
“Se estableció el canto, se fijaron lo tambores;
se dice que así principiaban las ciudades:
existía en ellas la música”
Códice matritense
Asediados por los incontables hechizos que fascinan a los sentidos bajo este cielo atemporal, en México resulta más bien imposible decidir si lo mejor de esta tierra es el milagro lujurioso de su cocina o si su mayor aportación al vértigo de la vida son las imágenes y los estallidos de color que calcinan la mirada: barroca y excesiva, en esta cultura la totalidad de los estímulos que alimentan al individuo llevan ineluctablemente las trazas de un festín indómito y letal: en tanto riqueza de las formas sensibles, en México todo deviene derramamiento.[1]
Gracias a su condición atmosférica, no bien se nace o se pisa este suelo uno entiende que el país sabe, encandila y envenena, pero sobre todo repica y va rezumbando: ya sea que se trate de una marimba o de un trío de boleros en un restaurante familiar, lo mismo que un grupo de música norteña o de un solista con acordeón en alguna plaza de pueblo; de un clarinetista acompañado por un niño con tambora en el malecón o de un dúo romántico o un cantautor solista en un bar de mala muerte; de los grupos tropicales que avasallan las radios en provincia lo mismo que los DJ trendies en tugurios sofisticados; de tríos de son huasteco, jarocho o embriagadas estudiantinas en el lugar menos pensado, en México la música es la savia que cohesiona un delicado entramado social, siempre tan sutil en su dulzura y tan propenso a la violencia a la menor provocación: acá el aire suena siempre y casi siempre suena bonito.
Sonidos de México, una hermosísima publicación de Sexto Piso en coedición con BBVA, se erige como un homenaje exhaustivo a la riqueza musical de la nación. Este volumen de 480 páginas, presentado en pasta dura y con un formato generoso, ofrece un meticuloso recorrido por la historia musical de México pero no sólo desde la perspectiva de la llamada música mexicana, sino de la historia de la música en México; una diferencia sutil que le otorga a este libro un aura particular.
Concebido bajo el formato de coffee table book, se trata no sólo de un libro de colección que se complementa con una experiencia multimedia nutrida un audiolibro y once episodios de videopódcast que fusionan música y literatura en una experiencia transmedia, puesto que el libro, de un diseño editorial impecable, combina fotografías, partituras, papeles de distintos colores y canciones para dar cuenta del sentido de la música en México desde la literatura, el arte y la historia, partiendo del mundo prehispánico y deteniéndose en casi cada siglo hasta nuestros días.
La obra es señera por su carácter multidisciplinario, reuniendo ensayos de expertos en diversas áreas como Ana Ruiz (con uno sobre el free jazz, la improvisación y el experimentalismo); Aurelio Tello (que trata las entrañas de la música virreinal); Carlos Prieto (con un texto erudito la composición musical en el país en el siglo XX y lo que va del XXI); Consuelo Carredano, que escribe sobre la música en México en el siglo XIX y el extrañado Carlos Monsiváis, quien aparece con un conocido y sabroso ensayo (“Yo soy un humilde cancionero. De la música popular en México”). Mercedes Zavala desentraña los hilos narrativos inherentes al corrido, mientras que Arturo Ordaz ofrece un repaso jugoso sobre la historia de la música afroantillana en México, deteniéndose en el danzón, las orquestas de chachachá, el mambo, el son y la salsa hasta llegar a la cumbia, lo que lo lleva a expresar, en apenas unas líneas, un auténtico evangelio: “la cumbia es el nuevo punk, es uno de los lemas que pregonan en la segunda década del siglo XXI grupos como Son Rompe Pera, que intenta llevar este ritmo a otro nivel, combinándolo con marimba y punk. La cumbia es un género musical tan noble y poderoso, que ha logrado ser una herramienta útil para movilizar hombros, caderas, personas y conciencias”.
