
En la segunda página de La Guerra no importa, (título original de Andamos perras, andamos diablas) Marina, la personaje principal del cuento, dice: “Desde ahí, desde ese ras de suelo,[1] lo observo. Mirada sobre el abismo. Cristóbal sigue frente a la ventana abierta. Parece una estatua, bella y perdida, olvidada en otro viejo cuarto de la ciudad. Las personas que se detienen frente a una ventana abierta detienen en realidad el tiempo. Cristóbal se acaba de convertir en otra figura dentro de mi colección de estatuas desperdiciadas por el arte, sólo valoradas por mi silencio y mi visión.” Esta última frase me hace reír, me imagino a Cristina [Rivera Garza] o a Juan Carlos Bautista, por ejemplo, o a cualquier amiga diciéndola en clave pose de Vogue Bette Davis. En esa época y ahora mismo, en un bar o una cantina, refiriéndose a algún excéntrico personaje de la noche que está por ahí, candidato a ser escultura de mármol o bronce de su particular acopio. Pero hay algo más, pienso, en esta idea divertida y aguda, graciosamente pretenciosa e inteligente de Marina, la personaje.
I
Rivera Garza, en el momento en que escribe este cuento, tiene 23 años y está por ganar, con este libro, el Premio de Cuento San Luis Potosí en 1987. Aquí, está empezando a escribir ya no sólo para sí misma —adivino que escribía desde hace muchos años en cuadernos, libretas, como tantas otras escritoras, en hojas de papel, ¿tal vez un diario de niña?— aquí está abriendo su puerta al mundo compartido que es la escritura con un libro de cuentos que entre sus páginas avanza, me parece, una especie de poética, una posible concepción de su propio trabajo creativo.
El personaje, vuelvo a citar: “se acaba de convertir en otra figura dentro de mi colección de estatuas desperdiciadas por el arte, sólo valoradas por mi silencio y mi visión”. Mi mente lectora destaca estas líneas entre las páginas, más allá del toque de humor. Sigo leyendo, termino el libro y lo cierro un momento. El concepto “estatuas desperdiciadas” sigue ahí, en mi cabeza, no se ha diluido con el avance de las historias, ni entre sus personajes extraordinarios o sus situaciones límite. Me imagino las esculturas y pienso en que Cristina era, a sus 23 años, una buscadora de estatuas que el arte, desde su punto de vista, no aprovechaba y que ella observaba con detenimiento desde el silencio y su visión propia como artista, desde el suelo. Cito más alusiones: “El torso es bello de una manera no esencial”, “Cualquiera diría que esa figura, esa representación de lo real, es un hombre desconcertado que no puede hablar”, “Cristóbal, de mármol, empieza a destruirse ahora”, “la única estatua, la mía”, “ya no es una estatua, lo pruebo, todavía sabe a sal”, “ella siguió ahí, sin embargo, parecía una estatua, un nuevo santo”. El concepto me atrae como una posible manera, entre tantas que existen, de leer este libro. Hay esculturas.
Las estatuas son una forma antigua de fijar nuestra atención en algo, es una manera de poner delante nuestro, detenidos para su mejor apreciación, los hechos y las ideas que nos parecen importantes en un momento dado para luego hacerlas caer, por supuesto, derrumbarlas, si son de políticos o personajes históricos aborrecibles. Vaciar los pedestales es también un modo de actualizar la mirada colectiva sobre los asuntos públicos. Pero aquí estamos en el terreno de las estatuas del arte, son esculturas, y de lo que la autora, en ese momento, considera ignorado, ¿tal vez por distracción?, ausente en esa zona en la que ella se inicia, en la que ya está desempeñándose como artista que escribe a finales de los años ochenta. El arte, podríamos decir, es un espacio en el que compartimos los modos y las maneras de pensar la forma, su percepción e interpretación, no sólo a nivel puramente estético, sino también a nivel político, social, económico, histórico. Es una experiencia colectiva que sucede, generalmente, en el espacio común y es ahí en donde imagino a Cristina, en ese momento, entrando con audacia para proponer, discutir y alimentar con su “silencio y su visión”, la estética vigente en los imaginarios colectivos de ese entonces. No es que no hubiera personajes como los de este libro en la literatura, por supuesto: seres viviendo al límite, despojados, seres perdidos, alienados, heridos, seres condenados, marcados por la violencia y la sensación de vacío. Los epígrafes de cada cuento en Andamos perras, andamos diablas nos hablan de los autores que frecuentaba: Bret Easton Ellis, Henry Miller, Alan Finkielkraut, Burroughs, Guillermo Marín, canciones de Janis Joplin, lecturas y artistas que en esos días marcaban su punto de vista sobre el mundo y su búsqueda estética. Lo que yo estoy viendo es a esta joven autora imaginando y reimaginando el espacio común para construir el suyo propio, que era la Ciudad de México —el Distrito Federal—, y poblarlo de siluetas, perfiles, contornos y figuras cautivantes, enigmáticas, terribles, dispersas frente a ella, y que irá reuniendo, resaltando poco a poco a lo largo de sus tramas. Estamos inmersas en el paisaje urbano de la desesperanza y la inmovilidad de esos años, que la Cristina veinteañera está curando, por así decirlo, para lograr un guion que exprese su propio punto de vista, a ras de suelo: ese territorio que seguirá explorando en los libros que escribirá en los próximos años.
