Alguna vez leí sobre el saqueo, resguardo y tránsito de libros durante los momentos más crueles de la junta militar argentina. Un grupo de amigos, colegas, vecinos, militantes, o incluso desconocidos, entraban en las casas vacías de otros para sacar de sus bibliotecas cualquier libro que pudiera costarles caro con la dictadura: libros que significaban exilio, prisión o incluso la muerte. Estos eran ladrones de libros pero al estilo de Robin Hood, robando salvaron –o intentaron salvar– a más de una familia de la desgracia.

La operación era más o menos así: estos grupos entraban a la casa de tal o cual persona cuando se enteraban de que la fuerza policial estaba camino a su domicilio para catearlo y detener al dueño. Pero cuando la policía llegaba se encontraba con que el dueño ya no estaba y los libros que podrían incriminarlo, tampoco. Los amigos, colegas, vecinos, militantes, o desconocidos, habían avisado al perseguido para que huyera, mientras sacaban de su biblioteca –en sacos o maletas– los libros prohibidos o sospechosos. Después los escondían en sus cajuelas y huían para dejarlos en alguna otra biblioteca que aún se encontraba a salvo de la vigilancia del régimen.

Cuando leí eso me imaginé primero que aquellos grupos eran en realidad toda una ciudad organizada de forma clandestina. Una ciudad que, para salvarse el pellejo, transformó las bibliotecas personales en bibliotecas itinerantes, compartidas y en incesante recomposición. También pensé que sería sugerente que estos grupos fueran siempre los mismos siete, ocho o quince tipos que vivían –o ayudaban a vivir– recolocando libros; poniéndolos a salvo con quienes sí pudieran cuidarlos.

Fantaseé después sobre qué pasaría si eso ocurriera fuera del peligro de un régimen criminal. Es decir, que pasara sólo por gusto; como una travesura, un acto de fe. Y es que a algunos lectores nos une para siempre un agradecimiento que mezcla por partes iguales azar y destino. Me refiero a aquellos lectores que por primera vez nos acercaron, sin conocernos, lo mejor de la literatura. Un regalo y, al tiempo, un deber.

Algo similar imaginé al recordar mi primer encuentro con Aura de Carlos Fuentes. Yo tendría unos 15 o 16 años cuando lo descubrí en una esquina cercana al piso en el librero familiar. Se trataba de una edición en formato pequeño, cuya portada estaba iluminada por unas fotografías extrañas en lila y azul, y unas letras negras que daban cuenta del título y el autor. Nadie sabía cómo llegó a casa aquel ejemplar. Ni mis padres ni yo recordamos haberlo comprado; parecía residir ahí desde antes de que llegáramos, a pesar del cambio de dueño, el polvo, la luz y el movimiento de los objetos que lo rodeaban. Lo que sí recuerdo fue la primera lectura. Esa tarde todo quedó iluminado por una temblorosa llama en palmatoria. Una confrontación estremecedora con el misterio de la literatura, que en ese momento me supo a milagro y acto de magia.

Tipos móviles – Ediciones ERA

Pienso también en la primera vez que llegó a mis manos un libro de José Emilio Pacheco. Aquel encuentro, aunque poco decoroso, fue como recibir un bien sobrenatural. El libro parecía venido de alguna voluntad lejana; de alguien o algo que no me conocía y que sin embargo me destinaba esa dádiva en particular. Un contacto del tercer tipo entre lectores, en el que dos desconocidos nos tropezamos tras la conspiración de una tercera entidad oculta.

Lo encontré casualmente en uno de esos puestos de libros —que parecen improbables pero que en realidad son comunes en la capital mexicana— afuera de una taquería en la colonia Narvarte. Sobre la banqueta, en una mesa plegable cubierta en un mantel de plástico adornado con nochebuenas, había un pequeño librero que resguardaba una edición ochentera de Las batallas en el desierto. Estaba entre varias enciclopedias de Grolier, libros de autoayuda, cómics viejos y unas cuantas obras amarillentas de teoría económica. Era una edición con forros blancos, en cuya portada un delgado recuadro negro mostraba en su interior el ensamble fotográfico en alto contraste de una mujer sentada en un tambor con una franja de censura negra sobre los ojos. En la parte superior del libro, al centro, una tipografía clásica con serifas descubría el nombre del autor y la obra en color negro. Era uno de esos títulos que ya vivían en mi memoria sin pagar renta, y sin saber de dónde o desde cuándo lo conocía. Y así, por 50 pesos, después de tres de pastor, me hice de una segunda correspondencia con aquellos lectores que, de nuevo, me extendían un libro de manera extraña.

Después de ese hallazgo, no dejé mucho más al azar y compré el resto de las obras de Pacheco poco a poco: El principio del placer, Morirás lejos, La sangre de Medusa, Los trabajos del mar, Inventario, su versión de El cantar de los cantares…  Obras ya distintas en sus portadas a las primeras de fondo blanco pero, aún así, de un cromatismo apetecible. De aquella tipografía apenas y quedaba el fantasma pero el nombre del autor se reconfiguró de manera excepcional: cada letra embonaba entre las otras como si ese nombre estuviera destinado a ese acomodo; como si sólo en él se evidenciara su solidez.

Desde entonces sigo buscando esa tipografía, ese papel común pero tan presente en los dedos, esas portadas insignia que resguardan títulos improbables como El reposo del fuego, poemas milagrosos que empiezan con “En el fuego del tiempo tu voz es un campo que arde”, y momentos que nadie querría jamás olvidar, como aquella inundación devastadora, casi bíblica, de El luto humano, o el gusto de una copa de anís con sabor a ajenjo, degustado en una terraza en Día de muertos, de Bajo el Volcán. Esos libros que hablan de nuestras letras y de otras, de nuestra ciudad y de otras, a las que no se puede llegar más que a través de ellos. Esas obras que pensamos que nos extendieron en especial a nosotros. Libros que llegaron a nuestros libreros guiados por voluntades desconocidas pero que nos han dado más vida que la que teníamos sin ellos. Libros guarecidos por lectores y entregados a otros lectores para que los resguarden también. Libros que quién sabe cómo siempre están ahí en el momento justo.

Así llegaron a mí, con los años, Carlos Monsiváis, Juan García Ponce, Fernando Benítez, Salvador Elizondo, Juan Vicente Melo, Hugo Hiriart, Sergio Pitol, Emilio García Riera, José Lezama Lima, Malcolm Lowry, Augusto Monterroso, Coral Bracho, Elsa Cross, Hernán Bravo Varela, Verónica Murguía…

Ediciones ERA es uno de esos grupos de lectores con los que tengo un agradecimiento perpetuo. Recuperaron libros únicos que pudieron haberse perdido de no ser porque se acomodaron en muchos libreros para impedirlo. Agradezco no sólo a Vicente Rojo, a José Azorín y los hermanos Neus, Jordi y Quico Espresate que lo fundaron; o a Marcelo Uribe, quien está al frente de la editorial desde hace tiempo; sino a todos quienes hicieron y hacen de esa editorial un resguardo de libros, un refugio de lectores y una ofrenda a la vida desde hace 65 años.

Valeria Villalobos Guízar

Dirige Ediciones IBERO, el sello editorial de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Es profesora del Departamento de Letras de la misma universidadó


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *