Prólogo a los Prólogos con un prólogo de prólogos

Tienen un título apócrifo estas páginas para unirse, al menos en la fantasía, a las de un autor imprescindible de la lengua española. Tal es la alquimia del prólogo que permite que una sustancia nueva se una con otra previa y, en el mejor de los casos, la transforme. Borges ejerció con frecuencia este arte a lo largo de toda su vida como escritor desde que prologó, en 1925, el poemario La calle de la tarde, de su amiga Norah Lange. Queda constancia de esta labor sostenida en tres recopilaciones: Prólogos de La Biblioteca de Babel (2000), Biblioteca personal (1988) y Prólogos con un prólogo de prólogos (1975), que cumplió cinco décadas de haberse publicado el 10 de enero pasado.

El libro preparado por Torres Agüero Editor reúne treinta y ocho prólogos escritos entre 1925 y 1974, e incluye un borgeano “Prólogo de prólogos”, una suerte de prólogo “elevado a la segunda potencia” —definido así por el propio cuentista—. En ese texto, como en algunos otros del volumen, Borges reflexiona sobre este género desdeñado por la literatura y soslayado por la crítica. Además de este Borges teórico o crítico, la colección consigue entregarnos una imagen poco frecuente: la del autor oficioso, despojado de su aura de genio, que trabaja como traductor, editor y redactor de páginas preliminares para una pujante industria editorial bonaerense, compuesta por sellos como Eudeba, Losada, Minotauro, Emecé, Compañía General Fabril Editora y Sudamericana, entre otras.

Aunque menos osado que las Cien cartas a un desconocido —que recoge las cuartas de forros redactadas por Roberto Calasso para Adelphi Edizioni, paratextos aún más humildes que los prólogos—, el libro cuidado por Miguel de Torre y el propio Borges también se consagra a textos menores de forma irremediable. Textos que nunca logran desembarazarse de su carácter de intrusos, parecidos a un extraño que nos espera en el umbral de una casa e insiste en mostrárnosla, que en ocasiones nos hace desistir de continuar el recorrido; que a veces termina siendo ignorado; y en los casos más felices, nos descubre cosas del lugar que sin su guía habríamos pasado por alto. ¿Cuántas lecturas de clásicos habrán evitado los prólogos a bachilleres y estudiantes de literatura de todas las épocas? ¿Cuántos grandes prólogos habrán sido desoídos por la prisa de llegar a la “primera página”? ¿Y cuántos de éstos se han vuelto tan reconocibles como la obra misma, como en los Ensayos de Montaigne, el Libro de Job o El discurso del método?

Frecuentador de los géneros considerados menores —la novela policial, la ciencia ficción, Stevenson y Chesterton antes que Proust o Dostoievski—, Borges denuesta y enaltece los prólogos por igual. Lamenta que la mayoría busquen el halago fácil; intuye su carácter accesorio, pues —como afirma en el prólogo a Nacimiento del fuego de Roberto Godel— “[u]n libro (creo) debe bastarse”. Esta miseria del prólogo también aparece en El Aleph, encarnada en una petición del petulante Carlos Argentino Daneri, quien, pese a censurar la “prologomanía” de su tiempo, considera conveniente para su obra un “prólogo vistoso”, un “espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste”.

Borges reconoce también el valor del prólogo cuando funciona como trasunto de la lectura: “El prólogo, cuando son propicios los astros, no es una forma subalterna de los brindis, es una especie lateral de la crítica”. Y más aún, sabe —como el gran mezclador de géneros que es— que el prólogo puede abandonar su condición liminar o subsidiaria para convertirse él mismo en literatura. Incluso llega a fantasear con la idea de un prólogo que pudiera prescindir de su texto anfitrión; imagina un libro integrado “por una serie de prólogos de libros que no existen”. ¿“Tlon, Uqbar, Orbis Tertius” y “Pierre Menard, autor del Quijote” no son, en cierto modo, prólogos a libros imaginarios o prólogos imaginarios a libros reales?

Sobre las posibilidades literarias de este género en el argentino, Mariana C. Zinni —profesora de literatura hispánica en Queens College— considera que muchos de sus prólogos no poseen un carácter crítico sino ensayístico: “Borges introduce la novedad en el género al desbordarlo. Se advierte en sus prólogos una particular entonación de la voz borgeana que los hace diferentes de los prólogos convencionales; su figura de ensayista incide en ciertos momentos demostrando que se trata de un escritor que escribe ensayos, que los prólogos pueden ser leídos según la lógica del ensayo”.

En sus prólogos, Borges aparece en primer plano, rodeado por su tesauro: sus autores, libros y temas obsesivos —Quevedo, Shakespeare, Kafka; Las mil y una noches, La Divina comedia, Don Quijote; la tensión entre civilización y barbarie, la predilección por la novela de aventuras sobre la psicológica, la defensa de la autonomía del arte frente al compromiso político. Además de esa presencia del yo, característica del ensayo literario, el autor de Historia universal de la infamia echa mano de algunos de sus recursos predilectos: la demora, el desvío, la digresión como formas de suspenso argumentativo, la erudición como sintaxis —como ha dicho Piglia—, la ironía y el comentario oblicuo como método de lectura. Tal vez presintiendo que en ese umbral que significan unas palabras prologales, puede acontecer un ensayo.

Podemos encontrar un buen ejemplo en uno de sus prólogos más recordados, aquel que le dedica a las Crónicas marcianas de Bradbury; un texto llamativo, además, porque lo consagra a un título que suele estimarse como literatura menor. Para hablar de ellas se remonta a representaciones de la vida celeste que van desde Luciano de Samosata, en el siglo II, hasta Aulo Gelio, Ludovico Ariosto, Kepler y John Wilkins. Cuando llega por fin al libro del estadounidense, no apresura una descripción escolar, sino que penetra en el espíritu de la obra mostrando su carácter melancólico y desengañado de la humanidad, un tono quizá improbable para un libro de ciencia ficción. Después de ese comentario crítico, menciona los dos o tres cuentos que considera más destacados, señalando alguna de sus singularidades; entonces el ensayista reaparece con una pregunta que anuda lo central del libro con lo de su propia lectura: “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?”. Y más adelante concluye con una estampa todavía más personal: “Hacia 1909 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas, de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables terrores”. El modo de prologar de Borges es una mezcla de ensayo, memoria, lectura crítica y escritura literaria. No se trata de introducir un texto sino de elaborar la experiencia de su lectura.

Un último apunte sobre un detalle de los Prólogos: algunos incluyen posdatas fechadas en 1974, en las que el autor se lee a sí mismo y acaso se prologa, a veces de forma enigmática o fragmentaria, no para establecer una nueva conclusión al texto, sino como una digresión más, una anotación que actualiza la experiencia de Borges al revisitar al otro Borges. La de nuestro ejemplo dice, verbigracia: “Releo con imprevista admiración los Relatos de lo grotesco y arabesco (1840) de Poe, tan superiores en conjunto a cada uno de los textos que los componen. Bradbury es heredero de la vasta imaginación del maestro, pero no de su estilo interjectivo y a veces tremebundo. Deplorablemente, no podemos decir lo mismo de Lovecraft”. Esas posdatas abren la puerta a esa obsesiva imagen borgiana de la biblioteca y las lecturas infinitas, y nos invitan quizás a hacer la propia. Medio siglo después de su reunión, los prólogos del argentino persisten como una más de sus formas secretas de la ficción.

Anuar Jalife

Profesor de literatura en la Universidad de Guanajuato. Ha publicado ensayos literarios en revistas como Este País, Letras Libres, Tierra Adentro, Armas y Letras y Confabulario, entre otras. Ha sido becario del PECDA Guanajuato y del FONCA en la categoría de ensayo creativo.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros