
El mundo se prepara para rendirle tributo a Celia Cruz en su primer centenario. Desde luego que pretenderá alcanzar la misma magnitud de su presencia e impronta en la cancionística y el espectáculo internacional en los que brilló de manera fulgurante. Sin embargo, en Cuba, su patria, tierra que Celia siempre amó y cuyo sentimiento de pertenencia hizo público hasta el final de su vida, se vislumbra un homenaje oficial de bajo perfil o cuando menos desganado. Siento entonces que debo hacer mi homenaje personal.
Un breve repaso a su intensa vida artística muestra que no todo fue siempre color de rosa para Celia Cruz. Como a todos quienes intentaron brillar en ese mundo del espectáculo, tan competitivo en la Cuba republicana, en su existencia hubo momentos difíciles, baches temporales de desencanto, sufrimientos, desengaños y éxitos. Lo importante es que se sobrepuso a cada obstáculo y, a pesar de ser mujer y negra, los venció.
La alianza que estableció al comienzo de su carrera con la orquesta La Sonora Matancera (durante más de quince años) supuso un impulso determinante, pues ambos se instalaron rápidamente en el gusto popular. En este crecimiento ayudaron de manera decisiva los programas de televisión (a partir de 1950) y la radio que tanto contribuyeron a crear públicos y fieles. También ayudaron sus relaciones con los grandes artistas cubanos y extranjeros, los extraordinarios shows en los que intervino de manera protagónica, sus primeros viajes a otros países y, más tarde, las exitosas giras internacionales. La joven cantante se abrió paso con decisión en esa selva de intrincado follaje y pasó de ser una debutante más a alcanzar una dimensión extraordinaria como vocalista, actriz y vedette de primer nivel.
Es significativo el período en que surge Celia Cruz al escenario musical cubano, no sólo por la cantidad de talentos existentes, sino por ser el momento del surgimiento de la televisión y los estudios de grabación con los adelantos técnicos modernos. El mundo del espectáculo, a su vez, dispuso entonces de instalaciones de mucha garra como los cabarés Sans Soucci, Tropicana, Monmartre (y otros), así como los teatros Martí, Alcázar, Radiocentro y Mambú. Fueron años en que la cancionística y las grandes orquestas, así como los grandes shows, aprovecharon verdaderos momentos de esplendor. Como se conoce, los años cuarenta y cincuenta fueron en particular fértiles para el desarrollo de la música y los espectáculos.
Es difícil hacer una selección de los éxitos que interpretó Celia Cruz en su rutilante vida artística, pero fueron muy escuchados y llegaron a convertirse en canciones de gran arraigo popular los boleros ¨Tu voz¨ y ¨Contestación a Aunque me cueste la vida¨, el ritmo bembé ¨Burundanga¨, y canciones afros como ¨Changó ta´vení¨, ¨Siguaraya¨, y ¨La vida es un carnaval¨, además de otras que harían larga la lista.
Su relación con grandes artistas y compositores nacionales fue muy extensa y rica, y seleccionar nombres resulta una tarea ingrata, pero son muy importantes Gonzalo Roig, Ernesto Lecuona, Miguel Valdés, Felo Bergasa, Benny Moré, Bebo Valdés, Rita Montaner, Esther Borja, Luis Carbonell, Olga Guillot y Rolando Laserie. También sucedió con las figuras internacionales de relieve con las que se codeó y actuó, pues Tito Puentes, Nat King Cole, Pedro Vargas, Sarita Montiel, Tongolele, Libertad Lamarque, Daniel Santos, Johnny Pacheco, Luciano Pavarotti y Josephine Baker son imposibles de obviar. Celia brilló entre las grandes luminarias de su época.
Los viajes a diversos países del continente y por último a Nueva York, la meca, también hicieron lo suyo en la construcción de una imagen sólida de Celia dentro del universo musical americano. México, Haití y Venezuela fueron fundamentales. Cada presentación suya fue una conmoción para los públicos y las crónicas de prensa así los reflejaron. En Lima, Perú, por citar un ejemplo, la fueron a despedir al aeropuerto, en los días finales de 1956, más de dos mil personas. El prestigioso Olimpia de París y el Madison Square Garden de Nueva York la tuvieron en sus escenarios.
Su presencia se extendió a la gran pantalla, pues intervino en películas musicales que aportaron también a la cimentación del mito. Salón México, Piel Canela, Rincón Criollo, Affaire en La Habana y Amorcito corazón, entre otras, que la mostraron en todo su esplendor.
Donde quiera que se escuchó su voz vibrante y límpida, que podía ser igualmente tierna, sensual y cálida, voz afro sin matices e impostaciones (¨un contralto muy singular¨, según Celia misma); donde se disfrutó de su gran dominio escénico y dinámicos desplazamientos, así como la alegría desbordante que emanaba de ella –digamos que de una sandunga expansiva y contagiosa coronada por el estentóreo “¡Azúcar!”, exclamación que la simbolizó–; donde quiera que se le pudo ver actuar, insisto, sus seguidores crecieron de manera exponencial.
