
I. En una celda
Imagina viajar en el tiempo. Que te congelen cuarenta años y, de pronto, regresas al futuro. Que te metan en un cubo frío y te olviden. Cuando sales, el mundo es otro. Pero no elegiste este destino, te pusieron en esa celda. Nadie te preguntó. Dijeron que tenías que esperar tu condena. Sólo vas a salir con los pies por delante. Condenado a muerte, martillaron.
Mientras esperas que te maten, te matan catorce veces. O te dijeron que lo iban a hacer. Pero no te mueres. Todas las veces que anuncian tu muerte, tienes que avisarle a tu madre. Luego, no cambia nada, sigues en tu celda. Nada más no te mueres. Nada más no te matan. Sigues vivo, pero no es tu elección. Todos los que conoces, allá afuera, viven y mueren. Tú sigues ahí, o eso crees, pero no hay nadie que lo compruebe. Tu vida son seis metros cuadrados. Estás encerrado en cuatro paredes frías, sin nada más. No tienes ventanas. O sí, tal vez una, muy pequeña, que da a un patio. La luz del sol pasa un rato, por temporadas. Te vuelves amigo de las hormigas. Una cucaracha muerta es tu confidente. La atesoras, es lo único que tienes. Dejas de recordar, dejas de soñar. Viejas canciones regresan a tu cabeza y eso te mantiene vivo. El recuerdo ya no es la libertad, sino el sonido de otros tiempos.
Todavía no sabes por qué sigues ahí. Tu hermano pequeño está sólo, allá afuera. No puedes hacer nada por él. Tú madre muere y no acompañas el sepelio. Tu hermano muere y nadie te avisa. La soledad puede ser más solitaria.
Se acabaron los colores, se acabó el tiempo. Te perdieron en 1979, ese año te quitaron el mundo. Ahora es 2019 y da lo mismo. Nunca has conocido a nadie. No has leído nada, no existen las noticias. Tal vez se murió un papa, tal vez cambió el gobierno. Las calles ya no se llaman igual. No sabes qué es el internet, nunca has visto un teléfono inteligente. La soledad cada vez más solitaria. Afuera, no lo sabes, pero el mundo nunca se detuvo por ti.
Eres listo, o eso crees, pero no hay nadie que lo compruebe. Sólo piensas para ti, entonces. Estás loco. Te pusieron aquí para alejarte de todo, para que pierdas la cabeza. No le debes nada a nadie. ¿Por qué? Te pusieron ahí para dar un ejemplo. Hombre malo cerca, pero lejos. Hombre cercado, aislado, como en museo, perdido, expuesto. Para volverte loco. Te abandonaron en un hoyo. La vida sigue, en otra parte, más allá de la ventana. Estás expiando la culpa de un crimen que cometió alguien más. La inyección letal, dicen, es una forma muy humana de morir.
II. Un día te perdiste
A César Roberto Fierro Reyna lo arrestaron en El Paso. Tenía 23 años. Lo culparon de la muerte de un taxista estadunidense. Encontraron el cuerpo tirado cerca de un parque, en Texas. El coche, en cambio, lo recuperaron en Ciudad Juárez, de donde era la familia Fierro. El único elemento de culpa que tenían contra César era la declaración de un adolescente de 16 años que testificó, a punta de golpes, que estuvo con él en un taxi. Según la declaración, César disparó de la nada. Sacó un arma y mató al chofer de la nada. César confesó el crimen después de que un policía corrupto de Ciudad Juárez arrestara a su madre y la amenazara con tortura sexual. No sirvieron las apelaciones. Era mexicano, era culpable. Texas sólo responde a Estados Unidos y Estados Unidos no le responde a nadie.
Lo condenaron a la pena de muerte, pero no lo mataron. Le dijeron que moriría por inyección letal. Le dieron catorce fechas para su muerte: catorce veces llamó a su madre para despedirse. Una y otra vez, conmutaron la sentencia.
