Estás viendo y no ves: sobre los reality shows

Me siento un martes, después de una jornada laboral de ocho horas –más los traslados– junto a mi compañera de piso a ver Love is Blind México. Empieza el primer capítulo. Nos explican: En este experimento, mujeres y hombres tendrán citas en cabinas en donde se enamorarán sin haberse visto nunca. Solamente si se comprometen se verán cara a cara. Viajarán al paraíso para comprobar si su conexión también es física. Después, pondrán a prueba su amor en el mundo real. Deberán prepararse para su boda. Dirán “sí acepto” a la persona de la que se enamoraron, o le romperán su corazón en el altar. Interrumpen algunos diálogos. Adelantan la experiencia, agobiante y excesiva, de la que seremos espectadores.

Ilustración: Raquel Moreno

El primer programa de telerrealidad que vi fue Jersey Shore. Era 2009: bronceado artificial, extensiones, falsos italoamericanos, jacuzzis, alcohol, gel, gel, y más gel. ¡Estoy listo para la fiesta! Salir, ser puerco, escalofriante y raro. El primer episodio inauguraba la torpeza y descuido de los participantes. No temían al rechazo público, o por lo menos eso parecía. Los diálogos eran naturales en exceso, poco o nada filtrados. ¿Qué estoy viendo y por qué? Entendía menos de la mitad de los chistes, cargados de jerga estadounidense dosmilera. Tenía catorce años. No era como ellos. Por eso lo veía. Eran personas –o personajes– desorientadas: lo único que importaba era la fiesta y ser deseado. Sin embargo, para mí eran el centro del mundo –aunque pertenecieran a otro. El interés no radicaba en mi capacidad de identificación. Todo lo contrario: quería verme y sentirme distinta, observar y recriminar sus actitudes. Un buen reality te convence de tener una mirada antropológica, observas con cierta distancia crítica. Te repites, necio, lo consumo de forma irónica.

Es 1957, Roland Barthes publica Mitologías. El primer ensayo, “El mundo del catch”, describe el espectáculo como excesivo: máscaras, disfraces, gritos, hazlo sufrir, haz que las pague, ¡queremos ver sangre! En el catch –algo así como la versión francesa de la lucha libre en México– el bien vs. el mal se representa por accesorios y características físicas. El espectador sabe que ve una actuación. No desea, en realidad, el sufrimiento del luchador. “Lo que el público reclama es la imagen de la pasión, no la pasión misma. Nadie le pide al catch más verdad que al teatro”. Lo que se espera es que parezca auténtico. El espectáculo suspende la verdad cotidiana. Por un tiempo las personas que forman parte de él se instalan en una realidad acotada. En el catch este pacto entre luchador y público es evidente. La pantomima, explícita; el efecto que tiene, inmediato. El catch cumple con su objetivo cuando libera en el público un sentimiento de justicia.

Hablo de una realidad acotada. La telerrealidad reproduce el sentido del catch. El ‘escenario’ que tenemos enfrente es parte del artificio: sobrevivir en una isla remota; enamorarte de un extraño que conocerás físicamente cuando aceptes casarte con él; ser fiel a pesar de estar en una isla con diez solteros cuya única misión es tentarte con bailes aceitosos; darle un ultimátum a tu pareja y luego estar a prueba varias semanas para conocer a personas que quieren lo mismo que tú, y un largo etcétera de programas en esencia iguales. Estás por tener una experiencia única en la vida…y te vamos a grabar todo el día para que otras personas se entretengan.

Los mitos de los que escribe Barthes ocurren en situaciones cotidianas: espectáculos populares, creencias convencionales, narraciones únicas, imágenes propagandísticas, mensajes publicitarios, aspiraciones burguesas  universales  asociadas al sueño americano: el matrimonio, la justicia, el trabajo, la democracia, Dios, la compasión, la lealtad, entre otros. Y, en la telerrealidad –como en los mitos– todo junto, si lo haces bien, te llevará al éxito. Te lo vamos a mostrar entre chismes, melodrama, formatos intensos, y una edición adictiva.

Según Mark Grief necesitamos mitos. No sólo de nuestro ideal y nuestro término medio, también de nuestro punto más bajo. Pasó al olvido la era de los experimentos sociales extremos. La prueba Stanley Milgram, en la que un ciudadano corriente recibía órdenes de un hombre con bata ya no es posible. No podemos hacer que el hombre corriente sienta que está electrocutando a alguien hasta su muerte. Tampoco podemos librarlo de toda la responsabilidad. Los realitys suplieron esa necesidad.

Regreso a mi necesidad de no sentirme identificada con Snooki. Observo la decadencia o el extremo caído del que escribe Greif. Escucho voyerismo en varias de las conversaciones que tengo sobre realitys. Nosotros, los que vemos, no obtenemos placer sólo de contemplar. Ni siquiera en empatizar, identificarnos o coincidir con las personas que vemos. El gusto por los programas de telerrealidad se arraiga en el juicio, en compartirlo con amigos, compañeros de piso o extraños en Twitter. Podemos juzgar a desconocidos en situaciones irreales, ridiculizar o apoyar actitudes. Ya que estas personas decidieron ser grabadas en momentos muy vulnerables podemos condenar cada uno de sus pasos.

Cuatro parejas de enamorados vienen a este paraíso para afrontar la prueba de fuego más importante de su relación. Lo harán rodeados de tentaciones en el paraíso: solteros que también buscan a su otra mitad en esta majestuosa isla. No sólo eso: sonará una alarma cada que alguno de los participantes rompa acuerdos; cada determinado tiempo podrán ver videos de lo que hace su pareja con los solteros; el programa los obliga a tener citas, cumplir con varios retos y hacer lo que nunca harían en la vida real. ¿Cada cuánto alguien está grabando a tu pareja 24/7? ¡Lo cachaste con las manos en la masa! En un iPad que te muestra la presentadora, en televisión abierta. Todos lo cachamos con las manos en la masa.

A falta de una realidad justa, todos nos volvemos jueces de un artificio sólo en apariencia claro: vemos lo que ocurre, entendemos los conflictos. Somos mirones omniscientes. Parece que en este microcosmos, planeado y editado a la perfección, hay justicia. Delimitada, sin duda, pero no es todo falso, ¿no? Sucede una cosa real: la televisión cambia a las personas dentro de ella. Y nos lo van a mostrar.

La idea, a veces abstracta o incomprensible, de que la televisión moldea nuestra forma de pensar, se hace tangible en programas de telerrealidad. Las personas en este experimento, transmitido para todos ustedes, no serán las mismas. Ya sea que se hayan casado, divorciado o que demanden a la cadena televisiva por explotación y abuso psicológico. Los efectos suceden en la realidad. ¿Qué sucede con nosotros? ¿Pudieron los realitys transformar nuestras ideas sobre la vigilancia, la tecnología, la política y la privacidad?

Elaine Bredehoft, la abogada de Amber Heard en el juicio Depp vs. Heard, describió el fenómeno como un auténtico Coliseo romano. No era para menos. Fuimos testigos de un testimonio doloroso sobre abuso sexual y violencia doméstica. Este juicio fue transmitido para todos ustedes. El sistema judicial estadounidense no cree que la opinión de millones de personas sobre el lenguaje corporal, los errores al hablar y la salud mental de una víctima afectan el veredicto. Claramente está actuando. Así no se comporta una víctima. Él es chistosísimo. Me cae bien. Es difícil comprender la decisión de la jueza: los riesgos de transmitir un caso que involucra a dos personas famosas y acusaciones de violencia sexual y difamación, y que afectará decisiones futuras sobre denunciar o no este tipo de abusos, son altísimos. Si alguien con la presencia, medios económicos y posición de Amber Heard no puede ganar un juicio con infinitas pruebas a su favor, ¿quién puede hacerlo? Hago la siguiente pregunta para regresar al tema que nos atañe: ¿existe la justicia cuando un tribunal se vuelve un programa más para el entretenimiento de las masas?

Hablemos de las Kardashian; primero, del juicio contra O. J. Simpson. De nuevo estamos frente a casos de violencia doméstica. Sin embargo, este escaló: O.J. Simpson fue acusado por el asesinato de su exesposa, Nicole Brown Simpson, y de su amigo, Ronald Goldman. Quiero hablar de un momento específico: la persecución, por avenidas y carreteras de Los Ángeles, transmitida en vivo por las cadenas televisivas más reconocidas de Estados Unidos. El 17 de junio de 1994, 95 millones de personas vieron esta transmisión. Domino’s Pizza anunció que habían roto su récord de ventas. Nadie quería levantarse de su sillón.

Antes del evento masivo, Estados Unidos vio la cara de Robert Kardashian leyendo la carta, aparentemente suicida, de su amigo, y ahora cliente, O.J. Simpson. Kardashian era uno de los abogados en el famoso Dream Team. Después del caso, participó en varias entrevistas. Su familia siempre estuvo cerca de una fama mediana, pero la intensidad mediática del caso de O. J. colocó su nombre en las portadas de los periódicos más leídos del país. No quiero decir –porque creo que Kim Kardashian hubiera alcanzado la fama sin importar su contexto–, que por esto Keeping up with the Kardashians tuvo el éxito que tuvo. Sin embargo, no iniciaron en el anonimato. Si algo ha sabido hacer esta familia es aprovechar cualquier cosa que tenga enfrente: un vídeo sexual, por ejemplo, o su amistad con Paris Hilton. Sea como sea, Kim, siempre serás famosa.

Recuerdo un intento de columna del New Yorker: Ask Kim Kierkegaardashian. “Es una columna de consejos creada por una mezcla del filósofo existencialista del siglo XIX, Søren Kierkegaard, y la estrella de reality y experta en moda Kim Kardashian West. ¿Estás sufriendo una crisis existencial? ¿No sabes qué ponerte? Envía tus preguntas”. El texto era una simulación de tono, obvia y desganada, de lo que respondería una Kim Kardashian filósofa. Kim no necesita a Kierkegaard. Ver un día, o un mes de sus hazañas es suficiente para mostrar el pensamiento actual: la indiferencia me da vida. La pasividad en bucle genera: ganamos dinero por no hacer nada. Sólo tienes que estar dispuesto a ser visto. Esa fantasía, en el país que vende el mito de que el trabajo arduo lleva al éxito, y que rara vez se cumple, es necesaria. 

FOMO (o “miedo a perderse de algo”) y mito, creo, es la fórmula perfecta para explicar la victoria de la telerrealidad. Por un lado, no nos gusta perdernos algo que podemos criticar, o comentar, con el resto del mundo. Por otro lado, presenciar la fórmula exacta que lleva hacia nuestro éxito personal. O si nuestra caída está cerca, compartir con otros la tragedia diaria. Ya sea que impulsen estilos de vida sin ficción aparente, o nos entretengan con un sueño imposible de que alguien venga a arreglar las tuberías de nuestra casa –gratis y televisado, por favor–, los programas de telerrealidad están aquí para quedarse. Sea como fuere, ¿quién hará un reality que se enfrente a los realitys actuales? Mejor aún: ¿puede existir una realidad, carnal y aquí, que se oponga a la actual?

 

Paola Cuevas Loubet
Poeta y traductora, edita la revista Bastardilla. Estudió creación literaria en Casa Lamm.

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Publicado en: Departamento de quejas