
Ingresar al Museo Vivo del Muralismo, antes Museo de Sitio de la Secretaría de Educación Pública, significa habitar, por un momento, una alegoría. El edificio no es sólo un objeto construido, sino un engarzamiento de signos que aproximan al visitante contemporáneo al espíritu de una parte de la historia mexicana, así como a la mentalidad de uno de los hombres que creyó firme en que las instituciones modernas sanarían la conciencia nacional.
El edificio monolítico es la primera presencia que despliega la metáfora. Cuando los bienes de la iglesia fueron confiscados por el gobierno, lo que era el Convento jesuita de la Encarnación se transformó, a inicios de la década de los veinte, en la Secretaría de Educación Pública. Podría pensarse que la infraestructura quedó desprovista de símbolos religiosos, pero tal vez una forma más precisa de entenderlo es que el culto fue sustituido por el de la épica secular posrevolucionaria, al igual que por una versión particular de la mística pagana. Las huellas del pasado jesuita se asimilaron a esa síntesis de modernidad y esoterismo que fue depositada en el aparato gubernamental que sería la SEP.
Esta suma se encuentra en los muros. En la planta baja se inicia el recorrido por los murales de Diego Rivera, elaborados en las paredes exteriores del recinto. En esta parte de la alegoría pedagógica se integraron representaciones diversas de trabajadores, como son alfareros y mineros. La imagen de la clase obrera no se constriñe sólo a lo laboral, la vemos también sometiendo con armamento y libros de pastas rojas a la clase burguesa, aquellos ociosos que acumulan capital a costa del esfuerzo físico de las masas populares. Pero el anverso de esta historia de triunfo político se alberga en la última planta del inmueble. Se trata de un espacio lleno de tonalidades etéreas y flotantes que simulan al cielo: la oficina de José Vasconcelos, quien fuera el primer secretario de este órgano posrevolucionario. El sitio decorado por un mural de Roberto Montenegro titulado “Estudios indostánicos” (1923), alberga mobiliario de ebanistería, finas porcelanas chinas y alfombras persas. El mural abunda en nubes, estrellas y en rostros que, detrás de velos y halos de luz de hoja de oro, reciben sonrientes al visitante. Al final de la oficina, rodeado de ventanas, se encuentra el escritorio sobre el que Vasconcelos legisló y discutió no sólo el rumbo de la educación, sino también el del país. Al centro del mueble se encuentra un círculo zodiacal concebido por el diseñador Jorge Enciso.
La historiadora del arte Julieta Ortiz Villaseñor, en un estudio dedicado al escritorio titulado “Auge de las artes aplicadas. Dos figuras en el escritorio de José Vasconcelos”, ha destacado la relevancia de esta pieza en la historia de las artes decorativas de México. Se puede pensar que el escritorio es una síntesis entre el mensaje exterior de los murales de Rivera y un interior “refinado y suntuario propio de las habitaciones finiseculares”. Los obreros que triunfarían sobre los porfiristas afrancesados, tal y como aparecen en las imágenes de Diego Rivera, fueron quienes depositaron sus habilidades manuales en el escritorio. Las manos de los obreros fueron más que una figura retórica en los murales, ya que su huella está presente para enaltecer las cosas de uso cotidiano. Dice Villaseñor: “La decoración y la manufactura de los muebles del despacho se encargó a artesanos mexicanos para demostrar, con la calidad de su trabajo, las teorías de Vasconcelos, acerca de un arte integral propio que abarcara artes menores y arte popular, resultado de un espíritu vigoroso en la educación y la cultura a desarrollarse si se estimulaban las condiciones adecuadas”. El mismo Vasconcelos así lo refiere en El desastre (1938), tercer volumen de su tetralogía de libros autobiográficos, cuando habla sobre la entrega de los muebles: “Pudimos entonces convencernos de la capacidad, la seriedad de los obreros, cuando se ven libres de la coacción gubernamental y de la acción de los líderes”.
“Vasconcelos creía que la fase armada de la Revolución mexicana había terminado para dar paso a una ‘fase espiritual’”, señala Nicolás Medina Mora en un texto dedicado a las Lecturas clásicas para niños, recopilación que fue de las primeras iniciativas editoriales de la Secretaría. A decir de este autor, Vasconcelos “veía la educación no solamente como un proceso de aprendizaje de habilidades técnicas, sino también como un mecanismo para la elevación de las conciencias, una suerte de redención”. Por ello, cabría matizar que Vasconcelos, más que en el diseño, estaba interesado en hacer del espíritu una serie de objetos tangibles, los cuales iban desde los libros que se entregarían de manera gratuita a las infancias mexicanas hasta las superficies sobre las que firmaría decretos. El zodiaco en su escritorio no es un mero ornamento, sino una de las partes que conforman la alegoría imaginada por un hombre que, en sí mismo, alegorizó su existencia.
El cosmos fue más que un interés científico para Vasconcelos. En uno de los recuerdos de infancia que contiene Ulises criollo (1935), primer volumen de su ciclo autobiográfico, narra la forma en la que experimentó su primer despertar intelectual:
En aquellos cielos nuestros, desprovistos de literatura, la mente sondea, libre de sugerencias, como si recién descubriese el Cosmos. El alma se va por los espacios, y divagando capta un maná de gracia más eficaz que el de Moisés. La memoria distraída repite sin atención los nombres de la media docena de constelaciones que la abuela conocía: la Osa y el Abanico; las Siete Cabrillas y el Lucero.
En el primer volumen de su ciclo autobiográfico, Vasconcelos narra cómo fue su educación durante el Porfiriato en Estados Unidos, en Campeche, en Toluca y en la capital mexicana. El racionalismo positivista dominaba las cátedras, lo que orillaba a quienes tuvieran inclinaciones humanistas a estudiar Derecho, la rama más cercana a los libros pero la más útil a los ojos del régimen. Las páginas del Ulises criollo no muestran a un Vasconcelos que se adscribe en cuerpo y alma a la doctrina comtiana. Su madre, figura central del libro, le legó una capacidad para percibir los mundos invisibles. Fue ella quien le inculcó el gusto por la lectura, al igual que una actitud de reflexión y sosiego propia de las damas católicas de la época. Por ello, en algunos pasajes de su libro puede leerse que, más bien, sospecha de los fanatismos ideológicos del Porfiriato. Le estimulaba más lo intangible que lo mensurable.
Pero el encuentro del joven José con otras dimensiones ocurría más allá de su predisposición intelectual. En uno de sus regresos de Estados Unidos, Vasconcelos narra que la familia captó un fenómeno lumínico: “Empezaron a brillar unos puntos de luz que avanzando, ensanchándose, tornábanse discos de vivísima coloración bermeja o dorada. Con mi madre y mis hermanas éramos cinco para atestiguar el prodigio”. Más adelante, concluye la descripción de la siguiente manera: “Asistíamos al nacimiento de los seres de luz.” Después, Vasconcelos cuenta su experiencia en un instituto de Eagle Pass, ciudad texana. Ahí, la biblioteca fue el “prodigio” donde Vasconcelos pudo saciar muchas de sus primeras curiosidades intelectuales. En ese recinto empezó leyendo libros de astrología:
De allí pasé a hojear volúmenes de astrología y de magia. No me interesaba la técnica de cada ciencia, sino las conclusiones en cada caso alcanzadas. Por ejemplo: a la astronomía le hubiera pedido exclusivamente que me explicase los prodigios de la estrella de los Reyes y a la física el mandato que partió en dos el Mar Rojo. Desde entonces buscaba en la ciencia, no la tesis abstracta ni la receta del práctico, sino el testimonio y camino de la verdad total concreta y viviente.
En su visión de lo que era una “verdad concreta”, Vasconcelos aspiraba a entender el universo en todas sus aristas. La “receta del práctico” era la manera en la que se ejercía la ciencia, dejando de lado las inquietudes que afectaban al alma humana. Así lo dice: “Investigar la realidad trascendental era la única ocupación digna de un ser ambicioso. Revisaría primero todo lo escrito en tal materia, las religiones, las ciencias… Ensayaría las pruebas que personalmente pudiese aducir”. Ante tales motivaciones, Vasconcelos plantea la siguiente frustración: “Me decepcionaba, por lo mismo, hurgar en la entraña científica para recoger afirmaciones modestas”. No obstante, el estudiante se disciplina a los métodos que tiene la mano: “No me dejaba ir, como más tarde, por el lado de la astrología; me mantuve fiel a Copérnico, sumiso a Comte, que prohíbe las aventuras de la mente y las excluye del periódo científico que profesamos”.
Dicha tensión entre la ciencia y la “verdad trascendental” es discutida por el autor de forma constante. En otro momento de Ulises criollo, nuestro narrador manifiesta que los sueños se encontraban entre sus investigaciones sobre el ser: “La historia de los sueños que cada noche vamos pasando debiera escribirse, ya que se esfuma incapaz de dejar huella”. Vasconcelos, hombre de su tiempo, se sumó a las prácticas espiritistas que permearon entre finales del siglo XIX y principios del XX, al igual que otros personajes como el escritor Pedro Castera y Francisco I. Madero. Lo que es revelador es que un hombre que jugaría un papel esencial en la historia de la educación en México no haya creído en el “orden y progreso” porfiriano, y se aventurara a explorar zonas más veladas.
Vasconcelos siempre calificó con cierta sorna el afán positivista de sus congéneres. “En general, mi generación era escéptica, indiferente a la cuestión religiosa”, reflexiona. Hablando sobre él mismo, señala que “aceptaba la cosmografía mecánica, pero sin prescindir del primer motor misterioso”. Más allá de referir las excéntricas inclinaciones de Vasconcelos, el punto de las anteriores citas es hablar sobre un hombre que creía en indagar sobre cada una de sus inquietudes. Todas eran estudiadas hasta donde sus esfuerzos lo permitían. No eran las costumbres del momento, sino sus más profundas curiosidades. Ni la astrología ni la religión, ni su deseo por ver a un México iluminado de conocimiento y buena moral fueron proyectos que hubiera abandonado conforme mejoraba su posición en la política y en las artes. La unión, no carente de irresoluciones, entre la construcción del progreso que trabajaría con tanto ahínco Vasconcelos –junto a otros personajes de la modernidad posrevolucionaria– y la búsqueda de ese “primer motor misterioso” serían los cimientos de la alegoría política del primer Secretario de Educación Pública.
Pero volvamos a nuestro recorrido del inmueble que albergó la institución presidida por Vasconcelos. El discurso de los muros habla de cómo los obreros y la ciudadanía indígena pueden ascender, de manera literal, al reducto más puro del conocimiento, ahí donde se encuentran las profesiones y ya no las artesanías. Como expliqué, en la planta baja vemos trabajando a este sector de la población, y conforme el visitante asciende en su recorrido, el orden social también lo hace: observamos científicos, músicos, arquitectos y artistas en la última planta. La educación ha redimido y purificado.
La alegoría también fue construida en torno al propio Vasconcelos: identificarse con Ulises era hablar sobre su Odisea personal, pero también sobre las cruentas transformaciones que experimentaría el país desde la caída del Porfiriato. Aunque la semejanza que establece el autor con el héroe mitológico es apenas uno de los elementos de la compleja metáfora que fue su vida: la espiritualidad, expresada en las vertientes que le resultaban más congruentes –el estudio de los astros, la mitología occidental y la oriental, el amor por la patria– fue lo que dirigió su visión del mundo, incluso en sus aristas más cuestionables y oscuras.
En mi visita al Museo de Sitio de la Secretaría de Educación Pública, consideré que el escritorio de Vasconcelos, con su círculo zodiacal, fue y es el centro de la alegoría. Desde su oficina, Vasconcelos volvió reales muchas de las infraestructuras que operan más o menos de la misma manera hasta el día de hoy. En la misma medida, pronunciaba ideas sobre educación pública que hoy en día continúan defendiéndose o queriéndose ver realizadas: uno de los campos más urgentes y menos atendidos de México es su educación, por lo que debe seguir siendo pública, gratuita y llegar a todas las clases sociales. Vasconcelos hizo todo esto sin ignorar el misterio astral, la conmoción del alma: quizá consultando la disposición de los signos astrológicos para tomar las que pensaba que serían las mejores decisiones.
Christian Mendoza
Estudiante del Doctorado en Literatura Hispánica en El Colegio de México.
Un artículo muy bien escrito el de Christian Mendoza, “Vasconcelos y el zodiaco”. Me gustó su escritura bien labrada y finamente tejida, su reflexión sobre las alegorias y visiones contrapuestas y expresadas, por una parte, por los murales realizados por D. Rivera y, por la otra, por el de Roberto Montenegro en la oficina de Vasconcelos y el zodiaco de su escritorio, diseñado por Jorge Enciso y labrado por artesanos. Pero, en mi opinión, los obreros de Rivera no son los que labraron ese zodiaco, pues los artesanos corresponden a otro tipo de trabajador y a una etapa diferente en la historia del trabajo. Esta última es otra de las contradicciones de esas alegorias abordadas de manera tan interesante por Mendoza, a quien felicito por su texto. Muchas gracias por permitir su lectura.