Vinieron periodistas al principio. Luego nada. La pura tristeza de estar y no estar. Conocer las grietas de la celda, contarlas. Ser amigo de las hormigas.
III. Te encontró una cámara
Hace más de diez años, un documentalista del CCC, Santiago Esteinou, habló con el cónsul de Texas y le pidió buscar una entrevista. De manera extraña, César aceptó. Podían verse 45 minutos cada tres meses. Comenzaron a hablar, a intercambiar cartas. Algo cambió. El equipo de Esteinou grabó un primer documental con sus experiencias, Los años de Fierro (2013). En el documental también entrevistaron a la madre de la víctima, abogados y jueces, a los policías que amenazaron a su familia, y a su hermano que vivía en la indigencia. Pero la película no se pudo estrenar. Era demasiado peligroso para César. El mundo que no conocía, lo olvidó de nuevo.
Esteinou, sin embargo, siguió intercambiando cartas con él. Y un día, en plena pandemia, lo liberaron. No tenía a donde ir y el documentalista lo acogió en casa de sus padres. La realidad atravesó la pantalla. El director hizo entonces un segundo documental, La libertad de Fierro (2024) para contar el doloroso proceso de su regreso a la realidad, a Juárez, a México. Un regreso que es más un viaje en el tiempo. Ahora las cosas eran distintas. Todos estaban muertos. Las pantallas se multiplicaron, el internet es omnipresente, no hay nadie sin un celular en la mano.
¿Qué significa este mundo para César? ¿Qué significa la rutina? ¿Qué significa estar en libertad? ¿Qué miedos lo persiguen? ¿Cómo ven el mundo esos ojos de niño que sólo han conocido el dolor?
IV. Para que contaras tu tristeza
- ¿Por dónde le gustaría empezar?
César Fierro: Dígame usted por dónde quiere que empiece. Yo, la verdad, no sé.
- ¿Qué recuerdos tiene de infancia?
C.F: Mi infancia fue muy feliz. Tenía a mis padres, a mis hermanos y todo lo que necesitaba. La pasábamos bien.
- ¿A qué edad lo arrestaron?
C.F: Tenía 23. Más o menos.
- ¿En ese momento qué planes tenía?
C.F: Tenía una novia. Tenía una hija con ella. Y los dejé ahí.
- ¿Ha vuelto a ver a su hija?
C.F: Sí, la he visto un par de veces. Sólo dos veces porque es medio especial. No quiero molestar a la mamá.
- ¿Y a sus nietos?
C.F: Mis nietos siguen en San Diego y en El Paso. Cuando voy a Juárez, a veces los puedo ver.
- Usted estuvo veinte años en confinamiento solitario. ¿Esos recuerdos lo ayudaron?
C.F: En realidad no me dieron mucha oportunidad de soñar. Los guardias me daban problemas todo el tiempo. No me dejaban hacer nada. Querían que me cayera de la cama, en el bunker y ahí me quedaba nomás tirado.
- ¿Por qué cree que se portaban así?
C.F: De plano les caí mal. Y eran racistas. Son granjeros de Texas que reclutan para ir a la cárcel. Muy malas personas. Como yo no les contestaba a sus tonterías, como yo no peleaba, entonces se enojaban más. Yo dejaba que hicieran lo que quisieran y que se fueran cuando ellos quisieran. Hacía ejercicio y cantaba ahí, solo. Así me consolaba porque no tenía tiempo para pensar en otra cosa. Éramos yo y mi mundo. Me ayudaba mucho acordarme de canciones. Cosas que escuché en los años 60, en los 70. Un día pensé que era buena idea cantarlas. Las canciones eran mis recuerdos. Cuanto más cantaba, más me venían a la mente las canciones que oía con mi mamá y mi papá. Dije: “De aquí soy.”
- Usted desarrolló ciertas técnicas para combatir la tortura: respirar por la nariz con el gas lacrimógeno, meterse dentro del colchón cuando le quitaban la ropa…
C.F: Sí, pues uno aprende de tantas tonterías. A mí me agarraban del cuello. Me tenían así agarrado hasta que ya me iba a desmayar y luego me soltaban. Si no, me echaban gas pimienta y me ardía todo el cuerpo, la cara. Así que, simplemente, me quedaba tranquilo y respiraba por la nariz despacito y no abría la boca para nada. Si no, me estaba ahogando y muriendo. Como le decía, eso los encabronaba más. Esperan que uno se ande arrastrando. Conmigo no funcionó. Yo no les contestaba sus majaderías.
- ¿Lo trataban diferente de los otros presos?
C.F: Bueno, yo era uno de los que más maltrataban. Pero también había otros. La mayoría no quería saber nada.
- Cuando estuvo antes en el condado Walker, entre 1979 y 1999, decía que usted era de los pocos mexicanos…
C.F: En Ellis One. Sí, yo era el único mexicano ahí. Pero de ahí no puedo quejarme porque en realidad no me trataron tan mal. Sí lo castigaban a uno, pero no tanto como después lo hicieron. Ahí podía uno, al menos, platicar cara a cara con los otros presos por una hora, dos horas. A veces jugar.
- ¿Cómo fue el proceso de empezar a hacer estas películas con Santiago?
C.F: A mí me contactó el consulado mexicano de Houston para decirme que Santiago quería tener una entrevista conmigo porque tenía planeado hacer un documental. Me escribieron y visitaron para plantearme la cuestión. Y acepté. Le escribí para decirle que aceptaba y de repente llegó. Ahí cambió un poco la cosa, ¿me entiende? Porque no quieren mala publicidad. Me empezaron a soltar el hilo un poquito porque sabían que me iban a sacar al ojo público. No querían que contara todo. Ya no estaban los mismos oficiales. Hasta los cambiaron. Y noté la diferencia. Desde que conocí a Santiago mejoró todo.
- ¿Cómo fue verse en una película?
C.F: Santiago me llevó a una sala de cine para que viera la película solo. Lo que me conmovió fue ver a mi hermano. Yo pensaba que no me iba a tardar en volver y que lo iba a ver vivo. Pero no fue así. Me puso triste verlo. Ya no quiero ver la segunda película. Porque me voy a poner triste de nuevo. Como cuando me pusieron esa canción, Amor eterno. Esa canción la oí en el panteón, cuando estábamos poniéndole la lápida a mi hermano. La oí y pues me trajo el recuerdo de mis hermanos, de los dos, y de mis papás, de mi padrastro. Y uno se pone triste.
- Dicen que el cine está lleno de fantasmas porque ahí salen los muertos como si estuvieran vivos.
C.F: No creo que necesite ver la película para recordar a mi hermano. Hay muchas cosas que me hacen recordar. Una música, un lugar. Muchas cosas me lo recuerdan, aquí afuera hay oportunidad de recordar
- ¿Qué fue lo más difícil de regresar al mundo?
C.F: Me ha dado mucha batalla la tecnología. Ya ve que tengo el celular. Pues todavía no puedo manejarlo como yo quisiera. Y le estaba diciendo a Santiago que me salieron unas cosas nuevas ahí en el celular que yo no había visto y ahora me trae más desorbitado que antes. Es muy difícil. Nunca había visto esa tecnología.
- Le daban fechas de ejecución y lo torturaban para arraigarle el miedo, ¿verdad?
C.F: Pues sí. Las fechas de ejecución sí lo ponen a uno en tensión. Pero no me asustaron con que me iban a matar. Sabía que me iban a dar fechas, pero desde la primera dejó de darme miedo. Me quedé tranquilo porque a mí no me iba a pasar nada. Lo que yo quería era consolar a mi mamá porque ella sí pensaba que me podían matar. Hablaba con mi mamá y la calmaba. Y luego, nada pasaba. A muchos de los que los maltratan también es para asustarlos. Para que se cuelguen y ya se acabe el asunto. Muchos se colgaban ahí.
