The Rehearsal, el mapa sí es el territorio

I won’t settle for anything less than the brutal truth. Brutal. Brutal.
Caden Cotard en Synecdoche, New York

En su prólogo de los Ensayos escogidos de Michel de Montaigne, Juan José Arreola se pregunta qué es un ensayo. Para hacerlo, cita al autor francés: “Todo este mamotreto que emborrono, no es más que el registro de los ensayos de mi vida […] Si mi alma pudiera tomar forma y pie, yo me decidiría en vez de ensayarme. Pero siempre está en prueba y aprendizaje”. A lo que Arreola concluye: “Éste es el sentido original del famoso vocablo, y no el que suele dársele algunas veces: intento, tentativa”.

Me es curioso que en español compartimos la palabra “ensayo” tanto para el género literario que reflexiona sobre algún tema, como para la preparación antes de representar un acto. A diferencia del inglés, en donde se distingue entre “essay” y “rehearsal”. Cito esto porque Nathan Fielder está de vuelta con la segunda temporada de The Rehearsal, serie que invita a personas a ensayar para las situaciones engorrosas o difíciles propias de la sociedad actual. Luigi Amara dice que el ensayo literario busca “pretextos” y que su importancia nunca es su tema, sino su despliegue. Lo crucial es cómo trabaja la mente, cómo encuentra asociaciones. En ese sentido, The Rehearsal esconde ambos sentidos en su título. Para la segunda temporada el pretexto —conceptual si se quiere— es el de mejorar la comunicación entre capitán y copiloto en la cabina de un avión que, según Fielder, es la principal causa de accidentes aéreos. El prólogo abre con un ejemplo de esto, donde una falta de diálogo entre capitán y copiloto termina en un accidente explosivo. Cuando la toma se abre, vemos a un Fielder impávido, observando la escena frente a llamas digitales en un foro televisivo. Todo era una recreación montada por él para estudiar su nueva obsesión.

John Goglia, ex presidente de la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte de Estados Unidos, alguna vez recomendó juegos de roles para enseñar a los copilotos a expresar de forma asertiva sus preocupaciones. Como nadie le hizo caso, Fielder se agarra de ahí para justificar todo lo que sucederá más adelante. “Tengo cierta experiencia en la creación de escenarios elaborados”, le dice a Goglia antes de llevar su pretexto lo más lejos posible.

Nathan For You, el reality previo de Fielder, era un programa de bromas pesadas disfrazadas de estrategias de mercadotecnia para ayudar a pequeñas empresas a generar más ganancias. Ejemplos de éstas incluían la propuesta a un negocio de helados de fabricar uno con sabor a mierda; o la de permitir la venta de alcohol a menores con la condición de no poder llevárselo hasta cumplir la mayoría de edad. Con estas “soluciones”, Fielder actuaba sólo en función de molestar, provocar, obtener una reacción.

En The Rehearsal estamos ante otra cosa. Los escenarios ficticios de Fielder están cubiertos por varias capas de complejidad, tanto en su idea como en su ejecución. “Creo que cualquier cualidad humana puede aprenderse, o al menos emularse”, afirma Fielder (para decidirse en vez de ensayarse, diría Montaigne). Si uno lo piensa, la elección de aviación resulta conveniente para Fielder: es el símil perfecto para su programa por el mero hecho de que los pilotos comerciales llevan un siglo ensayando en simuladores de vuelo, de una forma u otra. Por eso decía “pretexto conceptual”.

Desde el inicio uno sospecha que la intención de Fielder no es la de mejorar la comunicación entre piloto y copiloto. El formato de The Rehearsal es el de un documental narrado por él mismo en un tono serio, desde un lugar de enunciación donde le preocupa que, por ser comediante, nadie, ni siquiera HBO, lo tome en serio para algo tan delicado como la seguridad aérea. Desde luego que vociferar esto es un ejemplo más del narrador no confiable, como el Humbert Humbert en Lolita, o Charles Kinbote en Pálido fuego, ambos creados por Vladimir Nabokov como personajes problemáticos, con sesgos terribles y delirios de grandeza que lindan con lo patológico. De hecho, el “Nathan Fielder” narrador de The Rehearsal está más cercano a ser un personaje escrito por Nabokov que al Nathan Fielder de “carne y hueso”, como se refiere la catedrática Catherine Brown al humano inaccesible al público. En efecto, nos es imposible saber de primera mano las intenciones del escritor y productor de la serie, ya que su compromiso con el personaje es tan estricto, tan inquebrantable, que lleva su delirio hasta a los lugares donde uno pensaría que no hace falta, como entrevistas y otros lugares públicos. Ver The Rehearsal es eso: entrar de lleno a la duda de qué tanto de lo sucesivo es juego dentro de una maqueta, montaje con actores, artificio; y, de paso, tratar de perdurar, sin ñáñaras, las provocaciones y extravagancias de Fielder.