Aquí estamos leyendo a una muchacha hiperpolitizada, militante, inmersa en la discusión feminista y anarquista, que devora libros, que discute en su “Círculo Marxista“ el capítulo 24 sobre la acumulación originaria de El Capital —ha platicado ella en entrevistas. Una joven mujer que, como sus colegas de la UNAM, vive de manera un tanto nómada en la ciudad monstruo, practicando una crítica radical a las cuestiones de propiedad y de género , asunto clave, sabemos, en el universo de Rivera Garza. Aquí en Andamos perras andamos diablas, se está fraguando su estética, eso que se llama estilo*. Cristina* está inspeccionando, auscultando sus materiales y sus herramientas, que afinará, adaptará e inventará a lo largo de su vida como escritora. Las figuras, esas efigies talladas por la realidad, que aprovecha, distinguirán, con sus contornos, sus perfiles y sus texturas puestas en el terreno común del arte, el imaginario artístico que Rivera Garza, en este libro, empezaba a esbozar.
II
Como ya se ha señalado en los innumerables estudios sobre la obra de la autora, sus libros están en constante diálogo entre ellos mismos, hablan unos con otros, todo el tiempo, tanto en sus aspectos formales como en los temáticos. Andamos perras, andamos diablas, es el esqueleto de Verde Shangai (2011) y es, también, el título de una pequeña sección de El Invencible Verano de Liliana (2021), en donde Cristina nos platica sobre sus personajes y sobre la presencia acompañante de su hermana en los días en los que envió el manuscrito al premio de cuento y lo ganó. Los ochenta están terminando. El libro se presenta por primera vez en El hijo del Cuervo, un bar en Coyoacán: “Liliana estuvo ahí. Ella estuvo siempre ahí”, es la frase que cierra este pasaje. Los relatos de Andamos perras, andamos diablas, que en ese entonces —1991— se llamaban La guerra no importa, “eran unidades discretas en sí mismas entrelazados a través de una trama muy frágil y formaban, a eso aspiraba yo [Rivera Garza], una especie de novela, titubeante, quebradiza, a punto de deshacerse. Esa era mi visión de la Ciudad de México en ese entonces. Me sentía así: atrapada en una red de agujeros que, paradójicamente, no ofrecía salida alguna”.
Leer este libro es conocer, o bueno, reconocer, entender, ubicar, el germen de toda la obra que Rivera Garza ha desarrollado a partir de ese entonces. Y eso a mí me parece muy emocionante. Este libro no sólo es la columna vertebral de Verde Shanghai. Es también la presentación de Xian, la personaje ubicua que Rivera Garza empezó a delinear, obsesivamente, antes mismo de imaginar un posible primer volumen de cuentos: “En esos días me la paso escribiendo textos contra el amor”, escribe Cristina en El Invencible…, y continua: “No son manifiestos o lo que hoy denominaría ensayos, sino relatos. Cuentos. Hay un personaje femenino, una joven mujer que se hace llamar Xian, que huye desesperadamente sin mucha probabilidad de éxito, de hombres y mujeres que le prometen amor: ‘El amor es esto, inventar mentiras y creértelas a fondo’. Xian se resiste a irse de mis cuentos. Pronto, tengo tres, luego cuatro. Luego más. Todavía no sé que estoy escribiendo mi primer libro”, apunta Rivera Garza.
