
Julio González: Tus últimos libros, La tiranía de las moscas (Polilla, 2024) y El cielo de la selva (Elefanta, 2024), se publican casi simultáneamente en México. ¿Qué significa para ti?
Elaine Vilar: Una emoción enorme. Es la oportunidad de que las lectoras y lectores mexicanos conozcan dos obras muy significativas para mí. El cielo de la selva, que es mi novela más reciente, es una distopía sobre las maternidades monstruosas y La tiranía de las moscas es una especie de comedia negra, parodia política sobre los sistemas dictatoriales. Ambos son libros con puntos de conexión; aunque en primera instancia parezca que sus temas están alejados, se unen en el hecho de que tratan las maternidades y los espacios íntimos, de claustrofobia, panópticos, de cárcel. Son dos libros con un muy importante tejido metafórico y es verdaderamente alegre esta buena recepción en México.
JG: ¿Te sientes parte de una nueva ola de narrativa latinoamericana?, ¿cuáles serían los puntos de contacto, los temas compartidos? Por ejemplo, ahora que hablabas de las maternidades no tan asumidas, pensaba, por ejemplo, en Ariana Harwicz.
EV: Más que de una ola, me siento parte de una conciencia de escritura latinoamericana que se está gestando. Hago esta distinción porque las olas vienen y pasan; las conciencias parten desde un principio de comprender la esencia de las cosas y por qué las escribimos. Nos interesa abordar no sólo la realidad latinoamericana, sino la universal, desde una mirada crítica y política que es colectiva, pero también íntima: las historias que se cuecen dentro de las paredes de una casa, los silencios familiares, el rescate de la genealogía de nuestras ancestras. La búsqueda de entender las causas de cada una de sus acciones, porque al final eso es lo que marca quiénes somos.
Por supuesto Harwicz y otras autoras comparten esta conciencia latinoamericana de creación. Y están vinculadas también con otros temas: la maternidad, sí, pero como concepto más natural, en consonancia con lo real y comprometido con la verdad. No la clásica, hermosa e intocable, casi santificada —horror las cosas santificadas porque uno jamás puede llegar a ellas—, sino una maternidad humanizada, que nos dice que está bien sentir dolor y que los hijos o el amor a los hijos no son procesos biológicos, sino de aprendizaje. Maternidades truncas, obligadas y forzadas, que no son un tema del pasado, sino estigmas actuales con consecuencias culturales que se viven día con día.
JG: En una reseña de El cielo de la selva el autor señala que tu libro tiene algunos puntos de contacto con La vorágine de José Eustasio Rivera. A mí me pareció fantástico porque traza una pequeña red de similitudes, no tanto para decir que es lo mismo, sino para destacar que es actual, que es parte de la tradición que trata temas clásicos de distintas formas. En ese sentido, la violencia latinoamericana, esta selva que engulle todo, esta maternidad, la presión que se siente en ambas novelas, ¿de qué tradición latinoamericana bebe?
EV: Yo hablo de la de la tradición latinoamericana, pero quisiera también desmitificar que la violencia sólo pertenece a Latinoamérica: es un hecho humano. Hay violencia, dictaduras y maternidades forzadas en todo el mundo. Yo hablo desde una región geográfica, porque soy una mujer caribeña, por ende latinoamericana, y estos son los temas que de alguna forma me atraviesan por mi legado histórico y mi experiencia de vida. Pero lectoras y lectores de diferentes lugares del mundo sienten que las historias están ubicadas en sus propios países. Esto me confirma que la violencia es una de las tradiciones más dolorosas del ser humano. Una tradición punzante que no deberíamos llamar tradición, porque no rescata nada bueno de la humanidad. Yo me conecto con las tradiciones en el sentido de que me interesa mapear la historia, de que me interesa hacer un testimonio de la historia vivida y la no vivida.
Yo intento que todas las personas puedan verse reflejadas en mis novelas o en las historias que cuentan, las de su familia, las de sus ancestros. Sólo mirándonos en esos espejos difíciles que la literatura coloca frente a nuestros ojos es que podemos purgar un poco el dolor ancestral y el dolor histórico que llevamos sobre los hombros.
JG: En una presentación de La tiranía de las moscas dijiste que toda la literatura empieza con una pregunta. En el caso de esta novela, ¿cuál fue?
EV: Fueron varias. La primera de ellas: ¿Qué sucede cuando las puertas de la casa del dictador de turno en uno de nuestros países, cualquiera que sea, se cierran?, ¿qué ocurre cuando el dictador se queda a solas o con su familia?, ¿qué sucede en los espacios íntimos de los dictadores? La otra fue: ¿Podemos reírnos o burlarnos de algo que nos duele tanto?, ¿no es la risa un mecanismo de rebelión que nos ayuda a despojarnos de la opresión en nuestras vidas, del dolor?
Nunca sé si las respondo, pero para mí es importante el tránsito entre el planteamiento y el desarrollo de la literatura como respuesta —mi respuesta— a la realidad. Una realidad que me gusta contrastar con la de los otros, porque la literatura no propone una verdad única, ni siquiera propone una verdad en mayúsculas. Es apenas una certeza minúscula que una, desde la individualidad pequeña que conforma su cuerpo y espiritualidad como escritora, desea compartir y comparar con el otro.
JG: Intuyo que tu novela se inserta dentro de la genealogía de “novelas de dictador” como las que escribieron García Márquez, Roa Bastos, etcétera. No sólo eso me pareció interesante, sino que esa mirada al ámbito interno me recordó a El lugar sin límites, de José Donoso, donde el espacio es absolutamente opresivo y las cosas sí son trágicas, pero también son ridículas y absurdas. ¿Cuáles fueron tus influencias mientras la escribías?, ¿con quiénes querías mirarte en el espejo, hacer el juego de referencias?
EV: Shakespeare y los mitos griegos, sin duda. El mito de Casandra, que en Cuba hemos pasado por agua. También hay referencias de García Márquez, pero siempre he pensado que mi literatura, aunque tenga elementos de lo que llamarían realismo mágico, juega otras costuras donde las del realismo mágico se rompen y aparece la capa de terror que subyace detrás de lo bello, la oscuridad detrás de lo aparentemente hermoso. Y también creo que juega con la literatura del absurdo, que me interesa muchísimo, sobre todo cuando es una norma de vivencia para mí que nací y vivo en Cuba. Es kafkiana también. Virgilio Piñera es medular en mi formación teatral y narrativa, porque trabajó mucho con la idea de los tejidos sociales deteriorados; a veces se reía de ellos y, otras, hacía una crítica feroz de lo que consideraba mal o materia de cambio.
Igual me ayudó en este proceso haber leído La casa de las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides, porque es una historia del encierro y la opresión a las hijas.
Y, por supuesto, en la piel de mi memoria está la impronta de la literatura latinoamericana escrita por mujeres contemporáneas que admiro, mis referentes más próximos, mis colegas y hermanas creativas. De ellas me nutro: mujeres vivas que escriben alrededor del fuego que miramos para contarnos cosas que creo son importantes.
JG: Esta novela trata de un doble fracaso: el de ascender en el orden político externo y el de imponer una disciplina doméstica. Se dice en algún momento: “una casa es un país pequeño y una familia es una nación”. Más allá de lo público y lo privado, has dicho que lo que buscas en la ficción no es jugarte otra realidad, sino mapearla. En este caso, ¿de qué realidad da cuenta la novela?
EV: Varias realidades históricas de países que han vivido dictaduras, que me parece son todos: ninguno de los países ha tenido el privilegio de librarse. Lo interesante con la literatura es trabajar con un tejido universal, ver las situaciones que duelen, asesinan el alma o nos escuecen, y enfrentarlas. En este sentido, la literatura parece terapia. Lo más relevante en La tiranía de las moscas es que te coloca frente a ese dolor y te obliga a reparar en lo que no quieres ver, en las dictaduras domésticas, en la violencia de los padres, en esas narrativas que no han muerto, porque son la opresión que hemos heredado de nuestras madres y abuelas, de nuestros ancestros. Procuro, desde mi lugar como escritora, contar un fragmento de esta realidad histórica, universal y compartida.
JG: Advierto en ambos libros la decisión de crear ambientes que pudieron suceder en cualquier tiempo y espacio. ¿A qué responde esta decisión?, ¿a la idea de no etiquetar tu literatura como cubana o del caribe para que tenga mayor resonancia?
EV: No, para mí es un orgullo ser una escritora cubana y caribeña. Lo latinoamericano siempre se asocia con la violencia, la racionalización de nuestras tragedias políticas, la edulcoración de los males que vivimos, y eso siempre se mira desde ciertos países —mal llamados de primer mundo— con cierto grado de exotismo, que implica, primero, limpiarse las manos y, luego, atribuir dichas condiciones exclusivamente a nuestro mundo: esos países violentos, esas realidades de violencia, esa gente que escribió sobre esos temas. Yo estoy totalmente en contra de esta exotización, por eso procuro poner la realidad frente a los ojos de los lectores para que se miren a sí mismos y su entorno. Defiendo que la literatura latinoamericana no sea sólo la cristalización de esta realidad, sino de varias, y por eso esta decisión de descontextualizar temporal y geográficamente. Decimos en Cuba: “al que le sirva el sayo que se lo ponga”, y a mí me interesa que la literatura nos invite a ponernos el sayo. Que nos ajuste.
