
“No existen pueblos, por primitivos que sean,
que carezcan de religión o magia”
Bronislaw Manilowski
Este verano decidí adquirir un nuevo videojuego para avivar el solaz vacacional. Dada la complejidad y multitud de ofertas, sentí tentación por las novedades anunciadas en foros y redes sociales: maravillas que se nutren del avance de los gráficos, auspiciadas por coloridos trailers que circulan en internet. Sin embargo, yo soy más bien un nostálgico, y terminé por elegir la probada calidad de un juego casi viejo, que jugué por primera vez en mi adolescencia y que, desde entonces, vivió plácidamente en mi memoria de gamer eventual: Patapon (2007), una aventura de plataformas en segunda dimensión desarrollada por Pyramid y Japan Studio.
La premisa de Patapon es sencilla: la odisea de una comunidad primitiva, los patapones —cíclopes caricaturescos, vestidos apenas por tocados de plumas y armados con lanzas, arcos, espadas y hasta caballos—, mientras buscan llegar al último confín del mundo para contemplar “ESO”, especie de tesoro místico e intangible que promete algo muy semejante a la felicidad. Para lograrlo se someten a la voluntad del jugador, a quien llaman “Ser Supremo”, que deberá dominar los tambores sagrados —los cuales coinciden con los botones de un control convencional— para interpretar secuencias que permitan a los patapones avanzar, atacar, defenderse y hasta huir despavoridos de los monstruos y enemigos que los acechan en cada paso. De estas secuencias, por cierto, proviene su nombre: pata-pata-pata-pon.
A pesar de su apariencia pueril, Patapon encierra una complejidad estratégica, musical y argumental que sería digna de su propio estudio. Ahora bien, la construcción del sistema mágico que proponen los creadores del juego guarda relación con uno de los estudios antropológicos más fascinantes del siglo pasado, Magia, ciencia y religión, del célebre académico Bronislaw Manilowski, obra que este 2025 cumplió cien años de su primera edición.
Manilowski al ritmo de los tambores
Nacido en Cracovia el 7 de abril de 1884, Manilowski es considerado como uno de los antropólogos esenciales del siglo XX. Sus trabajos en torno a la antropología social —influidos por las ideas de Émile Durkheim—, y en particular su exploración sobre el totemismo, las religiones primitivas y su relación con el funcionamiento de las sociedades humanas, fueron vitales para conformar la corriente antropológica denominada funcionalismo, una aproximación al estudio de las culturas que, de acuerdo con el propio Manilowski, insiste “en el principio de que, en todo tipo de civilización, cada costumbre, cada objeto material, cada idea y cada creencia cumplen alguna función vital, tienen alguna tarea que llevar a cabo y representan una parte indispensable dentro de un todo funcional”.
Una de las ideas centrales de Magia, ciencia y religión es que ninguna sociedad está exenta de la generación de un sistema de ideas, creencias y rituales que con el tiempo se constituyen en sistemas más complejos. Si están basados en la experiencia y la técnica, se acercan al plano de la ciencia; si por el contrario se mueven hacia lo emocional, moral y colectivo, se condensan en una religión. El autor advierte que estos tres planos no se encuentran en círculos excluyentes, sino que hay algunos vasos comunicantes que permiten que los actos sociales permeen de uno a otro. De tal suerte, en las primeras intuiciones del mago primitivo podríamos rastrear la actitud científica, y en sus rituales animistas encontraríamos claros prototipos que anteceden a la liturgia.
En su artículo “Eurekadabra: ciencia, tecnología y magia”, Felipe Guevara Pezoa relaciona las primeras deducciones empíricas que el humano primitivo obtuvo de su contacto con la naturaleza con los primeros intentos de realizar rituales que le permitieran dominar su entorno. De acuerdo con Guevara Pezoa, el ser humano primitivo habría visto que había fuerzas naturales que podía controlar, así como otras que lo controlaban a él y otros seres:
De modo que el ser humano comprendió que al controlar estas fuerzas y al infringir las leyes naturales, podía obtener una posición de dominio sobre su contexto físico. Con la intención de controlar estas fuerzas, el hombre comienza a practicar diversos rituales, que con el tiempo darían origen a la magia ceremonial.
