Es bueno que este libro se llame Suma de las partes porque nos deja volver a la palabra “parte” en otro sentido. Me refiero a un libro anterior de Álvaro Uribe, La parte ideal, donde leemos en la entrada que el ensayo es la otra mitad de la autobiografía: su parte ideal. Este nuevo título consta de partes que son también partes ideales, es decir otras logradas mitades autobiográficas de Álvaro Uribe. Y aquí también volvemos a su hallazgo: “la exposición de ideas más o menos personales y el relato autobiográfico son líneas paralelas que tienden a juntarse en el infinito”. Añadía: “No importa que por curiosidad o por pudor se elija comentar las vivencias del prójimo y discutir el pensamiento ajeno. Yo es otro, sentenció Rimbaud, el primer moderno en resucitar la milenaria convicción panteísta de que todo en el fondo nos ocurre a todos”. Y decía Uribe conformarse “con que el yo que ensaya, mejor o peor que el que vive, sea por elección o por fatalidad otro”.
Muy de acuerdo pero quisiera detenerme en algo. Porque en manos de muchos el yo prueba ser el más odioso de los pronombres, como dijo Edward Gibbon en sus Memorias –escritas, por cierto, con un yo encantador. O bien, el problema con el yo, como dijo Salvador Novo respecto al corazón, es que ya todos tienen uno. O directo a lo que voy: “¿Hasta dónde se llega con un yo?”, se preguntó Jorge Guillén. Y aquí sí viene la diferencia: con el yo de Álvaro Uribe se llega, cualquiera que sea su tema, a la emoción y el placer literarios. Un yo que puede sacarnos a pasear por sus páginas como Paul Klee sacaba a pasear una línea de dibujo.
He hecho dos lecturas de este libro. La primera, admirativa y tal cual: Suma de las partes como un libro notable en el género del ensayo. Y un momento decisivo se da cuando Álvaro Uribe culmina con estiletazo algo que aparece en otras partes de sus ensayos: el elogio al estilista que era como una lata y un modo de facilismo. Álvaro Uribe tenía un estilete para defender al escritor que era de quienes lo alabaron de estilista y luego decir que en el libro tal ya había dejado de serlo. Aquí, como dije, da el estiletazo final en tres frases: “Hace poco recordé, en un artículo periodístico, que a finales del siglo XVII, en su discurso de recepción de la Academia Francesa, el conde de Buffon declaró que ‘el estilo es el hombre mismo’. Si esa elegante frase quiere decir algo, lo que dice es que todos somos fatalmente estilistas. Buenos o malos: es otra cuestión”. Gol de Álvaro Uribe.
La segunda lectura tiene que ver con lo siguiente. En varias partes este libro se me hizo una incitación al juego. Del mismo modo en que Álvaro Uribe se desdobló alguna vez en Alberto Urquidi, las palabras que van a oír ahora las habrá escrito diez o veinte años más tarde Misael Lliguera, anagrama de Luis Miguel Aguilar. Es un ejercicio kinbotiano, es decir, una lectura quizá loca pero verosímil como la que hace de un poema el personaje y narrador Charles Kinbote en la novela Pálido fuego de Vladimir Nabokov.

He releído Suma de las partes de Álvaro Uribe. Comprobé los mensajes cifrados que están en ese libro sólo para mi entendimiento. Comprobé también que varios de aquellos que se consideraban ensayos son en realidad ficciones supremas.
El primer mensaje está en “Qué se hizo Armando Rojas”. Uribe teje ahí una vida imaginaria de este poeta que es trasunto de algún personaje en otras de sus narraciones. Y no es la primera vez que en su obra se menciona la palabra Altaforte, nombre de la revista que él y otros animaron en París. Pero ahora la palabra sobre la página se iluminó ante mis ojos como con plumón fosforescente: Uribe me remitía en clave al poema de Ezra Pound Near Perigord, que comentamos muchas veces, acaso nuestro poema predilecto de Pound porque es, claro, poema, ensayo sobre poesía provenzal, cuento ubicado en la Edad Media y novela de 192 versos, todo relacionado por supuesto con el trovador Bertran de Born y sucedidos en el castillo de Hautefort o Altaforte como lo toscanizó Dante. Uribe me remitía al verso del poema “Y diez años después, o veinte, como quieran” y también, y sobre todo, me remitía al verso que empieza: End fact. Try fiction. Me comunicaba así que ciertos ensayos del libro no son lo que aparentan y que sería cuestión de tiempo –“And ten years after, or twenty, as you will”– que esto se revelara.
