La ausencia significativa

En su ensayo “El poema que no está” (2013), Eduardo Milán (Rivera, Uruguay, 1952) advierte: “Se soporta poco el poema que habla del poema, la poesía que habla de la poesía. La poesía todavía debe ser conductora, servir al tema (…) Cuando no es así, a eso que es de veras se le llama metapoesía”. Y, más adelante, ironiza: “Poesía es lo que cubre la verdad como un velo de belleza. Y el poema en su materia no aparece en ese trato. (…) Que el poema no aparezca es un pacto de seriedad y un homenaje a la humanidad del lector”. Por seriedad, claro, entendamos lo solemne y lo sublime, dos aspiraciones aún populares entre poetas contemporáneos; y por humanidad, la sensiblería de un fantasma que recorre las redes sociales: el lector.

Desde sus primeros libros, Milán ha roto aquel “pacto de seriedad” y rechazado participar en cualquier “homenaje a la humanidad del lector”. Un desafío a la altura de las vanguardias literarias del siglo XX: contra una moral civil, la conciencia del poema como un hecho del lenguaje o, incluso, como una relación de hechos del lenguaje –de ahí la famosa tautología de César Vallejo: todos los poemas, hasta donde sabemos, son humanos; pero el adjetivo devuelve esos poemas al plano del lenguaje, donde hace sentido, y no al plano de la experiencia, donde resulta obvio. La conciencia del poema en el poema en marcha debería ser otra obviedad y no una hipérbole, la norma y no la excepción que mal llamamos “metapoesía”. Pero, entonces, Milán dejaría de representar al neobarroco latinoamericano para reclamar su espacio como poeta mayor de la lengua española.

Reversura (Elefanta, 2024), su más reciente título, no sólo invierte los planos de la experiencia y del lenguaje sino que eleva el grado de inversión. Dado que “ningún poema serio puede estar conforme con las cosas / como están”, tampoco puede estarlo con las señas de identidad que le serían propias más allá del lenguaje. El poema no puede “servir al tema” porque éste, en el fondo, es una superstición. De acuerdo con Novalis, “sólo cuando el lenguaje (…) se ocupa de sí mismo, se manifiesta en él, original y soberana, la verdad. No es escritor el que habla sino el que deja hablar al lenguaje”. Así también, el poema no puede conformarse con una idea técnica del verso; debe definirse como una práctica in situ, como la sombra física de un cuerpo de signos y palabras. No un verso sino un reverso:

si la versura, la vuelta del buey
cuando el surco se cumple o abisma
es la vuelta de cabeza de Orfeo
cuando esfuma la presencia que lo sigue
(…)
allí donde la versura se fragmenta
encendida y apagada y encendida
no para siempre: para que se reactive
una memoria cuyo sentido es construirse
cada vez que cumple un recorrido

si no, olvídalo

Antes que por nostalgia, Milán retoma la etimología del verso por “insuficiencia de presente”. Cuando el presente y su atención se juzgan como privilegios, la versura —la tensión y extensión de la partitura poética— sólo se despliega negativamente. Es el dibujo arquitectónico de una casa ideal: la morada del ser. Pero Milán transforma esa vía negativa en insubordinación, la vuelta del buey en la revuelta del arado, la imagen fija del verso en la memoria activa del reverso. Al igual que Orfeo, el poema voltea cada tanto para comprobar que todo siga ahí. Pero la última palabra dicha, como Eurídice, ha vuelto ya al inframundo. Milán hace una diferencia de grado al advertir en esas pérdidas una condición del lenguaje y no una coincidencia con la historia, íntima o global:

murió mi madre cuando tenía un año
uno arrastra una culpa como si fuera un cuerpo
querido que al desaparecer crea la culpa
uno cree que ya es tiempo de no arrastrarlo más
que el cuerpo ya puede quedarse allá
pero la sombra se levanta sola
empieza a caminar contigo un poco antes, un poco atrás
el cuerpo querido no se queda allí
suelta señuelos, libera indicios

Tales señuelos e indicios son la materia de Reversura. El título, incluso, propone una poética acorde: el acto de revertir. Revertir lo dicho y su ausencia, al menos en el curso —en el surco— del poema. El poema, insisto una vez más, no lo intenta por arte de magia sino por sentido común. Milán ha transformado esa enmienda en encomienda:

vivir al día no es la apuesta
esta es la apuesta
escribir apuesta por otro día aunque no lo diga
lo dice sin decirlo, a la vieja usanza
me lleva la rima: de la danza
se vive una revelación, la del tiempo
que se vive, la caída del tiempo en el tiempo
de su trampa, la evaporación del tiempo
que se vive en cada cosa —la cosa sin tiempo
que caduca a pocos pasos de aquí

Por eso no hay instrucciones, mucho menos al reverso. Eduardo Milán nos recuerda que la máquina poética es su propio manual operativo, que el poema que no voltea cada tanto está condenado a salvar a Eurídice. El mito “caduca a pocos pasos de aquí”, donde Orfeo da consejos útiles para no perder la cabeza.

Eduardo Milán, Reversura. México: Elefanta / Mantarraya Ediciones / Hostería La Bota, 2024, 198 pp.

Hernán Bravo Varela

Es poeta, ensayista, traductor y editor. Su más reciente volumen reúne dos libros de poemas: Ejercicios de respiración seguido de El Estado empresario mexicano (Era, 2024).

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Publicado en: Carta de recomendación