La intención de dominar la naturaleza se encuentra también en el pensamiento científico, y es interesante que la esencia del ritual mágico y del experimento científico consideren el “método” como elemento indispensable para producir resultados relevantes: se espera que un ritual mágico mal ejecutado no funcione, de la misma forma que un experimento sin una adecuada metodología no reproducirá resultados que permitan la producción de nuevo conocimiento científico. No es casualidad que en las sociedades medievales, algunas prácticas híbridas entre magia, ciencia y religión participaran de la fe, pero también de la confianza metodológica de quienes las practicaban: seguro la alquimia proveyó a las sociedades con resultados observables y comprobables, antes de derivar en lo que ahora llamamos el conocimiento químico.
De igual forma, lo que se espera de los rituales mágicos tiene una correlación con el objetivo de ciertos rezos o ruegos propios del sistema religioso. En su artículo “Magic, religion, and science: secularization trends and continued coexistence”, Luke J. Matthews y otros autores expresan que la diferencia más evidente entre magia y religión quizás sea el objetivo de sus rituales: mientras que la magia funciona como una manipulación de lo sagrado para obtener bienes materiales, la religión se enfoca en la interacción no instrumental con lo sagrado a través de rituales públicos para obtener beneficios no observables, metafísicos. Ya Durkheim expresaba la complejidad de la relación magia-religión, que se traslapa en diversas instancias: a veces se esperan bienes materiales de los ruegos religiosos; por ejemplo, cuando la persona pide dones y beneficios, y le atribuye al milagro una cualidad mágica, sin pensar demasiado en la condición espiritual o su relación con la deidad.
Magia y técnica, religión y ritual; estos cuatro conceptos fueron integrados con particular pericia en Patapon. Los desarrolladores crearon una sociedad que permite la convivencia entre diversos tipos de conocimiento: por un lado, la religión de los patapones se expresa en su relación con el Ser Supremo (el jugador), así como con la historia misma de este pueblo: su éxodo, la búsqueda de ESO y, por supuesto, los diversos ritmos que se interpretan con los tambores para atraer fuertes vientos o para llamar la lluvia, que reciben el nombre de milagros.
El valor del ritual en el juego es ecuménico: si el jugador falla al reproducir el ritmo con los tambores-botones, el hechizo no funciona —el ritual está mal ejecutado—, y los patapones se tropiezan y reclaman al Ser Supremo, al igual que los feligreses que no han visto satisfecho su milagro alzan la voz a las alturas, pidiendo ser escuchados. El sistema de creencias queda completo, además, cuando se incluye la propia experiencia del jugador, quien se embarca —de la mano de sus peculiares peregrinos— en un largo camino de cacería, guerras y enfrentamientos con criaturas míticas, en pos de alcanzar el óptimo prodigio.
En lo que respecta al pensamiento científico, éste se integra también en la experiencia del juego por medio de la tecnología. El jugador puede mezclar diferentes tipos de materiales: maderas, piedras preciosas y metales, con el objetivo de crear nuevas armas para los valientes guerreros patapon. A lo largo de las misiones encontramos diferentes tecnologías, como una catapulta de asedio o bien fortalezas llenas de trampas para frenar cualquier avance. El mensaje del juego es brutal: el avance técnico de las sociedades tiene una relación con sus capacidades bélicas. Una idea que, aunque controversial, no se aleja de la experiencia contemporánea, y que podemos rastrear en los albores del pensamiento científico desde la Ilustración.
Aunque rastrear los planteamientos de Manilowski en un juego como Patapon puede parecer baladí, considero que ayuda a ilustrar, de forma didáctica y clara, cómo las estructuras de una sociedad —incluso de las más sencillas o de las artificiales—, incorporan en sus cimientos algún sistema de creencias: ¿no es equiparable la promesa de un Paraíso, una Tierra Prometida, o un Nirvana, a la incansable marcha de los patapones en busca de lo inefable?
Si bien hay diferencias esenciales entre magia, ciencia y religión, el aporte de Manilowski fue considerarlos como parte de un todo, componentes esenciales de una cultura. “La magia —dice Manilowski—, basada en la confianza del hombre en poder dominar la naturaleza de modo directo, es en ese respecto pariente de la ciencia. La religión, la confesión de la impotencia humana en ciertas cuestiones, eleva al hombre por encima del nivel de lo mágico y, más tarde, logra mantener su independencia junto a la ciencia, frente a la cual la magia tiene que sucumbir”.
Este último aspecto, la confesión de nuestra propia impotencia, me parece el más importante para explicar la compleja relación que tienen las sociedades contemporáneas con el pensamiento mágico, que ha derivado en una confianza exacerbada en ciertas prácticas que llevan la magia al dominio de la era digital.
Magia en la era digital
Quienes, como yo, dedican una parte de su día a navegar las redes sociales o las plataformas de streaming, habrán notado que hay una frecuencia creciente en la aparición de cierto tipo de publicidad que no está enfocada en promocionar un producto, sino ciertos modos de vida, formas de pensamiento, o incluso el aparente reclutamiento para pertenecer a un grupo. Tengo frescos dos ejemplos: en uno, se observa a un hombre de edad avanzada quien se encuentra en la explanada de un templo budista, mirando fijamente a la cámara y entablando el siguiente discurso con el espectador: “Si te ves más joven de lo que eres, quizás seas uno de nosotros. Si nunca te has roto un solo hueso, quizás seas uno de nosotros”. Lo que sigue a esta aparición es una explicación sobre cierto tipo de personas que no son del todo humanos, sino una especie de seres estelares que vinieron a este mundo para cumplir una “misión especial”; para averiguar más, por supuesto, basta con dar un clic y, de esa forma, saber si uno también es parte de los Elegidos.
Semejante al ejemplo anterior, hay otro ejemplo de publicidad dirigida a las mujeres jóvenes. En ésta, una señora de avanzada edad aparece hablando frente a un grupo de personas para decirles “las razones por las cuales la fecha de nacimiento no es arbitraria”. Por el contrario, utilizando un sencillo software que la página provee, uno es capaz de descubrir si, en efecto, pertenece al linaje de las brujas y, en caso afirmativo, es sencillo identificar incluso el tipo linaje brujeril del que se deriva: curadora, hechicera, naturalista, caótica, entre otras de igual relevancia y potencial mágico. Todo esto respondiendo un test que, por supuesto, requiere del registro de ciertos datos personales y, tal vez, también de un pago.
Más allá de que estos dos videos se hayan elaborado con programas de inteligencia artificial para estafar a más de un incauto, desde la primera vez que los vi me llamó la atención la forma en que el pensamiento mágico ha logrado migrar a las plataformas digitales. Aún más, es notable que en una época en donde la mayoría de las sociedades reniega de las religiones tradicionales, estas nuevas formas de misticismo han tenido una recepción positiva y creciente en el “mundo civilizado”. Hay exámenes de personalidad que, mediante una serie de preguntas sumamente básicas, son capaces de determinar nuestro carácter y hasta nuestro futuro; y qué decir del uso de algoritmos digitales como los nuevos oráculos astrológicos. Cada una de estas nuevas modalidades de la magia cuestionan no sólo el aparente agnosticismo que parecía ser el símbolo de las sociedades posmodernas, sino que nos obligan a reflexionar sobre el papel de la agencia humana frente a fuerzas aparentemente incomprensibles.
En su artículo, “Is astrology religion for those of us with no religion?”, la escritora Krista Burton explora las motivaciones de esta nueva ola de pensamiento mágico en la era digital:
El auge meteórico de las prácticas de la Nueva Era puede estar de moda, pero es una forma en que los millennials reconocen que el sistema actual no funciona. Estamos probando cosas nuevas que, en realidad, son viejas; estamos viendo qué más podría hacer la vida un poco más significativa, un poco más llevadera.
Cristales, astrología virtual o presencial, numerología, o el reciente auge de las ciberbrujas, resultan una clara manifestación de una necesidad humana de conexión: no sólo con el entorno social, sino con una parte más básica del pensamiento humano, el lado primitivo de nuestra conciencia que nos dice que hay más en el mundo de lo que nuestros sentidos nos permiten percibir. Incluso en una época donde la mayoría de los sistemas religiosos tradicionales se encuentran en crisis, el auge de la espiritualidad ha encontrado nuevos mecanismos para permanecer.
Tal como lo expresa Jessica Roy en “How millennials replaced religion with astrology and crystals”, muchas personas jóvenes se sienten alienadas al enfrentarse a las religiones convencionales, pues ciertas actitudes discriminatorias —hacia la comunidad LGBTQ, las mujeres o los niños—, así como décadas revelaciones de escándalos o corrupción, se suman al inherente rechazo que las mayorías de las religiones expresan hacia aquellos que no son miembros. En este contexto, la búsqueda de nuevas formas de canalizar el pensamiento mágico se ha vuelto no sólo importante, sino necesaria para integrar experiencias satisfactorias en nuestra vida, sobre todo en una época de recesión económica, crisis climática y tensiones geopolíticas que amenazan la paz ciudadana.
Quizás sea importante agregar una pregunta: ¿de dónde viene la necesidad humana por lo sobrenatural? Esto es, el deseo implícito en cada sistema de creencias de que hay fuerzas que nos dominan y que no se pueden explicar con argumentos convencionales. Cuando nos habla sobre el mana —aquella no-sustancia que alimenta el espíritu natural—, el propio Malinowski se cuestiona sobre aquello que conduce al hombre primitivo a la explicación mágica de la realidad:
¿qué es esa fuerza mágica impersonal que, en la suposición del salvaje, domina todas las formas de su credo? ¿Se trata de una idea fundamental, de una categoría innata de la mente primitiva, o acaso puede explicarse por elementos aún más simples y más primordiales de la psicología humana o de la realidad en la que el primitivo vive?
No me atrevo a aventurar una respuesta; no obstante, me parece evidente que la creciente importancia que el pensamiento mágico ha ganado en nuestros días se alimenta de una necesidad profunda por reconocer el propio lugar en el universo, así como el valor que tenemos como individuos en un sistema que parece empeñado en nulificarnos. Para Malinowski, la magia busca el control sobre fenómenos naturales y sociales, lo cual expresa no sólo un carácter material, sino también necesidades emotivas, comunales y de seguridad dentro de una misma sociedad.
En internet, las prácticas mágicas —rituales online, hechizos que se transmiten en stream, o la creación de amuletos digitales que prometen protección, prosperidad o amor—, cumplen una función similar, pues refuerzan en el individuo un sentido de pertenencia y control ante la angustia de nuestros tiempos y los constantes desafíos de las sociedades contemporáneas. Si bien es evidente que las ideas de Malinowski han avanzado a lo largo de cien años, y que ha habido fuertes críticas y adecuaciones a su trabajo, en el centro de sus reflexiones se encuentra una noción aún vigente: es importante considerar el pensamiento mágico como una parte vital de cualquier sociedad humana, y su papel en la organización de una comunidad no debe menospreciarse.
Así como los primitivos patapones han mirado al Ser Supremo como guía para mejorar sus posibilidades de supervivencia, los miembros de esta generación contemplamos la magia digital para acceder a una vida más plena y llevadera. En el fondo, pervive nuestra necesidad de esperanza o protección simbólica, y cierta nostalgia por mantener vivas las tradiciones culturales en un mundo que cada día tiene nuevos estallidos tecnológicos y científicos.
Hiram Ruvalcaba
Escritor, periodista y profesor de Literatura. Entre su obra destacan los libros Padres sin hijos (UANL, 2021), Los niños del agua (FCE/FETA, 2021), Todo pueblo es cicatriz (Random House, 2023) y Los inocentes (Ediciones Era, 2025).
Parte de la explicación del origen de la magia puede explicarse con el símil del mercado. Los actos individuales de las personas crean los mercados, pero eventualmente éstos adquieren una dinámica propia que influencia las decisiones de las personas para bien y para mal. Es como el juego de la ouija, los movimientos involuntarios de las manos de diferentes personas se suman y todos sienten una fuerza “fantasma” que mueve el cursor que sostienen con su mano, y aquellas personas capaces de influenciar psicológicamente a los demás adquieren gran poder.
Podríamos llegar a especular que para personas de comunidades antiguas, las sociedades complejas, los reinos y los imperios tenían comportamientos propios “divinos”. Actualmente podemos ya hablar de sistemas complejos y comportamientos emergentes