de movimiento suave
y giros reales, tenue cendal que comprendo, se
acerca una figura de mujer, sin edad, no joven, sutil,
delicada, con un vago vestido vaporoso y rostro sereno:
dime, ¿qué haces aquí solito? Nada me extraña.
Ya ves, paso el rato. Sabes, apenas sé cómo he llegado
a este momento, a esta vida, a este obvio desamparo…
Siempre te gustó estar solo. Verdad, pero no tanto,
o la vida era entonces diferente. Soy un anciano
que no logra la calma, aunque vagamente espera
una playa feliz. ¿Dónde? ¿Con quién? ¿Cómo?
Sentí tenuemente su mano en mi cabello. Presentí
que se marchaba. Intenta a tu modo ser feliz…
Por su libro desfilan su madre, sus cofrades, amantes, vecinos, conocidos de ayer… todos a la distancia, desde una especie de naufragio del que él se ha salvado. No hay poco de una sensibilidad europea de la mejor raigambre, que habremos de poner precisamente bajo el signo de la vejez. Una sensibilidad propia de un Occidente siempre encallando en el horizonte: esa vieja Europa que es digna y maestra cuando se resignar con decoro (no cuando quiere bailar al son disparatado de los nuevos amos). Sensibilidad sabia que, por ejemplo, Fellini supo proyectar en 81/2 o Amarcord, nutrida a partes iguales de experiencia y cansancio, lujo honesto y nostalgia. “Desde un cerro abrileño te miro con vaga/ placidez, con continuado, suave amor”, le susurra el poeta a su madre.
La América de Villena, por contraste, es joven y “salvaje como los 17 años”, es el Trópico donde las fuerzas están tan vivas que hasta la podredumbre es veloz. Algo así como la Argelia del Inmoralista de André Gide, la Italia de Thomas Mann en Tonio Kröger o el propio México de Luis Cernuda. Es el polo opuesto, lo que Europa no tiene y sin embargo anhela. No es salvación propiamente, sino la otra cara del naufragio, solar, incuestionable y temible en el resplandor de su fuerza indomable.
Entre su Europa sin brújula y nuestro Trópico devorador, se plantea para el poeta el dilema esperado. Partir o quedarse (y de qué manera): éste es el volado que está en el aire en varios de los poemas de Miserable vejez.
El mundo se cae y todos queremos
irnos, navegantes con destino o sin él, todos
bastante perdidos.
(Migrantes)
Pero bien dice en otra parte de su volumen que la juventud, por el simple hecho de serlo, “aún espera algo de algo”. Él entrega en sus páginas el pregusto de todas las derrotas, y con esto nos hace un gran servicio desde la atalaya de su vejez, pues con los rayos violentos que lanza desbarata fáciles ilusiones, si es que a estas alturas quedaba alguna. En cambio, entre tantos versos oscuros y verdaderos, asoma la mayor lección que consiste –nadie se sorprenda– en el resurgimiento de una nueva Ilusión que necesitaremos más sabia, más difícil y bella. Para nosotros ésta es la mejor lección de Europa.
David Noria
Poeta y ensayista. Maestro en Historia de la Filosofía Metafísica por la Universidad de Aix-Marsella. Su último libro es Poemas de Provenza (UANL, 2025)