Una tarde memorable en el país de los hongos locos

Rituales ancestrales, revoluciones contraculturales, renacimientos psiquiátricos y despertares de la conciencia; chamanes, druidas, antropólogas, sociólogas, hippies, influencers y químicos ambiciosos; mística, divinidad, culto y leyenda; medicina tradicional, herramienta psicológica, ciencia y recreación; María Sabina, Terence Mackenna, Albert Hofamann, la CIA, Silicon Valley, los pitufos y hasta Santa Claus, se dieron cita sobre el escenario aquella tarde de principios de septiembre. Era un viernes al filo del crepúsculo y todo esto era catalizado por la ingesta de hongos alucinógenos. No por la toma, quiero decir (o un poco sí, pero no en ese momento), sino por la ingesta milenaria de setas mágicas a lo largo de la gran saga de la humanidad. Una historia multiespectral y reveladora, en ocasiones tan delirante como las mismas fructificaciones fúngicas que le han dado origen, que se dio a la tarea de sintetizar Naief Yehya enEl planeta de los hongos, una historia cultural de los hongos alucinógenos (Anagrama 2024), recién salido del horno.

Precisamente el libro que nos había llevado esa tarde hasta el Museo de la Ciudad de Querétaro, como parte de la oferta del HAY Festival, para comentar las cuantiosas dimensiones que se exploran en sus páginas. No sé si fue el micelio poseyéndonos, o si las esporas de este tema de temas que son los hongos ya reclamaban que alguien les hiciera justicia desde las letras nacionales, el caso es que el intercambio que sostuve con el autor a lo largo de poco más de una hora resultó excitante para las neuronas de los 200 cerberos involucrados en el evento.

Digo que la tarde fue memorable, no sólo porque no hay nada como que le pidan a uno hablar de algo que le apasiona ante un público nutrido, y más tras una lectura tan refrescante, entretenida, profunda y llena de datos curiosos e historias surrealistas, sino por la sinergia que surgió sobre ese escenario y todo lo que alcanzamos a abordar. Y es que este pequeño tratado de pasajes psicodélicos, atraviesa mucho más que la interacción milenaria que hemos entablado con las fructificaciones psicoactivas del micelio, deteniéndose también, por ejemplo, en la valía ecológica del vasto reino fungi. Lo que, a mi gusto, hace guiños hacia la literatura sobre naturaleza, y lo suma, por consiguiente, a esa corriente luminosa de narrativas que hilvanan ciencia y letras, denominada recientemente como “liternatura”, que a mí tanto me interesa y que por fin comienza a brindar frutos en nuestro idioma. 

Empecemos por la pregunta obvia: ¿Por qué el planeta de los hongos? La respuesta, quizás no tan obvia, es que el sistema viviente terrestre, al menos como lo conocemos, se cimienta precisamente en estos organismos. Sin sus extensas redes mucilaginosas, que recorren los subsuelos mundiales, y sin sus aportes como recicladores de nutrientes y como elementos simbióticos imprescindibles para las raíces de plantas y de líquenes, simplemente no tendríamos todo el resto. Es más, sin su participación endosimbiótica como parte del microbioma de buena parte del inventario botánico, es probable que no surgiera la fotosíntesis –es de dominio público la tremenda intervención de dicho proceso metabólico en la ecuación biológica necesaria para mantener los parámetros de oxígeno atmosférico de los que dependemos todos los demás.

Sumemos a eso que los hongos fueron los primeros organismos eucariontes en conquistar el medio terrestre hace cientos de millones de años, pioneros indiscutibles y fundadores de la sucesión ecológica que tiempo después devendría en que plantas y animales también pudiesen emerger del medio marino (al que hasta entonces habían estado restringidos), y nos daremos cuenta de a qué alude el buen Naief con la elección del título de su libro. Pero si hiciese falta agregar algo más, pensemos en los millones de toneladas de esporas que producen anualmente los hongos, que corresponden ni más ni menos que a la porción más grande de material viviente en la atmósfera de la Tierra y que, por su volumen, pueden influenciar en el clima y provocar lluvias.

