
En el marco de su nueva muestra, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) describe al francoargelino Kader Attia (Dugny, 1970) como “un artista clave del presente” en su página web. La frase parece vacía porque estamos acostumbrados a que los museos usen este tipo de descripciones para anunciar sus retrospectivas “imperdibles”, aquellas que atraen masas de visitantes. En este caso, la frase no fue utilizada de manera grandilocuente y tampoco se debe sólo a la prestigiosa trayectoria de Attia, quien ha ganado premios tan importantes como el Marcel Duchamp en 2016 y el Joan Miró en 2017; en cambio, se utiliza de manera justa: si queremos entender el presente, su propuesta —una de las más sugerentes de la actualidad— nos servirá de guía.
La exposición Un descenso al paraíso de Attia en el MUAC es imprescindible para cualquier persona familiarizada con la palabra trauma y consciente de la oscuridad detrás de los procesos civilizatorios y modernizadores de Occidente. Entre las obras incluidas hallamos pocos lienzos o esculturas; hay muchos más videos de larga duración e instalaciones visualmente atractivas, pero repletas simbolismos de culturas de todo el mundo con referencias a hechos históricos, por lo que recorrerla exige detenimiento. En este aspecto, la obra de Attia tiene una relación cercana con el cine documental que requiere de un compromiso del espectador porque, de entrada, no le ofrece el escape de la vida que representa la ficción. En lugar de un show, Attia proporciona a sus contempladores el valor de una más profunda y renovada conexión con el tiempo en el que viven.
A la precisión para definir al artista se suma la sorpresa de que una de las muestras estelares del recinto universitario es un recorte temático de obras de los últimos diez años de producción de Attia y no una lectura panorámica, lo que nos habla de la fuerza de su programa artístico. Esta potencia se debe, en gran medida, al muy claro cometido que Attia le atribuye al arte; en pocas pero cargadas palabras, es el de comprender las heridas humanas de nuestros tiempos. El mensaje conciso se opone a la dificultad para interpretar las obras expuestas y a la visita esforzada, proactiva incluso, que debe hacer el espectador para entenderlas. Attia oscila entre la preferencia por reivindicar al arte como un espacio necesario y abierto para el pensamiento —porque heridas como la colonización y las opresiones sistémicas las llevamos todos—, y el ímpetu de fomentar la reflexión y curiosidad intelectual. Su deseo es dar cabida al arte en la vida hasta hacerlo indispensable, pero sus instalaciones, esculturas y documentales no comunican ese mensaje por sí solas, sin una operación un tanto demandante en términos de tiempo y atención a la información en las salas del museo. Como resultado, esa dificultad nos asombra de una forma prolongada y definitiva, contrapuesta a la espectacularidad e inmediatez a la que estamos acostumbrados por los medios masivos.
La selección de obras de la muestra juega con dos acepciones de reflexión; por un lado, pensar con detenimiento las cosas y, por otro, reflejar o reflejarse. Ambas acciones para el individuo actual —y para la humanidad en su conjunto— resultan altamente desafiantes porque implican tanto un examen al interior, como una pausa para especular largamente sobre un tema. Attia nos empuja a desautomatizar la ligereza mental. En este sentido, la curaduría de Cuauhtémoc Medina y Alejandra Labastida parte de un mito literario que abona al título de la exhibición y que implica dejar la superficie. El descenso tiene que ver con la inversión del orden vertical de lo divino, pero también del éxito capitalista y la tecnología cada vez más avanzada, para invitarnos a bajar a las profundidades del presente y el conocimiento. La invitación resulta muy atractiva, iniciática incluso. Esto se comprueba cuando salimos del museo, después de haber dedicado un rato a pensar en los contenidos propuestos y esa inercia nos sigue llevando a preguntarnos con asombro sobre lo que vimos. La exposición nos deslumbra de la misma forma retardada que una lectura erudita.
La pieza que abre la muestra es la recreación de una biblioteca, con estantes de libros y un conjunto de vitrinas al centro que resguardan objetos antiguos, como telescopios, microscopios, fósiles y grabados; todos ligados a los grandes descubrimientos y la expansión del conocimiento en Occidente. En la parte trasera de esta instalación está el primer elemento del ambiente que produce extrañamiento: una escalera limitada por un espejo superior que la multiplica ad infinitum, con una lámpara de neón que le suma dramatismo y produce una sensación de vértigo simultánea. La escalera evoca aquella de Jacob que unía a la tierra con los cielos, por la que caminaban los ángeles; sin embargo, en esta versión, los escalones están restringidos con un espejo que nos impide el ascenso. Este obstáculo reflejante nos contiene, a la vez que nos permite reparar en nosotros mismos y atender lo que está alrededor, la forma en que hemos estado acumulando saberes.
El recorrido continúa con la repetición de las cicatrices, que para el artista representan la articulación entre el daño y la reparación. Las encontramos en lienzos monocromáticos, como una perforación remendada, aislada al centro, y en una instalación de durmientes de madera engrapados en sus grietas. Las vemos también en las recreaciones de máscaras africanas hechas por Attia en dos versiones, una con espejos rotos que destacan las nociones de accidente y daño, y otra como ready-made con empaques industriales de cartón, donde los desechos parecen tomar una forma antigua, fantasmal. Después, la cicatriz se transfigura en un objeto coleccionable, en crucifijos de madera y metal del Sudeste Asiático, como testimonio de culturas criollas y sincretismos religiosos. Más adelante, el rastro de la herida aumenta en escala, a las ruinas arquitectónicas, por ejemplo, en un video dedicado a los sitios arqueológicos de Chan Saeng, Tailandia. En estas piezas, la integridad que prevalece a pesar de la evidencia del daño y el dolor se revela como común a las cicatrices del cuerpo humano y los edificios en ruinas. A la par de estas creaciones materiales, encontramos filmes documentales basados sobre todo en entrevistas. Se trata de un medio predilecto de Attia para que otros cuenten, a menudo en conversación con él, su experiencia y opiniones sobre violencias de Estado, como la policíaca contra migrantes africanos en Francia y la represiva en el caso del movimiento independentista de Argelia. La narración oral de sus entrevistados pareciera ser otra variación de la cicatriz.
No es difícil comprender la necesidad de procesar el trauma, colectivo o personal, y tampoco la urgencia de espacios para pensar en ello. Tenemos el vocabulario y las lecturas teóricas para abordarlo, donde nos encontramos términos útiles como poscolonialismo y modernidad, genocidio y ocupación, reparación y resiliencia, entre otros. Sin embargo, la eficacia de la literatura o las artes visuales reside en entrar en los recovecos conceptuales y la complejidad de la experiencia humana, es ahí donde se origina la creación de Attia. Lienzos reparados, vigas de madera con sus fisuras unidas, máscaras persecutorias, edificios parcialmente destruidos, espejos, una biblioteca con una escalera y la pieza final: una prótesis proveniente de un hospital coreano, sentada en una silla, parecen decirnos mucho más sobre la humanidad hoy de lo que anticipamos y ofrecernos un grado más de apertura mental.
En el arte contemporáneo, por lo común, los textos curatoriales en una muestra ponen en valor la obra, además de servir como guía de la visita, aunque a menudo pueden adensar los contenidos y oscurecer la comprensión. Explican lo que vemos con terminología especializada, a la vez que aportan referencias indispensables. En el caso de la exposición de Attia, su función es importante porque añade una capa más de profundidad en cada tema. De alguna forma, los textos de sala de Medina y Labastida profundizan el efecto que el artista deseaba con sus piezas; esto es, elongar la reflexión e insertarnos en una espiral de pensamiento. Como ocurre con las lecturas densas, el placer resulta de los valores de la obra y también de los ejercicios de investigación que se requieren para entenderla. Hace tiempo que mi recepción de una muestra es resultado de mi especialidad, así como de lo que veo; tiene tanto que ver con el estudio previo, como con la experiencia, y disfruto esos esfuerzos continuos.
En esta ocasión, el magnetismo de saber más fue tal que pude entender por qué la obra de Attia ha fascinado al mundo del arte. Dicho esto, mi convencimiento sobre su valor está en el contrapunto del deseo de erudición que suscita. Me cautiva escuchar hablar al artista sobre su labor y comprobar que tiene un programa artístico asequible para cualquier ser humano dispuesto a prestarle atención. Attia ha puesto en primer plano la importancia de la reflexión cuidadosa y lenta sobre las heridas, quizá incluso de desatarla por primera vez en los visitantes a su muestra. De este modo, ha asignado al arte la función social de procesar de manera crítica y sensible los daños de la humanidad. ¿Cómo hacer para que los museos, curadores, artistas, críticos –en general, el circuito del arte completo– hagan suyo ese contrapunto, esa apertura discursiva y conexión con el presente? Tal vez necesitamos más figuras intelectuales desafiantes sin intimidar ni infravalorar la capacidad de los otros, como Kader Attia. Nos hacen falta más claves del presente en el arte.
Fernanda Marín
Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Se dedica a la escritura y la edición de textos sobre arte, así como a la organización de exposiciones en museos e instituciones públicas y privadas.