La estultofilia, o la pasión por la ignorancia

Llega a librerías mexicanas Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad, de Lola López Mondéjar, Premio Anagrama de Ensayo 2024; una obra que explora la pérdida de narratividad en las sociedades contemporáneas, sobre todo tras la instauración de la digitalidad en todas las esferas de la vida pública y personal. Entre la filosofía y el psicoanálisis, y a partir del estudio de nuevos fenómenos culturales, López Mondéjar estudia la incapacidad narrativa propia de un mundo con sujetos y ciudadanos individualistas, inconscientes y acríticos, que padecen déficit de atención, de pensamiento e imaginación.

A continuación presentamos uno de los capítulos del libro titulado “La estultofilia, o la pasión por la ignorancia”.

No hay mayor lujuria que el pensar.
Se propaga este escarceo como la mala hierba
en el surco preparado para las margaritas.

No hay nada sagrado para aquellos que piensan.
Es insolente llamar a las cosas por su nombre,
los viciosos análisis, las síntesis lascivas,
la persecución salvaje y perversa de un hecho
desnudo,
el manoseo obsceno de delicados temas,
los roces al expresar opiniones; música celestial en
sus oídos.

A plena luz del día o al amparo de la noche
unen en parejas, triángulos y círculos.
Aquí cualquiera puede ser el sexo y la edad de los
que juegan.

Les brillan los ojos, les arden las mejillas.
El amigo corrompe al amigo.
Degeneradas hijas pervierten a su padre.
Un hermano chulea a su hermana menor.

Otros son los frutos que desean
del prohibido árbol del conocimiento,
y no las rosadas nalgas de las revistas ilustradas,
pornografía esa tan ingenua en el fondo.
Les divierten libros que no están ilustrados.
Solo son más amenos por frases especiales
marcadas con la uña o con un lápiz.

Wisława Szymborska
«Opinión sobre la pornografía»,
en Gente en el puente (1986)

 

En su libro Puntos ciegos, Fernando Broncano analiza cómo se degrada y se expropia el conocimiento en las sociedades complejas, paradójicamente llamadas del conocimiento o de la información. Las sociedades así denominadas, escribe, sufren de una ceguera y una ignorancia profundas sobre su presente y su pasado, una ignorancia destructora del conocimiento como «acervo de capacidades y bienes comunes que permiten un mundo más justo y sostenible». La cuarta revolución industrial, tecnológica y digital, produjo un nuevo paso en la sociedad de la información, una nueva forma de capitalismo, al que Broncano denomina capitalismo cognitivo, que comenzó con la crisis de 2008 y que

pese a envolverse en el manto de la promoción del conocimiento, de hecho, es un sistema que genera una destrucción sistémica de las semillas básicas que han dado lugar al conocimiento científico y técnico tal como lo conocemos.

El capitalismo cognitivo se basa en la producción de una ignorancia estratégica y de una desinformación sistémica mediante barreras que han sido diseñadas voluntariamente por las empresas con objeto de evitar «responsabilidades por daños producidos, o bien de generar dudas sobre demandas sociales».

El neoliberalismo es una escalada en la producción de ignorancia, afirma; «lo cierto es que la información sobre la que se basa el sistema es de hecho ignorancia programada». La cultura neoliberal, y en esto coincide Broncano con el grupo Tiqqunim y con Berardi, plantea en su agenda una educación de las sensibilidades dirigida, precisamente, a la anestesia de la sensibilidad hacia la verdad y a una hiperestesia de las emociones y de los instintos básicos. Al diferenciar entre información, como los datos disponibles en tiempo real, y conocimiento, como una manufactura de la información verdadera, una construcción de los sentidos, de la inteligencia individual y colectiva, de la interacción experimental y técnica con la naturaleza, que tiene la cualidad de producir información verdadera, Broncano puede afirmar que la sociedad de la información y el conocimiento «ha devenido en una inmensa industria de desinformación». Una fábrica orientada hacia la expropiación de la atención y hacia la explotación de lo «salvaje» o asilvestrado de la subjetividad, explotando la propensión del cerebro a huir de las ambigüedades y dudas, una oportunidad que aprovecha el poder para colonizarlo a través de los que denomina túneles mentales, esto es, «los recursos psicológicos que hemos desarrollado a lo largo de nuestra historia cognitiva para equilibrar las demandas de atención y equilibrio metabólico».

Para Broncano, el régimen de verdad moderno estaba dirigido a la domesticación y a la sumisión de la subjetividad, mientras que el posmoderno, mediante los mecanismos de control de la atención, se dirige a manejar los sistemas de formación de pensamientos, creencias y decisiones que escapan al control del sujeto. Broncano se detiene largamente en exponer las tesis de Daniel Kahneman sobre dos sistemas de pensamiento que rigen nuestras reacciones a los estímulos del entorno: el Sistema I, rápido y automático, que incluye destrezas innatas que compartimos con otros animales, y el Sistema II, que se emplea en tareas que requieren atención y cualidades cognitivas. Cuando desciende la atención, el Sistema II no funciona como debería. Un sistema y otro negocian constantemente para regir la conducta, pero las actividades que requieren autocontrol (Sistema II) son fatigosas y desagradables y producen un agotamiento del ego, lo que hace disminuir la motivación.

Continúa Broncano con las tesis del Nobel de Economía Daniel Kahneman:

Así, el cerebro tiende a huir de las ambigüedades y dudas, generando hipótesis más rápidas y disponibles; tiende a huir de los riesgos y a confirmar lo que ya supone o teme; tiende a evitar los conflictos emocionales entre lo que desea y lo que se sabe. La evitación de disonancias cognitivas, de los esfuerzos de confirmación y de los riesgos, es decir, de todo lo que haga realizar esfuerzo, es una regla que se impone en la vida cotidiana independientemente de los grados de educación, cultura o experiencia. Todos somos muy parecidos en esos túneles de la mente que buscan el mínimo esfuerzo.

A partir de estos presupuestos, la hipótesis de Broncano apunta a que el medio digital es un instrumento básico de expropiación de la atención, utilizando precisamente para sus fines esos túneles mentales que compartimos todos los humanos. Nos gusta la simplicidad y huimos espontáneamente de lo complejo. Todavía recuerdo las amonestaciones de mi severísimo padre cuando nos censuraba la ejecución rápida de alguna tarea, actitud que consideraba dirigida por la ley del mínimo esfuerzo: la cabeza no solo sirve para llevar el sombrero, amonestaba. La educación infantil, hasta el siglo XXI, se centraba en alejar al niño de esos túneles mentales para que valorase precisamente el trabajo minucioso y correcto. Vemos cómo estos valores están en vías de transformación.

En 2008, Robert Proctor publicó su libro Agnotología, en el que investiga la producción deliberada de la ignorancia para engañar y poner en duda hechos observados por el conocimiento científico. Tomó como ejemplo la actividad de las tabacaleras, que invirtieron cantidades ingentes de dinero para socavar la evidencia científica y negar la relación causal entre el consumo de tabaco y el cáncer, así como el análisis del secreto militar. Con sus investigaciones, Proctor creó las bases del estudio de la ignorancia, cuya producción programada es hoy mayor que nunca, como comprobamos en 2016 durante la campaña electoral de Donald Trump y, en la actualidad, con los esfuerzos de los negacionistas por difundir sus ideas infundadas sobre la inexistencia del cambio climático, o los discursos antivacunas y negacionistas durante la pandemia de covid-19.

En un artículo publicado en 2010 llamé estultofilia o pasión por la ignorancia a la imparable tendencia de nuestra sociedad a alejarse del saber. Contra el dictado ilustrado de atreverse a pensar, el dictado neoliberal apunta hacia lo contrario: la estultofilia, el síndrome del pensamiento cero, una búsqueda del entretenimiento y la superficialidad que transforma el psiquismo, refractario al pensamiento y al sufrimiento que este trae consigo.

Al hablar de pobreza intelectual, de la progresiva atrofia de la capacidad para ejercitar un pensamiento crítico, de la dificultad creciente para elaborar argumentos complejos y para mantener la atención, corro el riesgo de ser tildada de elitista, de opinar desde una posición no exenta de cierto racismo de la inteligencia, como llamó Pierre Bourdieu a la naturalización de la inteligencia que enarbola la clase dominante, «así como el papel de los psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas en la producción de eufemismos que permiten designar a los hijos de subproletarios o de inmigrantes de una manera tal que los casos sociales se convierten en casos psicológicos, las deficiencias sociales en deficiencias mentales, etc.».

Se trata de un racismo con el que, por supuesto, no me identifico, ya que, si bien sigo pensando que es mejor saber que ignorar, tomo muy en cuenta los determinantes económicos y culturales que impiden el acceso al conocimiento de amplios grupos de la población y, en nuestros días, las motivaciones que pueden llevar a extensos sectores de la juventud a desistir de formarse, así como los perversos peligros de la meritocracia. Dadas las perspectivas de futuro que se les proponen, el absentismo y la deserción pueden leerse como una suerte, si bien individualista e infructuosa, de rebeldía. La dura tarea de someter su atención, secuestrada en tareas presentistas, a un objetivo demorado puede ser desmotivante frente al horizonte de precariedad que perciben. Cuando escribo esto, en Grecia acaba de adoptarse una medida que aprueba la jornada laboral de trece horas y la supresión de la indemnización por despido, una involución que oscurece aún más el sistema laboral y asimila al trabajador casi con el esclavo.

El creciente abandono escolar del que se lamentan en España la OCDE y el Informe PISA, o la Gran Deserción que desde hace unos años empuja a los jóvenes de distintos países a dejar su formación y sus empleos no son sino la respuesta a esta falta de horizontes.

Del paralelismo entre los determinantes sociales y la producción de subjetividades, entre otras cosas, se ocupa este trabajo, por lo que no renuncio a denunciar lo que considero una verdad probada: el descenso del amor por el saber, la sustitución de la cultura por el entretenimiento, el rechazo de las humanidades a favor de una formación eminentemente técnica y pragmática, la disminución de la inteligencia de las últimas generaciones (demostrada por los instrumentos que hoy nos sirven para medirla, pese a todas las objeciones que podamos hacerles). Ninguno de estos aspectos forma parte del ideal que deseo para la humanidad.

En su interesante y extenso libro Error 404, Esther Paniagua explora los efectos adictivos de los dispositivos virtuales y la voluntad de las empresas de utilizar el «diseño del comportamiento», lo que B.J. Fogg llamó captología, es decir, el uso de los principios de la psicología conductual y de las ciencias del comportamiento para aprovechar las debilidades del cerebro humano y servirse de nuestra necesidad de reconocimiento y de sociabilidad con objeto de captar y mantener nuestra atención en dichos dispositivos. Entre otras consideraciones, Paniagua afirma:

La idiotización es otro de los posibles efectos secundarios de pasar largas horas mirando el móvil y delegar en él un creciente número de tareas. El 46 por ciento de los españoles admite haber perdido capacidades desde que tiene un smartphone

Hablar de «idiotización» o de «pobreza intelectual» no significa pensar que los nacidos a partir de 2000, año en el que se fija la universalización de internet, posean menos recursos cognitivos que las generaciones anteriores, en absoluto, sino que se les empuja a utilizarlos de formas distintas, más superficiales, menos profundas; que se les insta a huir de la complejidad, una realidad que ha dado cabida al número creciente de populismos que asola el mundo con sus mensajes simples, sus soluciones rápidas, su falta de rigor y su negacionismo científico e intelectual. Pues, indudablemente, el nivel de inteligencia disminuye si esta no se ejercita: el pensamiento se atrofia y, con él, la capacidad narrativa.

Un peligroso negacionismo que, en el orden social, se muestra hoy principalmente en el rechazo de que haya sido nuestra sociedad industrial la que ha generado la crisis medioambiental en la que estamos inmersos; esto es, la negación del origen antropocéntrico del cambio climático y sus consecuencias. Broncano analiza en su ensayo este fenómeno sirviéndose de un concepto de Stanley Cohen, states of denial, que traduce como «estados negacionales», refiriéndose a «las actitudes de negación que adoptamos frente a aquello cuyo conocimiento exige de nosotros una reacción y, por ello, genera responsabilidades por omisión cuando falta tal reacción».

El psicoanálisis describió un primitivo mecanismo de defensa, la negación, que explica estas actitudes; la resistencia que el yo opone para conocer parte de la realidad tiene que ver con que ese conocimiento modifica la visión que tenemos de nosotros mismos y debilita el narcisismo del yo, hasta obligarlo a cambiar o aceptar sus contradicciones y a reconsiderar la imagen mejorada que tenemos de nosotros mismos, reduciéndola. La negación va unida a la escisión, pues la parte que se pretende ignorar se separa del sí mismo para no dañar nuestra imagen y conservar así nuestro yo idealizado.

No conozco en mi entorno ningún negacionista del cambio climático, todo lo contrario, todos compartimos casi cotidianamente informaciones sobre el desastre medioambiental al que la autofagia de un capitalismo devorador nos ha conducido; algunos lideran movimientos ecologistas y el tema forma parte de nuestras sobremesas, en las que la mayoría confiesa sentirse temeroso y sufrir distintos grados de ecoansiedad. Quienes son abuelos temen por el futuro de sus nietos. Sin embargo, pocos de ellos han decidido dejar de comer carne, ni siquiera disminuir su consumo, ni reducir el número de sus viajes en avión, y conviven con esta disociación sin aparente conflicto. El conocimiento no los lleva a ese tipo de acciones, si acaso a algún gesto eventualmente testimonial, o incluso a un activismo militante, pero no los conduce a ninguna renuncia que modifique los hábitos que han regido sus vidas hasta ahora. Tampoco parece que esa contradicción debilite la imagen que mantienen de sí mismos como personas progresistas e informadas. Sin embargo, su comportamiento adolece de falta de coherencia entre lo que piensan y lo que hacen, digamos que no consiguen integrar ambos aspectos en lo que al cambio climático se refiere, sin que esa escisión parezca afectarlos en forma de incomodidad o de disonancia cognitiva; su malestar no surge porque parecen mantener separados sus conocimientos sobre la crisis medioambiental y sus actos, sin integrarlos ni pensar en la contradicción que implican. Yo misma, que busco corregir estas contradicciones a favor de la coherencia, sostengo algunas de ellas, mea culpa.

Los pacientes más jóvenes en crisis acuden a la consulta confesando que no quieren pensar porque no quieren sufrir, vienen acompañados de un autodiagnóstico que han encontrado en las redes, una fórmula que los calma momentánea al confirmar que lo que les pasa les sucede también a otros, pero obturando así la pregunta sobre qué es lo que ha causado su malestar. «Soy PAS» (persona altamente sensible), «Tengo TOC» (trastorno obsesivo compulsivo), «Soy borderline», «Soy trans» se constituyen en puertos de llegada que confirman una identidad que apacigua la búsqueda de sí mismos. Cuando no son directamente ellos quienes se autodiagnostican, algunos amigos informados les sugieren «pregúntale a tu psicoanalista si eres una persona altamente sensible», y ellos lo hacen. No pensar es un imperativo al que se adhieren quienes sufren un malestar psíquico y encuentran en una fórmula diagnóstica un grupo de pertenencia y un reconocimiento público de su sufrimiento.

Pero el problema de esta huida del pensamiento es que produce un vacío de representación y, por tanto, también de subjetivación. Los adolescentes sufren un malestar sin nombre que intentan calmar mediante la asunción de una identidad prestada, encontrada muchas veces en las redes, y cierran así el proceso de subjetivación, al que aludía Yves Citton, mediante una identificación adhesiva global, que obstruye el pensamiento.

Para el psicoanálisis, la identificación adhesiva se relaciona con dificultades en la constitución de la fantasía y de un espacio mental interno, y también con fenómenos de imitación que toman en consideración elementos formales y superficiales de los objetos, que carecen así también de interioridad (recordemos que aquí los objetos son también los otros, tomados como tales y no como sujetos). Este tipo de identidad se relaciona con una modalidad de defensa ante ansiedades catastróficas o con el fracaso del objeto de apego para efectuar las funciones de contención y mantener unidas las diferentes partes del self. Se trata de una posición muy primitiva de la evolución del ser humano que se abandona poco a poco con la madurez psíquica, pero a la que regresamos en etapas críticas de la vida, pegándonos o adhiriéndonos a un objeto, a una persona significativa o a una ideología de manera total, en una clara situación de dependencia regresiva.

Las identificaciones adhesivas son formas de dependencia apasionada del objeto que podemos encontrar en el fanatismo religioso y político. El líder o la ideología satisfarían las necesidades de identidad del individuo, que no requiere así hacerse preguntas ni crear una subjetividad propia. Me detendré más adelante en este mecanismo al analizar algunos aspectos de los terroristas del Daesh y del mundo de las sectas.

Si bien el acceso a una subjetividad no es universal, pues la mayoría de los seres humanos permanecen sujetos a las identificaciones propuestas por su entorno familiar y social, y repiten mediante su deseo mimético las pautas proporcionadas por este, desde la Ilustración hasta finales del siglo XX los ideales ilustrados proponían una salida de la ignorancia para acceder al pensamiento propio, autónomo. La alfabetización y la cultura traerían consigo una progresiva subjetivación de los ciudadanos, que abandonarían las identificaciones adhesivas, proporcionadas por la religión, la ignorancia y el mito, la infancia de la humanidad, y adoptarían una posición crítica como ciudadanos del mundo. Sin embargo, en Occidente, la sociedad de consumo y del espectáculo interrumpió ese ideal ilustrado y sustituyó el sueño de una progresiva subjetividad reflexiva y crítica por un fetichismo de la identidad, en palabras de Bauman, una identidad protésica que no es otra que la de consumidores, obedientes y homogenizados. Una identidad adhesiva.

Llegamos así a un siglo XXI donde la búsqueda identitaria está en primer orden, síntoma quizás de esa estultofilia que obtura el diálogo del sí mismo consigo mismo, esto es, síntoma de una atrofia de la capacidad narrativa que impide la construcción de una subjetividad propia y reduce el sostén identitario a los aspectos miméticos más imaginarios: vestir como X o Y, por ejemplo, o consumir como X o Y, o comportarse como los modelos sociales propuestos por las redes. Las identidades adhesivas imitan ahora los distintos aspectos del consumo, de la moda, sea esta en el vestir, el ocio o cualquier otro apartado de la vida humana.

En París, la moda de colocar un candado para sellar una relación de amor en las balaustradas de hierro del Puente de las Artes hizo peligrar su estabilidad debido al incremento del peso que podía soportar. La costumbre ha ascendido ahora a la colina del Sagrado Corazón, cuyas balaustradas comienzan a llenarse también de los llamados candados de amor, que venden inmigrantes pakistaníes alrededor del monumento. ¿Qué mueve a las parejas a hacerlo? La imitación que quisimos desterrar del horizonte de los hombres y las mujeres para convertirlos en mayores de edad regresó con fuerza con los medios de comunicación de masas. Copiar el gesto, imitar a los influencers, que, a su vez, responden a las expectativas de consumo dictadas por el mercado, es hoy el modo de ser de la gran mayoría de los jóvenes. Como señala Jennifer Padjemi:

Todos los años vemos a gurús de la New Age proponer formas alternativas de curarse, comer, dormir y vivir. Se aprovechan de los miedos de personas a veces vulnerables o en situación precaria, les prometen una vida mejor y luego las controlan hasta que están completamente perdidas.

Padjemi analiza el fenómeno viral de «That Girl», en TikTok e Instagram, que muestra a chicas blancas aparentemente felices y organizadas que exhiben sus vidas, sus ejercicios gimnásticos, sus hábitos de belleza, e invitan a ser imitadas. En cuatro meses, el hashtag «That Girl» ha acumulado más de 900 millones de visitas. «Esa chica» era antes un mito que se encarnaba en actrices y personalidades públicas y que ahora se personaliza en la vecina, en la chica de al lado, en la alumna perfecta del instituto en la que todas las demás chicas podrían convertirse, la más popular, un personaje muy frecuente en las películas norteamericanas. Todas iguales, homogéneas, Barbies clónicas en cuerpo y en espíritu. ¿Espíritu? De haber algo que pudiera llamarse así, más allá de la mímesis, desde luego no es aquel al que aspirábamos las mujeres de las generaciones anteriores. Pero esto, quizás, sea otra larga historia.

El trasero (booty en inglés) de las hermanas Kardashian marcó una moda que imitaron miles de seguidoras, sometidas gustosamente a la cirugía del llamado levantamiento de glúteos brasileño, a pesar de los riesgos que pueda implicar la transformación voluntaria de esa delicada anatomía, necesaria para sentarse, entre otras cosas menos confesables; una moda que las hermanas han abandonado hace un par de años, por lo que han reducido su trasero a dimensiones menos exuberantes, lo que sin duda pondrá en marcha otra nueva oleada de fans que reducirán también el suyo.

La apariencia de felicidad que se muestra en TikTok, Instagram o Facebook incrementa el comportamiento mi mético y promueve la creación de unas identidades adhesivas para las que cuenta más actuar que pensar.

Algunos comportamientos compulsivos, como los atracones característicos de la bulimia, tienen relación con este deseo imperioso de desprenderse de la angustia mediante un acto, en este caso con el llenado de comida.

En el mismo sentido, en su libro Los tabúes del mundo, en un capítulo con el sugerente título «¿Pensar es ahora un tabú?», Massimo Recalcati aporta una posible explicación a este síndrome del pensamiento cero que afecta a un gran número de sujetos:

No es casualidad que para Freud sea precisamente ese tránsito de la presencia a la ausencia lo que se halla en el origen de la actividad del pensamiento; solo si el niño vive la experiencia de la ausencia del objeto (el pecho es su prototipo), puede acceder a la abstracción simbólica del pensamiento. […]
Pero cuando la acción se desprende del pensamiento –como enseña con muchos ejemplos la clínica psicoanalítica– tiende a adoptar la forma de un pasaje al acto, o de una descarga hacia el exterior de esas tensiones internas que la vida es incapaz de tolerar. ¿No es este acaso un modelo que nos ayuda a entender la espiral de violencia que nos envuelve? En lugar de procesar simbólicamente los conflictos que recorren nuestra vida individual y colectiva, preferimos evacuarlos directamente hacia la realidad a través de tránsitos hacia actos cruentos. El corto camino de la violencia aspira a reemplazar el largo camino del pensamiento.

Como sabemos, el pasaje al acto es rápido y pensar exige tiempo, reflexividad, introspección, demora, control de impulsos, integración de los aspectos buenos y malos del otro; todo lo que en psicoanálisis se ha llamado acceso a la posición depresiva kleiniana. Por tanto, reflexionar nos pone en contacto con el objeto total, el que posee atributos tanto buenos como malos; nos hace experimentar culpa si lo dañamos y la necesidad de repararlo para conservar el lazo con él, lo que limita considerablemente nuestra omnipotencia. Si el objeto de amor queda dividido mediante la disociación en un objeto malo y otro bueno, propio de la posición que Melanie Klein llamó esquizoparanoide, agredir al que nos frustra no trae consigo supuestamente su pérdida, porque conservamos de manera mágica el objeto bueno en nuestro interior. El pasaje al acto se basa en este tipo de mecanismos de escisión de los sentimientos, tanto del sí mismo como del objeto. Integrar los aspectos positivos y negativos de uno y otro nos permite entrar en una posición depresiva necesaria para pensar la realidad en su conjunto, y al objeto y a nosotros mismos como animados por sentimientos ambivalentes. Desarrollaremos mejor más adelante estas dos posiciones.

Sin embargo, esa integración se hace difícil hoy, pues, volviendo a Recalcati:

Vivimos en una época en la que la transición de la presencia a la ausencia que custodia el origen del pensamiento parece obstruida. La dependencia de la presencia de objetos –especialmente los tecnológicos– refuerza la necesidad de la presencia perpetua a expensas de la de la ausencia. […] Es una evidencia psicológica generalizada: a los seres humanos cada vez les cuesta un mayor esfuerzo renunciar a la presencia del objeto.

Los psicólogos infantiles ya han advertido hasta la saciedad de la dificultad de los padres para dejar que sus hijos se aburran, es decir, que busquen en su interior sus propias motivaciones, vacilantes e incipientes, y puedan conectarse con ellas y no recibir pasivamente un programa de actividades diseñado por otros con la mejor voluntad, pero que termina por borrar toda idea de interioridad y de espontaneidad del infante. En casi todos los espacios en los que he podido observar la relación entre padres e hijos, he visto cómo los primeros proporcionan a los niños, incluso bebés de meses, aparatos electrónicos para su entretenimiento, a pesar de las recomendaciones en contra.

Donald W. Winnicott ya nos había enseñado qué es el espacio transicional, ese espacio que se construye entre la madre o el cuidador principal y el niño, el que posibilita que, cuando se produzca la ausencia del adulto, el niño lo imagine, lo fantasee, pueble de símbolos y de representación ese espacio vacío. Es ahí donde se gesta el origen de la imaginación creativa, el pensamiento y el lenguaje; los tres se generan primero con la presencia, pero después en ausencia del objeto de cuidados, alucinando, recreando imaginativa y activamente el objeto ausente.

La presencia continua de los objetos, sobre todo tecnológicos, que hoy afecta a los nativos digitales dificulta tanto la capacidad de pensar como la de estar solo. El empleo del dispositivo móvil entre los jóvenes ha disminuido incluso sus horas de sueño a consecuencia de la tentación que supone consultar los mensajes durante la noche. El hábito se ha incorporado con normalidad al cine, a las series televisivas, a cualquier representación de la adolescencia y la juventud. Sigmund Freud designó con los términos alemanes fort-da a la dinámica de representar el objeto ausente. Se trata de un concepto muy conocido en el psicoanálisis, el llamado juego del carretel, que surge de una anécdota relatada por Freud al observar el juego que realizaba su nieto de año y medio cuando se alejaba su madre. La diversión consistía en que el niño arrojaba lejos de sí un carrete de hilo mientras lo sujetaba de un extremo del cordel y gritaba: «Oh…» (se fue; fort en alemán), y lo atraía hacia él después diciendo: «Da…» (aquí está). El bebé repetía estos gestos durante el tiempo en que su madre estaba ausente. Lo que sorprendió a Freud fue que esa alternancia reemplazara los anteriores llantos de su nieto.

Tras la observación de los efectos apaciguadores de este juego infantil, Freud especuló que el fort-da era importante para el bebé, pues representaba las ausencias y los retornos de la madre; el hecho de lanzar y recoger el carrete le permitía controlar en su fantasía las angustias vinculadas a la sensación de encontrarse solo. Con el fort-da, el bebé podía negar que pudiera afectarle la ausencia de su madre «deshaciéndose» de ella al lanzar el carrete y haciéndola aparecer cuando él quisiera al retornarlo. La ausencia de la madre o del objeto de amor, pues, crea el juego y el lenguaje, que representa la realidad y nos posibilita un cierto dominio sobre ella. El juego infantil en su conjunto tiene esta función de dominio de la realidad, de ensayo prospectivo.

Si la imaginación y el mundo simbólico aparecen en la dinámica presencia/ausencia (el fort-da que he descrito), hoy nos encontramos en un mundo donde apenas hay ausencia, pues estamos pegados a objetos tecnológicos que nos proporcionan la ilusión de no estar nunca solos. Además, los padres llenan las agendas de sus hijos de actividades, con la pretensión de prepararlos para un mundo que exigirá de ellos habilidades variadas. Sin embargo, al hacerlo, también impiden el encuentro del niño con su mundo interior, la creación de la fantasía, el refugio en la imaginación, y los adiestran en una forma de llenarse con propuestas del exterior que impide la creación de un mundo propio. Se trata solo de una especulación, pero no me resisto a vincular esta dificultad para dejar que los niños jueguen solos, sin proporcionarles ninguna actividad desde fuera, con el aumento de los trastornos del sueño de los bebés. Abandonarse al sueño es dejarse llevar hacia un interior que los pequeños no han creado ni explorado, y que les proporciona, no el sosiego y el descanso esperados, sino angustia. La extensión de la práctica del colecho, es decir, compartir cama con uno o ambos progenitores, impide también esa separación-individuación, así como la creación del espacio transicional, mediador entre la presencia y la ausencia del objeto de apego, origen de la fantasía y del mundo simbólico.

Además, la constante actividad a la que se somete a los niños y la aceleración que afecta al modo de vivir de la infancia y posterior adolescencia impiden la función narrativa, ya que el tiempo es la estructura misma del relato; el tiempo articula el proceso de dar forma y fijar la experiencia humana. Toda narrativa reordena la experiencia temporal. Cuando la velocidad de las experiencias impide su elaboración, y se pasa de una a otra sin solución de continuidad, la capacidad simbólica se deteriora, como ya dijimos.

El paso de un objeto de amor a otro que propone el modelo Tinder se encuadra en este síntoma de los tiempos de calmar la ansiedad mediante la salida actuadora. No hay tiempo para el duelo, no se identifica la frustración, sino que la huida y la adhesión a un nuevo partenaire sexual aparecen como respuesta rápida y consoladora en un mundo donde el otro tiene que satisfacer exactamente nuestras expectativas. La prolongada exposición a este mecanismo evasivo produce una insensibilización y un enfriamiento afectivos que acaba degradando el mundo de nuestras emociones y sentimientos.

Escribo «enfriamiento afectivo» y observo la degradación que también han sufrido las palabras a causa de la aceleración de la vida y, por tanto, de la lectura. Si leemos rápidamente, ese sintagma nos pasa casi desapercibido, pero merece la pena detenerse en él. Cuando nos enfriamos afectivamente, el mundo de los sentimientos se congela y nosotros con él. Nosotros mismos, a poco que nos observemos, somos conscientes de que la persecución obsesiva de metas profesionales, o en el peor de los casos únicamente de consumo, nos hace indiferentes a la vida, a la presencia y el sufrimiento de los otros, porque estos nos desvían de nuestro propósito. Pensemos por unos momentos en lo que este enfriamiento comporta para cada uno antes de pasar al siguiente apartado. Tomémonos un tiempo.

 

Lola López Mondéjar. Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad. Barcelona: Anagrama, 2024, 344 p.

© Anagrama, 2024. Reproducido con autorización de la editorial.


2 comentarios en “La estultofilia, o la pasión por la ignorancia

  1. Pedir una educación de calidad no perfección en los razonamientos no es clasista. No se puede tener un pensamiento critico sin comprensión lectora o saber hacer cuentas.

    En las zonas rurales de Meixco la genete aún la más pobre se enorgullece de mantener un habla correcta, y como resultado en esas regiones se han mantenido formas de hablar que en las ciudades han desaparecido. Los padres, hermanos mayores y familia extendida corrigen el habla de los niños y les transiten lo que ellos consideran valioso que se conserve en la siguiente generación. En las ciudades, los padres ya casí no conviven con los hijos debido al trabajo y la familia extendida es escasa, no existe o no se ven seguido, por lo que los mecanismos tradicionales de transmisión cultural se pierden y sólo queda la educación formal.

    Tener pensamiento autónomo y construir la propia personalidad no significa que uno se aleje de los modelos que se le inculcaron de niño, sino que ya los ha reflexionado y asume lo que considera válido. ¿o acaso considerarían válido que alguien llegara a consulta diciendo que el válido tener esclavos o comer carne humana?

    1. Corrijo: “Pedir una educación de calidad o perfección en los razonamientos no es clasista. No se puede tener un pensamiento critico sin comprensión lectora o saber hacer cuentas.”

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