Autora de dos libros cardinales para conocer su biografía (Celia Cruz en Cuba. 1925-1962, y Celia en el mundo. 1962-2003,) la investigadora Rosa Marquetti Torres dice:
¨Su inteligencia natural, la sagacidad entrenada y la mirada universal que su cultura y vivencias ensancharon, han avalado las decisiones que ha tomado en su vida artística. El dominio de los grandes géneros de la música cubana, en una amplia tesitura que va desde los afros más auténticos hasta los boleros más intimistas y sofisticados, pasando por guarachas, sones montunos, cha cha chás, mambos y hasta géneros y ritmos de otras latitudes, es uno de los más acusados signos de su versatilidad como artista, como lo es también su ductilidad para cantar con diferentes formatos acompañantes…¨.
En ese primer libro se destaca su laboriosidad infatigable (podía tener tres actuaciones en diferentes espacios durante un mismo día) la confianza en sus propias capacidades o fe en sí misma. Mujer y negra saltando por encima de todos los tabúes y obstáculos e imponiéndose con resolución en un mundo machista por excelencia, era algo notorio para su época. Sólo esto sería merecedor de cualquier reconocimiento, el extra lo puso su talento y la calidad de su trabajo.
El consenso sobre su relevancia y calidad indiscutibles se dio entre investigadores rigurosos de la música como Radamés Giro, quien afirmó:
Celia se impuso por esa calidad, por esa forma de decir del son, por esa forma de frasear, por esa criollez que ella mantiene inalterada, por esa gracia que es un don natural. En la personalidad artística de Celia se sintetizan muchos factores de la música del Caribe.
O también por músicos fundamentales del continente, que la respetaron y quisieron, como su compatriota, el gran Mario Bauzá, quien la consideró como ¨lo más grande que ha dado Cuba como mujer¨ y Willie Colón, quien expresó: ¨Yo siempre soñé trabajar con Celia, ella era el modelo vivo de aquella grandeza que venía de Cuba, y gracias a Dios lo pude hacer¨. Investigadores, músicos, productores de espectáculos, críticos, musicólogos y sobre todo los grandes públicos estuvieron de acuerdo en su talla colosal.
Otra faceta de la plural existencia de Celia Cruz fue su condición de referente para cantantes más jóvenes que miraron en ella el paradigma a seguir. Su trabajo tutorial con una jovencísima Caridad Cuervo es un ejemplo de ello. A su vez, Maya Angelou, cantante, activista por los derechos humanos, bailarina y poeta afroamericana, es otra muestra de esa relación referencial con los jóvenes. En su prólogo al libro de memorias de Celia, Maya expresó que siendo una debutante la vio actuar en Broadway:
¨… fui a verla todos los días. Su presencia en el escenario era explosiva, sensual y absoluta. De ella aprendí que tenía que subir al escenario con todo lo que tengo¨.
Al momento de viajar por trabajo a México, a finales de 1961 –viaje del que nunca regresó– Celia, al igual que El Benny entre los cantantes masculinos, era la mujer de la canción con mayores seguidores en el país. Hubo otros nombres de casi similar preferencia en los inicios de los sesenta, como la gran Olga Guillot, pero Celia estaba, al igual que ¨El Bárbaro del Ritmo¨, en la cima de la popularidad en Cuba. Al salir de la Isla en viaje sin regreso se convirtió en pocos años en la mujer-mito de la música popular internacional. Si antes, en su primera etapa, fue la Sonora Matancera el conjunto con el que se impuso en el gusto popular, después de los setenta fue la Fania All Stars la orquesta con la que puso el listón bien alto. En los años que van de 1962 a su fallecimiento en 2003, a causa de un tumor cerebral, el desempeño musical de Celia llegó a alturas enormes, se convirtió en un mito viviente.
Apenas necesito repetir que Celia Cruz es una gloria de Cuba, un monumento indiscutible de la cultura cubana. Ella está por encima de ojerizas ideológicas y tensiones políticas, su legado es inaccesible para esas perspectivas. Celia Cruz fue mucho más que una cantante sobresaliente, ella fue la carismática estrella absoluta en un momento en que otras luminarias dominaban simultáneamente los grandes escenarios musicales del orbe. ¨La Guarachera de Cuba, ¨La reina de la Salsa¨ y ¨La Reina del afro¨ y otras denominaciones solo cubren la punta del iceberg, realmente fue superior a todas las etiquetas, ella fue Celia Cruz, una artista total y universal.
Los cubanos de este lado de la orilla no pudimos rendirle el merecido tributo en ocasión de su muerte, quizás solo en el plano íntimo, y ahora, su primer centenario se ofrece como el momento de hacerlo. Cuba y el mundo se inclinan ante su memoria. Amén.
Rafael Acosta de Arriba
Investigador, crítico de arte, ensayista, profesor titular de la Universidad de las Artes y de la facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana