La Semana del Arte, ¿un mal necesario?

Crédito de la Ilustración: Patricio Betteo

I am a great believer in shared experiences and in our world,
the bringing together of people is at its best at an art fair
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–Lucie Kitchener, CEO de la feria Masterpiece

 

En el terreno del arte, la Semana del Arte (valga la redundancia) es la ocasión más especial que se celebra anualmente en la Ciudad de México. Galerías, coleccionistas, amantes del arte, andantes curiosos y artistas se reúnen alrededor de los distintos eventos que tienen lugar a lo largo de estos siete días. Es la ocasión para descubrir espacios de los que nunca se había escuchado, aprender sobre nuevas propuestas, reencontrarse con personas a quienes no se ha visto en los últimos 12 meses, y  dar cuenta de los cambios y permanencias en este ecosistema. La semana arranca con brío, entusiasmo y nervio por la aventura y suele cerrar con agotamiento y la sensación de que los siguientes 365 días pueden pasar sin pena ni gloria.

No hay definición oficial o directorio definitivo de quiénes participan en la Semana del Arte en la capital mexicana. La Secretaría de Turismo local anuncia los nombres de sólo algunas de las muchas ferias que se llevan a cabo. Cada una con programa propio y alianzas comerciales con galerías y asesores. El Sistema Nacional de Información Cultural reporta que se desenvuelven actualmente 268 galerías, algunas que se ven representadas en ferias o se suman a la celebración con inauguraciones y eventos especiales. También hay comitivas de galerías extranjeras que vuelan a la ciudad para unirse a esta cita.

Nunca faltan, por supuesto, otros grinchs del arte que dejan transcurrir el tiempo como cualquier otra semana, pero es raro ser indiferente. Estos días generan atractivo sobre la ciudad sede, llaman la atención internacional y reciben enorme cantidad de visitantes extranjeros, con lo que se incentiva la industria de servicios. En 2024 la plataforma Artsy reconocía el ascenso de Ciudad de México a una posición de capital internacional del arte. Esta semana no es poca cosa.

Los invitados a la fiesta

Lo más sonado son las ferias. Hoy es más accesible reunir a un conjunto de expositores de lo mismo en un solo lugar: festivales, cumbres, encuentros, centros comerciales forman parte crucial en la cultura de la época. Las ferias son la estantería para aprender nombres de galerías, artistas y obras. Son oportunidades para educar el gusto y formar criterio. Son, además, la tienda departamental donde cada vendedor, local o internacional, expone sus mercancías para que quien pueda y quiera comprar lo haga. En las ferias se habla inglés, se vende en dólares y una botella de agua cuesta lo mismo o más que en un aeropuerto.

Parafraseando a Marc Spiegler, ex director de Art Basel, una feria no es más que una base de datos y un contrato con un centro de convenciones si no se presta atención a sus galerías. Éstas son las mediadoras que enlazan al artista con sus compradores (a quienes algunos llaman clientes mientras otros les dicen coleccionistas), que cazan talentos y que pagan sumas exorbitantes por exhibir parte de su programa en el booth de una feria. Según el reporte The Art Market, una galería concreta entre un tercio y la mitad de sus ventas anuales por su participación en ferias. La tienda departamental se vuelve un mal necesario. Paralelo a aquella, las galerías suelen inaugurar exposiciones planeadas para coincidir con esta semana; hay cocteles y, sobre todo, muchísimo networking.

Recorriendo los pasillos de las ferias y demás eventos nos encontramos con el público. No todos somos iguales y no todos los días son lo mismo. Están los invitados VIP con sus grandes nombres o colecciones millonarias, que acceden a espacios cerrados y en horarios fijados sólo para ellos. Llegan con sus aliados, los art advisors. No es extraño encontrarse también con celebridades y políticos. En realidad, la mayoría de los visitantes no somos más que window-shoppers, a quienes como conjunto se nos podría denominar público general.

Finalmente, la excusa para todo esto: al centro, y en segundo plano al mismo tiempo, el arte y los artistas. No hay galerías sin ellos. Se espera que la obra hable al público, pero entre todo el movimiento la situación se complica. Una feria no es el lugar idóneo para apreciar una obra, como tampoco lo es un cóctel o un evento de relaciones públicas. Da la impresión de que las obras están allí como decoración o como espectáculo.

No es extraño cruzarse con piezas risibles o excéntricas, y tampoco faltan obras instagrammeables o, dicho de otro modo, piezas que capturamos en una historia y que en 24 horas olvidaremos. Aun así, para los artistas todo esto es también un mal necesario. Vivir del arte depende no sólo de hacer buen arte: dicha condición es, cuando mucho, un prerrequisito para todo lo demás. Cuando no de becas ni de ventas, ¿de qué comen los artistas? Vivir del arte es la suma de una gran fortuna (como suerte y como inversión) y deriva de encontrarse con las personas correctas en el momento correcto. La Semana del Arte es el terreno fértil en donde un artista puede sembrar para cosechar meses o quizás años más adelante.

Nuevas formas de acercarse al arte

A veces pudiera sentirse como si la Semana del Arte siempre hubiera estado ahí, sin embargo, es un fenómeno reciente, no sólo en México sino en el mundo. En la década de 1960 se buscaron nuevas formas en las que los públicos, en especial los coleccionistas, pudieran aproximarse al arte. Antes de ello estaban las galerías y museos. En 1967 se fundó la primera feria de arte contemporáneo en Colonia. Con ella se buscó revitalizar el comercio del arte en Alemania Occidental tras la imagen negativa que pesaba sobre el país después de la Segunda Guerra Mundial. Tres años después se fundó la segunda feria en Suiza: Art Basel, desde entonces una de las instituciones artísticas más importantes en el mundo.

