O’Gorman, lo que permanece

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La imponente obra de Juan O’Gorman, dividida en cuatro partes: El pasado prehispánico (norte), El pasado colonial (sur), El mundo colonial (oriente) y La Universidad y el México actual (poniente), no sólo adorna la bienvenida a uno de los campus centrales más grandes e importantes del continente, también representa el epítome de la figura y la obra de O’Gorman en nuestro país. Dentro de aquella biblioteca al centro de toda una ciudad para universitarios, tan impresionante como enigmática, figuras como Rosario Castellanos, Rubén Bonifaz Nuño, Alfonso Reyes —aunque ya como secretario de lo que después se convirtió en la Facultad de Filosofía y Letras—, Carlos Monsiváis, Octavio Paz y hasta una misteriosa y oculta Alcira Soust Scaffo, dejaron al menos el rastro de sus cuerpos entre aquellos muros. Yo misma me he encontrado seducida por aquellos grandes ventanales y sus largas mesas en las que ver cómo muere la tarde. Por eso, no podría ser otro lugar en el que se presente una retrospectiva completa de un arquitecto, pintor y muralista tan icónico como O’Gorman, quien imaginó formas de habitar la ciudad aún latentes. 

Todo O’Gorman. Juan O’Gorman se ancla en el casi secreto Museo Universitario de las Ciencias y las Artes (MUCA), justo a un lado de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, esa misma universidad que no olvida los aportes del muralista. A través de las paredes y columnas blancas del museo, sobre su techo en el que apenas se entrevé el cielo azul sobre aquella ciudad para universitarios, fotos y bocetos de un joven O’Gorman posan para todo el que quiera conocerlo, incluso ahora que han pasado 43 años desde su muerte.

La mayoría de los textos que rodean la muestra están firmados por Adriana Sandoval, directora de la Fundación Espacio Narrow O’Gorman. En uno de ellos, el que da inicio al recorrido, cuenta: “Se dice que el origen de la arquitectura radica en colocar piedra sobre piedra y que la destrucción más atroz a la que podemos enfrentarnos refiere aquella que aniquila nuestros refugios, nuestras creencias, nuestros recuerdos. […] Pareciera que la roca para la humanidad, sin importar la región o el tiempo, es sinónimo de lo que permanece, de lo que no debe olvidarse e, incluso, puede llegar a ser lo más cercano que hemos estado de lo divino, de lo eterno”. Tomándolo como cierto, entonces, O’Gorman fue no sólo un arquitecto sino el creador de una vida imborrable y esta exposición es la prueba de ello.

La historia de la Ciudad de México sería incomprensible sin el legado de Juan O’Gorman. Nacido un 6 de julio de 1905, O’Gorman introdujo en el país lo que habríamos de conocer como arquitectura funcionalista, un concepto que venía de la Europa de Le Corbusier. Para arquitectos como él: “la forma siempre sigue la función”, que no es otra cosa que pensar los edificios a partir de la función para la que van a servir. La ciudad misma fue testigo de esta nueva forma de entender la arquitectura, la Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo en San Ángel fue la primera estructura de este estilo. No fue la única, por supuesto, también se encuentra una serie de escuelas públicas en toda la ciudad, como la Escuela Primaria Melchor Ocampo o la Escuela Xochimilco. José Villagrán, autor de Teoría de la arquitectura (1963), fue otro de los grandes arquitectos funcionalistas (maestro incluso de O’Gorman) cuya obra todavía puede verse hoy, como el Hospital Nacional de Cardiología, el Hospital General Dr. Manuel Gea González, o la Granja Sanitaria de Popotla. Con estas obras, escandalosas en su momento por romper una tradición arquitectónica llena de ornamentos, se inauguró una nueva era con todo lo que ello implica.

Juan O’Gorman procuró investigar las condiciones que rodeaban sus construcciones y eso lo llevó a entender cuáles eran las necesidades humanas que predominaban en México, así como la forma en que podían aprovechar los recursos disponibles al máximo para crear estructuras realmente funcionales. No fue fácil, el Estado (y el gobierno) tuvo algunos desencuentros con el arquitecto y pintor en repetidas ocasiones: a pesar de estar afiliado al PRI desde 1964 y de haber trabajado como jefe de obras para la Secretaría de Educación Pública, manifestó estar en contra de ciertas instituciones y de personajes como Leopoldo Méndez, Clemente Orozco y Vicente Lombardo, a quienes acusaba de burgueses y elitistas. También, en alguna ocasión, uno de sus murales titulado La conquista del aire por el hombre —el que se encuentra en la terminal 1 del AICM— fue censurado por retratar negativamente a Hitler, a raíz de una petición hecha por la embajada de Alemania en México.