Saltando a los aspectos más llamativos, imposible no traer a cuento la manipulación mental fina que ejerce todo un linaje de hongos parasíticos que invaden a sus hospederos y los convierten literalmente en sus marionetas. Quizás el caso más conocido sea el de las hormigas que, tras ser invadidas por las esporas de Ophinocordyceps unilaterales, terminan convertidas en zombis. Una vez dentro de ellas, el hongo crece y desarrolla su micelio, filamentos mucilaginosos que toman el control del cuerpo que lo contiene. Después, en contra del más básico instinto de supervivencia por parte su anfitriona, el tripulante la obliga a engullir fragmentos de hojas venenosas. Y cuando el insecto se encuentra convaleciente, lo fuerza a buscar las alturas de las ramas. Arrastra sus seis extremidades, manejándolas como si fuese un mecanismo alegórico, para que suba lo más alto posible y después  hace que se ancle sobre la vegetación, sólo entonces permite que muera. Vista desde afuera, quizá podría dar la impresión de tratarse tan sólo de una hormiga muerta más, pero en realidad es una bomba de tiempo. Pues, al poco rato de que la hormiga ha caído derrotada, tiene lugar la desconcertante revelación: el antes imperceptible hongo emerge a través de la cabeza de su víctima, perforando su exoesqueleto y desplegando un esporoma alargado y puntiagudo tipo champiñón que desperdigará las esporas que, a su vez, invadirán a más hormigas. El asunto de la altura responde al cometido del parásito de que sus valiosas esporas alcancen el radio de acción más extenso posible.

Ahora bien, la diversidad de estos parásitos fúngicos, varios de ellos del género Cordyceps, no se limita en exclusiva a las hormigas —que, sumando poco menos de catorce mil especies a nivel mundial, tampoco es poca cosa—, sino que existen otras variedades especializadas para invadir avispas, escarabajos, moscas, cigarras y un repertorio sumamente variado de otros tipos de insectos. En las ramas de la ficción contemporánea, incluso han servido como inspiración para generar un mundo especulativo en el que una brutal pandemia causada por esta clase de hongos —que mutan para invadir a las personas— pone a la humanidad de cabeza: The Last of Us (franquicia que cuenta tanto con un videojuego como con una serie de éxito global). Sea como sea, en cualquiera de sus formas, lo que se repite es la turbadora secuencia en la que, a partir de la carcasa de un organismo, por lo demás en apariencia sano, de pronto emergen disparados turgentes champiñones. Estamos hablando de decenas de miles de especies que siguen una estrategia semejante, en no pocas instancias valiéndose precisamente de la psilocibina (sustancia activa de los hongos alucinógenos) para conseguir sus fines de control mental.

Delirante es también el vínculo entre enteógenos “aquello que causa que dios esté dentro del individuo” o psicodélicos de origen micológico (como el LSD o ácido lisérgico, derivado del hongo conocido como el cornezuelo del centeno), con los entramados de la tecnología que ha moldeado nuestro presente. Ciberdelia es el término que emplea el autor en su capítulo dedicado a Silicon Valley y la influencia de los estados alterados de conciencia en la concepción y programación del internet y demás plataformas digitales, que encuentran su origen en una estética alucinada y en la noción de que la realidad material puede traducirse en fragmentos de información. Y claro, en puerta está el renacimiento de estas sustancias, denominadas como medicina por diversas culturas que las emplean de forma ritual, bajo un enfoque psiquiátrico y terapéutico —por sus inmensas virtudes para el tratamiento de trastornos mentales, así como para mejorar el ánimo, la creatividad, la productividad y hasta la capacidad deportiva mediante las controversiales microdosis—, con sólo decir que se espera que el mercado de las sustancias psicodélicas crezca de los 4.870 millones de dólares en 2022 a 11.820 millones de dólares para 2029.

Un fenómeno que, si bien, pareciera reivindicar la contracultura de los años sesenta y setenta, también podría ser visto como “una celebración capitalista eufórica de la conquista de nuevos productos para enriquecer aún más a las farmacéuticas”, declara Yehya con tino. Y desde luego que con todo esto hemos alcanzado a rasgar apenas la superficie del tratado entre manos. Por supuesto que haría falta remitirse a los pasajes que hablan de María Sabina, Hoffman, Wasson, Learry, los hermanos Mackenna, la CIA, el nacimiento de las religiones, Santa Claus y hasta los pitufos que mencionaba al principio. Pero me temo que, por motivos de espacio, para eso habrá que remitirse al libro en cuestión. Por ahora cerremos con una cita que, me parece, resume bastante bien el asunto: “Hace falta mucho más que drogas psicodélicas para cambiar a una sociedad”. 

 

Andrés Cota Hiriart
Biólogo y escritor. Fundador de la Sociedad de Científicos Anónimos. Conduce el podcast Masaje Cerebral y el programa RUM en TV UNAM. Es autor de Fieras familiares (Libros del asteroide, 2022), Faunologías (Festina, 2ed 2024) y El Ajolote (Elefanta, 3ed 2024).

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Publicado en: Ciudad de libros
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