Adiós al último gentleman surrealista, Pedro Friedeberg

Cuando trabajé en su estudio, en 2023, Pedro Friedeberg vivía una vejez excéntrica. Habitaba una casa con paredes de espejo, alfombrada en rojo, donde convivían cabezas de virgen con cuerpo de serpiente, sillones tapizados con corbatas y cuadros de todos los estilos. Había jugueteros con manos de todo tamaño y material, mesas llenas de juguetes y un gato gris que saltaba por donde podía. Ahí estaba su guarida, un atelier con iluminación perfecta, techos altos, libreros repletos y la larga mesa donde trabajaba. 

A sus 87 años, Friedeberg era una figura de culto agotada por la vida pública, con una autonomía inusual para su edad y un marcado deseo de soledad, propio de su temperamento artístico. Aquel año, el entrañable documental de Liora Spilk le trajo una atención extra, lo que engrosó su agenda habitual. Estaba cansado, pero tenía los reflectores encima y la inercia de seguir produciendo. Sus décadas de disciplina, de dibujar y leer durante todas las jornadas, lo hacían conservar su rutina como hasta entonces. El artista hizo todo lo que pudo por mantener esa normalidad independiente y creativa, hasta que lo alcanzó su verdadera edad, disimulada por la destreza mental que conservaba, y lo volvió dependiente de su familia apenas unos meses antes de su fallecimiento el pasado 5 de marzo.

La saturación de su casa era la misma de sus obras recargadas, su mente acumuladora y, sobre todo, su agenda de los días de fama. Friedeberg rebosaba de lecturas pendientes, piezas por ejecutar, títulos ingeniosos para nuevas pinturas –y también de exposiciones, presentaciones, reuniones de trabajo y amistosas–. Sabía que la existencia no le iba a alcanzar, así que la sobrecargó, desde el inicio de su carrera, con obligaciones mundanas que le permitieron vivir de manera holgada y multiplicar su producción artística. Todo para gozar tanto como podía de estar solo en su estudio, donde expandía su tiempo al del arte. 

Houston Chronicle / Getty Images

Ante sus muchos compromisos, caía rendido: tenía claro que debía cumplir sus citas con puntualidad y detestaba quedar mal. Sin embargo, se negaba a ir a los eventos si no era absolutamente indispensable y sólo aparecía en escena por lapsos breves, con intervenciones parcas y divertidas. También evadía tanto como era posible a la prensa, así como a “conocidos” y fanáticos que lo buscaban para hacerle la plática o pedirle autógrafos. Estaba harto de hablar de su pasado a partir de obras emblemáticas, como mano-silla, en lugar de lanzar manifiestos provocadores. De hecho, desde 1961, junto con artistas muy cercanos, como Mathias Goeritz y José Luis Cuevas, Friedeberg se había considerado un hartista en una papeleta que repartió por la Galería Antonio de Souza. Desde ese año mantuvo su personaje confrontativo, harto del funcionalismo, la razón, la lógica –y también, hacia el final, de repetir los hitos de su trayectoria. Él estaba más cómodo cuando aparecía con traje y cabeza de cebra o cuando pretendía haber recibido un doctorado en cariátides con un traje elegantísimo y sombrero de copa.

Su vida de rebeldía se conjugó con la de jetsetter. Tenía una debilidad por relacionarse con la nobleza y por tener lo que él llamaba “amigos solventes”, como Edward James. Le gustó mantener un estilo de vida inalcanzable para la mayoría. Era un hombre de mundo que hablaba italiano, alemán, francés y español. Recordaba el olor a piña de cuando vivió en Honolulu, siempre se hospedaba en el mismo hotel neoyorkino y visitaba su Florencia natal a la menor provocación, siempre en primera clase. 

A pesar de su actitud un tanto cínica, tenía una debilidad por las personas inteligentes y su carácter fuerte. Tal vez por eso admiraba tanto la distinción y obra de las artistas del surrealismo: Remedios Varo, Leonora Carrington, Kati Horna y Bridget Tichenor. Solía decir que ellas habían sido las mejores artistas con las que convivió. Guadalupe Amor también fue su gran amiga. Con ella y Xavier Girón fundó La Chinche, una mini galería en Hamburgo 122, en la Zona Rosa de la Ciudad de México, donde hicieron 13 exposiciones (mi favorita: Alcoholismo, erotismo y tabaquismo) y algunos recitales de poesía. 

No obstante sus locuras, Friedeberg procuraba los buenos modales y el arte de la conversación. Alguna vez lo vi fruncir el ceño y regañar a un comensal que osó comer pastel con una cuchara en lugar del tenedor apropiado. Sentarse a su mesa implicaba cubertería antigua de plata, gallinas para la sal de la Fábrica de vidrio La Luz, comida en tres tiempos servida en soperas y charolas de porcelana. Café y postre al final, siempre en porciones pequeñas porque, como siempre repetía, “hay que comer de todo, pero muy poquito”. Su despliegue no se trataba –o no únicamente– de una ostentación de lujos, sino de muestra de su ojo anticuario y una vuelta a los tiempos en que la elegancia prevalecía. 

También era parte del cultivo de su personalidad de gentleman. Para Friedeberg, tener más invitados para comer implicaba escuchar tanto como podía, conocer un poco más a las personas y mostrar que se interesaba en ellas, aunque ya no podía ofrecer mucho de su tiempo. Era cuidadoso con el menú para atender a las preferencias y restricciones alimentarias –que no aprobaba– de sus invitados. Se comía a las 3 en punto, que marcaban sus relojes, diseñados por él desde su Tichenortime de 1963. Y las reuniones en su casa con amigos eran las que más disfrutaba, un poco por comodidad a una edad en que ya no aguantaba la convivencia prolongada, pero también porque le gustaba ser un anfitrión sofisticado y espléndido. Las palabras “salucita” y “provechito” jamás se pronunciaban, por cierto.

El Maestro, etiqueta que se ganan los artistas consagrados, pertenecía a otra época, la del tiempo reposado de la correspondencia. Cuando quería entablar comunicación con alguien, escribía elegantes y cómicas notitas, que alguien más enviaba al destinatario por mail o WhatsApp. Era muy amable y generoso, pero lo escondía muy bien con su irritabilidad, su descaro y sentido del humor, para evitar la cursilería. “Noblesse oblige” lo escuché decir en más de una ocasión al dar una propina exorbitante al vigilante de su calle. También quiso mucho a sus hijos, Diana y David, a quienes siempre contestó con gusto genuino las llamadas; sostuvo un interesantísimo intercambio de cartas con una de sus nietas, de escasos 2 o 3 años, y trató con sumo cuidado a su exesposa y galerista de San Miguel de Allende, Carmen Gutiérrez, a la que procuraba recibir con flores en todos los jarrones de la casa. 

Las polémicas en torno a su vida personal aumentaron en los últimos meses a causa de una reestructura de su fundación y un aparente quiebre con Alejandro Sordo, a quien debemos sus mejores exposiciones y muchos años de representación, cuidado e intercambio intelectual. Del tema sé lo mismo que de mecánica cuántica y me enteré por la prensa y comunicados oficiales. Al respecto, sólo diría que Friedeberg valoraba mucho su privacidad y que, por encima de todo, fue un artista comprometido con la ficción. El suyo es uno de esos casos extraños en que la biografía puede decirnos muy poco sobre la obra.

Su libro de memorias De vacaciones por la vida (Trilce, 2011) nos ayuda a orientarnos con algunos hechos y fechas, no sin muchas invenciones y anécdotas chistosas. También nos queda su archivo, aunque debo decir que el tiempo en que lo estudié y clasifiqué, en lugar de disfrutar del chisme que encanta y sirve a los investigadores, me gustaba más leer sus historias surrealistas. Por ejemplo, me mataron de risa la receta especial para las albóndigas dodecafónicas que le envió a Norah Horna y aquella nota en la que le contó a Ida Rodríguez Prampolini que se encontró un cerdo mágico cuando la visitó en su casa. En la mayoría de sus cuadros no hay rastros de intimidad, salvo en algunas dedicatorias, y casi nunca aparecen personas. Por supuesto, hay alusiones a sus relaciones más cercanas. Pero Friedeberg fue un animista: le parecían más interesantes las vidas de los objetos y animales que las nuestras. Además, era capaz de llevar al absurdo cualquier tema personal. Se consideraba un patafísico y lo fue a tal punto que Alfred Jarry debió sentir envidia de su compromiso con el personaje.

En sus espacios hipnerotomágicos coexistieron unicornios, martillos y teléfonos gigantes, la maja desnuda de Goya, Betty Boop, arquitecturas fantásticas con rastros de Giovanni Battista Piranesi y hasta los 154 sonetos de Shakespeare. Sus ficciones requirieron de buscar ilustraciones de pianos en diccionarios antiguos, colorear soles y lunas con tinta china, dibujar retículas infinitas con sus reglas de madera y recortar caballos en diferentes escalas, todos los días sin excepción. No es difícil notar lo ridículo y divertido que le pareció existir. 

Después de verlo trabajar, me contagió su deseo de cultivar una subjetividad tan locamente alejada de la sensiblería como la suya. En lugar de enredarse en los mismos dramas facilones de las personas, Friedeberg inventó mundos que sólo él conocía del todo. Para conseguirlos, tomó el camino de la acumulación maniática de conocimiento y la disciplina de arquitecto. La vida no le iba a alcanzar, insisto, y extendió su existencia a los más de 775 cuadros originales que logré enlistar, cientos de obras estampa, decenas de esculturas, más todo lo que quedó pendiente de registro y que Andrea Lechuga, su queridísima y entregada mano derecha, podrá identificar. 

Muy de vez en cuando, el maestro escuchaba música, sobre todo El arte de la fuga a volumen máximo, para descansar sin dejar de centrar su atención en la belleza. Pero independiente de esa obsesión con el arte y el trabajo, vivió con la ligereza de las vacaciones. Pasó sus días cuidando sus colecciones de ralladores de queso miniatura sintientes y de assemblages de Alan Glass. Sonreía mucho a causa de los pensamientos en código dadá que no nos compartía. Comió un exceso de sopa borscht y tomó mucho vino espumoso sin alcohol en copas de cristal cortado. Lo recuerdo igual de joven que cuando estaba recostado en uno de sus sillones neobarrocos, con chaleco de animal print y corbatín. También desayunando a las 8 de la mañana un huevo escalfado, pan tostado, jugo de naranja recién exprimido y café au lait, con un libro abierto sobre el escritorio. Y con la cara ya muy llena de arrugas, un poco enfadada porque no quería hablar por teléfono con su amiga Deborah Holtz (ya pasaban de las 7 y se quería dormir). 

Después de conocerlo, despejé un poco más mis días para las lecturas y el arte y ya no tanto para las personas. Y gracias a él, nunca abriré una lata de sardinas con un secador de pelo, como bien recomendó en sus diez mandamientos. 

Fernanda Marín

Se dedica a la escritura y a la edición de arte. También coordina y cura exposiciones en museos y galerías.

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