De las ideas de O’Gorman vinieron cambios visibles no sólo en las estructuras que se harían de ahora en adelante, sino —y aquí radica, creo yo, la importancia de O’Gorman en México— también en la concepción que teníamos de habitar un espacio. “¿Qué vamos a hacer ahí?, ¿quiénes queremos convertirnos dentro de este espacio?, ¿cuáles son las posibilidades que se abren y cuáles son las que desaparecen en este lugar?”, parecieran ser las preguntas esenciales a partir de entonces y que muchos harían bien en recordar. Aunque O’Gorman se esforzó en demostrar la importancia de estas cuestiones —yo diría que con éxito—, la desilusión que sintió por ver un mundo distinto al que imaginó lo llevó al suicidio.

Todo O’Gorman. Juan O’Gorman no se trata de una extensa muestra en la que predomina el ego del autor, sino de una modesta puesta en escena en la que apenas vemos una o dos maquetas de los trabajos más representativos de O’Gorman: la Casa Cueva, anclada en el corazón del Pedregal y que sucumbió tiempo después, el mural de la Biblioteca Central y los hechos para el edificio de la Secretaría de Comunicaciones (que hoy sufre otra transformación), su labor para completar el museo Anahuacalli. A pesar de ser reconocido como “el padre de la arquitectura moderna mexicana”, hay bocetos de sus primeros trabajos, fotografías de su vida privada, una pequeña exhibición de lo que fue su amistad con el compositor Conlon Nancarrow —a quien, de hecho, le construyó la casa en donde moriría—, piezas de su amiga Esther McCoy (que vienen del Archivo Smithsonian) que dan cuenta de la relación del artista con sus colegas.

Entre todas las piezas, hay una que me llamó la atención. Se trata de una representación del suelo volcánico con algunos cactus emergiendo de él. Aunque no tiene mayor técnica, y ni siquiera se trata de una recuperación directa de la mano de O’Gorman, me gusta pensar que su importancia es el haber forzado el suelo por el que, quienes estudiamos en aquella universidad, pasamos alrededor de cuatro años. Imagino que los cactus, como plantas que florecen, son todas las estructuras que nos dan forma incluso en 2025. Esta representación se encuentra en medio de la exposición, como si fuera ese el impulso de toda la obra de O’Gorman: todo lo que necesitamos para sobrevivir viene de la misma tierra. 

Adicional, hay algunas convocatorias en las que participó O’Gorman ya como arquitecto; cartas enviadas con los encargados de llevar a cabo la gran Ciudad Universitaria o primeras planas en donde se contaba de un pleito que tuvo con el gobierno del entonces DF por el trato a sus murales plasmados en edificios oficiales, como hemos visto, no fueron pocos ni un asunto menor. También hay una que otra obra de arte hecha por otros artistas de la talla de Gustavo Monroy, quienes se han inspirado de forma directa de O’Gorman (¿hay quien no?).

Por supuesto, la ubicación del MUCA no es casualidad. Quien entra puede encontrar un pasaje que desemboca en nada más y nada menos que la Facultad de Arquitectura (FA). Después de ver el legado de O’Gorman, quizá lo que siga sea presenciar ese movimiento natural de una universidad en que alumnos cargan maquetas con ojeras que sólo pueden significar una noche en vela, un caos parecido al que O’Gorman transitó en su paso por la Escuela Nacional de Arquitectura. Lo imagino, en aquellos días, paseando por lo que hoy es la facultad. Su cabello recogido hacia atrás, algunos planos en papel bond bajo su brazo, mientras le gritaba a su hermano Max Cetto sobre los planes que tenía para construir un hogar en el que cupieran ambos. Imposible saber si esto llegó a ser cierto pero me gusta pensar que, en algún rincón de la FA, hay otro O’Gorman imaginando la ciudad que hemos de habitar en un futuro.

Mariana Ortiz

Ensayista y editora en nexos.

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Publicado en: Corresponsal