Acapulco fue uno de los primeros puertos globales. Una bisagra entre América, Asia y Europa. De 1565 a 1815, la Nao de China cruzó el Océano Pacífico una o dos veces al año desde Acapulco hasta las Filipinas cargada de grana cochinilla y plata, materiales demandados por la economía china y los artistas del mundo. La Nao regresaba a Acapulco repleta de mercancías y personas provenientes de toda Asia. Entre los muchos objetos novedosos que llegaron estuvieron los biombos. Los primeros biombos llegaron a Acapulco en 1614 junto con la comitiva del embajador y samurai japonés Hasekura Tsunenaga. Rápidamente se volvieron objetos codiciados en la Nueva España. Pronto se hicieron biombos locales, mezclando las tradiciones estéticas de Asia, Mesoamérica y Europa. Esos biombos fueron atesorados como auténticas obras de arte mestizo. Pero también tuvieron usos prácticos: eran empleados para regular el grado de iluminación en las casas. La historia de Acapulco funciona como un biombo: es un contrapunteo entre la luz y la sombra.

1. Golden Acapulco
En 1978, el Departamento de Salud de los Estados Unidos emitió un aviso para los consumidores de marihuana: fumar hierba proveniente de México podría causar daño irreversible a los pulmones, ya que seguramente estaba contaminada con paraquat, un herbicida que se rociaba desde helicópteros del ejército mexicano comprados con dinero del gobierno estadounidense. Una vez rociadas con este químico, las plantas expuestas al sol morían a los tres días. Los campesinos mexicanos, para no perder sus ingresos, recolectaban y empaquetaban la marihuana en cuanto veían alejarse a los helicópteros.
La hierba con paraquat generaba una fibrosis en quienes la fumaban. Los químicos hacían que adquiriera un tono amarillento que la hacía parecer Golden Acapulco, la variante de marihuana más deseada por su alta potencia psicoactiva.
La Golden Acapulco se cultivaba en las montañas cercanas al puerto. Se decía que el sol y la brisa le daban no sólo su característico color ámbar, sino también sus particulares efectos alucinógenos. La hierba dorada del Pacífico era la favorita de la bohemia mexicana y de los hippies norteamericanos. Pero no solo a ellos les obsesionaba. Los gobiernos de Estados Unidos y México no dejaban de pensar en esta marihuana. Su popularidad, que asustaba a los padres del mundo entero, se convirtió en la excusa perfecta para empezar una violenta campaña militar.
A primera vista, se buscaba erradicar los plantíos de marihuana y combatir a los narcotraficantes. Sin embargo, lo que había de fondo, era una estrategia de contrainsurgencia más ambiciosa. Buscaban neutralizar al Partido de los Pobres y otros grupos guerrilleros de extrema izquierda que se escondían en las montañas cercanas a Acapulco, una de las zonas más pobres del país. Los campesinos estaban hartos de la explotación de los caciques y la corrupción de los políticos. Por eso, habían decidido levantarse en armas y formar una constelación de guerrillas. El gobierno estadounidense, temeroso por el posible surgimiento de un foco comunista en el Pacífico, ordenó la represión inmediata.
2. Turismo
Fue una reunión emocionante, tan llena de plática como de vino francés. En los salones del Castillo de Chapultepec, a unos 450 kilómetros de Acapulco, estaban reunidos los políticos más importantes del momento. Cuando cayó la tarde y los ánimos del grupo bordeaban la euforia, el presidente apretó un botón. Su voluntad viajó por un hilo telegráfico. Hizo dinamitar la última montaña que separaba Acapulco de México. La explosión sucedió a kilómetros de distancia. Los hombres reunidos estallaron en aplausos por un espectáculo que no podían ver. Era 1927. La Carretera Federal 95 conectaba por primera vez de manera eficaz la capital con el puerto.
