Ciudad de México, laboratorio musical frente a la gentrificación

Mientras sus barrios céntricos se encarecen y se llenan de visitantes extranjeros, la capital mexicana también se consolida como un laboratorio para imaginar nuevas formas de turismo cultural. La música está en el centro de esta tensión: puede ser tanto motor de gentrificación como herramienta de sostenibilidad, diversidad y vitalidad.

Después del concierto de Rosalía en el Zócalo, escribí en nexos que la Ciudad de México carece de una estrategia musical clara. Esa falta de rumbo persiste, aunque la ciudad rebose de talento, eventos y públicos. Por un lado, tenemos los conciertos y festivales masivos; por otro, la fragilidad de los foros y promotores independientes que mantienen viva las escenas locales y alternativas. Esta brecha es el síntoma de un modelo urbano que no protege sus tejidos culturales.

El cierre constante de espacios y la apertura de otros simbolizan tanto los riesgos y las oportunidades inmensas que existen en la ciudad. Sin embargo, no sólo se trata de un turnover cualquiera, sino que muchos de los nuevos lugares se dirigen a públicos más adinerados, por parte extranjeros, agudizando resentimiento y tensiones culturales. En una metrópoli donde la presión inmobiliaria no distingue entre taquerías y clubes, la música corre el riesgo de volverse un lujo y, por lo tanto, uno de los motores de la gentrificación.

Cortesía de Club Japan

El boom creativo y turístico de la capital

La Ciudad de México se ha vuelto más atractiva desde la pandemia, en particular para turistas interesados en la música y el arte. El turista musical, extranjero o nacional, llega a escuchar DJs de house la Roma, mariachis en Garibaldi, a vivir la estética posindustrial de un rave en alguna colonia empobrecida, a pagar 500 dólares para un boleto VIP de un festival urbano masivo, o a disfrutar de los ambientes sonoros del Centro Histórico. Este fenómeno no es malo en sí mismo; lo problemático es cuando la experiencia se vuelve una mercancía deslocalizada, un producto que ignora a las comunidades que la sostienen.

La llegada masiva de nómadas digitales y visitantes de alto poder adquisitivo ha intensificado esa ambivalencia. Lo que para unos es una “ciudad vibrante”, para otros se siente como una nueva ola de desplazamiento y exclusión. No toda gentrificación es igual, a veces es brutal, a veces pasa desapercibida, pero siempre revela un desequilibrio: entre los que se aprovechan de la vitalidad cultural y los que sufren de ella.

Durante el Gran Cineclub Musical, el reciente festival de documentales musicales organizado por Discos y Amigos en el Centro Cultural de España, se propuso un conversatorio sobre música, turismo y gentrificación. Esta temática había sido una fuente de preocupación por parte de promotores y gestores culturales.

Cortesía de Club Japan

La noche musical como campo de batalla

Federico Crespo, fundador del club Japan en la Roma, abrió la conversación recordando que su generación tuvo que reinventar la noche mexicana tras la crisis de los 2000, cuando el gobierno clausuró buena parte de la vida nocturna independiente. De esa resistencia nació una cantidad de foros, sellos y colectivos de música electrónica que hoy define la identidad sonora de la capital. Además de Japan, podemos mencionar Yu Yu, Sunday Sunday, Departamento, Pervert, Por detroit, Club Furia. Si bien ofrecen oportunidades al talento local y amplían el abanico cultural de la ciudad, estos espacios se ven presionados por la gentrificación. Es más, a veces la protagonizan, siendo un destino popular entre turistas extranjeros. En este sentido, la noche es un espejo de la ciudad donde se cruzan la libertad, el deseo, y el capital. Si añadimos la inseguridad y la corrupción, no cabe duda que a pesar de su trasfondo cultural, el negocio de la música electrónica es ante todo un “deporte extremo”.

Organizados en una red, estos actores podrían ser el eje de una nueva política cultural urbana que integre la música al desarrollo turístico sin sacrificar su autonomía y su compromiso con la población local. Si el turismo logra amplificar las escenas locales y no sustituirlas, la Ciudad de México puede ofrecer un modelo que combine inclusión, creatividad y sostenibilidad.

Cortesía de Club Japan

La posibilidad de un laboratorio musical urbano

Javier Puente, presidente de la asociación de hoteles de la CDMX, recordó que el turismo nació de la comercialización de un fenómeno antiguo y universal: el viaje. El turismo se estableció con la promesa de asegurar los tres “B”: bed, breakfast and bath (cama, desayuno y baño), pero aun le falta integrar cultura y ética, lo que Javier conceptualiza como dos “B” adicionales: beat y behaviour.

El beat es la vibración de una ciudad que se reconoce en sus sonidos: los sonideros, los tambores de los carnavales, los vinilos en los cafés. El behaviour es la actitud ética del viajero que devuelve algo a la comunidad que lo recibe. Un modelo de turismo musical sostenible no se mide sólo en cifras de asistencia, sino en la calidad de los vínculos que genera.

Según Puente, la Ciudad de México tiene una ventaja: su tradición de hospitalidad popular. Desde las vecindades hasta los tianguis, la cultura urbana mexicana siempre ha tenido una vocación de acogida. Lo que falta es traducir esa hospitalidad en política pública, para que el turismo no reemplace la vida local, sino la amplifique.

El ejemplo de Tulum sirvió como hilo conductor del conversatorio. Una advertencia de lo que alguna vez fue un destino bohemio y sostenible, pronto se transformó en una escenografía de lujo y vacío. La concentración hotelera, la precarización laboral y el desplazamiento de los habitantes locales son consecuencias de un modelo de desarrollo que prioriza la rentabilidad inmediata sobre el equilibrio social y ecológico, y donde la música electrónica juega un papel clave.

Cortesía de Club Japan

La Ciudad de México está a tiempo de seguir otro camino. Puede ser un laboratorio de turismo musical sostenible, donde el visitante no consuma cultura como espectáculo, sino como experiencia compartida. Donde el turismo no tenga como objetivo único atraer más personas y generar más gasto, sino fortalecer las escenas locales. Por ejemplo, al igual que en otros países, el impuesto sobre espectáculos podría financiar proyectos independientes, con perspectiva de género, de justicia social y ambiental. Muchas ciudades del mundo han creado impuestos especiales sobre noches de hotel para financiar actividades culturales, apoyan redes de profesionales, programas de reducción de los riesgos e instrumentos de gobernanza híbridos entre emprendedores, noctámbulos y vecinos. Entre la gentrificación y la hospitalidad hay un terreno fértil para la experimentación al cruce de la política cultural y el desarrollo urbano.

La Ciudad de México puede ser muchas cosas a la vez, donde la música no sólo acompaña la transformación urbana: la narra, la cuestiona y, a veces, la redime. Si el turismo musical se diseña desde esa escucha, desde el respeto, la reciprocidad y el beat de sus barrios, entonces la ciudad no se venderá al mejor postor, sino que se contará a sí misma de un modo más justo y duradero.

Michaël Spanu

Sociólogo

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Publicado en: Registro personal