JG: Tu literatura exige un lector dispuesto a la incomodidad ética y estética, porque pone en entredicho ciertos juicios normalizados. Por ejemplo: Casandra, la protagonista, es bastante cruel, pero uno no siente la necesidad de juzgarla o recriminarle algo. Me interesa saber cómo logras esta imparcialidad del lector, ¿cuáles son tus mecanismos?
EV: Construir personajes es mi gran pasión. Pueden hacer las cosas más atroces y grandes, pero también suspender nuestras reglas éticas como lectores, hacernos partícipes y cómplices de ello. Algunos lectores me han contado que empatizan más con los personajes más oscuros. Terminan por quererlos.
La literatura está hecha de otro material ético, no es un reflejo exacto de nuestra forma de ser. Es, a veces, un juego que exige la complicidad del lector, que sólo se logra cuando los personajes son diseñados con total intención. Es un poco como la aproximación a un gran amor: mientras más conoces, más quieres a ese personaje dramático que creas. Además, estos personajes dramáticos y turbios nos permiten hacernos preguntas relevantes. La más importantes es: ¿Qué harías tú en su lugar? Responderla nos hace notar que no somos mejores y que, como ellos, somos volubles y tenemos matices. Nos enfrentamos así a los dilemas de la humanidad que niega una bondad o maldad absoluta. El intersticio.
JG: Los tres hermanos tienen una suerte de desviación de la regla oficial de comportamiento, que se puede constatar en lo mágico y lo absurdo, pero parecen estar muy conscientes de esta penetración psicológica. Aceptan lo que son y ello, hasta cierto punto, desafía la lógica de la tragedia. ¿Cómo juegas tú con el destino en el sentido de la tragedia griega clásica —algo negativo, impuesto, doloroso— y ese otro destino asumido, donde puede haber espacios de libertad?
EV: La tiranía de las moscas parodia el fatum trágico, porque los personajes constantemente se burlan de su destino o se rebelan ante lo que parece inamovible —una nación, un padre, una casa, una forma de ser,una moralina—. Casandra asume que ama a un puente con esencia femenina. Calia acepta que es una criatura divina que no tiene necesidad de conectarse con la humanidad —por lo menos no con la lengua, creo que lo único que dice es “remolacha”—. Caleb, que carga con el destino más pesado sobre los hombros, porque es un ángel de la muerte, lo asume desde que decide hacer un rompecabezas con cadáveres de animales.
La literatura es el juego donde nos lijamos contra el destino y nos vamos quitando sus capas de encima. También nosotros podemos jugar y reírnos del destino —la familia, la nación, una herencia cultural—. Solo así, por lo menos en mi literatura, es posible la rebelión contra el poder y sus formas antiguas y obsoletas.
JG: Me interesa tocar otro punto: el del humor. Leyendo a Thomas Bernhard me río bastante porque sus personajes son tan odiosos y horribles, que pienso que no puede haber alguien así. En tus novelas noto eso también. ¿Cómo percibes el tratamiento humorístico en la literatura actual? Ese humor que parece estar de vuelta luego de una época de seriedad y realismo abundante.
EV: Para algunas personas parece que si la literatura no es seria, no es literatura —al menos no de calidad. Para mí, el humor es una de las herramientas de rebelión más importantes y si la literatura no es rebelde, para mí no es literatura. Además, es un mecanismo que nos enfrenta a poderes obsoletos, tanto los que viven en nosotros como los exteriores. Cuando nos reímos de las cosas que no podemos controlar, las exorcizamos de alguna forma. El humor es poderosísimo y, por desgracia, ha sido desterrado de los libros.
Me encanta la comedia negra. Nunca podría hacer stand up comedy, no tengo materia para ello, pero me encanta ver cómo el humor moviliza a la gente y descubrir su dificultad para hacerlo. Con las lágrimas es simple; los mecanismos del humor son más complejos y los reivindico como parte importante de la buena literatura. Pero claro que humor no es sólo aquel que nos arranca carcajadas o nos mantiene riendo por horas, a veces también nos hace torcer la sonrisa y cerrar los ojos ante el dolor. Nos obliga a preguntarnos por qué nos reímos de lo que está profundamente mal en la realidad y así la cuestionamos.
JG: En tu presentación, dijiste que algunos de tus libros se distribuían en Cuba de manera pirata, y recordé que durante la Rusia Soviética sucedía lo mismo —se llamaba samizdat a estas versiones apócrifas—. ¿Qué pasa en el campo literario en tu país?, ¿cuál es la forma en que circulan las obras que no pasan el filtro oficial?
EV: La piratería es una de las pocas vías de acceso que tienen los lectores cubanos para estar en consonancia con lo que se publica en el mundo. En Cuba se publica buena literatura; fundamentalmente cubana, debo decir: hay clásicos y voces nuevas que no son reconocidas internacionalmente, pero que siguen creando en una situación cada vez más compleja y difícil.
Que los libros circulen de mano en mano, que existan copias digitales, que alguien los descargue y comparta, son formas de democratizar la literatura y la experiencia que la literatura misma puede transmitirnos. La experiencia fundamental es abrir los ojos al mundo y, a veces, cuando se es isleño, se vive en una especie de burbuja; es difícil mirar hacia afuera o entender lo que sucede en otro contexto. De alguna manera, la literatura que circula así es el alfiler —uno incisivo— que rompe esa burbuja.
JG: Dijiste que eras distópica en la literatura y utópica en la vida real. En medio de la situación actual de Cuba —particularmente con los apagones recientes—, ¿cuál crees que es el futuro de la isla o cuál esperarías que fuera?
EV: Quisiera tener una bola de cristal para frotarla y ver algo, pero me resulta muy difícil. Ahora mi corazón es un agujero negro. Después de varias horas de desconexión y apagones, hoy por la mañana finalmente pude hablar con mi familia y sentí que el alma me volvió al cuerpo, y sé que no es una experiencia individual, ha sido la historia general de estos días bastante tristes para las personas que estamos fuera por trabajo o que viven en la diáspora y no pueden comunicarse.
Quiero un país próspero, en paz y feliz. Sé que son tres cosas difíciles de conseguir. Quiero un país próspero porque creo que es un derecho humano que podamos vivir —no digamos con lujos— con las cosas esenciales para la vida. En paz porque no deseo guerras y conflictos; jamás lo haré. Feliz porque confío en que después de las tinieblas nos venga un poco de luz. Hoy, por ejemplo, vi que una amiga publicó la foto de un arcoíris en medio del desastre que dejó el huracán que, por si fuera poco, nos atravesó en estos días, y lo sentí como una señal de paz, una señal de que la felicidad para el pueblo cubano es posible. Lo deseo con todo mi corazón.
JG: Contaste que estás trabajando en una novela de mil páginas. A mí me pareció un gesto asombroso de confianza en el futuro pensar en el lector que se pondrá a leerla. Un gesto utópico, podemos decir, porque además está el combate contra un signo de nuestro tiempo: la falta de atención, la distracción continua, las mil cosas que hay qué hacer. ¿Qué pensaste cuando pasaste la página 500 y sentiste que tenías que seguir?
EV: Me pregunté: “¿qué estoy haciendo?” Fue una sensación de irrealidad. Siempre supe que iba a hacer una novela larga, pero no que iba a ser esta y que la haría a los 35 años. Lo veía en el futuro, pero creo que los libros vienen con su estructura propia y sentía que si intentaba forzar la historia en una novela corta el libro iba a desmoronarse entre mis manos.
Yo confío, y en eso tienes razón, bastante en los lectores. Nos hemos subestimado como lectores —me incluyo— al considerar que sólo podemos leer a flashes. Es verdad que la vida contemporánea es una huida rápida, violenta y se nos escurre el tiempo entre los dedos, pero también creo en el poder magnético que tiene la literatura: nos invita a quedarnos en un mundo por un tiempo, a utilizar el poco que tengamos libre para hacer los viajes que nos propone.
Esta novela es un reto. Tengo miedo y placer mientras la escribo, lo confieso. El miedo es simple, hasta cierto punto editorial, porque va a ser un libro grande, puede salir muy bien o muy mal, su publicación será complicada por su materialidad. Cada día el papel es más caro y no va a ser barato para los lectores; a mí siempre me gustaría que fuera accesible, pero es lo que hay, es lo que tengo entre mis manos y es una historia que me está haciendo muy feliz. Mientras la escribo, tengo esta sensación como de que estás al borde del acantilado, pero te han salido alitas y crees que puedes saltar. Creo que el salto ocurrirá en marzo de 2025, y tengo todas las ilusiones del mundo. He de entregar a mi hija a ustedes para ver qué sucede, a ver cuál es el camino que le toca recorrer.
JG: ¿Qué estás leyendo actualmente?
EV: Tengo dos libros que estoy disfrutando mucho, porque además leo simultáneamente, no puedo leer sólo uno: Troika, de Isabel Zapata, y Esta cuerpa mía, de Uri Bleier. Ambos son fabulosos. El de Uri me parece estupendo, me lo estoy bebiendo literalmente. Creo que es un libro que ha llegado para quedarse.
Julio González
Ensayista y editor de Nexos