Obituario para Nora Rabotnikof

Ilustración: Daniela Martín del Campo

Hay personas que no caben en una sola vida. Nora Rabotnikof fue una de ellas (Buenos Aires, 1950–Ciudad de México, 2025). Producto de un largo exilio, se formó como filósofa política entre Argentina, Perú y México. Lectora perspicaz de Kant, Weber, Arendt y Koselleck, y especialmente preocupada por la realidad latinoamericana, su obra ha sido leída, citada y premiada de manera amplia. Sin embargo, Nora dejó tras de sí, sobre todo, la impresión que dejan las personas en quienes se combina de forma justa pero sorprendente la brillantez, la erudición, el camino recorrido y la generosidad de compartirlos.

Su obsesión filosófica seminal fue lo público; su construcción y las disputas que suscita. Su libro En busca de un lugar común: el espacio público en la teoría política contemporánea (2005) explora los significados de lo público en la modernidad y su relación con la política, a su vez ligada con las categorías del Estado, la sociedad civil y los problemas de la dominación y la moralidad. Como el resto de su obra, combina el rigor conceptual y la densidad histórica. Ha sido retomada en cientos de publicaciones de distintas disciplinas: filosofía, ciencia política, historia, sociología y comunicación.

Nora se dedicó también a pensar la memoria, los usos del pasado y la relación entre el tiempo y la política. Su aproximación a estos temas abarcó desde la conmemoración, al intercambio transgeneracional. En busca del pasado perdido: temporalidad, historia y memoria (2013), escrito en coautoría con María Inés Mudrovcic, es una muestra de algunas de estas preocupaciones y del interés por mantener un diálogo horizontal con pensadoras y pensadores de distintas latitudes —el libro incluye colaboraciones de Frank Ankersmit, François Hartog, Rosa Belvedresi, entre otros—. La capacidad de convocatoria de Nora se corroboró en su dirección, durante más de diez años, del Seminario Permanente de Filosofía Política con sede en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM. Con vocación docente, invitaba a jóvenes estudiantes a participar en este y otros seminarios organizados en México y Argentina.

Nora escribía con profundidad y precisión. Rápida y gozosamente cuando fumaba, y de forma más bien disciplinada cuando tuvo que dejar de fumar. La puerta de su cubículo debe haber sido la última por la cual se coló el humo de cigarro en Ciudad Universitaria. En cambio, hablaba con pausas respetuosas del ritmo del diálogo. Sus mensajes eran precisos e incisivos. Sugerentes cuando se trataba de intercambios académicos, y francos en la intimidad; estoy convencida de que a más de uno nos ahorró alguna sesión de psicoanálisis. Además, siempre dejaba espacio para el buen humor y la ironía, empezando por sí misma. Cuando recibió la noticia de haber ganado el premio RAÍCES 2021, otorgado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación de Argentina —destinado a celebrar la trayectoria de argentinos en el extranjero—, reconoció que quizás debía dudar más de su “sabiduría marxiana”: “de Groucho no del otro: por aquello del club que me admitiría”.

Como tantos de sus coetáneos en la izquierda latinoamericana de las décadas de 1960 y 1970, Nora era jovencísima cuando se abocó a la militancia política. No obstante su juventud, o quizá por ésta, la militancia “se volvió todo”, como ella decía. La fuente de un sentido que no volvería. Tenía 24 años cuando fue encarcelada con su hijo, embarazada de su hija. Sobre esta experiencia escribió un texto discreto pero revelador de su capacidad de darle una vuelta de tuerca a tropos conocidos. En la cárcel corroboró la existencia del género y su elaboración diferenciada en situaciones límites. Ésta fue una revelación crucial en un momento en que el mandato común era subordinarse a la revolución, pero yo sospecho que ahí se cifró también su hábito de la generosidad.

Me la imagino conflictuada escribiendo esas palabras. Pese a tener mucho que contar y el talento de hacerlo vívidamente —cuando hablaba de su infancia, por ejemplo, se combinaban personajes taciturnos, la afición al cine, los esfuerzos por mantener cierta ritualidad y espacios pequeños que yo siempre imaginé con papel tapiz—, la narrativa en primera persona la incomodaba. A propósito, escribió de forma breve pero aguda en una reseña a un libro de Leonor Arfuch sobre el enfoque autobiográfico. De innegable utilidad historiográfica, Nora dudaba del testimonio —y en general de la individualización de la experiencia— en su vertiente política. Veía con desconfianza, y casi con desprecio estético, cualquier cosa que se asemejara a “verse al ombligo”.

Esa certeza la hacía también rechazar la endogamia. Evadía los clichés del tipo que fueran y nunca la escuché romantizar, por ejemplo, las imágenes comunes de la experiencia del exilio en México; ni los asados ni la Villa Olímpica. Aunque es verdad que reconocía no haber normalizado nunca la disposición barroca o la hipersensibilidad mexicanas y estaba al tanto de los lugares dedicados a la venta de alfajores que abrían en la ciudad.

Fue enemiga de lo que llamó “el realismo mafioso”, esa tentación antipolítica de “rechazar por ilusoria toda invocación a lo público”, separar tajantemente éste de lo privado, y en general despreciar al Estado de forma acrítica. Lamentó la pérdida de proyectos cimentados en convocatorias amplias pero históricamente situados, así como el reconocimiento de la utilidad de experiencias políticas pasadas. Le preocuparon las transformaciones suscitadas a fines del siglo XX. Sobre todo, la erosión del Estado y la normalización de cierto sentido común liberal. Una de sus últimas grandes contribuciones fue el esfuerzo de definir el populismo y entender sus usos discursivos. Estas reflexiones y la pregunta que las acompañaba —¿de qué manera hacerse cargo de las experiencias y expectativas populistas, sobre todo en la región latinoamericana?— es vigente hoy más que nunca.

Es paradójico que alguien tan preocupada por lo público pasara los últimos años de su vida en un confinamiento obligado por una enfermedad pulmonar. Aun así, Nora encontró formas de fugarse. Lo hacía con sus nietos, que le causaban una curiosidad conmovedora; con los amigos que la adoraban y a los que ella nunca quería molestar con exigencias afectivas; con la tarea académica que afrontó sobre todo con responsabilidad; la literatura, sobre la que siempre estaba actualizada, así como una que otra serie televisiva turca que le causaba placer culposo. Pero Nora tuvo, ante todo, la suerte de la compañía de su propia mente; a la vez llena de rincones incrustados de recuerdos, que expansiva y absorbente. La suya fue una mente que daba vida a otras mil.

Ana Sofía Rodríguez Everaert

Editora y doctoranda en Historia en El Colegio de México.

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Publicado en: Resurrectorio

2 comentarios en “Obituario para Nora Rabotnikof

  1. Nora Rabotnikof ha sido extrordinaria profesora, la formación de muchas generaciones de estudiantes está de duelo.

  2. Soy argentina y vivo en Ciudad de Buenos Aires.
    Compartimos la militancia con Nora y cuando venía a Buenos Aires disfrutábamos de encontrarnos todo el tiempo que podíamos
    La visite en México en marzo del 2023.
    Y estos días devoro los relatos sobre ella y algunas publicaciones que me llegaron
    Gracias Ana Sofia por dejarnos un pedacito de su vida a través de tu amistad con Nora

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