Es hasta obvio traer a cuento a Jean Baudrillard, el sociólogo y filósofo francés que escribió el mítico libro Cultura y simulacro. En su tratado filosófico, Baudrillard propone el concepto de lo “hiperreal” para referirse a que, en la era moderna, las representaciones (la “simulación”) ya no tienen su base en el origen, sino en otras representaciones, al punto de que la representación y lo representado se vuelven, de forma confusa, la misma cosa.

Para introducir su argumento, Baudrillard cita el microcuento de Jorge Luis Borges, “Del rigor en la ciencia”, que relata un imperio en el que “los colegios de cartógrafos levantaron un mapa del imperio, que tenía el tamaño del imperio y coincidía puntualmente con él”. Desde su primera temporada, The Rehearsal me hizo pensar en lo bien que ilustra esta idea. Fielder se esmera en producir macabros facsimilares apegados al original, considerando todos los factores posibles: ya sea un bar que incluye las imperfecciones en las sillas o el muro con un cuadro igual de chueco; ya sean los libros de títulos humillantes en el librero del departamento replicado del sujeto en cuestión; ya sea fingir un invierno con nieve falsa y ventanas empañadas con vapor. Para la segunda temporada Fielder fue un paso más allá y construyó, en tres bodegas interconectadas, una réplica de una terminal del aeropuerto de Houston, incluyendo el control de seguridad, las salas de pilotos y hasta un Panda Express con actores como empleados.

En The Matrix, un ejemplar hueco de Cultura y simulacro hace una aparición de manera deliberada y simbólica. Ahí Neo oculta su dinero y discos de hacker antes de enterarse de la realidad en la que vive: un futuro distópico donde el mundo que creía conocer ya sólo existe dentro de una simulación interactiva a la que los humanos están conectados sin saberlo. Esa simulación está programada para replicar todas las ciudades, carreteras y espacios públicos, así como todas las vidas de las personas que ahí “viven”. Es decir, la simulación ha reemplazado al “desierto de lo real” (cita directa de las hermanas Wachowski a Cultura y simulacro), de la misma manera que Fielder se empeña en que sus montajes pasen como reales para los participantes de su serie.

En el cuarto episodio de la segunda temporada, Fielder replica el departamento de Colin, un joven copiloto invitado al experimento. Lo hace para entender sus sentimientos y ayudarle a ser más asertivo en sus aspiraciones románticas y, por lo tanto, en su comunicación como copiloto. Ahora, no duplica su departamento una vez, sino cinco: una galería de réplicas donde lo único que cambia es el comportamiento humano de los actores que fueron contratados para representar las posibles escenas de su vida. Un placer medio culposo de The Rehearsal es el de ver cómo reaccionan las personas que entran a las réplicas de sus espacios íntimos. “Muy interesante”, es lo único que logra decir un Colin estupefacto ante lo que está frente a sus ojos. Acá vale otra imagen borgiana: la biblioteca de Babel, que “se compone por un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales” y cuya distribución es “invariable”, como lo es también el formato de cada libro, pues la única variante es su contenido. De manera similar, Fielder construye una serie de departamentos donde todos los elementos están dispuestos de la misma forma que en la vida real de Colin.

El científico Alfred Korzybski declaró que “el mapa no es el territorio” para referirse a que una representación no es más que una abstracción y nunca la cosa representada. A su propio modo, tanto Baudrillard como Fielder estarían en feliz desacuerdo. Un ejemplo es el momento en que una de las actrices, contratada para besuquearse con otro actor en uno de estos departamentos, afirma que al interpretar una escena de amor “las emociones se sienten reales”. Esto fascina a Fielder, que siempre está intentando llevar sus réplicas perfectas hasta su última consecuencia, que es lograr (como en The Matrix) que la simulación tienda a cero; que el mundo hiperreal del ensayo sea indistinguible del real. Es decir, que al menos por ese instante efímero, la simulación es real y el mapa es el territorio o, como diría Baudrillard, el mapa precede al territorio.

Esto también recuerda a Synecdoche, New York de Charlie Kaufman (ese otro interesado en qué carajos es eso que llamamos realidad), en la que el dramaturgo Caden Cotard, tras ser galardonado con la prestigiosa beca MacArthur, se dispone a montar una obra “grande, realista y difícil”, y que en algún momento considera titularla “Simulacrum”. Para esto, construye una réplica de la ciudad de Nueva York que va creciendo hasta el punto de requerir mapas en el foro. Durante un ensayo, su esposa en la vida real, que interpreta a su esposa en la obra, rompe el rol para explotar en contra de él. “Te quiero fuera del departamento”, sentencia, y remata antes de largarse: “Del verdadero. Puedes quedarte con éste”. Como en los ensayos de Fielder, éste es tan sólo otro ejemplo en el que la simulación se mezcla con la realidad. En algún momento uno ve la escala de la megaproducción de The Rehearsal, que necesitó de cientos de personas y extras para ser llevada a cabo, y de plano se pregunta: ¿orquestada para qué efecto?

