Yukio Mishima o el cuerpo eterno

Lo primero fue la sensación del frío acero. Atrás había quedado ya la decepción de no haber sido escuchado por última vez; atrás quedaba también el sueño de salvar al Japón amado. Se deshacían en hilos los días de sudor bajo el arduo Sol, las palabras se olvidaban todas… Quedaba el deseo resuelto en su más pura condición: la del dolor extático de la salida. El cuarto barricado del campamento Ichigaya. La luz de un invierno tenue que ya anunciaba su entrada. El frío acero, persistente. La boca exhala su sufrido aullido de convencimiento. “No hay vuelta atrás”, piensa. La cabeza mira hacia abajo, el vientre vuelto un bulbo granado de sangre espesa. Fulgurante pasmo. La decisión de terminar con la vida en propias manos consumada. Yukio Mishima, el 25 de noviembre de 1970, se convierte –al fin– en cuerpo. Afuera, “el brillo infrecuente, claro y fresco del cielo azul entre las nubes”.

Y no pudo haber sido distinto. Permitir la llegada de la enfermedad y el paulatino deterioro de los miembros hubiera significado la traición última para una vida vivida en adoración al cuerpo y sus cuidados. La muerte llegó en los términos del autor japonés que celebra este año su primer centenario de nacimiento.

Para nosotros, confrontar su imagen desde este presente resulta una labor que comienza con el extrañamiento. Sentado desde mi monitor, veo sus fotografías. A pesar de que los miembros musculados de Yukio Mishima podrían encajar con los estándares exorbitados que exigen nuestros cansados tiempos, una abyección me inunda al entrar en su contemplación. No estoy seguro si es el prejuicio de haber estado ya expuesto a sus obras y saber de su obsesión con la belleza física, que sólo se alcanza con la disciplina y el esfuerzo y que hace revestir la vida natural de un cariz sagrado que escapa cualquier lógica hegemónica; ni tiene que ver con haber ya leído el tan revisitado episodio donde Mishima-máscara se encara con la figura estilizada del San Sebastián de Reni, produciendo en él tal impacto erótico que debe tomarse como cuerpo por primera vez, iniciando así su programa de placeres. No tiene que ver con esto. Hay algo más universal en esta contemplación. Algo que precede mi experiencia y que se encuentra adherido a todas las figuraciones que, a pesar de estar ya recubiertas por las brumas del tiempo, siguen latiendo en su deseo. Ese algo que está presente en las esculturas de los templos de Khajuraho, en los frescos de Pompeya, en la Santa Teresa de Bernini, en los esmirriados abrazos de Schiele y en las orquídeas de Mapplethorpe. Una cicatriz pulsante que sella en materia un gozo que se sabe mortal.

Una vez colapsado en su visión, se alcanza a comprender que hay pulsos que exceden su vida en el mundo y persisten más allá de las burdas obligaciones que tenemos con la tierra. De ahí lo abyecto: el cuerpo de Yukio Mishima no está hecho de carne, está hecho de tiempo.

Su escritura es sólo una confirmación de lo proyectado con el cuerpo: estamos compuestos de un binarismo que prevé una decisión. La luz y la oscuridad se oponen y debemos tomar partido; así es como debemos construir la sociedad moral de culpas y premios en la que habitamos. Pero, ¿qué pasa si la luz y la oscuridad no se oponen? ¿qué pasa si el enfrentamiento no es sino solo una danza?

Los personajes que viven en las páginas de Mishima refulgen cuando vencen sus contradicciones y se aceptan como cuerpos totales, incluso si para lograrlo sea necesario el sacrificio último. No importa si es el jovencísimo Isao Iinuma muriendo en la antigua forma del bushidō en Caballos desbocados(Alfaguara, 2012) o Ryuji probando el amargo té de la gloria a manos de Noboru, el hijo de su amada, en El marino que perdió la gracia del mar(Alfaguara, 2020), las figuras de Mishima están condenadas a vivir en un mundo que no les corresponde, donde el honor, la gloria y la belleza se han difuminado, corrompiendo los valores originales de antaño. Sin embargo, todo eso perdido aún tiene la esperanza de ser recuperado, siempre y cuando se acepte pagar el precio de vivir abismado en la belleza; pero la belleza de la que se habla no es aquella que se admira desde la distancia inocua sino esa que se descubre en el compromiso de fundirse en su totalidad. Sólo danzando entre el fulgor y la tiniebla, se alcanza la plenitud de la victoria.

La potencia alquímica de Mishima como autor logra traducir esa aporía hacia el lenguaje que utiliza. Nada está fuera de sitio en su construcción narrativa, todo tiene un lugar justo, sin excedentes ni barroquismo. Leyendo sus obras, las páginas devienen cristalinas, revestidas de una tensión fragilísima que se asemeja a la de un espejo de agua que rozan los pétalos caídos de un cerezo. La preeminencia de la descripción sirve para trasladar los afectos internos del personaje e identificarlos con un mundo que también siente y respira y está vivo. El mismo protagonismo corresponde al espacio natural y a los cuerpos que lo habitan; un hilemorfismo de gracia se cierne sobre las cosas más simples, como si todo estuviera anclado a una melancolía primigenia que hiere como una flecha a quien está destinado a verla.

La evaluación de su testamento, a cien años de su nacimiento, es asunto que no está exento de polémicas. Parecería que higienizar su figura, en tiempos donde los derechos están amenazados por las crecientes olas de fascimos contemporáneos, sería concurrente a deshacer su legado de su propia voluntad. Sobre todo, a sabiendas que Mishima era un defensor fanático del imperalismo japonés que se alineó con el nazismo a mitad del siglo pasado. Tendemos siempre a pulir las imágenes de todos aquellos que han sido parte de nuestro itinerario de fascinaciones para adecuarlos a nuestros programas políticos. No se trata de eso, al menos no para mí. Se trata de dimensionar las vidas y dejarlas caer en su condición de humanas; con el discernimiento y cuidado que ello supone. Desde este lugar, tomo la vida de Mishima como un rescoldo aún ardiente de la entrega dolorosa al gozo que puede traducir sus pasiones en arte.

Y sobre todo, marco como urgente la disposición de admitir que no hay otra posibilidad de ser, que la de entregar la vida. Al entrar en contacto con su imagen, su vida y sus obras, parece iluminarse como un epitafio otra entrega del cristiano hoc est enim corpus meum [pues este es mi cuerpo]. Como si quisiera que, desde este y todos los futuros, dijésemos: he aquí el cuerpo de Yukio Mishima que se entrega doloroso, transcurrido, hermoso por lleno de heridas, único, múltiple y, al final, sagrado.

Emilio A. Valencia

Nacido en la Ciudad de México, creció en la colonia del Valle y le gusta aprender cosas nuevas. Estudió Literatura Latinoamericana. Actualmente vive en Roma, Italia y se dedica a pensar cómo accionar una Teología de la Ternura.

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Publicado en: Resurrectorio