Un banco hecho por artistas

“…los accionistas me cortarán la cabeza.
En última instancia,
será el mercado quien decida.”

Junta de banqueros de Wall Street
durante su ocupación en 2008

La forma más fácil de resolver una parte de la existencia es hacerse rico, y la forma más fácil de hacerse rico es asaltar un banco. Sobran ejemplos en la cultura y la ficción. Si el banco es el símbolo de la acumulación de riquezas, atracarlos es liberar dinero para los comunes. De hecho, si radicalizamos la idea, además de asaltar un banco, también se puede poseer un banco y, más aún, fundarlo. Existe una equivalencia entre riqueza e institución bancaria; al menos en la imaginación, fundar un banco podría significar algún tipo de bienestar y seguridad financiera a largo plazo. Pero nuestro banco no plantea ser un dispositivo de despojo que nos enriquezca a partir de tasas de interés y manejo extractivista de capitales de los pequeños y medianos usuarios. No, todo lo contrario. Nuestro banco es solidario desde y para los artistas y comunes. Es una máquina de imaginación de equivalencias. Pero vamos por pasos.

I. Deuda

Cuando un ciudadano mexicano nace, hereda alrededor de 3 500 dólares de deuda externa. Se puede decir que ser en el mundo contemporáneo es ser endeudado. La deuda constituye una forma importante de cómo nos relacionamos los unos con los otros. Tanto el régimen familiar como el amor, la sociedad o los países, funcionan a partir de la deuda. Desde ahí se constituye la dependencia.

Por otro lado y pese a que el arte también tiene relaciones de deuda; de los países en vías de desarrollo a los centros hegemónicos que endeudan la idea de un deber ser de lo artístico. La práctica del arte es donde se puede imaginar la diferencia y modos de construir sistemas simbólicos, políticos y epistémicos por fuera de la normatividad. Es desde el arte donde se pueden imaginar otras formas de estar y relacionarse con el mundo, se puede inventar nuevas relaciones. El banco para artistas es también un banco cuyos principios son artísticos, es decir que funciona desde la potencia de la imaginación.

En México hay una fuerte tradición artística que trabaja con fenómenos monetarios, desde los muralistas que imaginaban una sociedad utópica de colaboración entre trabajadores hasta la fundación de kurimanzutto. La primera exposición de la galería se tituló “Economía de mercado” (21 de agosto de 1999) y tuvo lugar en el Mercado de Medellín en la colonia Roma: fue una muestra en la que durante menos de 24 horas puso a la venta obras de arte realizadas con materiales conseguidos en el mismo mercado. A partir de estos deseos de imaginar por fuera de las instituciones —aunque se institucionalicen después— surgen los espacios independientes de arte. Como Biquini Wax. La historia de este espacio es larga e intrincada, fundado por el artista Daniel Aguilar Ruvalcaba en León, Guanajuato, hace catorce años. Luego, Daniel se mudó a Ciudad de México mientras estudiaba en SOMA y Biquini Wax se volvió uno de los centros de experimentación e imaginación posestética más significativos de la ciudad. Junto a Daniel desfilaron varios artistas, filósofas y teóricas que conformaron el colectivo siempre mutable. Las discusiones sobre la forma-valor, el liberalismo, la transestética, la literatura posmedial y demás asuntos eran intensas y configuraron un ecosistema sólido. Una comunidad, quizá.

A principios de 2024, desde la cuenta de instagram de Biquini Wax, se anunció una plática bajo el tema “¿Para qué lo colectivo?”, guiada por Ruvalcaba, que sucedería un lunes a las ocho de la noche. Pese al extraño horario, llegó muchísima gente; el ambiente tenía una luz fosforescente, como de antro, y todos compartían palomitas, cerveza y papitas en círculos, como si fuera toque de mota y quisiéramos que alcanzara para todos. Daniel presentó un Power Point sobre cómo el neoliberalismo había destruido la idea de lo común, las conversiones del artista como un ser económico y la consolidación de esa idea con el neoliberalismo y la consecuente homogeneización de las posibilidades del arte. Frente a esto, Ruvalcaba señaló otras formas no puras de pensar al artista en lo económico, a través de las que se realizan formas colectivas más allá del capital, como las economías barrocas, Estados no centralizados, pensar el recurso como algo que se comparte y la posibilidad de imaginar otras formas de financiamiento. Durante su residencia en Países Bajos, le tocó estar cerca de personas cuyos haceres sintonizan con lumbung: una práctica colectiva basada en compartir recursos, saberes y cuidados comunitarios, cuya metáfora parte de un granero comunal de arroz.

Esta plática se sintió como una libidinización teórica y afectiva necesaria para el gremio. Ahí decidimos que queríamos seguir pensando en común, así que durante aquel año nos reunimos cada quince días en lo que bautizamos como platicadas. En ellas, una persona compartía una idea o saber para pensarnos en colectivo. Los temas tendieron hacia el deseo, la deuda, el capitalismo, el liberalismo y los sentires comunes que nos hacen vulnerables por nuestra profesión artística, en la que es difícil tener seguridad social o salarios constantes. Una filósofa nos ayudó a entender cómo construimos necesidad en nuestro contexto. Yo di una sesión sobre finanzas postcapitalistas, un marxista nos explicó la relación de liberalismo y subjetividad, Andrés Villalobos nos contó historias y teorías sobre coleccionismo y acumulación; Diana Cantarey, quien es parte de Deuda x Clima, guió un ejercicio de vaciamiento colectivo sobre nuestras deudas actuales.

II. Capital

En las platicadas había la tentación de pasar a la acción: poner un negocio, hacer una tanda, fundar una galería, vender obra en tianguis, destruir el capitalismo, eliminar la deuda externa, coser almohadas para descansar mejor, entre otras propuestas. Uno de esos lunes, ya pasadas las once de la noche, alguien dijo: la solución es fundar un banco. Se comenzaron a oír barullos y risas. Tras unos minutos, parecía que había un consenso: “sí, fundemos un banco”. Uno que no sea extractivista. Uno solidario; sí, buena onda, acá, chidito. Un banco hecho para artistas. Sí, sí, sí, sí…

Ese día estaba Willy, fundador de “El Castillo de Chapultepec” (no el castillo en sí, sino un proyecto con el mismo nombre), la primera mansión-estudio en el mundo, un archivo-biblioteca-colección de arte-imprenta-quiosco de información-tienda de souvenires-lobby-salón de fiestas. Dijo que él llevaba una subasta anual con 150 artistas, con dinámicas para fortalecer la idea de lo común: por ejemplo, que el 10 % del total recaudado se reparte entre todos los artistas, hayan vendido o no. Fue entonces que nos propuso que esos mismos artistas dieran otro 10 % de las ventas para fundar el banco.

Éramos más de veinte personas, con cervezas Carta Blanca y Corona sin alcohol, ya medio tibias, quienes decidimos fundar un banco y así se hizo. Se tiene la idea de que el banquero es un cerdo capitalista, y aunque sí hay cierta maldad y abuso de parte de las instituciones bancarias, no siempre fue así. El ser del banquero en términos muy prácticos y reales es alguien que cree en la plasticidad del pensamiento y el mundo, es decir, que cree en el sistema de equivalencias.

En la Italia medieval, diversas personas comenzaron a sentarse en bancos de madera a lo largo de las provincias y puertos, para asegurarse de que los intercambios entre mercancías fueran justos y legales; que los valores entre una y otra mercancía fueran equivalentes a través de sellos. Aquellas personas cobraban un porcentaje por imaginar equivalencias entre los intercambios. Así, cuando un comerciante iba a intercambiar mercancías debía pasar primero al banco; metonimia del señor que se quedaba con un porcentaje de los intercambios mientras esperaba sentado. Ese personaje tenía una misión: imaginar la equivalencia general entre todas las cosas del mundo. A saber: el dinero.

A partir de esa idea el equipo, conformado por Andrés Villalobos, Bárbara Lázara, Bea Millón, Daniel Aguilar Ruvalcaba, Diana Cantarey, Santa Trenza, Susana Solís García, Tamara Gayol Massimi y Sebastián Mariscal Yániz, decidió que el Banquito Solidario para Artistas debía ser, de forma literal, un banco para sentarse.

III. Deseo

La subasta sucedió en febrero de 2025 durante la Semana del Arte y los artistas accedieron a dar un porcentaje a nuestra causa. Se juntó alrededor de 400 días de salario mínimo. Íbamos a tener una cantidad de dinero considerable, que para nuestro proyecto bancario sonaba necesario. Durante la semana de la subasta repartimos trípticos sobre el proyecto, sensibilizamos a quienes pudimos sobre la importancia de pensar otras economías desde el arte, y recaudamos donativos dando a cambio un banco de cerillos y corcholatas. A manera de obra de arte, los artistas realizamos banquitos para hacer un intercambio simbólico.

El acuerdo era que los primeros usuarios o miembros del banco serían los 150 artistas que hicieron posible el proyecto, el comité fundador y Willy, del Castillo de Chapultepec. El análisis general por el que se fundó el banco como un fondo común tiene que ver con atender necesidades y faltas de un gremio precarizado, pero que es rico en imaginación. Con este primer grupo se ensaya la sensibilización económica. En arte, por el prejuicio de su aura, se tiene la idea de que es mal visto hablar de dinero. Y como está mal visto es fácil caer en malos contratos, ser explotado, precarizado, etcétera. Nuestro banco será el lugar para romper el tabú.

Se tiene la idea que el arte es un bien burgués producto de una serie de excesos del capitalismo —y aunque hay algo de eso—, las personas que trabajan en arte no suelen tener seguro médico, ni gastos funerarios, ni ingresos constantes, ni terrenos, ni rentas, ni empresas, ni trabajo en algunos casos. Es un mundo que se sostiene no se sabe muy bien cómo. Una suerte de fe en la libertad y la imaginación como potencia fundante. Esa misma que nos agrupó.