Fernando Nava, por su parte, traza unos parámetros precisos sobre la música indígena mexicana y Javier Ramírez Cha! se despacha con recuento sobre el rock and roll en México, de donde extraigo la siguiente cita, de contenido esencial para la historia cultural de la nación: “los Lunáticos hicieron la primera grabación hecha por jóvenes para jóvenes. Es aquí cuando verdaderamente nace el rock hecho en México. El lado A del sencillo era la canción original ‘Where Did You Get It’ de José Luis Alcaráz (sobrino del músico Luis Alcaráz), la primera composición original en inglés grabada por un grupo mexicano y la primera canción registrada como rock and roll. El Lado B es el tema ‘¿Por qué ya no me quieres?’ del maestro Agustín Lara, que busca darle un toque de raíces al rock, una constante que se repetirá a lo largo de los años”.
Rosa Virginia Sánchez presenta un estudio monográfico sobre la música tradicional en el país, donde establecerá una necesaria distinción entre lo popular y lo folclórico, ofreciendo por cierto unos cuadros sinópticos tan claros como útiles sobre las distintas regiones de México, descritos a partir de los instrumentos específicos de los distintos tipos de agrupaciones.
A través de un collage sofisticado, el libro explora la circunstancia al respecto de cómo la música mexicana ha sido un reflejo constante de la identidad nacional, marcada por un vaivén entre lo propio y lo ajeno, lo popular y lo culto, donde varios de sus elementos han terminado por mestizarse, poniéndole más sabor a un caldo tan vetusto como complejo y generoso.
Sonidos de México abre con un luminoso ensayo de Miguel León-Portilla sobre la música en la literatura náhuatl, un documento invaluable ilustrado de manera exquisita que debería ser enseñanza obligatoria en todas las escuelas secundarias de México. Con un prólogo epigramático a cargo de Lila Downs —“de las lenguas originarias tenemos el pensamiento indígena y los cantos, la poesía; del calendario ritual, el conocimiento de los ciclos de la naturaleza, de los astros y de nuestro planeta”— esta concisa enciclopedia satisface con creces lo que su título promete.
Este libro es una caja de herramientas que permite conectar con la historia y la identidad del país a través de un análisis dedicado de su vasto universo sonoro. Una publicación que celebra la diversidad de géneros y manifestaciones, reafirmando el papel vital de la música en la vida de los mexicanos: como consuelo, alegría y medio para el diálogo transversal entre los oyentes. Se trata de un esfuerzo editorial magnífico que enriquece el patrimonio cultural de la nación, alumbrando algunos de los senderos sonoros perdidos en el viento, como bien lo señala León-Portilla en su ensayo: “la música tuvo un origen divino: la trajo a la tierra Ehécatl, dios del Viento, identificado con el sabio señor Quetzalcoátl. La música acompañó los albores de la civilización en Mesoamérica; dio esplendor a la fiesta y estuvo presente en todos los momentos de especial trascendencia en el discurrir de la vida. Resonó en la adoración de los dioses y alegró la existencia de los seres humanos. Se escuchó en las batallas y también cuando alguien nacía y cuando alguien moría”.
Esta obra nos recuerda una inobjetable evidencia musical: México suena siempre a toda madre.
Rafael Toriz
Ensayista y curador
[1] La cultura mexicana ejemplifica de manera esquemática la conocida idea del gasto explicitada por George Bataille en La parte maldita, es decir, la pérdida de recursos sin expectativa de retorno o beneficio económico, tal como sucede en la destrucción, el derroche, el arte, el sacrificio, el lujo, el erotismo o la guerra: el uso no productivo un excedente de energía que la naturaleza misma genera. Bataille propone una economía general donde el gasto improductivo no es una desviación, sino una necesidad intrínseca de las distintas sociedades en aras de aspirar a una soberanía no relacionada con el poder político, sino una forma de existencia que se opone a la servidumbre del trabajo y la producción; se trata de la capacidad de vivir y gastar libremente, incluso a través de la transgresión y la destrucción deliberadas.