Reescrituras indóciles: la obra de Gabriela Cabezón Cámara

Fotografía: cortesía FIL Guadalajara

A la literatura gracias
porque ahí no importa el yo,
es la corriente del mundo,
el tejido de todo lo que respira,
haciéndose historias, juego y música,
concibe lo inconcebible,
otros mundos,
otros tejidos,
otras maneras de estar,
y no se deja atrapar
también se hace formas nuevas.

–Gabriela Cabezón Cámara, Discurso de aceptación del
Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2024

No olvido la primera vez que leí a Gabriela Cabezón Cámara. El recibimiento fue voraz: una mujer, el pelo negro, largo y flequillo, con el torso desnudo y una minifalda, está parada delante de un código de barras. La siguiente secuencia de imágenes muestra a un hombre gordo, alto, calvo, observándola desde un coche. Se acerca, la toma por detrás y la ahorca; la mete a la cajuela y se la lleva. Desnuda y hecha un ovillo nos narra:

Te enguascaron, te domaron, te peinaron para adentro y te hicieron el ablande: ahí aprendiste a los gritos nuevo nombre y apellido y te hicieron pura carne a fuerza de golpe y pija.
La historia de Beya (Le viste la cara a Dios), me recibió con el tipo de violencia que atraviesa la narrativa de Cabezón Cámara. Pero que también hace visible una realidad despiadada que parece ser inherente a Latinoamérica.

Samantha Schweblin describe la literatura de Cabezón Cámara como:

aguda, tan urgente, tan valiente […], y de todos sus talentos hay uno cada día más difícil: no solo hurga y desafía, no sólo se anima a la oscuridad, sino que entrega a cambio la subversiva valentía de pensarnos más humanos, más vivos y luminosos que nunca.

La escritora argentina recoge ecos y mitologías. Nos obliga a escuchar voces silenciadas en cada una de sus obras porque, en sus propias palabras, “se ha agotado la razón occidental que ha sido muy generosa con una parte del mundo y muy cruel con otra”.

Los espacios de las novelas de Cabezón Cámara se construyen como un collage sensorial: hay cambios de luz, del color verde al arcilla, juega con las percepciones del olfato y el tacto, y están siempre sobrepoblados.

En sus obras el español se mezcla con el inglés, guaraní, vasco e incluso el castellano medieval. Esta combinación de registros dinamiza la prosa de Cabezón Cámara y le da vida a una oralidad que termina por consolidarse con la cadencia de su lenguaje y sus oraciones alargadas. Sus tramas, a pesar de recuperar temas como el abuso de poder y la impunidad, nunca dejan de lado el afecto y la esperanza. Y sus personajes, fusionados con los espacios que habitan y quienes los rodean, están siempre atravesados por lo queer.

La Virgen Cabeza (2009) nos cuenta la historia de Qüity, una periodista de nota roja que llega a la villa miseria El Poso para hacer un reportaje sobre Cleopatra: “una travesti que organiza una villa gracias a su comunicación con la madre celestial […] una santa puta y con verga les tenía que interesar”.

El Poso “era el reino de la eterna juventud: nadie se muere de viejo sino de enfermedades curables o tiros innecesarios”. Una villa hecha de cadáveres:

Teníamos muertos de tierra adentro y de tierra afuera, muertos de todos los colores, muertos mutilados de la última dictadura, muertos armenios del genocidio que no recuerda nadie, […] muertos rojos de todas las revoluciones de todas partes […]

Pero los habitantes de El Poso tenían la fortuna de estar protegidos por la Virgen Cabeza: una escultura de cemento deforme, con una cabeza desorbitada y cuerpo débil, que mimetiza un realismo villero y que expresa la esperanza de los pobres, tan humillados y ofendidos, pero dispuestos a creer que existía una salvación para ellos.

No obstante, la fe ciega que tenían los villeros y Cleopatra en la Virgen Cabeza se ve desafiada por la incapacidad de intervención de las fuerzas divinas ante la brutalidad ejercida por el Estado que, después de advertirles que debían desalojar la villa, encabeza una masacre que acaba con El Poso. Cleo afirma que:

De golpe me sentí sola con un pedazo de cemento mientras el mundo se venía abajo y nada ni nadie nos protegía más que nosotros mismos […] como cuando se murió mi mamá cuando era un nene, Qüity, no estaban Dios ni la Virgen en el mundo, nada más yo y mis hermanitos y la bestia de mi padre policía.

La Virgen Cabeza, ese pedazo de cemento y su significado, se desmoronan hasta confrontar a Cleo y a los demás villeros con una realidad en la que nadie, ni su Virgen, puede interceder por ellos.

La obra está narrada a dos voces que se interrumpen entre sí y que muestran dos subjetividades diferentes. A pesar de que la voz que predomina a lo largo de la historia es la de Qüity, Cleo se hace escuchar para poner en entredicho la verdad narrada por Qüity “Qüity, que vos escribís todo y yo quiero contar mi verdad también. Ya sé que vos no dijiste nunca que yo sea boluda pero en tu libro parezco, así que vas a meter esto que te estoy diciendo amada mía, y si no, me sacás del libro”.

No obstante, cuando se trata del dolor ocasionado por la masacre sus recuerdos se yuxtaponen y complementan. Un ejemplo de esto es la escena de la muerte de Kevin, un niño de la villa que Qüity quiere como si fuera su propio hijo. La narración de Qüity está limitada por lo que muestran las cámaras de seguridad que obtienen días después de la masacre:

Ahí lo vi a mi hijito muriéndose solo, ni siquiera pudo abrazar al muñeco que quedó a dos metros de su cuerpo, se murió con el brazo estirado hacia el cocinero, agitándose con las convulsiones que le provocó la muerte.

Unos capítulos después, cuando es el turno de Cleo de narrar la masacre, que ella misma presenció, se rellenan los vacíos. La necesidad de ambas voces por narrar el dolor las mueve y las entrecruza.

Dos años después del éxito de La Virgen Cabeza, Cristina Fallarás, dueña de la editorial digital Sigue Leyendo, invita a Cabezón Cámara a participar en la colección “Bichos”, un proyecto que tenía la intención de reescribir cuentos clásicos infantiles pero para adultos. Fallarás le encomienda  “La bella durmiente”.

Cabezón Cámara menciona que no tenía idea de qué hacer con un personaje zombie acostada en una cama todo el día, con falta de voluntad, deseo y soberanía. No obstante, son estos rasgos que caracterizan a la bella durmiente, lo que detona Le viste la cara a Dios, una nouvelle que cuenta la historia de una mujer en situación de trata.

En 2013, esta nouvelle vuelve a ser publicada, ahora como novela gráfica, bajo el nombre Beya (Le viste la cara a Dios). Esta edición cuenta con la prosa de Cabezón Cámara y las ilustraciones de Iñaki Echeverría.

De manera similar a La Virgen Cabeza, en Beya (Le viste la cara a Dios) la autora nos confronta con un personaje oprimido por un sistema despiadado, así como con un Dios que es incapaz de evitar su destino funesto y se ve imposibilitado a interceder por ella.

La narración en segunda persona crea una atmósfera casi autorreflexiva, en la que Beya se habla a sí misma para dar cuenta de las atrocidades por las que ha tenido que pasar: el disciplinamiento, los golpes, las agresiones sexuales y la tortura. Pero también crea una especie de complicidad con los lectores, quienes, como Dios, se vuelven inútiles ante los acontecimientos que Beya experimenta.

Las ilustraciones de Echeverría, en diálogo con el texto de Cabezón Cámara, potencian lo narrado mostrándonos la violencia despiadada que se ejerce sobre el cuerpo del personaje principal. Los planos a detalle muestran su rostro golpeado, manos sometiendo su cuerpo desnudo o la gestualidad salvaje de los hombres que arremeten contra ella. Asimismo, las imágenes presentan el cuerpo de Beya fragmentado y explotado, dispuesto como vaca, separada en diferentes cortes para ser consumida.

No obstante, también predomina la imagen del cuerpo de Beya ovillado:

El ovillo, que es la posición fetal, es la postura adecuada para los deshilachados: se toma cada hilo de ser y se junta con los otros: por eso se ovillan las putas y se acurrucan los chicos después de que les pegaron y por eso no permiten en los campos de tortura […] que se abracen a sí mismos […]

Además de simbolizar la autoprotección, alude a ese cuerpo siempre acostado, ensoñado, retorcido de dolor; la bella durmiente del cuerpo inerme.

Por otro lado, el sueño se vuelve crucial para el desarrollo del relato, es ahí donde Beya puede desdoblarse y sobrevivir; es un espacio de resistencia, donde Beya toma consciencia de sus propias fuerzas y de una posibilidad de huida, para, finalmente, lograr escapar del prostíbulo vestida de Virgen sadomasoquista, en busca de un milagro que pueda volver a reunir las partes de ella que perdió.

La escritura de Gabriela Cabezón Cámara revela una necesidad de cuestionar sus lecturas, reevaluarlas y, en caso de ser necesario, reescribirlas. Este impulso la lleva a problematizar uno de los mitos fundacionales latinoamericanos más importantes: el Martín Fierro —poema épico de José Hernández que no sólo construye la imagen del gaucho, sino todo un imaginario de lo que implica la identidad argentina— en su novela Las aventuras de la China Iron (2017).

La novela de Cabezón Cámara se desarrolla a partir de una figura ignorada en la literatura gauchesca: la mujer. La argentina retoma a la mujer que en el poema de Hernández es referida como la china de Fierro y madre de sus dos hijos, para transformarla en la voz narrativa de Las aventuras de la China Iron.

Es a partir de la desaparición de Fierro que la China emprende un viaje con su perro, Estreya, y Elizabeth, una escocesa que busca a su marido.

Conforme su expedición avanza la China se libera del yugo de Fierro y se enfrenta a un mundo sin sus mandatos ni violencia. La superación de las fronteras de la identidad es algo que la China también aprende por medio de su relación con Elizabeth, “Liz”, que pronto se convierte en su amante; lo que le permite a la protagonista explorar su sexualidad y su deseo.

Sin embargo, no es hasta el final del trayecto cuando llega a los confines de Tierra Adentro: un espacio idílico en donde abunda el agua, los árboles se multiplican, y los trabajos se dividen por deseo y aptitud, porque “entre los indios ni la ropa ni la forma de vivir está determinada por el sexo”. Un lugar fértil en el que la China puede volver a conocerse y redefinirse. Tierra Adentro permite que todas las identidades se desborden y se mezclen con la naturaleza, los animales y los indios. Aquello que delimitó la identidad de la China en el encuentro con el Coronel o con Rosario, quienes la leían como un hombre por su aspecto, es subvertido en Tierra Adentro y le conceden el poder de reimaginarse: “En cada árbol me hundí. Y supe de la volubilidad de mi corazón, de la cantidad de apetitos que podía tener mi cuerpo: quise ser la mora y la boca que mordía la mora”.

En 2023, la escritora publicó Las niñas del naranjel, una obra que también explora los límites de la identidad y por la que recibe el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2024. Como en Las aventuras de la China Iron, en su más reciente novela, Cabezón Cámara reescribe la autobiografía de Catalina de Erauso, la Monja Alférez, que nació en España y que travestida de hombre se monta en uno de los barcos que llegaron a América durante la Conquista.

La autora hibrida el género epistolar con el narrativo para relatarnos la travesía de Antonio por la insaciable selva misionera, después de prometerle a la Virgen del naranjel que cuidaría a Michi y Mitãkuña, dos niñas guaraníes que salvó de la bestialidad de los conquistadores. La novela se desarrolla desde tres registros lingüísticos: Antonio, con un español del Siglo de Oro; un jote, ave carroñera que sirve de narrador omnisciente; y las niñas que, en su mayoría, se comunican en guaraní.

A pesar de que en la novela la violencia es un motivo que, como en toda la obra de Cabezón Cámara, está presente, Las niñas del naranjel se distingue por un giro afectivo que es el resultado del cuidado ejercido tanto por Antonio de las niñas, como de ellas hacia él.

Desafiado por el espacio verde e inmenso y las ganas de sólo escribirle a su tía, Antonio desea, en más de una ocasión, olvidar su promesa a la Virgen del naranjel y abandonar a las niñas. Pero no puede, las mantiene en un lugar seguro. Debajo de un árbol, las envuelve en una capa para que no pasen frío o para que no duerman en el suelo húmedo. Le sostiene la cabeza a la menor, porque está muy débil. Las alimenta, “lo están necesitando. Él también”.

De igual manera, las niñas cuidan a Antonio. Lo protegen, le cantan al oído, lo abrazan, le dicen que lo quieren mucho y, cuando su final se aproxima, le confirman que se volverán a encontrar. También son Michi y Mitãkuña, con sus inquietudes e inocencia, quienes cuestionan la androginia del personaje principal:

—¿Ángeles mujeres hay?

—Los ángeles no son hombres ni mujeres.

—Como vos, che.

La comparación con la figura del ángel deja entrever los estragos de la misión colonizadora. En más de una ocasión, Antonio intenta explicarle a las niñas la Biblia y la religión católica. Pero ya sea por el lenguaje o porque no comparten el mismo imaginario, ninguno puede terminar de comprenderse:

—¿Quién es Dios, che?

—El que creó los cielos y la tierra […]

—¿Y tuvo una mitã que se llama igual que él, che?

—¿Qué es un mitã?

—No sabés nada, vos, che. Un niño.

—Sí. No. El niño es Él mismo pero encarnado.

—No entiendo, che […]

Si existe una imagen de lo latinoamericano, Cabezón Cámara, por medio de homenajes, revisiones y cuestionamientos, lo fragmenta hasta resquebrajarlo. Su obra, como mencionó el día de ayer Ana Sofía Sánchez Hernández —miembro del jurado que le otorgó el Premio Sor Juana 2024—, rompe con las violencias que gestaron el Nuevo Mundo, arrasa con el antropocentrismo y le regresa a la naturaleza el erotismo sin exotizarla.

No es sorpresa que uno de los nombres que busca censurar el gobierno argentino sea el de Cabezón Cámara, quien, en su literatura, con ironía y lirismo, replantea Latinoamérica como un espacio fértil para la muerte o el renacimiento. La obra de Cabezón Cámara defiende una realidad indócil, desbordante, diversa.

Como escribe en Las niñas del naranjel: entrar en su literatura es entrar a la selva y “Para atravesarla no es posible andar al modo de las personas; no hay caminos ni líneas rectas, la selva te hace su arcilla, te forma con forma de sí misma”. No hay manera de salir intacto.

Obras citadas

  • Cabezón Cámara, Gabriela. Beya (Le viste la cara a Dios). Eterna Cadencia, 2013.
  • ———. La Virgen Cabeza. Random House, 2009.
  • ———. Las aventuras de la China Iron. Random House, 2017.
  • ———. Las niñas del naranjel. Random House, 2023.
  • Miriam, Chiani, compiladora. Escrituras en voz: conversaciones sobre literatura argentina. FaHCE, 2021.
  • Rumbo sur. Gabriela Cabezón Cámara: Beya (Le viste la cara a Dios). YouTube.

Paulina Guzmán
Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.

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Publicado en: Ciudad de libros
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