Por ejemplo Álvaro dio con algunos materiales insólitos y de imágenes muy extrañas. De algún modo me recordaron las imágenes y los textos aún no descifrados del Manuscrito Voynich, con esas mujeres que pueden representar rituales acuáticos, o fiestas de fertilidad o ser meras fontaneras. Son las imágenes hipnóticas y misteriosas que aparecen entre las páginas 94-98. Quién sabe dónde las haya encontrado Uribe. Fue consciente de que eran increíbles y que la realidad difícilmente las admitiría. Urdió entonces este artificio: las hizo producto de un arquitecto de iniciales J. L. B., no Jorge Luis Borges, sino Jaime López Bermúdez. Un material tan extraordinario queda mitigado y listo para ser literariamente creído mediante la concurrencia de hechos ordinarios: eran papeles “de familia”, la posesión del único ejemplar del manuscrito habría llegado a sus manos por esos motivos, y él literariamente procedía a interpretarlo tongue-in-cheek como un mero proyecto arquitéctónico. Uribe era experto en crear ficción fehaciente. En esta ficción titulada “El agua y el aire”[1] vuelve a lograrlo con lo que podríamos llamar la ecfrasis, es decir la descripción precisa de las inquietantes imágenes de arte llegadas a sus manos. En un momento dice: “Sé que mi pobre descripción no transmite el efecto general de armonía que se desprende del dibujo”. ¿Cómo va a ser “pobre” si termina el párrafo con esta frase: “Uno tiene la impresión de que los edificios de piedra y ladrillo están soñando un paraíso vegetal”? Un gran momento de astucia literaria.
Voy a otro momento excepcional. Diez, veinte años atrás yo editaba una revista en la ciudad de México y un día recibí la llamada de Álvaro Uribe para decirme que tenía un ensayo sobre un escritor y que deseaba publicarlo. Pero que antes de enviármelo era necesaria una certeza: debía publicarlo completo. Cuando me dio el número de palabras le dije que no podría ser: iba a llevarse todas las páginas de la zona cultural de la revista. Recordé algo así como quien dijo: fulano quería publicar un libro y lo disfrazó de artículo. Luego lo vi incluído en Suma de las partes. El personaje es John Williams, un escritor al que Uribe fue creando o introduciendo en la realidad a lo largo de sobremesas, amplias caminatas, traslados en taxi. Lo confeccionó paso a paso, lo fue trayendo a la vida desde la oscuridad y lo ignoto. A varios llegó a convencernos de su existencia. Lo materializó de tal modo que al fin caí entero en el espejismo: recuerdo como algo en verdad vivido la lectura de la novela Stoner de John Williams y agradecerle a Álvaro que la incorporara a la realidad para mi disfrute.
Ahora pienso que me equivoqué respecto a lo del libro disfrazado de artículo. En realidad Uribe quería publicar una noveleta, y en efecto acabó publicándola, pero disfrazada de ensayo con todo y datos biográficos y análisis de la obra del autor. Creó un personaje a la medida de sus intenciones y capacidades literarias. Incluyó en su noveleta autores reales para volver menos fantasmal la obra de John Williams. Uribe vuelve a hacer ficción fehaciente cuando dice que el arte de Williams consiste en la frase como forma y alude a un biógrafo que habría titulado su libro sobre Williams: El hombre que escribió la novela perfecta. En un pasaje Uribe se refiere a un libro de Williams que anuncia su maestría posterior y escribe: “Aún no el cultivo intachable de la frase como forma pero sí la atención obsesiva de la forma de la frase”.
En esta noveleta Uribe dejó dos momentos cifrados para mí. Cuando con sagacidad recurre a La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares para inquirir en por qué Borges la consideró novela perfecta, apunta: “Sin adoptar la forma de un cuento La invención de Morel está escrita como si fuera un cuento. Cada párrafo, cada frase, cada palabra parecen ensayados tantas veces antes de publicarse que resultan necesarios e insustituibles. Es decir: perfectos”. Pero antes ha escrito: “Hay, sin lugar a dudas, sonetos perfectos”. Lo escribió para que yo pudiera contradecirlo con un pasaje de Borges mismo en “La suspersticiosa ética del lector”: “No hay un escritor métrico, por casual y nulo que sea”, dice Borges, “que no haya cincelado (el verbo suele figurar en su conversación) su soneto perfecto… Se trata de un soneto sin ripios, generalmente, pero que es un ripio todo él: es decir, un residuo, una inutilidad”. Yo habría querido plantearle a Uribe que para hablar de un “soneto perfecto” no habría que darlo por hecho sino armarle un camino de imperfecta perfección como el que él trazó para la novela perfecta. Uribe alguna vez dijo que sus construccines literarias pasaban por “ensilabar agudamente algunos párrafos”. Primero hay que ser un autor como él lo fue para que estos empeños no acaben en párrafos “perfectos” como la “perfección” del soneto a la que Borges se refería.
En esto mismo y por último me habría gustado hacerle una broma. Uribe huía como del diablo de los versos inadvertidos en la prosa. Sobre todo los versos de once sílabas, los que con mayor frecuencia se cuelan en ella. De modo travieso él los llamaba “pendejasílabos” y en cuanto lo decía se tapaba la boca fingiendo corregirse por habérsele escapado algo muy indebido. Entonces, de modo risueño, podría plantearle esta pregunta: admirado y querido Álvaro Uribe, ¿cómo va a ser perfecta La invención de Morel si empieza así: “Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro”? ¿Es decir, si empieza con un perfecto pendejasílabo?”.
Muchísimas gracias.
[Texto leído el 20 de febrero de 2026 en el Palacio de Minería durante la presentación de Suma de las partes. Preámbulo de Tedi López Mills. Almadía /Universidad Iberoamericana, 2025]
Luis Miguel Aguilar
Poeta
[1] En realidad el manuscrito El agua y el aire. Una solución a los problemas de la Ciudad de México (1967) es obra de Jaime López Bermúdez (1916-1989), gran arquitecto y padre de la escritora Tedi López Mills