Después de la subasta, se convocó a los artistas mediante una carta a la 1a Asamblea General del Banquito Solidario para Artistas. Había un análisis del panorama, un equipo entusiasta, 150 artistas y un dinero común, pero la pregunta seguía siendo ¿para qué necesitamos un banco para artistas? De la que se desprendían toda suerte de derivas como: ¿qué es un banco?, ¿para qué un fondo común?, si no es para enriquecerse, ¿para qué llevar la gestión de un banco?, ¿cuáles son los alcances de un banco?, ¿qué se puede resolver con una suma de seis dígitos para una centena de artistas? En realidad, el banco era una metáfora para reunir intereses, una serie de capitales y la apuesta por imaginar usos y necesidades para lo común.

El banco, más que otra cosa, apuesta por devolverle la dimensión humana y corporal a las transacciones económicas. Por economía no entendemos la ciencia de gobierno del dinero, sino la administración del hogar que es el mundo. Es decir, el modo en que las cosas y los seres crean relaciones en la existencia. Cuando Dios dice: “Ocúpate de mis asuntos en la tierra”, Benjamin Franklin entendió: “Ocúpate de mis negocios en la tierra”. De ahí que la ontología en el capitalismo financiero sean los impulsos por generar plusvalía del movimiento mismo. El sueño de Bill Gates, fundador de Microsoft, es desrealizar el mundo, haciéndolo un espacio liso de velocidades. Un capitalismo sin fricciones; un universo de puro intercambio sin desgaste. Sin personas. Sin mundo. Si el dinero es el equivalente general entre todas las mercancías que existen, lo único que impide que el dinero se vuelva más dinero por sí mismo es el desgaste y el roce de los cuerpos y la vida misma. Nuestro banco se opone a estos principios.

Estructurado como una escuela de autoformación económica —para llevar a buen puerto el fondo común—, el Banco Solidario de Artistas imagina su propio equivalente general que no sea dinero capitalista (o sí). Trata de devolver los capitales abstractos y financieros que desrealizan el mundo a la fuerza y la destreza de los cuerpos trabajando; sus habilidades y deseos como materia prima. Será un trabajo de largo aliento, pero tendrá la intención de ser la máquina de creación de las equivalencias generales. Fundar un banco es administrar el lugar donde todo es posible pues creas la idea de que todo puede ser cualquier cosa (por ejemplo: cualquier cosa vale cierta cantidad de dinero). Será la máquina de imaginación mutua de relaciones entre las cosas, los servicios, el deseo y la necesidad. Unas con otras y todas a la vez. Para asegurar y mantener la vida de los comunes y artistas de modo solidario. Tal vez es una obra de arte, un camino al éxito, al fracaso o la máquina milagrosa del siglo.

¿Podrás invertir si eres artista?, ¿guardaremos o lucraremos con tu dinero?, ¿te daremos tarjetas de plástico?, ¿tendrás facilidades al solicitar un bien o servicio?, ¿construiremos edificios y paraísos fiscales con el dinero lucrado?, ¿estaremos compitiendo con Nu o Mercado Pago?, ¿daremos una tasa de intereses preferible a los artistas?, ¿somos la inversión a la utopía del siglo?, ¿queremos financiar un sindicato que mejore la calidad de vida de las personas de la clase creativa? Todas esas preguntas recibirán respuestas, pero a su tiempo. El Banco Solidario de Artistas, al día de hoy, es un experimento de imaginación económica.

Cada uno de los integrantes de la junta tienen un sueño, un deseo y una falta —además de deudas tanto financieras como del corazón. En sesiones mensuales llevaremos esos sueños, deseos, faltas y deudas a la colectivización desde ejes temáticos como la precariedad, el concepto de inversión, fondo común, economías barrocas, poscapitalismo, introducción al lumbung, entre otras tantas. El objetivo será inventar o encontrar haceres, economías no monetarias y tablas de equivalencias que nos permitan saldar esas deudas y faltas que son el modo de vida contemporáneo, para aterrizar desde lo común algún deseo. Hay días en que pienso que el Banco Solidario será una institución, otras que es un juego de mesa bastante serio o una excusa para la heterotopía de la amistad. Pero nada que valga la pena se crea con certezas. Nuestro banco, además de carecer de certezas, tiene la total apertura a la imaginación mutable y si todos lo queremos así, puede llegar a ser un sistema de préstamos, un espacio seguro para los bienes artísticos que queramos albergar, un sindicato que luche por nuestros derechos o cualquier otra cosa que utilice imaginación, colaboración mutua y, por supuesto, dinero.

Para seguir las actividades del Banquito Solidario para Artistas, basta echar un vistazo al Instagram de @BiquiniWax_tv y @Elcastillodechapultepec. La siguiente reunión pública se realizará a finales de julio de 2025, en Radio Nopal. Se transmitirá la sesión por el canal de la radio. Estén atentos a las redes para los detalles que se anunciarán en un futuro.

M. S. Yániz

Crítico y curador de arte

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