Tuvieron que pasar diez años más, hasta 1980, para que en el continente americano hubiera una feria de arte en Chicago. Poco a poco esta moda se extendió a todo el orbe y fue en 1992 que se introdujo en nuestro país, con la ya extinta Expo Arte Guadalajara. En Ciudad de México se inauguró esta tendencia con Zona Maco en 2003, feria que un año antes se había llevado a cabo con otro nombre en Monterrey. A partir de entonces han aparecido más opciones, como Feria Material, Salón ACME, Clavo y BADA México. En la historia de las ferias hay muchos más nombres, pero no es extraño que la que parecía ser la sensación de la última edición no llegue al siguiente año. Los riesgos de una empresa así son incalculables, sobre todo en un mercado con una oferta cada vez más grande. La carrera por la distinción exige tratar a cada feria como una marca comercial con ventajas que van desde el tipo de arte que exhiben hasta las particularidades del recinto que la acoge.

Cada año también surgen nuevas galerías. En México la primera en su tipo data de 1935: se trata de la Galería de Arte Mexicano de las hermanas Amor. En las décadas siguientes surgieron nuevos espacios, pero fue hasta finales del siglo XX e inicios del XXI que empezaron a figurar muchos de los centros cuyos nombres ahora resuenan en tantos lados. En años recientes hemos visto la explosión de una oferta que satisface la demanda de coleccionistas de perfiles muy diversos, desde avezados multimillonarios hasta jóvenes deseosos de empezar su pequeño cuerpo de obra. Con un ecosistema cada vez más vasto lo más sensato es ponerse de acuerdo. De coordinar esfuerzos surgen las asociaciones, las alianzas y la Semana del Arte.

Un proyecto así da resultados que son más que la suma de sus elementos. Tiene un efecto en todos los actores que forman parte de este campo pero también va mucho más allá: proyecta una imagen de la ciudad hacia el extranjero, genera empleos, aumenta la ocupación hotelera, incita la derrama económica y el turismo cultural y convoca charlas sobre la situación del arte, aun en personas que no suelen presentar ningún interés particular. Para bien o para mal, es una forma de seguir estando presente.

La Semana del Arte, ¿un mal necesario?

El arte contemporáneo suscita incontables discusiones. A veces no queda muy claro por qué una obra se considera arte o cómo se fijan los precios que rondan los cientos de miles o millones. En noviembre de 2024 se vendió en una subasta por $6.2 millones de dólares una edición de la pieza Comedian de Maurizio Cattelan, que consiste en un plátano pegado a la pared con cinta adhesiva. Antes de ser transfigurado en arte, el plátano fue adquirido en un puesto de frutas por alrededor de 25 centavos de dólar. Inexplicable… por decir lo menos.

La Semana del Arte, con sus ferias, galerías, opulencia y patrocinios de lujo es un recordatorio inevitable del vínculo entre arte y mercado. Ésta es una ocasión para cuestionarnos cuáles son las condiciones en que queremos ver la obra y de si hay contextos mejores que otros para hacerlo, qué es lo que los caracteriza. Ciertamente en un museo o en una galería cualquiera de las otras 51 semanas podemos hallar mayor silencio y quietud para presenciar una pieza y dejarnos mover por ella, lo que sea que nos provoque, pero nuestra experiencia no se limita a ese momento. Es también lo que sucede antes y lo que pasa después. Se trata no sólo de nuestra vivencia individual sino de la experiencia compartida y las formas en que como sociedad podemos pensar y (re)conocer el mundo de otras maneras.

Una ocasión como ésta puede hacernos sentir descontextualizados. No hay textos de sala o información suficiente sobre todo lo que observamos. La sobreestimulación nos conduce a distraernos. Ocupados en esquivar gente, saludar a viejos conocidos, no morir de sed y en terminar de recorrer los pasillos que no tienen fin, tratando de asir con los sentidos el mar infinito de cuadros, esculturas, instalaciones, fotografías, videos, sonidos y arte de técnicas varias, el agotamiento y las lagunas en la memoria adquieren sentido. Es cansado asistir a estos eventos, pero al final vale la pena preguntarnos qué nos llevamos de todo esto.

El campo del arte se construye con los vínculos que en él se enlazan y por el interés que tantas personas están dispuestas a poner allí. Entre todos los personajes que recorren las salas, los pasillos y los booths hay infinita cantidad de intenciones que giran alrededor de que el arte, con todo lo que aporta a una sociedad, bueno y malo, siga existiendo. Por supuesto, hay mejores condiciones para apreciar una obra. Puesto en otras palabras, hay muchas condiciones en las que la obra se puede hacer presente y con ello, múltiples formas en las nosotros, como espectadores, podemos involucrarnos. Podemos amar u odiar la Semana del Arte y tildarla de fenomenal, interesante o frívola. El hecho de que la pensemos y participemos en ella quiere decir que no nos es indiferente y quizás así es como los claroscuros de una semana como ésta nos develan la importancia que sigue teniendo el arte en el mundo.

 

Natalia Téliz
Studio Manager en Ciudad de México. Licenciada en Derecho y Producción de Espectáculos. Cursó la maestría en Gestión de las Artes y Políticas Culturales en la Universidad Panamericana.

 

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Publicado en: Curadero