A Fielder le encanta ostentar que despilfarra los recursos inagotables de HBO, pero él mismo admite que al menos lo tiene que hacer de forma entretenida. Esto me hace pensar en cómo hilvana su serie. Fielder vincula la clonación de perros, una competencia de canto llamada “Wings of Voice” en la que ficha a copilotos como jueces para que aprendan el arte del rechazo y la emulación de la vida entera del famoso capitán Chesley “Sully” Sullenberger (episodio que es ridículo, grotesco y atemorizante de forma particular). Al final, estas secciones funcionan como una parodia de lo lejos que ha llegado la industria del reality y terminan por confluir en ese tema recurrente que es la canción “Bring Me to Life” de Evanescence, lo cual —en retrospectiva— resulta bastante gracioso.

Hay que mencionar a How To With John Wilson, serie de John Wilson también en HBO, de la que Fielder fue coproductor. La última temporada, y sobre todo en el último episodio, incorpora elementos montados y ficticios; de hecho, el elenco incluye a un hombre que cree que está participando en un documental sobre el Titanic. El episodio es tan diferente a los demás que hasta podríamos decir que se nota la mano de Fielder. En entrevista paraVariety, Wilson (quien hace un cameo en The Rehearsal), habla de la relación entre ficción y realidad, entre lo espontáneo y lo guionado: “No me importa montar situaciones extrañas de las que no te das cuenta que están montadas, porque lo que sucede dentro de ellas es real, y eso es lo más importante para mí”. En otras palabras, lo real dentro del mapa ficticio. Eso, podemos intuir, es otro de los pilares que Fielder busca con The Rehearsal. A menudo lo hace de manera cuestionable, a través de engaños, incomodidades o instigaciones a exponer a sus sujetos de más: esos destellos que revelan a la persona auténtica detrás del personaje ficcionado, siempre a la espera de ser capturados por sus cámaras voyeristas.

La trama se ensancha cuando, en el quinto episodio, Fielder refiere a un artículo fascinante de Consequence en el que el autor cuenta cómo su experiencia de vivir con autismo está reflejada en The Rehearsal, al emplear algo similar al masking, o enmascaramiento, una estrategia para suprimir características autistas y, en apariencia, funcionar en dinámicas sociales desfavorables o conflictivas para su condición. En términos narrativos es muy astuto, porque Fielder se agarra de su inusitada “autoridad del autismo” para llevar su propuesta de seguridad aérea a Washington. Sin embargo, luego regresará a esta cereza sembrada para el golpazo que es el final de temporada: Fielder revela que ha pasado los últimos años practicando para convertirse en piloto, volar un avión comercial y llevar su ensayo a su apoteosis. Poco antes, Fielder va a hacerse estudios para saber si es autista, cuyos resultados nos son velados. Toda la tensión que genera Fielder al esforzarse para ser piloto es la de no ser apto para serlo, la de poner en peligro a gente inocente. Donde nos había hecho creer que el objetivo de estos ensayos era mejorar la comunicación entre pilotos, en realidad estaba tratando de entender su propia mente. Con sus últimas palabras es como si Fielder nos estuviera diciendo: “Si estoy tan disparatado, si soy tan autista, ¿podría volar un Boeing 737?”. Sobra decir que el final es, a la vez, desconcertante e hilarante, sentimientos contradictorios que bien podrían resumir el efecto que Fielder pretende en el espectador.

Con todo esto no quiero sugerir que Fielder es borgiano, ni que informó el concepto de su serie en sus lecturas de Baudrillard. Tan sólo pongo sobre la mesa las similitudes que encuentro en su procedimiento, desde luego guardadas las proporciones desde la no-trinchera que es HBO. Dado que todos estamos atrapados en el aparato de nuestra conciencia, ni Nathan Fielder ni nadie puede comprobar que la realidad objetiva existe fuera de ella. En todo caso, lo que Fielder parece proponer es la exploración, así sea llevada al absurdo, de eso que llamamos “realidad” que, regresando a Nabokov, es de las pocas palabras que no significan nada sin comillas.

Sergio López Monterrubio

Es escritor y director de arte. Es becario del programa Jóvenes Creadores del Sistema de Apoyos a la Creación en la categoría de cuento. Ha colaborado en Confabulario, Letras Libres, Punto de Partida y Tierra Adentro.