- Tampoco le dejaron aprender un oficio, estudiar una carrera, casi no lo dejaban leer…
C.F: Ahí me dijeron que no necesitaba estudiar, ni aprender un oficio, ni nada, porque yo ya no valía nada. Nada más estaban esperando cuándo matarme. No le enseñan a uno nada, solamente aprende a pasar malas experiencias ahí.
- Pero uno estudia y se va a morir de todas maneras. No lo hace para vivir eternamente…
C.F: Sí, pero ya ve la mentalidad que tiene allá. Quieren hacer sentir a las personas inútiles.
- ¿Cómo se fue quitando el miedo?
C.F: En la calle, cuando iba caminando, veía un policía y me ponía muy nervioso. Creo que eso me hacía hasta sospechoso y empeoraba todo. Últimamente voy a un centro Pilares. Ahí hay un policía siempre y van otros policías con él. Me familiaricé con ellos y me di cuenta de que no son tan malos. Ahora les hablo bien, casi como si nada. Pero tengo todavía otros miedos.
- ¿Espera algún tipo de reparación por lo que le hizo el gobierno de Estados Unidos?
C.F: Según tengo entendido, me van a indemnizar. Me van a dar como 12 000 pesos cada mes por ocho meses. Y luego no sé. Creo que tienen en mente darme una cantidad para que yo la use como quiera y no los moleste más.
- ¿Cree que las películas pueden cambiar al mundo?
C.F: Espero que sí, por lo menos que vean lo que pasa en lugares como los que estuve. Por lo menos para que no le hagan a nadie lo que me hicieron a mí. De alguna manera puede servir. No sé de cuál, pero algo bueno tiene que salir de todo esto.
V. Para que escucháramos tu dolor
¿Cómo filmar a César? ¿Cómo entender con una cámara los años perdidos, la fragilidad de la mirada, el miedo almacenado en la base del cráneo?
Santiago Esteinou eligió implicarse. Empezó lejos y se fue acercando. Al principio usó el formato documental más académico. Talking heads, imágenes de archivo, tomas ilustrativas de contexto. Pronto, la historia devoró la forma. Al final de Los años de Fierro, la primera película que hizo sobre el caso, la cámara ya no enfrenta al personaje. El hermano de César no está siendo entrevistado. Santiago lo graba soñando. Camina por el desierto y le escribe una carta al viento, una carta para César, cargada de recuerdos: “cuando salgas, te voy a traer aquí, carnalito.”
En La libertad de Fierro, el segundo documental del caso, Esteinou ya es parte de la trama. Él está ahí para recibir a César cuando viaja a México, deportado por el gobierno de Estados Unidos; un gobierno que lo torturó durante cuarenta años y luego lo expulsó de su territorio como un trozo de carne mal digerido. Esteinou, junto con diversas asociaciones, le encontró un lugar en la Casa de Migrantes en Juárez, luego un cuarto de azotea en la casa de sus padres, en la capital.
La vida del documentado y el documentalista se entrelazaron. Y ya no se pudieron soltar. No es la película de una vida, sino la vida que se comió una película. El resultado es desconcertante porque muestra la pretendida distancia del documental como una mentira. Expone que contar una historia es también cambiarla, es meter el cuerpo en ella. Un acto que pone al otro en peligro. Decía Serge Daney que la imagen es más que la visión, es una forma de ver cargada de alteridad. Crear imágenes desconcertantes, que tiemblan, es ponerse en el camino del otro. Aquí se juega la violencia de contar una historia, la violencia de una cámara, la violencia de vernos.
VI. Para agotar el silencio
- ¿Cómo evitar revictimizar a César?
