
Carlos Fuentes escuchaba constantemente a The Beatles; se sabe. Podemos imaginarlo de esa forma en casi cualquiera de las viñetas recurrentes en la larga novela que fue su vida: ya bien pulsando con frenesí las teclas de la máquina con su índice derecho, único dedo que usaba para escribir; ya bien languideciendo en una hamaca frente al restaurador mar de Acapulco, curándose alguna de las mil gripas concertadas por la hipocondría; o relamiéndose los bigotes después de dar un trago al eterno vaso de leche con que, como lo ha descrito Elena Poniatowska, se trataba la úlcera, en espera de que llegara el fulguroso “todo México” a cualquiera de las fiestas que ofrecía junto a Rita Macedo en el barrio de San Ángel.
La imagen de este Fuentes “in” aparece aquí y allá, sobre todo al contarse la historia de sus compañeros del Boom quienes, al igual que buena parte de la humanidad de su tiempo, no fueron indiferentes al suceso mediático de los Fab Four. (También se menciona que Gabriel García Márquez oyó hasta la saciedad A Hard Day’s Night cuando escribió Cien años de soledad y que la saga de los Buendía vio la primera publicación a días de distancia del lanzamiento del Sgt. Pepper’s.) Amén de su beatlemanía, tampoco es secreto que Carlos Fuentes, vástago de la clase diplomática y depositario de un vasto capital cultural, haya coqueteado con muchas otras vetas populares. Estos acercamientos, compartidos con algunos de su mismo círculo de intelligentsia, atendían una inquietud mayor: cómo integrarse a la contemporaneidad, y en consecuencia, cómo dialogar con lo actual.
Para el escritor mexicano los fenómenos pop en nuestro latitudes sumaban un nuevo capítulo a la tradición barroca de México y Latinoamérica. Por su carácter festivo, teatral y efímero, estas manifestaciones del presente eran de alguna manera herederas de los juegos exuberantes de otros siglos, como podrían ser el retruécano en la poesía o lo churrigueresco en la arquitectura. Y del mismo modo que las letras hispánicas se habían enriquecido, en sus etapas de máximo florecimiento, de las expresiones del pueblo, a Fuentes le era importante que prosiguieran esas fértiles contaminaciones en el siglo XX. Quizá era lógico entonces que los Beatles fueran considerados por el escritor como protagonistas naturales de dicha picaresca moderna. Asimismo, el cuarteto hacía gala de una herramienta de herencia barroca: la ironía y el auto-escarnio en tantas de sus entrevistas, como cuando se comentaba el desempeño poco notable de Ringo Starr en la batería.
Un primer guiño a considerar en la obra del escritor se encuentra en el relato “A la víbora de la mar”, contenido en el libro Cantar de ciegos de 1964. Cuenta la desventura de Isabel Valles, mujer mexicana de treinta y tantos, soltera, nacida en una familia de abolengo arruinado tras la Revolución. En un viaje en crucero, la dama es envuelta por dos embusteros angloparlantes, amantes secretos entre sí. Uno es estadounidense, el otro inglés. El nombre del primero debería haberle revelado a la incauta Isabel el timo: Harrison Beatle.
El investigador John H. Turner ha interpretado que este relato fue escrito en deliberado tono camp, concepto que Susan Sontag afamó en los sesenta. La sensibilidad camp, inclinada hacia la desmesura y la sentimentalidad, implicaba también una mirada irónica que permitía tanto rendir culto a un producto cultural como burlarse de él. Al igual que sus coetáneos Carlos Monsiváis y Luis Guillermo Piazza, Fuentes solía encontrar utilidad en el término, pues éste mostraba un camino —bastante seguro, pues ofrecía distancia irónica— para incorporar a su obra manifestaciones pop cuyo carácter reventaba las nociones usuales de buen y mal gusto.
Según Turner, en el caso específico de “A la víbora de la mar”, caricatura de melodrama en altamar, Fuentes aludía a la angustia proteccionista que muchos connacionales suyos padecían frente al combate que veían entre dos formas de vida: la tradición de las buenas conciencias mexicanas representadas por Isabel versus las maneras seductoras y embusteras del American Way of Life y la invasión británica. Agreguemos nosotros que incluso los amantes encubiertos, Estados Unidos y Gran Bretaña, se mostraron como intercambiables: el autor quiso dar el seudónimo Harrison no al inglés sino al gringo.

Una segunda alusión interesante de Fuentes a The Beatles se encuentra en la película Un alma pura, dirigida por Juan Ibáñez, una adaptación del cuento homónimo de Fuentes también publicado en Cantar de ciegos. A la manera típica de los proyectos que involucraban al escritor, el rodaje de Un alma pura fue en dosis iguales desopilante y chic: buena parte de la historia ocurría en Nueva York y ahí fue a filmar un equipazo mexicano que incluía al eminente Gabriel Figueroa como fotógrafo y dos jóvenes protagonistas que ambicionaban el estrellato, Enrique Rocha y Arabella Arbenz. Eran los fríos inicios de 1965 en la Gran Manzana, y según recordaría el asistente de dirección, un también novel Jorge Fons, la primera cosa que hizo la alegre comitiva después de bajarse del avión fue meterse a un cine a ver una película que llevaba meses en cartelera pero que aún no se estrenaba en México: A Hard Day’s Night.
Con la letra de la canción bullendo en la cabeza, Fuentes insertó sus célebres primeras frases (“It’s been a hard day’s night / And I’ve been workin’ like a dog”) al comienzo de una secuencia semi-improvisada durante la filmación. En ella, la joven pareja interpretada por Rocha y Arabella acude a una elegante velada en el hotel St. Regis poblada de personajes de la intelectualidad neoyorquina: William Styron, Normal Mailer, Lee Radziwill y otros. La glamorosa situación se enrarece cuando los invitados comienzan a recitar un mosaico de citas tomadas de todas las épocas —de Marx a Quevedo, de Racine al cantante folk Pete Seeger, del joven dramaturgo Edward Albee a Boccaccio, etcétera. Fuentes y el director Ibáñez colocan a la pareja en una especie de sueño en el cual el presente occidental coexiste con las tradiciones de las que abreva. Entre la polifonía, brilla la frase famosamente inspirada en un desliz lingüístico de Ringo (“it´s been a hard day…hmmm, night”) en calidad de uno de los emblemas de lo contemporáneo: desde su aparición en el show de Ed Sullivan el año previo (1964), The Beatles reinaban en Estados Unidos y, por ende, en el resto del mundo.
El tercer momento Fuentes-Beatles a mencionar está en Cambio de piel, novela publicada en 1967. En esta obra, de una ambición acaso tan grande como las previas La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz, el escritor parece querer despojarse de toda convención narrativa. Describe el periplo existencial de cuatro personajes en un solo día ( el domingo 11 de abril de 1965), con base en un colosal montaje de citas a referentes literarios, musicales y artísticos de toda la cultura occidental. La intensa secuencia (tres minutos de duración) del St. Regis en Un alma pura, filmada dos años antes, de alguna forma había servido de ensayo técnico a las más de cuatrocientas páginas de Cambio de piel y su ejercicio de profusa intertextualidad, donde un sinfín de épocas están ocurriendo a la vez.

Las canciones de The Beatles, evocadas por fragmentos, se encuentran diseminadas en todo el libro. En un pasaje particular, Isabel enciende la radio mientras maneja su Volkswagen y se encuentra con ellos, caracterizados como
los heraldos y menestreles y juglares del nuevo tiempo (…) con la cabellera de los jóvenes venecianos pintados por Giovani Bellini, con la sonrisa irónica del divertidísimo San Jorge de Mantegna (…) cantan, liberándonos de todos los falsos y fatales dualismos sobre los que se ha construido la civilización de los jueces y los sacerdotes y los filósofos y los artistas y los verdugos y los mercaderes y Platón cae ahogado y rendido y enredado en esas melenas y mesmerizado por estas voces y pisoteado por este ritmo en que los Beatles saltan, liberados, hasta su cielo y descienden lentamente, como Anteos, a tocar la nueva tierra donde ellos no son hombres ni mujeres, buenos ni malos, cuerpo ni espíritu, materia ni substancia, esencia ni accidente (…)
He aquí una de las características más presentes de la narrativa y el pensamiento de Fuentes: la reflexión sobre el mito. Para él, los grandes motivos de la civilización o vuelven cíclicamente o perviven a través de los siglos, y las historias individuales son destellos de la interacción entre esas fuerzas titánicas. En la novela, The Beatles se revelan adalides de la Juventud Eterna capaz de reconectar a la humanidad, en medio del vértigo de la existencia, con el cuerpo, la alegría y la vitalidad.
Y es que para Fuentes en Cambio de piel la modernidad es una superposición de tiempos en la cual ninguna era pasada ha concluido del todo y, por ello mismo, en el mundo contemporáneo reverberan siglos anteriores. Los Fab Four, habiendo alcanzado proporciones míticas por razón de su transformadora fuerza cultural y mediática, formaban parte de esta versión del Eterno Retorno.
Quizá como resultado de su propio viaje personal por los sesenta, la mirada irónica del Fuentes intelectual ya no lo era tanto: ahora subrayaba una visión transhistórica y en clave mayor del cuarteto. Atrás habían quedado el gesto humorístico en un pastiche —“A la víbora de la mar” — y la mención delirante dentro de un delirio mayor —Un alma pura. En Cambio de piel, realizando un doble movimiento, el autor reconocía el poderío de The Beatles y a la par los devoraba en interés de su propia obra.
Daniel Escoto
Escritor e investigador. Es maestro en Historia del Arte por la UNAM y doctor en Comunicación por la Universidad Iberoamericana.