Llorar es una de mis áreas de especialidad. El llanto dolorido que viaja como un torrente desde el centro del cuerpo. El del ser apagado que se vuelve fuente en las horas de conciencia. El de los ojos transformados en hojas que, temblorosas, sostienen gotas viendo a una persona amada a la cara. El de la felicidad desbordada, el de la ternura episódica.

Nunca había tenido una experiencia como la del jueves 27 de noviembre de 2025 en el Teatro Conde Duque de Madrid. Lloré durante una hora y media, con breves pausas de un par de minutos para después recomenzar. Lloré en un llanto colectivo de alrededor de trescientas personas que sorbían mocos, enjugaban lágrimas intentando disimularlas y compartían los sollozos que alguno no pudo contener.

Fuimos sometidos a la brutalidad de El invencible verano de Liliana, confrontados con la realidad de la violencia feminicida. Uno de los elementos que permiten tanto al libro homónimo como a la obra calar tan hondo es el vaivén entre la conceptualización del odio de género y su confirmación punto por punto en el caso del feminicidio de Liliana Rivera Garza. La autora y hermana de Liliana, Cristina Rivera Garza, echa mano del desarrollo intelectual de las últimas décadas que esclarece los mecanismos detrás de este tipo de violencia: el control, las amenazas, las críticas, la manipulación, el asedio, los ires y venires en el comportamiento para volver a ganar confianza después de un arrebato. La violencia física que suele aparecer tras la verbal, para después avanzar como tentáculos paralelos.

Para muchas, estos mecanismos de violencia son hoy más reconocibles que en 1990. En medio, además de toda la labor intelectual, ha habido un intenso trabajo de colectivas, feministas y mujeres que se han encargado de divulgar estas ideas. Pero hace treinta y cinco años estas ideas y su difusión aún tenían un largo camino por recorrer. El crimen de Liliana se registró como “homicidio simple” y no como lo que fue: un asesinato perpetrado a partir de motivos de odio contra una mujer por ser mujer, un crimen que se sustenta en la violencia de género. En ese entonces, no existía la palabra “feminicidio”.

Sin academizar el texto, Cristina Rivera Garza usa teorías, conceptos y datos para entender qué pasó a su hermana Liliana en 1990 y en los años que antecedieron su feminicidio. Como ella misma dice, hace tres décadas ni siquiera teníamos el lenguaje para nombrar el fenómeno, para entender que lo que sucedió es efecto de un sistema milenario que somete a las mujeres a un poder que se otorga a los hombres por serlo, que supone que las mujeres son su propiedad y que tienen potestad sobre ellas.

El libro y la obra son el resultado de la comprensión intelectual de aquella tragedia, pero también del recorrido emocional por el que ha transitado Cristina Rivera Garza durante más de treinta y cinco años. De esa claridad doble nace un libro transparente sobre la violencia machista. De ahí su brutalidad. Y es que la prosa de Rivera Garza es precisa como un dardo en el centro de un tablero, muchas veces breve como un golpe en seco, con frases rotundas. Es un flujo entre el descubrimiento de la personalidad de Liliana y la memoria, y las reflexiones de Cristina.

Así es también la obra de teatro. Es un relato que apunta al espectador, con un mensaje que busca ser entendido de manera cristalina, sin figuras retóricas ni espacio para la interpretación. El formato de monólogo es un acierto que permite atrapar la narración en primera persona para reconstruir la perspectiva de Liliana y registrar las cavilaciones de Cristina. Es un formato que también permite la agilidad de cambiar de un narrador a otro, de una hermana a la otra y al resto de las voces que acompañan esta biografía bicéfala, con dos protagonistas.

La obra hace palpable el tino de haber otorgado el premio Pulitzer a este libro en la categoría de “Memorias”. Presenta un relato sobre la vida de Liliana y trata de ceñirse lo más posible a la visión que ella tenía sobre su circunstancia, su familia, sus amigos, las relaciones de género, la arquitectura —licenciatura que estudiaba—, la juventud. Y, junto a este relato, camina el de Cristina, el amor por su hermana y los recuerdos construidos a dos y cuatro manos, a dos pares de ojos, a brazadas cómplices en la alberca. Sobre la vida después de julio de 1990, sobre cómo la pérdida de su hermana atraviesa sus días desde entonces y la necesidad de reconstruirse luego de este crimen atroz que le quitó el aliento a Liliana, pero que trastocó la realidad de Cristina.

Todo lo anterior, y todo lo que se me escapa, fue transmitido por Cecilia Suárez en noventa minutos. Fue ella el canal de transmisión que abrió el grifo de las lágrimas y del pasmo. Fue ella quien fungió como receptáculo y canal de rabia, frustración, culpa, vergüenza. Pero también de claridad, amor sororo, honestidad y determinación para que la violencia feminicida se extinga.

Juntas, las Rivera Garza, Cecilia Suárez, el director Juan Carlos Fisher, Amaranta Osorio ―a cargo de la adaptación al teatro―, y el equipo de la obra y del centro Conde Duque nos abrieron las entrañas para dejar dentro la historia de Liliana y la comprensión de uno de los problemas fundamentales de nuestra civilización. Seguir hablando de Liliana —así como de quienes viven y han vivido circunstancias similares— es indispensable para extirpar este cáncer.

Eduardo Alamillo

Maestro en Public Affairs por Sciences Po.


Un comentario en “Conocer a Liliana

  1. Felicitó a Cecilia Suárez por la puesta de esta obra de teatro, por su calidad como actriz, el binomio actuación y un buen guión o libreto, es la fórmula del éxito, a esto le sumamos la dirección esceníca, debe ser un verdadero agazajo, pese a la tragedia del feminicidio, que lamentablemente no hemos podido erradicar este cáncer.

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