Santiago Esteinou: Uno se tiene que plantear cómo no espectacularizar el sufrimiento, revictimizar. La idea de no involucrarse con el tema que tratamos es un mito que perdura, tanto en el documental, como en la antropología y el periodismo. A menos de que seas un sociópata, vas a generar empatía. Por eso, más bien, hay que trabajar con esa empatía. Eso hace al cine más valioso, más poderoso.
- ¿Qué aprendiste de las instancias de justicia internacionales?
S.E: Tanto el sistema internacional como el sistema interamericano de justicia, son sistemas sin dientes. El problema es que quizá deberíamos de haber evolucionado como humanidad para ponerle dientes a esos sistemas. Sigue siendo un sistema basado en una idea moral. Es inmoral que la Corte Internacional de Justicia te esté dando una orden y que te niegues por ser Texas. Es inmoral porque es tu responsabilidad frente al mundo. Pero hoy en día hay un cinismo enorme. El sistema de justicia internacional es cada vez más débil. Lo vemos con lo que está pasando en Medio Oriente. El mundo entero está apelando a este sentido de moralidad.
- ¿Existe ese sentido dentro de Estados Unidos?
S.E: Claro que no. Por eso el caso de César es tan importante. En Estados Unidos los abogados tienen más trabajo que nunca porque se está criminalizando sistemáticamente a los migrantes. La narrativa que se busca construir es que el inmigrante es un criminal.
- Y el aparato de gobierno ataca a los más vulnerables…
S.E: Una de las abogadas de César nos decía que no tenía abasto. Antes tenía cuatro casos, que ya era mucho. Ahora lleva ocho o diez. Muchísimos son pro bono, por supuesto, con recursos muy básicos. La defensa de César costó muchísimo dinero. Una vez que te traga el sistema, necesitas una firma gigantesca de abogados para que tomen tu caso pro bono. De otra manera, nunca hubieran habido recursos para sacarlo. No son sólo los abogados, necesitas peritajes, viajes para hacer investigación, investigadores, expertos, etc. Todo eso cuesta mucho dinero. Y más en Estados Unidos. ¿Con qué lo pagas?
- ¿Qué aprendiste sobre el punitivismo y la pena de muerte?
S.E: Entendí que esta no es la justicia que desean las víctimas. En la primera película, la propia viuda de la víctima lo dice. Para las víctimas esto no es justicia. Y, si lo fuera, no es una justicia que se aplica bien. Es una justicia racista. Si ves las estadísticas, a la población negra e hispana son a quienes más se les condena a muerte. Por supuesto, son las poblaciones de más bajos recursos. Es algo que, además, le cuesta al Estado. Se gastan millones y millones en defenderlos y mantenerlos vivos privados de la libertad. Todo basado en un discurso que criminaliza. Por eso, cuando vas a death row para hacer las entrevistas, te dan 45 minutos cada tres meses. Te corren cuando quieren, cuando algo ya no les gusta. Todo para mantener la narrativa criminal. La mayoría de los periodistas colaboran con esto. Le van a preguntar a César en dónde escondió el arma. Ese tipo de preguntas. No salen nunca de ahí, nunca van a ver a la persona detrás del vidrio. Mientras no vean que ahí hay un ser humano la narrativa que apoya la pena de muerte seguirá prevaleciendo.
- ¿Qué has aprendido, como documentalista, en este proceso?
S.E: Estos documentales nos confrontaron con una gran responsabilidad. La primera película que hicimos terminó archivada. No la pudimos sacar para no causarle problemas a César con el estado de Texas. Nos tocó el mal trago de trabajar más de cinco años para exhibirla en uno de los festivales más importantes del mundo y luego no poder mostrarla (Los años de Fierro se iba a estrenar en el festival de Toronto). Pero era importante. Luego, hice otra película, La mujer de estrellas y montañas (2024). En esa película, el personaje de Rita es un ejemplo de cómo, a pesar de las buenas intenciones, las burocracias y deficiencias del Estado hacen que el regreso a México sea un desastre. Cuando la estaba haciendo me preocupaba mucho que ocurriera lo mismo con el regreso de César. Además yo estaba involucrado en todo el proceso. No soy, en lo absoluto, el factor decisivo para que César saliera. No hice ningún trabajo legal. Pero sé que algunas cosas cambiaron por el hecho de que hiciéramos la primera película.
- ¿Te convertiste entonces en personaje de tu documental?
S.E: Fue cuestión de aceptar que yo era parte de lo que estaba ocurriendo ahí. No podía mantener esta relación sólo estando detrás de la cámara. Pero nos costó mucho trabajo llegar a esa decisión. Había un primer corte en donde yo no aparecía. Era muy rara esa película porque no se entendían bien muchas cosas. No entendías dónde vivía César, ni por qué; no entendías con quién hablaba o de dónde había sacado su celular. Trabajando en talleres se volvió evidente que iba a tener que salir a cuadro. De algún modo, era una película más honesta.
- ¿Sientes que es importante para el documental admitir el punto de vista?
C.E: Sí, es una manera más sincera de hablar, de colocarte. Tenemos esta idea de que el documental debe ocultar el ojo que observa. Una mosca en la pared, una idea de objetividad. Pero ya son gestos muy automáticos. No sé si ahora están bien pensados. Creo que es más honesto admitir desde dónde estás mirando las cosas.
- ¿El cine puede cambiar al mundo?
C.E: Sí, pero no es un final feliz. El cine puede cambiar al mundo para mal. Esta película pudo ser un problema. Sin el equipo legal, el estado de Texas tal vez se hubiera molestado por el estreno en Toronto y podrían haber puesto una fecha de ejecución para César. Por eso decidimos no lanzar la primera parte. El cine es una herramienta. Es falso pensar que lo va a resolver todo; es falso pensar que, con todos los problemas que hay de distribución en México, una película documental va a revolucionar la realidad. Tampoco creo que una película vaya a frenar a un estado como Texas. Lo que deciden se hace. A ellos no les interesa.
Los comités internacionales también señalaron la podredumbre del sistema mexicano. “En México, primero sacan la confesión y luego investigan.” El chivo expiatorio es la base de nuestro sistema de justicia. Y esto no es sólo por César. El testigo que lo delató también es una víctima. Era un chavo de 16 años metido en un problema muy complicado. No tenía hogar, no tuvo la mejor infancia del mundo. Una persona vulnerable a la que agarraron policías violentos, gente de la DFS y la Brigada Blanca. Por supuesto que el niño va a decir lo que sea para librarla. Ni César, ni su delator son los responsables. Los policías, aquí y allá, tomaron la decisión de quitarle la vida a una persona por lo que un chico aterrorizado de 16 años dijo. Le faltaban cinco años legales para tomar una cerveza, pero era suficientemente mayor para condenar a alguien a la muerte.
VII. Para parar el tiempo
- Para terminar, César, ¿Guardas algún rencor?
C.F: No. Eso ya pasó y queda perdonado todo el mundo. ¿Para qué me voy a amargar la vida con rencores? No, ya pasó todo. Lo que pasó, quedó atrás. Ahora se trata de celebrar un poquito la vida. Ya estoy grande de edad. Ya no sé. Si me dan un dinero y me lo puedo gastar, me gustaría hacer una fiesta. Aquí mismo hacemos una fiesta en la Cineteca.
César se ríe abiertamente y detiene el tiempo un momento en el patio de la Cineteca. Las hojas dejan de caer y las miradas se fijan. Tiene la sonrisa y la mirada de un niño. Este hombre tiene el poder de detener el tiempo porque nos deja ver lo que ya no apreciamos. Nuestro privilegio es ver, con rabia, cómo todas las horas que regalamos, a él le fueron robadas.
Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y crítico de cine.