En Andamos perras, andamos diablas, ya están sembradas las estrategias creativas que distinguen la personalidad artística de Rivera Garza: la siempre inquietante manera de desconcertarnos como lectores a través de esa sintaxis fantasmagórica que incesantemente nos descoloca no sólo en la dimensión espacio/tiempo sino en las identidades mismas de los hombres y mujeres, y perros y palomas y ratas, y todos los seres que pueblan sus libros y que, de alguna manera, desestabilizan la experiencia lectora a través de su construcción formal y sus lacerantes, iluminadores, cuestionamientos existenciales. Siempre la incertidumbre, siempre la duda, el cuestionamiento, la pregunta siempre. La prosa en clave poesía, así, o al revés, quién sabe, no importa, sigue leyendo.
Me gusta imaginar que mientras presentamos este libro, en pleno 2025, estamos acompañando a la Cristina Rivera Garza de 23 años, estudiante universitaria. Aquí está la Cristina que: “Quería ser libre. Trabajaba, pero sobre todo vivía en libertad esos días. Asistía a marchas y, luego, a fiestas donde había botellas de whisky expropiado, y pays de marihuana hechos en casa, y banderas rojinegras colgando de las ventanas. Después de bailar, después de quitarse la ropa, la muchedumbre terminaba cantando a grito abierto “La Internacional”. Me sabía ‘La Internacional’ de memoria. Fumaba y escribía. Escribía y fumaba. De mudanza en mudanza, sólo conservaba la pesada Lettera 33 y las hojas en blanco. Xian no me dejaba en paz. Xian hacía, a su modo, lo que yo no me atrevía a hacer. ¿O era al contrario?.” leemos en El Invencible….
Por cierto: cuando empecé a escribir este texto para acompañar a Cristina en su presentación y acudí a ese libro, no pude ya parar como en la primera vez. Me fui, me fui en la relectura de ese maravilloso texto, hasta el final. Sentí otra vez, de nuevo, todo. Me volvió a desarticular los huesos del corazón, me volvió a mojar los ojos de todo el cuerpo, hasta inundar el centro de la tierra en la que vivimos. En mi mente todas las manifestaciones de solidaridad y cariño para las hermanas Rivera Garza que este libro motivó. La calle, las pintas, las marchas, los gritos. Sentir cómo la escritura se articula con las otras, les otres, los otros, que es la propuesta artística de Cristina en su sentido más amplio, abarcante, incluyente, definitivamente horizontal, de horizonte. Esa dimensión política del arte, la de la desapropiación, la de escribir entre, con y para, las otras, les otres, los otros. La escultura social, pienso o la escultura como arte social, a ras de suelo. Aquí estamos con las Rivera Garza, esas chicas que se abrazan festejando el reconocimiento que ganó este libro, esas chavas que se intercambian los lentes porque la escritora quiere salir con los quevedianos que le regaló a la arquitecta en las fotos del premio de cuento que le van a tomar en unas horas. Estamos con estas dos hermanas, brillantes, intensas, comprometidas y fiesteras, tiradas en la cama platicando sus cosas, discutiendo la vida (tomo esta imagen de El Invencible…). Al lado, me imagino, en el suelo o en la mesa del comedor que es más bien de las tareas de la carrera de Liliana, está el manuscrito de Andamos perras, andamos diablas, que acaba de ser engargolado para envío. Es un bonche de páginas que está cargado, electrizado de todo eso que luego, muchos años después, experimentaremos como uno de los universos artísticos más profundos e inteligentes, de los pocos que dialogan de frente, sin miedo, sin eufemismos y sin equívocos con el mundo actual, con lo que estamos viviendo, con lo que nos está pasando.
Una propuesta que piensa lo que sucede y produce teoría (pienso en Dolerse de 2011, o en Los muertos indóciles de 2013) para que haya asideros, para que haya palabras, palabras para nombrar el horror contemporáneo y las dinámicas cambiantes de los sociopolítico. Aquí estamos, presentando el libro larva, el libro bacteria, el libro espora que se expandió rizomático —hoy prefiero decir micorrízico— en el ecosistema de ideas e imaginación artística que nos nutre, nos da vida, nos da ganas. de construir sí, el futuro. Ese futuro que, sabemos, sólo existirá si lo imaginamos y luego lo hacemos una realidad.
Carla Faesler
Editora, poeta y escritora
[1] Cursivas mías