
a J.f.h.
Desde hace varios años formo parte de una logia muy peculiar. Aunque no nos reunimos todos los domingos en algún templo o frecuentamos juntas semanales para acentuar nuestra liturgia, sigo con disciplinada devoción la lectura de las escrituras que dan cuerpo a nuestro credo. Desde hace varios años soy cofrade y militante de la literatura noir. Al día de hoy desconocemos con certeza el número de feligreses que somos en el mundo entero, pero sabemos con fe y damos legalidad a la multiculturalidad y polifonía que abarca nuestra afición incurable a esta rama tan específica de la literatura.
En sus “Notas sobre la novela contemporánea” (1948) Julio Cortázar deja entrever una de las paradojas más profundas que atiene nuestros principios: el género policiaco abarca novelas que en su mayoría conservan un sistema hermético (al tener siempre un misterio por resolver), lo que imposibilita que logren salirse de su propia estructura. Bien se podría entender como un género para desesperados, ya que las historias que nos solemos contar nacen de un crimen que encuentra su solución, por lo general, hacia el final del relato. Sin embargo es precisamente en ese marco formulaico o repetitivo donde reconocemos que se dan las condiciones idóneas para reflexionar sobre la condición humana. Algo que en principio se muestra como igual en la superficie revela, con la fuerza del método que se convierte en instinto, el artefacto perfecto para encontrar aquellos rasgos que nos hacen ser quienes somos.
Entre las muchas corrientes que definen nuestra conocida idiosincrasia pertenezco también a quienes abrazamos la palabra de Agatha Christie como punto cardinal imprescindible de nuestro viaje. En esa rosa de los vientos me gusta equilibrar a la Madame del género con la gracia de Sir Arthur Conan Doyle y su imprescindible Sherlock Holmes; con la picardía de Rafael Bernal y su Complot Mongol (1969); y la erudición académica de Umberto Eco con En el nombre de la rosa (1980). Sin embargo, confieso ante el lector, que reconocí mi bautismo dentro del género cuando descubrí los casos resueltos por el detective Hercule Poirot.
Hace cincuenta años Agatha Christie decidió sacar de una bóveda bancaria el último caso de su famoso y entrañable detective. Tras escribir el relato en 1942, Madame Christie solicitó que el libro –que a la postre llevaría el título de Courtain o Telón, en su traducción al castellano– se fuese finalmente a imprenta, reculando en su primer impulso de mantenerlo inédito hasta después de su muerte. Treinta y tres años después de haber cerrado con llave el manuscrito del último suspiro del fantástico detective, el misterio final llegó a las librerías causando muchísimo revuelo en todo el mundo. Entre las repercusiones más memorables del acontecimiento me gusta evocar que Poirot tuvo una esquela en la primera plana del New York Times, confirmando que hay momentos en que la literatura se sale de su propia frontera y de pronto podemos tener lugares ficticios habitando en una enciclopedia o personajes de tinta que se convierten en amistades que dan sentido a nuestra propia vida.
Como si se tratase de un mecanismo perfecto de relojería, el último caso a resolver de Poirot se llevó a cabo en el mismo sitio donde se vio en la necesidad de actuar para aclarar uno de sus primeros misterios: en Styles. Después de cincuenta relatos breves, treinta y tres novelas e incluso representaciones teatrales, Agatha Christie cerró de manera espectacular la saga que definió mucha de su vocación literaria en el mismo espacio imaginario donde la empezó. Así como Cervantes cartografió la Mancha, García Márquez dibujó cada planta de la selva de Macondo o el propio Proust recobró la memoria de Combray, Agatha Christie hizo lo propio con un lugar imaginario que se terminó convirtiendo en una estampa nítida que retrata el campo inglés. En Courtain la escritora consagra lo que podríamos considerar el “crimen perfecto”, poniendo en jaque los muchos principios y valores que moldearon a su detective, al tiempo que juega de manera literaria con uno de los poderosos dilemas del género: ¿Se puede hacer justicia por mano propia? Ojo por ojo, diente por diente…
Cuando hablamos de Poirot, hablamos de un personaje construído con aquellas filias y fobias que comparten los grandes detectives: la compañía sagaz de su inseparable Hastings, cuatro cubos de azúcar para beber su tisana, el pan tostado sólo de un lado, la medición quirúrgica de los huevos cocidos para evaluar el punto exacto de cocción, la altura milimétrica de cada pelo de un bigote único en su especie, el cuidado del más mínimo detalle en una percha elegantísima, y la liturgia profunda de un catolicismo muy personal como algunos de los muchos principios irrevocables que provocan lo que el propio Poirot llama las little grey cells: la reacción química necesaria en el cerebro del genio para resolver hasta el caso más enrevesado. La traición amorosa, la mentira sostenida, el asesinato más atroz y el crimen mejor construido son misión alcanzable para el método del mejor detective de su tiempo.
Así como a Alonso Quijano le tocó vivir en carne propia el milagro de ver su historia representada en la vida real, me es imposible escribir de Poirot –y tanto más de su último caso resuelto– sin la presencia del hombre que dio vida de manera brillante al personaje de Agatha Christie: David Suchet. Y es que pocos lectores tan avezados como Suchet para entender a profundidad esos pequeños detalles imprescindibles en el temperamento del detective belga –que no francés ni tampoco inglés–, que le llevaron a interpretar a Poirot durante veinticinco años en una exitosísima y brillante serie de televisión, que no sólo sirve como gran homenaje a la prosa de Agatha Christie, sino como sincera ofrenda audiovisual a los libros. Suchet –con el perdón de los demás actores que se han aventurado en la compleja misión de intentar dar voz a Hercule Poirot– llevó a cabo la encomienda que le hizo Rosalind Hicks, hija de Agatha Christie, quien después de elegirlo a él como el indicado para encarnar el papel le dijo: “We want the audience to be able to smile with Poirot, but not to laugh at him…”
Agatha Chisrtie hace un trabajo impecable en Courtain al describir por primera y única ocasión como “viejo y pequeño” a su detective. En todos sus relatos, Poirot realiza una explicación final fascinante sobre la resolución del misterio y demuestra que más allá de su poca fuerza física, la lucidez incandescente de su espíritu no deja de brillar hasta el último aliento de su vida. En el telón final, el detective se ve en la fatalidad de enfrentarse a sí mismo al tener una sospecha latente de que el mal acecha a su mejor amigo y a su hija. Un último acto, un truco final, a manera de dilema que sólo podría salir de la metódica literatura de Agatha Christie. Dicen quienes la conocieron que imaginaba el laberinto de sus casos mientras lavaba los platos de casa. Celebremos, pues, los primeros cincuenta años de un personaje que por más fórmulas, instructivos o costuras en la hechura de su trama, nos guía de manera generosa entre los pasillos más oscuros del misterio que nos caracteriza como especie. Amén.
Santiago Hernández Zarauz
Editante en Minerva Editorial. Músico en Zuaraz. Autor de Cuentahílos: elogio del editante (Trama Editorial, 2024).