El rave como refugio

Ilustración: Alberto Caudillo

No sé si mi libido creció o disminuyó, pero algo le sucedió a mi deseo desde que Mckenzie Wark llegó a México (del 27 de mayo al 7 de junio). En estas últimas semanas, mi cuerpo le ha pertenecido al tiempo-k, a la intriga eufórica del origen del placer, al análisis del capital, al cuestionamiento a las normas del género y sus deseos, al pensamiento ficticio sobre mí misma y la idea de un futuro queer que no será color de rosas. Todo es un ejercicio crítico de imaginación.

Todo comenzó poco antes de su aterrizaje. En la bodega de la librería La Americana, LQ nos dio a un pequeño grupo un seminario sobre la editorial Semiotext(e), fundada por Chris Kraus y Sylvere Lotringer en la que Wark ha publicado varios de sus libros. Hablamos sobre narrativas que no pueden ser clasificadas como masculinas, sobre cómo los relatos explícitos en medio de escritos “teóricos” enloquecen la psique hetero-cis. Sobre cómo la introducción del “yo” en la filosofía hace desconfiar a los conservadores. De ese seminario, recuerdo un texto de Jackie Wang en el que ella le dota a sus pechos un significado fálico. Son su miembro fantasma que le permite entrar en la economía fálica, es decir le permite ostentar privilegio y poder para sortear este mundo. También hablamos de lo que podría ser una escritura no masculina. 

Una semana después, vi de reojo que Mckenzie estaba a un metro de distancia de donde me encontraba yo y, sin quitar la mirada, le extendí la mano. Le dije que era muy fan de todo lo que ella hacía. Sólo respondió “Hello”. Regresé a mi cubículo, saqué su libro Love and money, sex and death y releí algunas frases:

¿Qué es el amor en una época que parece ser sólo una basta acumulación de mercancías? Es el dinero, pero también la negación del dinero: la revolución. Cuando dices: dame tu dinero, yo escucho: necesito amor y revolución.

Me dieron muchas ganas de escribir, de pensarlo todo a la velocidad de la pista de baile. Horas antes del inicio de Trans-writing and critical autotheory —como parte del programa Campus Expandido en el MUAC— y después de mi torpe saludo, Mckenzie caminaba por el museo y, ante su monumentalidad, se sentó en las escaleras de las oficinas para editar el power-point que presentaría en unas horas. En punto de las cuatro de la tarde, comenzó el seminario.

“Todos mis amigos están muertos y mis enemigos están en el poder”, comenzó el seminario e hizo un mapeo conceptual de su pensamiento. La primera sesión se tituló Theory+practice (General intellect, A hacker Manifesto). Nada que no nos esperábamos, pues Mckenzie es una teórica de los estudios de medios. Se hizo famosa por su libro Manifiesto Hacker de 2004. Como petición de principios dijo que una de las características del pensamiento es que sin importar a qué te dediques o en qué te profesionalices, desde tu práctica explicas el mundo: para un médico, el mundo entero es explicable desde la medicina; para un marxista, todo es capitalismo; para un antropólogo, es comportamiento; y para Wark, todo se reduce a los estudios mediales. Ella formó su pensamiento desde el posmarxismo derivado del arte de posvanguardia para entender cómo la información y los medios modelan tanto la subjetividad, como el deseo y las mercancías. En esta introducción aprovechó para criticar las libertades del régimen capitalista. Dijo que una puede hacer lo que quiera siempre y cuando sigas produciendo. Incluso drogarte: “Drógate, amor, pero mañana ve a trabajar de buena cara”. 

Nos contó que alguna vez le preguntaron cuál era el concepto de “afecto” en su filosofía. Ella dijo que más bien se ha dejado afectar por los conceptos. La tarea de la escritura autoteórica será desconcertar al lenguaje: enloquecer el concepto hasta que se fugue de sí mismo. Dijo que un buen concepto es aquél que es como una dona: nunca puedes llegar al centro y, al mismo tiempo, funda una disciplina que lo estudia. Como el marxismo que construyó un sinfín de corrientes para entender qué es el valor o de donde viene. “Nadie sabe de dónde viene el valor pero negar su importancia es imposible”, dijo. También habló de la belleza, o más bien contra la belleza. Y cómo su halo metafísico propone que lo bonito (pretty) se trata más del goce de una misma.

Tiene toda una práctica anti burguesa. Aunque hable de experiencias personales, nunca es un yo heroico, es más un conocerse a sí mismo como si fuera otra persona. Yo pensaba: no hay radicalidad sin capital. Pero luego leí esto de Guy Debord, quien influyó mucho a Mckenzie e incluso le dedicó dos libros a la internacional situacionista: “Todas las revoluciones entran en la historia, pero la historia no se desborda”.

La segunda sesión trató de Marx después del marxismo. Wark argumentó que Marx no es un filósofo como los filósofos, que no es un pensador sistemático como Hegel. Que Das Capital es más como chapopote o paté; un montón de glosas de miles de lecturas que se van acumulando y van haciendo una nata. Además, inventa citas y atribuciones. Por ejemplo, la multicitada frase que atribuye a Hegel y se ha usado por Hal Foster para entender el arte contemporáneo, “todos los acontecimientos históricos suceden dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa”; Wark asegura que es una invención del propio Marx.

Por la noche tuve otra sesión con LQ en La Americana. Platicamos con Reynaldo Rivera por Zoom: un fotógrafo de la noche de Mexicali, amigo de Chris Kraus y autor de libros en Semiotext(e) como Mckenzie. Nos habló de la noche como un trastorno químico: “Cuando uno está enamorado es pendejo (es muy grosero a lo chicano). Te disocias y luego llega la deuda”, decía. La vida es un poquito de amor y el resto de estar en esperanza. Aunque Mckenzie no es nada cursi, mucho de lo que escribe sobre las relaciones y el rave se podrían pensar con esas frases de Rivera. Una afinidad en la desesperanza. En el camino a casa pensaba en la experiencia fundante que son los amaneceres en la ciudad. Una mezcla de decadencia y belleza, y estas dos semanas fueron eso: un amanecer en la ciudad hacia el fin del capitalismo como lo conocemos y la llegada de algo peor que llega con abundantes momentos de impresionante belleza.

Aunque he acabado en raves, no me considero en lo absoluto una raver. De la tercera sesión lo más interesante fue su taxonomía de quienes van al rave: los castigadores, los compañeros de trabajo, los circuitos, el club de niños, los ravers y las muñecas. Se trata de categorías sobre grados de acercamiento a la experiencia “real” del rave. ¿Cómo no ser turista?, ¿qué es de verdad habitar la noche?, ¿sentir más allá de la costumbre? Estas diferencias de grado alcanzan su límite en el punto en que se llega al k-time. Un estado de percepción del tiempo en el que la disociación se vuelve una estética y un modo de la experiencia. El k-time es una estética trans con otro pliegue de tiempo en el que éste se espacia y el espacio se lapsa. Nos quedamos en la inauguración de FICUNAM y vimos el nacimiento de la propiedad privada y la fuerza del capital en la película Harvest (La cosecha), dirigida por Athina Rachel Tsangari. Tal vez eso es el k-time, la posibilidad de viajar en el tiempo a partir de una desconexión física de la percepción.

“Somos adictas a la experiencia”. Recordé que, hace unos años, mi amiga S. nos dijo que necesitábamos otro régimen de experiencias, que la estética y su plusvalía sólo nos iba a volver adictos a las sensaciones. Y aquí estamos. En la cena con Mckenzie les conté de mi crianza compartida, que amamanté el seno de tres mujeres y que soy poliamoroso. Mi amiga abogada sonrió y me dijo que era una excelente lesbiana. Me hizo sentir muy bien. Como si algo hubiera encontrado su lugar.

Cuando salimos a fumar, criticamos el liberalismo. Pensamos que deberíamos construir una máquina del tiempo para matar a Adam Smith, o al menos llevarle unos libros de Deleuze y Guattari. Algo pasaría. Después de pensarlo unos segundos, Mckenzie dijo: “La verdad es que también queremos esas libertades del liberalismo, aunque incluya ser consumistas: queremos la libertad”.

En otra de las sesiones, se proyectó el cortometraje Life Story, dirigido por Jessica Dunn Rovinelli. En él, Wark recita un texto hecho a base del cut-up con autores como Guy Debord e Iggy Pop, entre muchos otros, mientras vemos imágenes de Mckenzie desnuda en unos planos lentos y preciosistas de la radical intimidad de la piel. El texto hace un contrapunto de la izquierda y su propia vida atravesadas por la muerte.

La cuarta sesión fue una de las más esperadas: Autotheory/autofiction. Mckenzie escribe esta extraña forma de prosa creada en conjunto fantasmal con Chris Kraus, Kathy Acker y Lauren Fournier. La autoficción no es una novela autobiográfica, se niega a existir bajo ese régimen literario de la burguesía: desarrollo de un héroe en tercera persona que asciende de clase social por medio del amor. Despersonalizada en su totalidad, esta escritura se trata de los medios de producción del autor. Hace una crítica a la economía política del texto desde la misma escritura al poner a su servicio la tediosa cotidianidad. Así, un buen autotexto es un ejemplo de la instancia de estar viva. En ningún punto se exalta a un valor que no tiene, no es una escritura que anhele volverse oro.

La última sesión del seminario fue sobre la narrativa queer. Su último libro Amor y dinero, sexo y muerte (Caja Negra, 2025) es una serie de cartas en las que Mckenzie narra partes de su vida y, junto a Raving (Caja Negra, 2023) y Vaquera invertida (Caja Negra, 2022), constituyen una suerte de escritura queer autoteórica y autoficticia. Habló de libros que forman parte de una narrativa trans tradicional y que en esas novelas siempre se sabe que es una novela trans, se desarrolla en binarios masculinos y femeninos, no hay sexo ni cominidad, se repite el relato de que un doctor las salvó. Los personajes existen y un día por arte de magia, gracias a un doctor, se “vuelven mujeres (u hombres)” y su vida cambia. Son otras personas. Estas novelas convencionales están dirigidas conciente e inconscientemente para un público cisgénero: Nevada de Imogen Binnie, Deternsition de Torrey Peters o Trauma Plot de Jamie Hood. Pero existe toda otra forma de narrar lo trans que singulariza la escritura, son escritos que parten de la curiosidad, escrito por trans para trans. Escrituras cuya forma de escritura es la propia forma de vida trans. Entre ellas están Vivian Blazell o Shola Von Reinhold. También insistió en que Daniel Paul Schreber, famoso por haber sido un caso de Sigmund Freud, podría tener todo un estudio sobre su escritura desde un enfoque trans.

Hubo una sesión en La Casa del Lago de la UNAM titulada “K-Time: La playlist de McKenzie Wark (AU)”. A través de su playlistBlack techno / Queer rave, Wark nos fue contando su experiencia musical y vivencial. Desde su papá enseñándole a Little Richard hasta su vida en el rave con música de Juliana Huxtable. Entré en un estado de ensoñación futurista y me besé con la novia de mi amiga T. Era la primera vez que Mckenzie hacía algo parecido a poner música en público. Estaba feliz, se veía. Había una euforia previa al final.

 La fiesta de despedida fue organizada por S., AK y Polilla Librería. “Invocaciones a Vali Myers” se llamó el evento y fue en el edificio de un sindicato. Todo es político cuando se hace en comunidad. M. y yo llegamos tarde, pero no es cierto, la fiesta es para siempre. Mckenzie hizo dos performances, uno de spoken word y otro de su libro Raving; mientras, Raquel Salgado bailaba Butoh, y Emiliano Cruz, tocaba. El día fue hermoso. Acabó como todo lo bueno: al amanecer. Surgieron complicidades en los baños de La Casa de Toño, en las escaleras con el sindicato y en azoteas de artistas. Me enamoré varias veces de la idea de vida.

El sábado fue el último evento de Mckenzie Wark. Platicó con Pauline Boudry y Renate Lorenz para inaugurar su exhibición en el MUAC, Todo lo que ella dijo. Curada por Alejandra Labastida, estará hasta el 30 de noviembre de 2025. La plática giró sobre la estética queer, el tiempo de la ketamina y la producción de las artistas. Mi cuerpo estaba tan fatigado de las últimas semanas que dormí sin parar hasta las 10 de la mañana del día siguiente. Tal vez nunca había dormido tanto. ¿Cómo puede un cuerpo sostener esos ritmos?, ¿cómo una puede bailar, escribir y trabajar sin agotarse?, ¿o es que todos estamos tan fatigados que ya es normal? Tal vez es el momento de hacer sensacional la propia fatiga. Al despertar comencé a escribir este relato.

M.S. Yániz

 Crítico y curador de arte.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Registro personal