Tras el logro carretero, el siguiente paso para la modernización de Acapulco fue la expropiación de las tierras comunales de la zona costera. Los campesinos y pescadores fueron reubicados en las montañas que rodeaban el mar. Recibieron calurosas casas de hormigón y un poco de dinero. Ya no pudieron hacer lo que siempre habían hecho: cultivar la tierra y salir a pescar. Los terrenos costeros expropiados fueron fraccionados y vendidos en diversos lotes. A través de préstamos, el gobierno fomentó la construcción de hoteles y departamentos para vacacionistas. Se creó un nuevo malecón y un aeropuerto. Se asfaltaron las calles y se inauguró una avenida costera. Eran los cimientos de un glamouroso paraíso tropical.
En las montañas en las que ahora vivían los acapulqueños no había agua potable, drenaje ni luz eléctrica. Los pescadores y campesinos desplazados se convirtieron en meseros y camareras. Más tarde, en guerrilleros y narcotraficantes.
La historia se repetiría unas décadas después. La bonanza del paraíso turístico se extinguía. La exclusividad había desaparecido. Las playas estaban abarrotadas y contaminadas. Los ricos mexicanos y extranjeros empezaron a preferir el Caribe. La avidez gubernamental de finales de los ochenta por rejuvenecer la imagen de México y, de paso, hacer buenos negocios, llegó al rescate de Acapulco. Mediante un decreto presidencial se expropiaron unos terrenos cercanos que se conocían como Punta Diamante. Se dijo que era de interés público desarrollar turísticamente la zona. Las tierras entregadas a los lugareños como propiedad comunal por la Revolución mexicana a principios de siglo, volvieron a manos del gobierno. Casi de inmediato un grupo de empresarios cercanos al poder las adquirió a bajo precio para construir en ellas hoteles y condominios de lujo. Los campesinos protestaron. Hubo intentos de organización y algunas manifestaciones frente al palacio municipal. El gobierno y los empresarios respondieron con amenazas, asesinatos, extorsión y sobornos. Los ejidos terminarían convirtiéndose en Acapulco Diamante. El Acapulco nuevo.
3. La Barbie
A la Barbie le encantaba Acapulco. Tenía una casa en el fraccionamiento Las Brisas. Solía visitar los restaurantes de la Escénica con vistas a la bahía. Llegaba en varias camionetas, a mitad de la noche, cuando las cocinas ya se habían cerrado, y siempre pedía lo mismo: bife de lomo y champaña. No le gustaban las comidas pequeñas, se sentía solo, así que se hacía acompañar por multitudes y exigía que retumbaran las bocinas con música norteña. Tras la cena, la siguiente parada era el antro. A veces al Classico del Mar, otras al Palladium, pero generalmente a su favorito, el Baby’O.
El Baby’O abrió sus puertas a mediados de los setentas. Se diseñó como si fuera una caverna y se colocaron gradas en desnivel. El objetivo era lograr la visibilidad total. Ver y ser visto. A lo largo de las décadas lo que lo distinguió fue la singular mezcla de sus asistentes: celebridades, turistas, empresarios y políticos. De Elizabeth Taylor a Salma Hayek, de Luis Miguel a la Princesa de Mónaco, de Carlos Slim a Michael Jordan. Soberbia y fortuna mezcladas con alcohol. Y cocaína.
La Barbie nació en Laredo, Texas. Lo bautizaron como Edgar Valdez Villareal. Fue su entrenador de fútbol americano quien le puso el apodo “Barbie” por su tono de piel, su rubio pelo y sus ojos azules. Su primer problema con la justicia sucedió cuando intentó atropellar a uno de sus profesores. Luego, empezó a vender marihuana entre sus amigos. El negocio prosperó y la policía empezó a seguirle los pasos. Atraído por la libertad que experimentaba cada que cruzaba la frontera, La Barbie hizo lo mismo que muchos artistas y criminales estadounidenses: irse a vivir a México. Comenzó a trabajar para los hermanos Beltrán Levya. El más grande de ellos, Arturo, el Barbas, lo apreciaba porque conocía bien Estados Unidos y tenía un don para corromper militares. El menor, Héctor Beltrán Leyva, el H, desconfiaba de él: estaba convencido de que era un agente encubierto.
Tras haber tenido éxito conquistando territorios enemigos, le encargaron Acapulco. La Barbie pronto tomó control del puerto y lo estableció como la principal puerta de entrada de la cocaína colombiana. Recibía barcos pesqueros que venían desde la bahía de Tumaco con tres mil kilos de cocaína. Una poca se vendía en el mercado local y la mayoría se enviaba a Estados Unidos. Acapulco se convirtió en uno de los grandes puertos de entrada de la coca sudamericana.
En 2009, circuló la imagen del cadáver de Arturo Beltrán Levya, el jefe directo de la Barbie. Se le veía con los pantalones en los tobillos y calzoncillos blancos, cubierto con billetes de quinientos pesos manchados de su propia sangre. La marina mexicana lo había acribillado y luego distribuido la imagen. La última llamada registrada en el celular del capo, minutos antes de ser asesinado, fue a La Barbie.
Héctor Beltrán Leyva, paranoico, le declaró la guerra a la Barbie. La violencia se desató en Acapulco. Balaceras, cabezas clavadas en la reja del palacio municipal y cuerpos tirados en las mismas playas donde, años antes, se asoleaba la élite mundial. La violencia no paró. Ni siquiera cuando la Barbie se entregó con un trato previamente acordado con la DEA. Los cadáveres que aparecían cotidianamente en las playas, terminarían por asustar a los turistas adinerados. La pista de baile del Baby’O se fue vaciando. Las canciones de Luis Miguel seguían sonando, pero nadie las cantaba. Todo terminaría un día del 2021 cuando tres sujetos entraron a la cueva del Baby’O y rociaron con gasolina la pista. El club nocturno más cotizado de la costa del pacífico ardió en llamas.
4. Howard Hughes
Howard Hughes fue siempre una leyenda. Solía decirse que era más corajudo que Mermoz y más rico que Rockefeller. Era el prototipo del empresario estadounidense exitoso. Produjo un puñado de películas legendarias; lideró RKO, el famoso estudio cinematográfico de Hollywood; creó una compañía que vendió al gobierno de los Estados Unidos millones de dólares en aviones militares, misiles y sondas espaciales; colaboró con una misión de la CIA para rescatar del fondo del mar Pacífico un submarino soviético; como piloto estableció un récord al dar la vuelta al mundo en solo 91 horas.
A su extenso currículum de éxitos se le sumaban obsesiones enfermizas. Pequeños detalles en los que no podía dejar de pensar. Se contabaque obligaba a las starlettes de la RKO a ir cada sábado de paseo en limousine a dos kilómetros por hora para evitar el riesgo de dañar sus senos con el balanceo. Durante años pidió lo mismo de cenar: carne al punto con chicharos, de los cuales sólo comía los más pequeños. Se rumora que pasó cuatro meses sin salir de una sala de proyección mientras veía películas sin parar. En un momento se fascinó a tal grado con la película Ice Station Zebra, que la vio 150 veces.
Lo que sí se sabe es que Howard Hughes aterrizó el 12 de febrero de 1976 en su avión privado en el aeropuerto de Acapulco. Junto con él viajaban seis ayudantes, dos doctores, un pastor mormón, dos camas ortopédicas, dos sillas de ruedas y cerca de media tonelada de equipo médico. Se trasladó al Hotel Princess en Acapulco Diamante, donde rentó un piso entero y se instaló en la suite presidencial.
El personal del hotel no tardó en atestiguar su miedo radical por los gérmenes. Tocaba todo con unos kleenex, que acumulaba a su alrededor. Pidió que cerraran las cortinas de todas las ventanas excepto una, a través de la cual sólo veía el mar Pacífico extendiéndose hasta el infinito.
Sus ayudantes le llevaban de comer siempre las mismas quesadillas fritas de pescado, en platos de plástico que eran de inmediato desechados. Solía orinar en botellas de vidrio que acumulaba en una esquina del cuarto. No se cortaba ni el pelo ni las uñas. Se lavaba las manos con tal fruición que se las sangraba constantemente.
Hay quienes dicen que apenas pasó unos meses en Acapulco. Otros que fueron años. Oficialmente murió en uno de sus aviones al ser trasladado de Acapulco a un hospital privado en Estados Unidos. Más de uno asegura que Howard Hughes en realidad fingió su muerte y pasó varios años con otro nombre en una pequeña casa en el Acapulco viejo con vista a la Roqueta.
Dicen que todo fue un montaje para poder escapar de la permanente visibilidad que su éxito le había traído.
5. Lenin de Acapulco
Apenas se tiene información sobre la Comuna de Acapulco. Sabemos que surgió en 1921 y que su programa político, influido por el anarquismo, buscaba recuperar terrenos para conformar una colonia obrera; repartir tierras y fundar un cine-escuela al estilo soviético.
La Comuna de Acapulco fue encabezada por Juan R. Escudero, conocido por todos como el “Lenin de Acapulco”. Surgió en respuesta a la pequeña y adinerada élite local que controlaba el comercio y explotaba a los acapulqueños. Escudero se dedicaba a organizar excursiones a la isla de la Roqueta con una lancha de motor. En estas idas y venidas, se hizo amigo de los trabajadores del puerto, quienes le contaron la explotación que sufrían por parte de los comerciantes. Se convenció de que para combatir estas injusticias, había que organizarse.
En aquel entonces, el actor Tom Mix, héroe del western, gozaba de especial popularidad entre los acapulqueños. Cada vez que pasaban alguna de sus películas, las salas de cine del puerto se abarrotaban. Escudero aprovechó esto. Durante el intermedio de la proyección de “El Robo del Diamante” se levantó de su asiento y dio un ardiente discurso a los trabajadores ahí congregados. Los llamó a organizarse en un partido político para combatir la explotación. El dueño del cine llamó a la policía. La función acabó en un motín. Ese día, bajo el amparo de Tom Mix, nacería el Partido Obrero de Acapulco.
Vino un agitado período de movilización. Huelgas, protestas, escaramuzas. Rápidamente el Partido creció, apoyado por las masas de trabajadores de mar y tierra. Por eso, cuando se presentó a las elecciones locales, Escudero triunfó arrolladoramente. El 1 de enero de 1921 se izó en el palacio municipal de Acapulco la bandera rojinegra, con la hoz y el martillo en el centro. El Ayuntamiento Rojo implementó una serie de políticas: imponer pagos justos por la jornada de trabajo; gestionar la construcción de la carretera México-Acapulco para romper el monopolio comercial; y construir una serie de cine-escuelas.
Los comerciantes locales, enfurecidos, decidieron aniquilar a Escudero. El Lenin de Acapulco sobrevivió a un primer atentado, aunque perdió un brazo y quedó paralizado de medio cuerpo a causa de un disparo en la cara. Las hostilidades continuaron. El Palacio de gobierno fue incendiado. Escudero siguió al frente de la Comuna de Acapulco desde la sala de su casa, hasta que una madrugada fue rodeado y capturado.
Los sicarios de los comerciantes se apuraron a fusilarlo. Abandonaron su cuerpo en la orilla de la playa. Un pescador lo encontró morribundo. El rumor se esparció velozmente. En unos minutos había una multitud de personas a su alrededor. Escudero dio un último y breve discurso: “Sigan con la lucha, que no sea en vano el sacrificio”.
Esta es una versión de la voz en off del ensayo cinematográfico Biombo de Acapulco, compuesto por la Unidad de Montaje Dialéctico, un colectivo artístico sin rostro. Esta cinta fue presentada por primera vez durante el 14º Festival Internacional de Cine UNAM.
La Unidad de Montaje Dialéctico
Es un colectivo artístico sin rostro; su práctica se ha centrado en el ensayo cinematográfico como forma de generar constelaciones de imágenes dialécticas que ponen en tensión múltiples realidades y temporalidades. Sus obras se han presentado en festivales internacionales como Cinélatino (Francia), La Habana (Cuba), Punto de Vista (España), MIDBO (Colombia) y FICUNAM (México).